Reportajes

Kabul, la ciudad del desaliento afgano

2021-08-31

En los días siguientes, el mundo miraría con atención la más reciente...

Por Mujib Mashal | The New York Times

KABUL, Afganistán — En las horas previas a que los talibanes entraran a Kabul y que la cruzada de dos décadas para construir un Afganistán democrático se transformara en temor e incertidumbre, salí de la casa de mis padres para tomar un autobús que recorriera la ciudad. La intención no era hacer un reportaje. Se trataba de algo personal.

La mañana del 15 de agosto, había despertado con la sensación de que se estaba cerrando la ventana de la ciudad de Kabul que conocía mi generación. Una ciudad tras otra había caído en manos de los talibanes a una velocidad tan vertiginosa que mis colegas que reportaban sobre la guerra no podían mantener el paso. A medida que cambiaba el mapa, las posibilidades para la capital se reducían a dos: Kabul se volvería a convertir en una ciudad en ruinas por los obstinados intentos de salvar a quienes estaban en el poder o Kabul caería en manos de los extremistas que, la última vez que tuvieron el poder, habían sido unos gobernantes represivos y habían anulado algunas de las libertades más básicas.

Era un niño cuando los talibanes fueron derrocados en 2001, y aquí crecí mientras le inyectaban una nueva vida a las ruinas de una capital llena de cicatrices después de una guerra civil. Durante años, muchos sentíamos como si el mundo se estuviera abriendo para nosotros, aunque con una guerra cada vez más sangrienta y la inquietante sensación de que la corrupción y la mala gestión apuntaban hacia algo funesto.

Ahora, en vísperas de otro cambio de poder en Kabul, yo estaba de nuevo en la ciudad tomándome un descanso de mi trabajo en la oficina de The New York Times en Nueva Delhi para visitar a mi familia y mis compañeros. Y sabía —todos aquí lo sabían— que estaba por terminar una era de esperanza, sin importar cuán accidentada e infundada hubiera sido.

En los días siguientes, el mundo miraría con atención la más reciente catástrofe de este pequeño país después de casi no fijarse en los años de terribles y cotidianos derramamientos de sangre. Las cámaras tomarían acercamientos de los arroyos de personas camino al aeropuerto de Kabul con la esperanza de tomar un vuelo de evacuación… hacia cualquier lugar; sobre la sangre de los muertos que se mezclaba con las aguas negras que había en el exterior del aeropuerto, donde esperaban, con sus documentos en la mano, a ser rescatadas antes de que las bombas de los terroristas cobraran la vida de 170 de ellas.

Quienes conseguían lugar en algún vuelo de pronto se convertían en exiliados en países lejanos; quienes se quedaban, en exiliados en nuestras propias calles.

Pero antes de todo eso, yo quería ver nuestra ciudad —como había sido— una última vez.

En la primera rotonda cerca de nuestra casa, junto a la esquina alumbrada con luces de neón donde venden helados en el verano y pescado frito en el invierno, estaban adornando con flores el auto para una boda. En la paz o en la guerra, los matrimonios continúan.

En un tramo angosto de la acera detrás de unos altos muros antiexplosiones, los policías de la comisaría trabajaban durante lo que sería su último día y uno de ellos colocaba el libro de registro de los visitantes junto a un casco que había en la mesa. En este lado del muro, un trabajador municipal vestido con un overol color naranja hablaba con las flores de plástico que había sobre el faro del carrito de remolque que usaba para recolectar la basura. Acomodaba las flores y seguía hablando con ellas.

En la casa de cambio, no había muchas transacciones, pero sí muchas consultas: ¿en cuánto amaneció el tipo de cambio? El hombre repetía sin cesar la misma respuesta: la moneda se había depreciado más de diez por ciento en un día.

Encontré un asiento junto a la ventanilla en la parte trasera de un autobús que iba al centro; tenía algunos pasajeros en frente de mí y la incertidumbre de la ciudad a nuestro alrededor. Unos traían documentos; otros se desplazaban por la pantalla de sus teléfonos celulares. Un chico de octavo grado se aferraba a su libro de geografía: era su último examen del verano.

