Muy Oportuno

Lo nuclear de la crisis presente

2022-04-26

Con gran perspicacia hablaba otro londinense, Chesterton, del padre de familia numerosa como...

Por: Miguel Ángel Belmonte 

Esta es una crisis no sólo de un modelo económico sino de todo un modelo antropológico, y los aspectos económicos de esa crisis no deben provocar el olvido de otros aspectos que son aún más ‘críticos’ y que tienen que ver con el orden de lo espiritual y, por tanto, con lo más profundamente humano y real

Más allá de las discusiones de los especialistas a la hora de calificar la crisis en que el mundo se ve envuelto, trataremos aquí de poner el acento en la perspectiva cultural o civilizatoria, desde el presupuesto de que esta crisis del presente no es meramente de naturaleza económica, aunque sea en este ámbito donde su manifestación resulta más actual, flagrante e innegable. Como dice Benedicto XVI «el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común».1 Los aspectos económicos de la crisis no deben provocar el olvido de otros aspectos que son aún más ‘críticos’, aspectos que tienen más que ver con el orden de lo espiritual y, por tanto, con lo más profundamente humano y real. Esta es una crisis no sólo de un modelo económico sino de todo un modelo antropológico. Bajo la apariencia tranquila del ‘estado del bienestar’ se escondía un espejismo tras otro. Al occidental de a pie se le había prometido salud, prosperidad y paz para disfrutar en esta misma generación, sin necesidad de pensar ni en las anteriores ni en las siguientes generaciones. Y de tanto pensar cómo disfrutar el presente, el hombre corriente se ha olvidado de dejar tras de sí alguien que le tome el relevo.

Pronto hará un siglo que un observador tan sagaz como extravagante de la sociedad moderna atestiguó el comienzo de la decadencia de Occidente. Para Oswald Spengler, la mentalidad de la gran urbe es la causa directa de una grave incapacidad para la vida. El hombre corriente de la gran ciudad representa perfectamente el alejamiento total de la naturaleza y la dependencia total de la técnica. Una técnica, por otra parte, tan desconectada de la naturaleza que, cuando falla, le deja sumido a este hombre corriente en la perplejidad y en la incapacidad radical para la acción. Esta incapacidad para la acción viene precedida y provocada por otra incapacidad, la incapacidad para la contemplación: «si se lograra desarraigar en el hombre la contemplación, perdería su consistencia religiosa y quedaría a merced de todos los intelectuales, poderes y afanes egoístas de sí mismo y de los demás».2 Acerca de ella se han pronunciado, de una u otra manera y en diversas ocasiones, los sumos pontífices en el ejercicio de su magisterio. Así, por ejemplo, Juan Pablo II afirmaba que «el descanso mismo, para que no sea algo vacío o motivo de aburrimiento, debe comportar enriquecimiento espiritual, mayor libertad, posibilidad de contemplación y de comunión fraterna».3

Esa decadencia de Occidente a la que dedicó Spengler su famosa obra, pocas veces resulta tan elocuente como cuando analizamos su evolución demográfica. Al afirmar que el hombre de Occidente no ha sabido dejar tras de sí a quien pasarle el relevo, no estamos proponiendo una mera metáfora sino también una realidad, o mejor, una ausencia de realidad. Una ausencia de hijos, en resumen. Decía Spengler: «ahora surge la mujer ibseniana, la compañera, la heroína de una literatura urbana, desde el drama nórdico hasta la novela parisiense. Tienen, en vez de hijos, conflictos anímicos».4 Hoy más que nunca los hijos son presentados en el imaginario colectivo como un mal a evitar, como una de las pocas objeciones perdurables a la ideología de género. Todavía no se ha podido tecnificar ‘suficientemente’ el proceso de ‘planificación’, ‘producción’ y ‘colocación’ de seres humanos en el mundo. Ser madre sigue yendo unido a una serie de situaciones en las que, por más que ‘avance’ la ciencia, parece que sigue siendo insustituible la presencia de la madre misma. Y eso la mentalidad de nuestra época, la cultura de la muerte en expresión preferida de Juan Pablo II, no lo soporta.

