Reportajes

Es hora de enfurecerse

2022-05-04

Deberíamos defender el acceso al aborto no solo en los casos de violencia sexual. Todas las...

Por Roxane Gay | The New York Times

El padrastro de mi esposa empezó a violarla cuando ella tenía 11 años. El abuso siguió durante años y, al crecer, a Debbie le aterraba constantemente que pudiera estar embarazada. No tenía a nadie con quien hablar ni lugar al que acudir.

El padrastro de Debbie solía amenazarla con matar a su hermano pequeño y a su madre si se lo contaba a alguien, de modo que, cuando el miedo de estar embarazada se hizo demasiado insoportable, le contó a su madre que había sido agredida en la escuela. La madre de Debbie la llevó al médico, que dijo que, a juzgar por sus tejidos cicatrizados, mantenía relaciones sexuales y que debía de tener novio. Era principios de la década de 1970.

Un embarazo, y utilizo las palabras de Debbie, le habría arruinado la vida. Hoy tiene 60 años. Aún sigue lidiando con las repercusiones de ese trauma. Es del todo inescrutable cómo habría alterado la trayectoria de su vida un embarazo forzoso.

Fui agredida sexualmente por varios hombres jóvenes cuando tenía 12 años. He contado la historia, y estoy cansada de contarla, y la historia no es la cuestión. No había tenido aún mi primer periodo. Y, aun así, en las semanas y meses posteriores, por supuesto que me preocupaba estar embarazada. Me preocupaba no saber quién sería el padre.

Si hubiese quedado embarazada, no sé qué habría hecho. Era católica. El aborto era pecado. Pero una niña de 12 años no está preparada para un parto o para la maternidad. El trauma que soporté no habría hecho sino agravarse por un embarazo forzoso. Y la trayectoria de mi vida también se habría alterado.

Es asombroso que se haya filtrado un borrador de la opinión de la Corte Suprema —que revocaría el caso Roe contra Wade— antes de lo previsto por los jueces para anunciar su decisión, probablemente el mes que viene. También es muy elocuente. Quienquiera que lo filtrara quería que la gente supiera qué destino nos aguarda.

Al menos, eso es lo que me digo a mí misma. Y doy gracias a Dios que alguien lo hizo, para que lo sepamos. Para que podamos prepararnos. Para que podamos enfurecernos.

No deberíamos vivir en un mundo donde existe la violencia sexual, pero así es. Dada esta desgraciada realidad, no deberíamos vivir en un mundo donde a alguien que ha sido violada se le obliga a llevar a término un embarazo porque una minoría de estadounidenses cree que los nonatos son más importantes que las personas que los dan a luz.

Y deberíamos defender el acceso al aborto no solo en los casos de violencia sexual. Todas las personas que quieran abortar deberían poder hacer uso de esa intervención médica. Sus razones no son de la incumbencia de nadie. Las personas no deberían tener que demostrar su virtud para justificar una decisión personal sobre cómo manejar una circunstancia determinante para su vida.

No deberíamos vivir en un país donde la autonomía corporal puede ser otorgada o arrebatada por nueve personas nombradas por los políticos y que, en su mayoría, son hombres y no pueden quedar embarazados. Cualquier derecho civil que dependa de los caprichos políticos no es un verdadero derecho civil.

Sin el derecho al aborto, se obliga a las mujeres a tomar unas terribles decisiones. Esta carga recae desproporcionadamente sobre las mujeres pobres y de clase trabajadora que carecen de medios para viajar a otros estados y recibir la atención médica que necesitan. A pesar de las promesas del movimiento antiabortista de ayudar a las mujeres embarazadas y los hijos, el cabildeo “provida” parece invertirse solo en los nonatos. Esa misma mayoría de políticos hombres que se oponen al aborto a menudo hacen todo lo que está en sus manos para oponerse a los derechos a la baja parental pagada, la subvención de la atención médica infantil, un sistema de atención médica de pagador único o cualquier tipo de red de protección social que pudiera mejorar la vida familiar.

