Consultorio Médico

El coronavirus no va a desaparecer y China debería entenderlo

2022-01-27

Los participantes se deben realizar pruebas de covid diarias y tendrán que vivir en una...

Ezekiel J. Emanuel, Michael T. Osterholm | The New York Times

Emanuel es médico, vicerrector de iniciativas globales y profesor de Ética Médica y Política Sanitaria en la Universidad de Pensilvania. Osterholm es epidemiólogo y director del Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas en la Universidad de Minnesota.

Ahora que se aproximan los Juegos Olímpicos de Invierno, cuando unos 3000 atletas, sus equipos y los medios de comunicación se trasladarán a Pekín y sus alrededores, el gobierno de China ha tomado medidas extraordinarias para evitar que la edición número 24 de los juegos, que comienzan el 4 de febrero, se convierta en un evento superpropagador de covid.

Aunque a los deportistas y entrenadores se les exigirá estar vacunados, estarán sujetos a restricciones estrictas. Quienes queden exentos de la inmunización por instrucciones médicas deberán estar en cuarentena 21 días después de ingresar al país. Incluso los vacunados tendrán que presentar dos pruebas negativas. Los participantes se deben realizar pruebas de covid diarias y tendrán que vivir en una burbuja olímpica para evitar la propagación del virus a la población local.

Estas medidas extremas se apegan a la política “cero covid” aplicada en China. El presidente Xi Jinping y su gobierno parecen creer que el país puede quedar aislado hasta que el virus se erradique en todo el mundo.

Por desgracia, dada la facilidad con que se transmite la variante ómicron, se trata de una meta inalcanzable y esa nación se dirige a un desastre. El coronavirus no va a desaparecer; más bien, el mundo tendrá que vivir con él. Para empeorar la situación, las vacunas chinas son mucho menos eficaces contra la variante ómicron. Y el sistema de salud chino sencillamente no está preparado para atender a millones de personas afectadas por el virus.

Es verdad que China ha librado bien la pandemia hasta ahora. Aunque su población es casi el cuádruple de la de Estados Unidos, China ha sufrido menos de 140,000 casos confirmados de covid y menos de 6000 muertes desde enero de 2020, según la Organización Mundial de la Salud. La gran mayoría de las fábricas continuaron en operación. Al principio de la pandemia, China sumó miles de camas de hospital en solo unos días.

Todo esto da la impresión de que China ha tenido un triunfo enorme en comparación con la respuesta desorganizada y a menudo caótica de Estados Unidos, donde el virus ha cobrado más de 860,000 vidas y cada día sigue causando la muerte de unas 2000 personas más. Muchos hospitales están asediados. La economía está trastornada.

Pero es muy posible que este sea el futuro que enfrente China. Se demostrará que intentar eliminar todo contagio por covid es un terrible error. Se trata de una política que dejará al país sin preparación para la presencia endémica de la covid.

Investigaciones recientes muestran que las vacunas de China ofrecen poca protección contra la variante ómicron, incluso contra las complicaciones graves de la covid y la muerte. Por lo tanto, las vacunas no le ofrecen inmunidad con protección adecuada a una población que no cuenta con inmunidad natural derivada de la infección.

Para quienes se infecten, China cuenta con pocas instalaciones para ofrecer servicios ambulatorios o atención en el hogar. Muchas de las personas que enfermen no podrán llamar a un médico, ir a un centro de urgencias ni conseguir atención a domicilio. Y si son millones los que necesiten atención —aunque no necesiten hospitalización—, los hospitales estarán abrumados en muy poco tiempo. Quizás incluso en los hospitales ocurran contagios superpropagadores. Como han demostrado episodios recientes en la ciudad de Xi’an, es posible que, por temor al virus, los hospitales chinos les nieguen tratamiento a quienes lo necesiten.

En los siguientes años, lo más probable es que la mayoría de los habitantes del planeta, incluidos los de China, quedemos expuestos al coronavirus. En vista de que el periodo de incubación parece ser muy corto, hasta de solo tres días, y de que muchas personas infectadas son asintomáticas, el virus se propagará con rapidez. Para cuando se logre identificar un brote, este se habrá desplazado a otra ciudad.

Ya es posible vislumbrar el futuro en muchas ciudades chinas, en especial en Xi’an, a más de 900 kilómetros de Pekín. El mes pasado, el gobierno confinó a los 13 millones de residentes de Xi’an en respuesta a un brote relativamente pequeño de la variante delta, que se transmite con menos facilidad que la ómicron. Este confinamiento estricto se mantuvo alrededor de tres semanas. El virus también se ha propagado en Tianjin, una ciudad cercana a Pekín. Algo que resulta alarmante es que las investigaciones epidemiológicas realizadas con un número considerable de personas infectadas con ómicron en Tianjin revelaron que alrededor del 95 por ciento ya tenía las dosis completas de la vacuna china. Además, el 15 de enero los funcionarios chinos anunciaron que se había identificado el primer caso de la variante ómicron en Pekín, lo que provocó un cierre de actividades localizado y la realización masiva de pruebas.

Lo más probable es que esta propagación tenga temblando al presidente Xi y los demás dirigentes chinos. Es probable que su reacción automática sea aplicar medidas todavía más drásticas. El problema es que, si sigue aplicando una política con el propósito de eliminar por completo la covid, el gobierno está condenado a perseguir eternamente a un blanco en movimiento al que jamás podrá vencer. Serán inevitables algunos efectos económicos serios, no solo para China, sino también para todos nosotros, dada la posición de ese país en la economía mundial. Si bien China todavía es la capital mundial de la producción, no es probable que esa posición sea sostenible si se aplican medidas de confinamiento. Sería natural que las empresas establecidas fuera de China se mostraran cada vez más renuentes a concretar alianzas con empresas chinas si se les impide visitar el país para reunirse con sus socios e inspeccionar fábricas que podrían sufrir cierres impredecibles. La subsecuente disminución en la producción china trastornaría las cadenas de suministro y la disponibilidad de bienes en todas partes, incluso en Estados Unidos.

Otros países pueden servir como modelo para que China ponga en marcha acciones similares. Dinamarca, Alemania y algunos otros países europeos, así como Australia, han logrado una inmunidad sólida sin sufrir la tasa de muertes de Estados Unidos. Aplicaron vacunas eficaces, tomaron decisiones más atinadas en cuanto a tiempos y lugares para imponer confinamientos y protegieron a los más vulnerables —las personas de edad más avanzada y personas con sistemas inmunitarios endebles—. Se dieron contagios en las comunidades, pero eso era inevitable aun con cierres más prolongados o estrictos, y eso permitió que esos países desarrollaran inmunidad.

Las complicadas acciones de China planeadas para contener los contagios durante los Juegos Olímpicos tal vez sí logren evitar un brote de covid, y claro que esperamos que así sea. El punto es que una política que busque la eliminación total de la covid es una estrategia condenada al fracaso a largo plazo.



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