Para Spengler, la clave de la decadencia de una cultura está en la mentalidad de la gran ciudad que lo invade todo: «el hombre de la gran urbe lleva eternamente consigo la ciudad; la lleva cuando sale al mar; la lleva cuando sube a la montaña (…) la causa por la cual el hombre de la gran urbe no puede vivir más que sobre ese suelo artificial, es que el ritmo cósmico, en su existencia, retrocede al propio tiempo que las tensiones de su vigilia se hacen más peligrosas». Hoy más que nunca el hombre civilizado salta de actividad en actividad durante su vigilia pero luego es incapaz de conciliar el sueño. Vivimos una era del somnífero, el tranquilizante y el antidepresivo como instrumentos para mantener artificialmente lo que la naturaleza resulta ya incapaz de generar. Y es que para Spengler la era de la civilización quiere decir la decrepitud de una cultura, su pérdida definitiva de vitalidad real bajo la apariencia de una actividad en el fondo mecanizada y petrificada: «la civilización no es otra cosa que tensión. Las cabezas de todos los hombres civilizados (…) poseen la expresión dominante de una tensión extraordinaria (…) Estas cabezas son, en toda cultura, el tipo de sus últimos hombres».5

La tensión a que se refiere el escritor alemán es una cualidad del hombre de la cultura decadente, cualidad exactamente opuesta a la contemplación. Bajo los efectos de tal tensión vigilante se implanta el «dinero abstracto como causalidad pura de la vida económica».6 Palabras estas últimas ciertamente aplicables a una crisis como la actual donde el creciente exceso de ‘irrealidad’ o la falta de un ‘sustrato real’ de la actividad económica incesante se revelan cada vez más como factores decisivos de la propia crisis. Es esa tensión la que se traslada también a los demás ámbitos de la vida de este hombre decadente. Por ejemplo, en la misma vida de ocio donde aparecen fenómenos como el footing hoy día tan integrado en el paisaje urbano pero que en tiempos de Spengler comportaba cierta novedad: «la anulación del intenso trabajo mental práctico por su contrario, el footing, practicado consecuentemente; la anulación de la tensión espiritual por la corpórea del deporte; la anulación de la tensión corpórea por la sensual del ‘placer’ y por la espiritual de la ‘excitación’ que producen el juego y la apuesta (…) el cine, el expresionismo, la teosofía, el boxeo, los bailes negros, el póquer y las apuestas: todo ello se encuentra en Roma».7 No cabe duda de que el hombre occidental actual está saturado de distracciones, distensiones, equivalentes a las señaladas por Spengler.

La tensión anticontemplativa invade su vida laboral, su vida familiar y su tiempo libre hasta el punto de volverlo estéril como una piedra: «la existencia pierde sus raíces y la vigilia se hace cada día más tensa. De este hecho se deriva (…) la infecundidad del hombre civilizado».8 Y aquí tocamos, por así decirlo, lo nuclear de la crisis. No se tienen hijos porque no los contemplamos. En lugar de admirar la imagen de Dios en la criatura, calculamos los pros y los contras, buscamos motivos que justifiquen su existencia. La relación del hombre de hoy con la procreación es también, cómo no, técnica, calculadora, planificadora. Todo, menos contemplativa. Fácilmente nos inclinamos por la situación, tenida por más ventajosa, de evitar la descendencia: así es la falsa prudencia del hombre de hoy. Incluso lingüísticamente hay una clara relación entre mentalidad ‘anti-contemplativa’ y mentalidad ‘anti-conceptiva’ puesto que también contemplar requiere engendrar aunque sea intelectualmente.