En el segundo asiento de la última fila, un hombre de mediana edad jugueteaba, inquieto, con su viejo teléfono Nokia y hacía llamadas constantes. Los refugiados de otras provincias, al huir del último trecho de una lucha intensa, seguían entrando a Kabul, y él estaba llamando a sus amigos y familiares para ofrecerles albergue.

“Los dos cuartos de arriba siguen desocupados”, le dijo a alguien, e insistía en que los familiares se hospedaran con él, como ya lo habían hecho otros dos amigos. “Claro, claro… por ti, lo que quieras, lo que necesites”.

Todos en el autobús parecían estar tensos y no hacía falta gran cosa para que las cosas detonaran: en la fila trasera, había un joven que bajó un momento su cubrebocas (no hay que olvidar que la covid seguía acechándonos) para meterse a la boca una pizca de tabaco.

El hombre del teléfono lo miró y no pudo contenerse. “¿Al menos es bueno para la salud?”, le dijo, señalando el tabaco.

El joven se le quedó mirando, no dijo nada y se subió el cubrebocas. Pero el hombre que estaba junto a él, un abogado llamado Zabihullah, intervino.

“¿Todavía ni siquiera llegan los talibanes a Kabul y ya estás supervisando el comportamiento de los demás?”, le dijo al hombre de mediana edad.

Luego todo se volvió una discusión estridente y furiosa acerca de todos los temas: corrupción, democracia, fracaso, cambio.

El hombre de mediana edad dijo que los talibanes al menos podían terminar con la cleptocracia y con lo que denominó la “vulgaridad” de la sociedad y poner orden. El joven abogado perdió los estribos.

“¿Crees que lo único que obtuvimos de los últimos 20 años fue la vulgaridad?”, argumentó. “También soy producto de los últimos 20 años. ¿Crees que soy vulgar?”.

El hombre intentó corregir lo que dijo, pero el abogado no paraba.

“Estás equivocado si crees que los talibanes practicarán el verdadero islam. Puedo debatir contigo toda la noche para demostrarte que lo que practican es el talibanismo y no el verdadero islam”, afirmó.

El hombre del teléfono se dio la vuelta en su asiento y dijo entre dientes: “No tiene caso discutir contigo”.

Cuando nos topamos con el tráfico, el abogado y yo descendimos del autobús y nos echamos a caminar. Él estaba intentando tramitar algunos documentos para su examen final de juez. Estaba por terminar el equivalente a dos años de una maestría que tenía mucha competencia; me comentó que había unos 13,000 solicitantes para 300 puestos. Además, era un calígrafo experto que seguía la moribunda tradición de hacer caligrafía con cálamo y tinta. En su teléfono me enseñó algunas muestras de su trabajo.

“Veinte años de esfuerzo y todo para nada”, dijo y nos despedimos.

La rotonda de Deh Afghanan, una de las más concurridas de Kabul, estaba llena de gente.

“¡Jugo de manzana fresco, jugo de manzana fresco!”, resonaba desde el megáfono de un carrito. “¡Bebe y refresca tu corazón!”.

“¡Sandía de Lashkar Gah, sandía de Lashkar Gah!”, gritaba otro, refiriéndose a la ciudad del sur famosa por su fruta. Apenas tres días antes, había caído en manos de los talibanes tras semanas de coches bomba, ataques aéreos y combates puerta a puerta.

La entrada de los talibanes en Kabul era todavía una posibilidad en ese momento. Pero las cosas estaban cambiando rápidamente.

Cuando di vuelta en la estrecha calle que lleva al Ministerio de Relaciones Exteriores, en un barrio de centros comerciales, oficinas gubernamentales y muchas casas pertenecientes a la élite, el sonido de motores que aceleraban transmitía una creciente sensación de pánico. Algunos vehículos de personajes importantes, la mayoría blindados, se lanzaban hacia uno y otro lado de la calle.

Era probable que tuvieran información que nosotros todavía no teníamos: que la jerarquía gubernamental, incluyendo el presidente Ashraf Ghani, había huido y se habían llevado consigo la última esperanza de un relevo ordenado que habría mantenido a los combatientes talibanes fuera de los límites de la ciudad.

