Muy Oportuno

La noche se hace larga

2021-11-15

Muchos, por ejemplo, esperaron (y esperamos) que serían encontradas vacunas eficaces que no...

Por: P. Fernando Pascual, LC 

Pero todo creyente sabe que la noche ha sido vencida por la verdadera aurora de la humanidad.

El pasar de los meses de pandemia, con sus momentos de mejoras y sus oleadas amenazadoras, deja una huella en los corazones.

Para un buen número de personas, el Covid-19 ha provocado heridas profundas, sea por haber padecido la enfermedad, sea por haber visto sufrir a los seres queridos, sea, dramáticamente, por la muerte de familiares y amigos, sea por la duración de cuarentenas preventivas nada fáciles de sobrellevar.

Para casi todos, los meses, que se hacen cada vez más largos, han significado y significan desajustes inesperados, que causan cambios de planes y en los estilos de vida, incomodidades, restricciones, miedo, y un sinfín de consecuencias dañinas.

Si añadimos, además, los enormes, y todavía no evaluables, daños para la vida económica, el panorama puede parecer ensombrecedor, sobre todo porque no sabemos si algún día volveremos a vivir con la paz y la libertad que gozábamos antes.

A todo ello se suma el desasosiego que produce constatar cómo algunas medidas impuestas por las autoridades y asumidas por la gente con la esperanza de llegar a resultados satisfactorios, en no pocos casos han resultado insuficientes, si es que no han sido más dañinas que beneficiosas.

Muchos, por ejemplo, esperaron (y esperamos) que serían encontradas vacunas eficaces que no provocasen graves daños colaterales, con las cuales pronto se alcanzaría una suficiente seguridad de grupo ante el coronavirus.

La realidad, sin embargo, ha mostrado un panorama complejo, al constatar cómo países con un alto índice de vacunados han sufrido por la llegada de nuevas olas de la epidemia, o cómo también eran hospitalizados y morían (dicen que en un porcentaje bajo, pero no por ello tranquilizante) quienes habían recibido aquellas vacunas que prometían un alto nivel de eficacia.

Sin embargo, las sombras acumuladas en el horizonte humano desde inicios del año 2020 no pueden oscurecer tantos gestos de solidaridad, de servicio, de entrega, sobre todo del personal sanitario (médicos, enfermeros), y de quienes, en la familia y en otros ámbitos sociales, han dedicado tiempo y energías para servir a los enfermos.

Como recordaba el Papa Francisco en la encíclica “Fratelli tutti”, “la reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a dudas, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas comprendieron que nadie se salva solo” (n. 54).

Además, la pandemia se ha convertido en una especie de acicate que sirve para romper con visiones insuficientes, egoístas, cerradas a la verdadera caridad y a la transcendencia, para descubrir que el sentido completo de la vida se encuentra en un nivel superior.

“El dolor, la incertidumbre, el temor y la conciencia de los propios límites que despertó la pandemia, hacen resonar el llamado a repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia” (“Fratelli tutti”, n. 33).

La noche de la pandemia del Covid-19 se hace larga. Pero todo creyente sabe que la noche ha sido vencida por la verdadera aurora de la humanidad: Cristo, después de resucitar del sepulcro, ha iluminado el mundo entero. Ahora, sentado a la derecha del Padre, intercede por nosotros.

Desde el cielo, Jesús acompaña a la humanidad en todos y cada uno de los momentos de nuestra historia. También en este periodo difícil en el que, junto a tantos males que siguen entre nosotros, se ha difundido una epidemia que ha mostrado que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la futura” (Hb 13,14).



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