Detrás de estas actitudes se esconde una auténtica «propensión metafísica a la muerte. El último hombre de la gran urbe no quiere ya vivir, se aparta de la vida, no como individuo, pero sí como tipo, como masa (…) no nacen niños; y la causa de ello no es solamente que los niños se han hecho imposibles, sino, sobre todo, que la inteligencia en tensión no encuentra motivos que justifiquen su existencia».9 Signo de esa actitud es que «la abundancia de niños pasa por algo provinciano. El padre de numerosa prole es en las grandes ciudades una caricatura».10 Ya antes del Ibsen mencionado por Spengler, el gran Dickens había por su parte transitado de una primera época literaria en que la familia numerosa aparecía benignamente tratada a una segunda época, más pesimista, donde la amargura y el resentimiento llenan sus narraciones de pseudofamilias tan numerosas como desordenadas e inhumanas. También Dickens es hijo de su tiempo y de la gran urbe londinense. Con gran perspicacia hablaba otro londinense, Chesterton, del padre de familia numerosa como prototipo del aventurero épico de nuestro tiempo.

Por otra parte, si se hiciera el retrato robot de la pareja occidental posmoderna probablemente nos sorprendería descubrir que aún más es el varón quien obstaculiza la llegada de los hijos que la propia mujer. De poco vale la afirmación políticamente correcta de uno de los gurús del pensamiento social contemporáneo, F. Fukuyama, según el cual la principal revolución del mundo contemporáneo ha sido el acceso generalizado de las mujeres a los anticonceptivos: a la hora de la verdad son los varones los que gobiernan esta triste revolución. Hasta intelectuales americanos tan representativos del progresismo moral y del espíritu de la gran urbe descrito por Spengler como el escritor Paul Auster y el director de cine Woody Allen, iconos ambos de la gran urbe por antonomasia a día de hoy, Nueva York, dan señales con sus tramas de ficción y sus personajes de reconocer esta realidad: en las novelas de Auster y en las películas de Allen, normalmente son ellos los que no quieren tener hijos. Así que hemos llegado a un punto en el que podríamos completar a Spengler diciendo que las mujeres de hoy día tienen conflictos anímicos no sólo porque no tienen hijos sino especialmente porque no encuentran al padre. Con razón se ha hablado últimamente de la clamorosa ausencia del padre en el mundo posmoderno.

De poco valen en este contexto las políticas supuestamente favorables a la natalidad. Es algo así como si se intentara parar una hemorragia con unas tiritas. Con el añadido de que en las tiritas mismas están las instrucciones para que se desangre completamente la pobre víctima. Cada vez que un gobierno europeo anuncia una medida de apoyo económico o laboral a la maternidad, se realiza una contribución más a la idea tan fuertemente instalada de que tener hijos supone una carga insoportable. Cada mes de septiembre, los medios de comunicación repiten hasta la extenuación los últimos estudios acerca del coste medio para las familias de cada hijo en edad escolar. De poco sirve que a noticias de este tipo le sucedan anuncios gubernamentales acerca de la gratuidad de los libros de texto o similares alivios. Sin quererlo, estamos siendo objeto de campañas ideológicas no muy diferentes de las que proponían los nazis a la hora de exterminar razas «superfluas»: «El Dr. Wetzel, al servicio del III Reich, y a instancias de Himmler, elabora un informe con un claro objetivo: eliminar la población ucraniana en territorios ocupados durante la segunda guerra mundial para asentar población alemana. Las recomendaciones del informe no se alejan en absoluto de prácticas que han llegado a ser habituales en nuestras sociedades democráticas: ‘Se debe inculcar a la población rusa –dice el informe– por todos los medios de la propaganda, en particular por la prensa, la radio, el cine, los volantes, folletos y conferencias, que un gran número de hijos no representa sino una carga pesada. Hay que insistir en los gastos que ocasionan los hijos, en las buenas cosas que podrían tenerse con el dinero que gastan en ellos. Se podría asimismo aludir a los peligros que para la salud de la mujer pueden representar los partos (…) Al mismo tiempo, se debe establecer una propaganda amplia y poderosa a favor de los productos anticonceptivos. Se debe crear una industria apropiada con este objeto. La ley no castigará ni la difusión, ni la venta de los productos anticonceptivos, ni tampoco el aborto. Habrá que facilitar la creación de instituciones especiales para el aborto, entrenar respecto a esto a parteras o enfermeras. La población acudirá con más frecuencia a los servicios de abortos si éstos son efectuados con cuidado. Los médicos deben recomendar igualmente la esterilización voluntaria’. Un programa de genocidio de retardo fundamentado en la filosofía hegeliana, donde toda realidad social debe ordenarse a los intereses del Estado».11