Un torrente de transeúntes lo comprendieron y caminaban cerca de los altos muros antiexplosiones que protegen las calles, al tiempo que los vehículos pasaban estrepitosamente. Trataban de conseguir documentos y realizar trámites urgentes: el retiro masivo de depósitos bancarios, la búsqueda desesperada de una visa extranjera. Seguían caminando, de manera casi mecánica, a sabiendas de que ahora sus diligencias eran en vano y que los talibanes iban a llegar.

Una de mis últimas paradas antes de que los talibanes empezaran a entrar en la ciudad fue el Slice Cafe and Bakery.

En un día normal, estaría repleto de jóvenes que habían caído en el café como el complemento ideal para sus necesidades, después de saltar del tradicional té verde a una multitud de bebidas energéticas en los primeros años de la guerra. Aquí era donde se encontraba el debate político, las citas y el coqueteo al otro lado de la sala, una partida de ajedrez después del trabajo o simplemente la oportunidad de recuperar el aliento.

La cafetería estaba vacía, salvo una mesa con dos mujeres —ambas estudiantes de último año de medicina— y otra con una mujer, ya médica en ejercicio, y sus dos hijos. La doctora dijo que su marido vivía en el extranjero. Lo que consumía sus pensamientos ahora era cómo, si los talibanes entraban en la ciudad y restablecían sus viejas reglas, ella podría seguir consiguiendo la comida y los productos básicos diarios para sus hijos sin un chaperón.

“Nunca me interesaron las noticias. Pero desde hace un par de semanas, tengo el teléfono en la mano y no paro de revisarlo para ver qué provincia es la siguiente en caer. Los helicópteros que sobrevuelan la ciudad multiplican el miedo”, dijo una de las estudiantes de medicina, de 22 años. “La universidad canceló los exámenes hoy porque en las dos o tres últimas asignaturas en las que tuvimos pruebas a todo el mundo le fue muy mal; nadie, de ninguna manera, estaba preparado para los exámenes”.

Para las primeras horas de la tarde, ya era cada vez más evidente que el gobierno se había desplomado, que el presidente y su comitiva se habían ido. Las señales estaban en el estribillo de los rumores, en la gente que se apresuraba a llegar a su casa, temerosa de mirar hacia atrás, en la dirección en la que decían que habían llegado los talibanes. Las calles se estaban quedando vacías.

La gente se movía con rapidez tratando de encontrar seguridad. Como una extraña coincidencia, pasaba por la triste conmemoración en la vía pública de la víspera de Ashura, la cual marca el día en que fue martirizado el nieto del profeta Mahoma. Había disparos, vehículos a toda velocidad e, incluso, tanques que recorrían las calles; nadie sabía qué cosa pertenecía a quién. Más tarde, los talibanes dijeron que ese vacío los había obligado a entrar a la capital para evitar la anarquía sin esperar una transición más paulatina.

En los días transcurridos, Kabul ha sido una paradoja que en muchos aspectos recuerda al gobierno de los talibanes en los años noventa, independientemente del tono más suave de sus declaraciones públicas.

Por un lado, los delitos menores han disminuido, caminar por las calles se siente físicamente más seguro, y los talibanes están promocionando el hecho de que, más allá de lo que pasó en el aeropuerto, las víctimas de la guerra —no hace mucho tiempo se mataban entre 50 y 100 personas al día— son ahora casi cero.

Por otro lado, están las escenas que conmocionan al mundo. Jóvenes afganos cayendo al vacío tras aferrarse a un avión de evacuación estadounidense. Miles de familias afganas concentradas frente al aeropuerto, esperando algún rescate en los últimos días de la retirada occidental. La carnicería de otro atentado suicida, y una promesa de caos por venir, incluso para los talibanes.

Muchas personas, entre ellas las que estaban tratando de huir con urgencia, sienten una amenaza directa de los talibanes. Pero también se trata de algo más importante: se trata de un pueblo que se da por vencido de su país.

Tras 40 años de violencia, y tantos ciclos de falsas esperanzas y treguas engañosas, lo que se está apoderando del corazón de muchos afganos es el desaliento: el temor de que esta vez no será diferente… o de que será peor.



Jamileth