El documento filtrado es un borrador. El aborto todavía es legal, aunque en gran medida inaccesible en algunas partes de Estados Unidos. La Corte Suprema ha emitido un comunicado donde insiste en que el borrador, aunque es auténtico, aún puede cambiar. Con todo, es un presagio de que vendrán cosas terribles. Hasta 25 estados están preparados para prohibir el aborto en cuanto se revoque el caso Roe contra Wade.

Y hay otras consideraciones inquietantes en ese borrador, escrito por el juez Samuel Alito. Algunas personas han expresado su preocupación por la posibilidad de que, de extenderse el razonamiento del juez Alito, otros derechos logrados con esfuerzo —como el uso de métodos anticonceptivos o la igualdad de matrimonio— sean también abolidos. Es decir: esta decisión abre la puerta al desmantelamiento sistemático del progreso social y los derechos civiles con el más absurdo de los pretextos.

Y esto no es una amenaza teórica. Ya hemos visto el modo en el que varios estados están intentando borrar de la existencia jurídica a las personas transexuales con leyes que prohíben la atención médica de afirmación de género para los niños y, en Misuri, se ha propuesto una ley que podría extender esa denegación a los adultos.

No sé si esta retracción de los derechos civiles terminará, pero sí sé que será un hito en la campaña conservadora, que dura ya décadas, para obligar a un país de 330 millones de personas a acatar un conjunto de ideologías intolerantes. Este movimiento busca gobernar por medio de una fingida teocracia, a pesar de nuestra separación constitucional entre Iglesia y Estado. La gente que está detrás de esta campaña no representa a la mayoría de este país, y lo saben, así que intentan constantemente socavar el proceso democrático. Atacan los derechos de voto, dividen los distritos electorales como mejor les conviene e impulsan leyes impopulares para poder vivir en un mundo elegido por ellos y acaparar tanto poder y riqueza como les sea posible.

¿Adónde vamos desde aquí? Para proteger la autonomía corporal de las mujeres, se debe codificar el derecho al aborto en la ley federal. Sin embargo, la posibilidad de que eso suceda parece muy remota. En su comunicado conjunto, emitido después de la filtración de la Corte Suprema, el líder de la mayoría en el Senado, Chuck Schumer, y la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, no utilizaron la palabra “aborto” ni siquiera una vez. El presidente Biden apenas la ha pronunciado durante su presidencia. Es difícil creer que estén tan comprometidos como debieran con la protección de un derecho cuyo nombre no se atreven a mencionar. Hasta que los demócratas no dejen de apoltronarse entre ambos lados del pasillo político —donde nadie va a ir a su encuentro—, nada cambiará.

La posibilidad de que se retrotraigan muchos derechos civiles es aterradora. Millones de estadounidenses se preguntan ahora si pueden despojarnos de nuestros derechos, a nosotros, a nuestros amigos y familiares, a nuestras comunidades. El cielo se está cayendo y muchísimos estamos intentando desesperadamente sujetarlo.

A medida que Debbie y yo hablábamos sobre la alta probabilidad de que se revoque el caso Roe contra Wade, hemos empezado a preocuparnos por las posibles consecuencias jurídicas para nuestro felicísimo matrimonio. En junio celebraremos nuestro segundo aniversario de boda.

Cuando intercambiamos nuestros votos matrimoniales, todo cambió. Ya estábamos comprometidas, pero nuestro compromiso se hizo más profundo. Había una nueva y satisfactoria solemnidad en nuestra relación. En un instante, entendí que el matrimonio es mucho más que un trozo de papel, pero que era importante tener ese papel.

Hemos trabajado mucho las dos para superar los traumas que padecimos de niñas, para permitirnos amar y ser amadas con plenitud. Esta vida que compartimos no sería posible si nos hubiésemos quedado embarazadas demasiado jóvenes y contra nuestra voluntad, sin recursos. Esta vida que hemos hecho juntas no es política. Es profundamente personal. Y, sin embargo, nuestras vidas y nuestros cuerpos siguen sujetos al debate político. De un modo u otro, siempre ha sido así.

¿Cómo podemos ser libres, en estas circunstancias? ¿Cómo puede cualquiera de nosotros ser libre?

 



Jamileth