Tras Bambalinas

Aumenta el pánico entre los demócratas tras la derrota en Virginia

2021-11-03

Lo que es más preocupante para los demócratas es que ahora hay mayorías...

Lisa Lerer | The New York Times

A menos de un año de quedarse con el poder en Washington, el partido de Joe Biden enfrenta un futuro difícil en el corto plazo al perder terreno en las guerras de comunicación con los republicanos.

La amenazante tormenta eléctrica no podía ser más atronadora para los demócratas.

Pocos en el partido tenían grandes expectativas de que su era en Washington durara más allá de las elecciones de mitad de período al año siguiente. Pero el resurgimiento republicano el martes en Virginia, un estado que el presidente Joe Biden ganó por diez puntos porcentuales el año pasado, y la sorprendente fuerza en una Nueva Jersey sólidamente azul ofrecen una vívida advertencia de la tormenta que se avecina cuando los demócratas miran cautelosamente al horizonte.

Durante cinco años, el partido lograba victorias con récord de participación, impulsadas por votantes enardecidos que buscaban echar del poder a un presidente que veían como incompetente, divisivo o algo peor. Los resultados del martes mostraron las limitaciones de dicha resistencia política cuando el objeto de la resistencia ya no se encuentra en el poder, el fracaso de los demócratas para cumplir con las mayores promesas de campaña y la indignación aún latente por una pandemia que transformó las escuelas en algunos de los campos de batalla políticos más divisivos del país.

En Virginia, el nominado demócrata a gobernador, Terry McAuliffe fue derrotado con relativa facilidad por Glenn Youngkin, un ejecutivo de capital privado y novato político.

En Nueva Jersey, el gobernador Phil Murphy, demócrata, enfrentó una contienda sorprendentemente cerrada luego de que se esperara que llegara fácilmente a la victoria. En Mineápolis los votantes rechazaron una medida propuesta por los progresistas en las boletas que habría reemplazado al Departamento de Policía con un departamento de seguridad pública.

Tal vez lo más sorprendente fueron los aplastantes reveses que los demócratas sufrieron en dos estados muy suburbanos, Virginia y Nueva Jersey, señal de una reacción conservadora ante las cambiantes actitudes a la raza y la identidad que defiende el partido mientras los republicanos buscan incesantemente convertir las escuelas en el próximo frente de batalla en las guerras culturales de Estados Unidos.

Para los demócratas, los resultados en el día más importante de votación del país antes de las elecciones de medo término del año entrando causaron alarma ante la posibilidad de que la ola de energía anti-Trump que los llevó a la Casa Blanca se haya convertido en apatía entre una base de votantes cansada de protestar y que en gran parte ha vuelto a tomar desayunos relajados. O, lo que sería más peligroso desde el punto de vista político, que la motivación del partido haya sido reemplazada con una percepción de insatisfacción ante la situación de un país que, a pesar de todas las promesas electorales de Biden, sigue sin volver a una sensación de normalidad precovid.

Virginia vira a la derecha en la carrera por la gubernatura

El candidato republicano a gobernador, Glenn Youngkin, recibió un apoyo mucho más fuerte en todos los rincones del estado que el presidente Trump en 2020. Youngkin derrotó al exgobernador demócrata, Terry McAuliffe, según The Associated Press.

En los próximos días, desde esos distritos péndulo suburbanos hasta la Colina del Capitolio se sentirán el nerviosismo y los reproches de los demócratas a causa de la derrota del partido en Virginia —la batalla estelar en las elecciones fuera de año— cuando el mapa de medio término se extienda hasta zonas que antes eran consideradas seguras para los demócratas.

Incluso antes de que la elección se definió a favor de Youngkin, los estrategas demócratas habían pedido al partido que analizara si el mejor plan de acción era seguir enfocándose en Donald Trump, sobre todo luego de una elección en la que Biden prometió a sus seguidores que ya no tendrían que preocuparse por el drama constante de la gestión anterior.

“Los demócratas necesitan reflexionar seriamente sobre cómo elegimos interactuar con la narrativa de Trump”, dijo Dan Sena, estratega demócrata que ayudó al partido a ganar la Cámara de Representantes en 2018. “Esta fue una elección en la que los demócratas no apelaron a sus logros ni en Virginia ni a nivel nacional. De cara al 2020 vamos a tener que cuestionar con firmeza si es la estrategia correcta”.

Las elecciones en años no electorales nunca han sido predictores infalibles del éxito a futuro. E incluso antes de que la contienda en Virginia se dificultó a fines de agosto, el entorno nacional parecía desfavorable para los demócratas, que podían perder escaños en la redistribución de distritos y enfrentaban la tendencia histórica en la que el partido del presidente pierde escaños durante su primer mandato.

Pero en un estado en el que las elecciones tienden a estar entretejidas con la política nacional debido a su proximidad con Washington, es difícil separar la derrota de McAuliffe del empeoramiento en la percepción de la gestión de Biden. En la semana previa al día de la elección, los probables votantes desaprobaban el desempeño de Biden en 53 a 46 por ciento, según una encuesta Washington Post-Schar School. Cuarenta y cuatro por ciento de los votantes del estado desaprobaban fuertemente la actuación del presidente, en comparación con solo 21 por ciento que lo aprobaban enfáticamente.

Lo que es más preocupante para los demócratas es que ahora hay mayorías significativas que consideran que el país va en la dirección equivocada.

Los republicanos argumentan que los demócratas y la campaña de McAuliffe no lograron atender el trasfondo de esa sensación de decadencia: el aumento en los precios de comestibles y gasolina causado por la inflación; la frustración persistente con las escuelas; los desafíos a la cadena de suministro y la delincuencia.