Las medidas económico-políticas extraordinarias de apoyo a la natalidad, aun en los casos en que se prolongan indefinidamente, apenas pueden producir un mínimo de lo que los demógrafos llaman ‘efecto sierra’. Pero una vez una sociedad ha entrado culturalmente en la pendiente resbaladiza de la crisis demográfica, de nada sirven aquellas medidas: «Cuando un estado desea un crecimiento demográfico para cumplir con sus objetivos político-económicos potencia la natalidad mediante medidas de apoyo a las familias (…) pero si en esa sociedad existe una cultura antinatalista, rara vez se logra un incremento constante de los índices de fertilidad. A los pequeños éxitos parciales les suceden caídas de la fecundidad. Las políticas natalistas se tornan estériles frente a una cultura antinatalista».12 En el contexto de un mundo multipolar en el que con cierta facilidad las civilizaciones entran en conflicto no cabe duda de que el aspecto demográfico adquiere una relevancia notable: «La diferencia de tasas de fertilidad es el fruto de la ruptura cultural occidental que se ha transformado en una cultura anticonceptiva. La extensión de los métodos anticonceptivos y la sexualidad desligada de la descendencia llevan a una espiral imparable. Hoy por hoy, en Occidente, la difusión y uso de métodos anticonceptivos deja de tener color político y se convierte en una práctica interclasista e interideológica».13 La incertidumbre está en si Occidente, a pesar de sus propias contradicciones, habrá conseguido o no inocular al resto del mundo, vía globalización, el virus de una tecnificación anticontemplativa de la vida social con la consiguiente mentalidad anticonceptiva. Aparentemente las llamadas economías emergentes son las que afrontan la crisis presente en mejores condiciones y también observan comportamientos demográficos más vitalistas que Occidente. Pero no se puede descartar que acaben siguiendo la misma senda.

No hemos intentado aquí mostrar la conexión entre la crisis económica y la crisis demográfica. Tal conexión existe y hace tiempo que se dejaron oír voces que advertían de la insostenibilidad de un estado del bienestar con una pirámide demográfica invertida fruto de una mentalidad profundamente antinatalista y anticonceptiva. Hemos querido poner el acento, más bien, en la dimensión cultural-espiritual de la crisis demográfica. Lo que Juan Pablo II llamaba cultura de la muerte, y que coincide en parte con el espíritu de la gran urbe descrito tan genialmente por Spengler, está en el origen de las actitudes y hechos que han llevado, primero, a esta especie de suicidio demográfico colectivo occidental y, segundo, a una praxis económica basada en espejismos, abstracciones sin fundamento en la realidad de las cosas, sin fundamento en la verdadera naturaleza del hombre y de sus inclinaciones sociales, familiares, económicas. Ante la crisis actual bien podríamos reeditar el adagio y afirmar que también en economía, la verdad es la realidad de las cosas. Verdad que aspira a ser contemplada, concebida y transmitida de manera fecunda.

Notas

1. Benedicto XVI, Caritas in veritate, 71.

2. Marcelo González Martín, La contemplación, alma de la civilización del mañana, Madrid, 1973.

3. Juan Pablo II, carta apostólica Dies Domini, 68.

4. Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, vol. II, Madrid, 1998 [1923], p. 168.

5 Id., p. 164

6 Id., p. 165

7 Ibídem.

8 Id., p. 166.

9 Ibídem.

10 Id., p. 169.

11 Javier Barraycoa, La ruptura demográfica, Barcelona, 1998, pp. 29-30.

12 Id., p. 38.

13 Id., pp. 82-83.
 



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