“Al mirar hacia el horizonte del año entrante, ves que viene la ola roja”, dijo Corry Bliss, un estratega republicano que trabaja para varios candidatos al congreso, quien añadió que a los demócratas en Washington no “luchan por las cosas que a la gente común le importa”.

Ante un péndulo político que pareció inclinarse de vuelta a la derecha, los republicanos se jactaron de que su partido había dado con un manual de estrategia que sus candidatos podrían replicar en las contiendas electorales de medio término.

Los demócratas argumentan que la historia no estaba a favor de McAuliffe. El candidato del partido que no ocupa la Casa Blanca ha ganado la mansión del gobernador de Virginia en diez de las últimas 11 elecciones. La única excepción: McAuliffe, quien se sobrepuso a ese patrón al ganar su primer mandato en 2013. Incluso en aquel entonces, los republicanos ganaron las elecciones intermedias un año después y tomaron el control del Congreso.

En las contiendas de 2014, muchos de los demócratas más vulnerables se alejaron del presidente Barack Obama, con la esperanza de salvar sus escaños al alejarse de su agenda. Hay pocas expectativas de que esa dinámica se repita durante el próximo año, ya que en general los demócratas del Congreso reconocen que la suerte del partido está ligada al hombre en la cima.

Sin embargo, una de las fuerzas más poderosas de la política sigue siendo la autopreservación, por lo que los estrategas se muestran pesimistas ante la posibilidad de que el partido se una en torno a un enfoque de centro, pues los demócratas que participarán en contiendas reñidas de medio término están cada vez más inquietos.

Los demócratas moderados argumentaron que la derrota era una señal de que el Congreso debe aprobar inmediatamente el proyecto de infraestructura del partido, independientemente de lo que pase con la versión reducida de la agenda legislativa de Biden. La izquierda culpó al fracaso del partido para impulsar una agenda más amplia, incluida la revocación del obstruccionismo para aprobar algunas prioridades de los liberales, como los proyectos de ley que protegen el derecho al voto. Y los estrategas políticos temen que el partido no está logrando comunicar de manera adecuada lo que los demócratas ya han hecho en favor de un país azotado por la covid y por qué no han conseguido cumplir en temas que son importantes para su base.

“Francamente estoy preocupada”, dijo Adrianne Shropshire, directora ejecutiva de BlackPAC, un supercomité de acción política que recauda fondos y busca animar a los votantes negros. Shropshire dijo que los votantes de color estaban decepcionados por la incapacidad de los demócratas para lograr que se aprueben leyes en torno a los derechos de votación y la justicia penal. “La gente no quiere que se les manipule sobre lo que no está sucediendo y el motivo por el que no sucede, que se les diga que todo es maravilloso”.

Pero aunque McAuliffe pidió a la Casa Blanca y a la presidenta del Congreso Nancy Pelosi que impulsaran la ley de infraestructura, su enfoque fue mucho menos agresivo en otro tema: las escuelas.

Al enfocarse en los “derechos parentales” —una frase todoterreno que se ha usado para expresar la indignación de los conservadores por los requisitos de usar mascarilla, de vacunación, los derechos trans y el modo en que se enseña la historia del racismo— los republicanos han hallado un asunto que animó a sus votantes y unió a la base política de Trump en torno a una molestia más amplia por el manejo de las escuelas durante la pandemia.

Aunque Youngkin no ofreció gran cosa para atender los problemas de origen que enfrenta la educación y que han empeorado debido al coronavirus, las escuelas se convirtieron en un campo de batalla crucial durante la campaña y, según las encuestas, estuvieron casi a la altura de la economía como el tema más importante para los posibles votantes en la última semana de la contienda.

Al prometer en casi todos los encuentros de campaña que prohibiría la teoría crítica de la raza, un concepto académico avanzado que no se enseña en las escuelas de Virginia, Youngkin resucitó las tácticas republicanas provocadoras centradas en la raza en un estado que alguna vez fue la capital de la Confederación.

McAuliffe desestimó dichos argumentos y prometió invertir más de 2000 millones de dólares anuales en las escuelas de Virginia. Algunos demócratas dicen que dicho enfoque fue insuficiente dado que los medios conservadores amplificaban todos los días afirmaciones falsas sobre la instrucción en el aula sobre la raza, así como las frustraciones persistentes más amplias entre los padres sobre la escolarización durante la pandemia.

En lugar de lidiar con esos problemas espinosos, los demócratas recurren a su motivador más efectivo: Trump.

La campaña de McAuliffe sostenía que, incluso fuera del cargo, el expresidente seguía siendo el arma más poderosa que tenían los demócratas en una carrera que se esperaba que se definiría en favor del partido capaz de motivar mejor a su base. Youngkin, un hombre de negocios ataviado con un chaleco de lana, se convirtió en “Trump en pantalones caquis”, como lo llamaba McAuliffe, y su apoyo a cuestiones de Trump como la “integridad electoral” se convirtió en la pieza central del discurso demócrata.

Cuando Biden llegó a Virginia a un mitin de campaña una semana antes del día de la elección, se enfocó en atacar a Trump y apenas mencionó su propia agenda. La llamativa escena de un presidente que dedicaba su púlpito contra el hombre que derrotó solo sirvió para subrayar que los demócratas ofrecían un pobre mensaje positivo a los votantes.

“Esta ha sido una campaña negativa de miedo enfocada en Trump y creo que lo que destaca es que la importancia de esto va en declive”, dijo Tré Easton, asesor sénior de Battle Born Collective, un grupo progresista de defensa. “No puedes asustar a la gente para que acuda a las urnas. Tienes que dar a la gente una razón para votar”.


 



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