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‘No puedo tener este bebé’: así es una solitaria clínica de abortos en la frontera

2022-05-09

Los datos muestran que las mujeres pobres o de bajos ingresos constituyen el 75 por ciento de las...

Por Edgar Sandoval  | The New York Times

McALLEN, Texas — Los murales coloridos en el exterior de la clínica, a pocos kilómetros de la frontera con México, celebraban “la dignidad, el empoderamiento, la compasión, la justicia”. En el interior había un recordatorio colocado en la pared para cualquiera que hubiera empezado a dudarlo: “¡El aborto es legal en Texas!”.

Una mujer de 28 años miraba el cartel con inquietud y acariciaba suavemente un collar con una imagen de San Judas, el santo patrono de las causas perdidas y las situaciones desesperadas.

Su situación parecía en efecto difícil: tenía tres niños en casa, un esposo en la cárcel y la carrera universitaria trunca. Se decía a sí misma que otro bebé pondría a su familia al borde del abismo. “Nunca pensé que estaría aquí”, afirmó la mujer, quien, antes de entrar, había pasado por delante de unos manifestantes antiaborto que protestaban afuera y tuvo que detener su auto para vomitar. “Me ha costado mucho estar aquí hoy. Llevo una semana sin poder dormir, repasando este día en mi cabeza una y otra vez. Solo sé que no puedo tener este bebé”.

El recordatorio de que algunos abortos en las primeras fases del embarazo siguen siendo legales en Texas se produce mientras las clínicas que quedan en el estado enfrentan una ley reciente que amenaza con demandas punitivas contra cualquiera que ayude a abortar después de las seis semanas de embarazo. Un borrador del veredicto de la Corte Suprema de Estados Unidos, que se filtró a los periodistas esta semana, amenaza con desencadenar una ley de mayor alcance —aprobada por los legisladores de Texas el año pasado en previsión del día en que el caso de Roe contra Wade sea anulado— que expondría a los proveedores de abortos a posibles sentencias de cadena perpetua o multas de 100,000 dólares.

En las últimas semanas, clínicas como Whole Woman’s Health, el único centro de abortos que hay en el valle del río Grande para atender a una población de un millón de personas, han estado repletas de mujeres como esta joven de 28 años. Tratan de reconstruir con urgencia el calendario de sus periodos menstruales y se someten a ecografías para asegurarse de que están dentro del lapso permitido de las seis semanas.

En general, las mujeres que acuden a esta clínica, situada en la ciudad de McAllen, de población mayoritariamente latina y ubicada a unos 16 kilómetros al norte de la frontera entre Estados Unidos y México, son el reflejo de algunas de las que, probablemente, se enfrentarán a las consecuencias más complicadas de los nuevos límites estatales respecto al aborto.

Los datos muestran que las mujeres pobres o de bajos ingresos constituyen el 75 por ciento de las que desean interrumpir su embarazo. Alrededor del 60 por ciento de las mujeres que solicitan abortos legales son negras o hispanas, según los datos federales, y los analistas aseguran que son ellas quienes se enfrentan con más intensidad al dilema de equilibrar trabajos mal pagados con horarios impredecibles, los costos del cuidado de los niños y la esperanza de asistir a la universidad a medio tiempo con la realidad de otro hijo que mantener.

Si bien algunas clínicas de México seguirán ofreciendo ayuda para abortar, muchas mujeres que viven en McAllen y en las comunidades estadounidenses circundantes podrían enfrentarse a un viaje de más de 1200 kilómetros para llegar a la clínica de aborto legal más cercana, en Las Cruces, Nuevo México, en caso de que Whole Woman’s Health y otras instalaciones de Texas se vean obligadas a cerrar.

La joven sentada en la sala de espera, que al igual que otras personas entrevistadas para este artículo no quiso revelar su nombre para proteger su identidad, dijo que su esposo, que está cumpliendo condena por asesinato, y la mayoría de los miembros de su familia la juzgarían y la ayudarían muy poco si se enteraran de que ha interrumpido un embarazo.

La mayoría de los entrevistados dijeron que la cultura del valle del río Grande, en la que predominan las personas mexicoestadounidenses y muy católicas, obliga a las mujeres que se plantean un aborto a hacerlo solas y a guardar silencio para siempre.

“Ya sabes, en nuestra cultura, al ser mexicana, la verdad no lo apoyan”, señaló la mujer. “Sientes que no puedes contárselo a nadie”.

En la sala de espera, donde la mayoría de las mujeres evitaban mirarse entre sí, ella se mostraba inquieta. “¿Qué pensarán de mí?”, murmuró. Luego soltó una risita nerviosa al recordar que lo más probable era que todas estuvieran ahí por la misma razón.

Sus tres hijos, de 11, 9 y 7 años, están en la escuela, pero a ella le falta un año para obtener el título en justicia penal que necesita para conseguir un empleo mejor pagado que su trabajo de oficina.

Por un lado, comentó, “solo quiero seguir con mi carrera”, y por otro, “necesito cuidar de mis bebés, los que ya tengo”.

Luego, a pesar del uso de anticonceptivos, dejó de menstruar un mes, y según ella, una situación que antes parecía difícil, ahora se sentía imposible.

Dijo que al principio le preocupaba la ley de Texas que entró en vigor el 1 de septiembre —un modelo que ahora se está adoptando en otros estados conservadores—, la cual faculta a los civiles a presentar demandas contra cualquier médico que practique un aborto cuando ya hay actividad cardiaca del feto, alrededor de las seis semanas de embarazo. Los médicos miden el inicio del embarazo a partir del primer día de la última menstruación de la mujer, que suele ser dos semanas antes de la concepción del feto. Por eso, muchas mujeres recién se enteran que están embarazadas cuando llegan al límite de las seis semanas.

Aunque se supone que la ley no tiene como objetivo a las mujeres, ella había leído las noticias recientes sobre una mujer que fue acusada de asesinato en el condado cercano de Starr tras someterse a lo que se describió como un aborto “autoinducido” después de las seis semanas. La mujer fue liberada después de una protesta nacional.

Por eso, cuando la doctora de guardia de Whole Woman’s Health, Blair Cushing, le informó a la mujer de 28 años que estaba por debajo del límite que establecía la ley, a cinco semanas de embarazo, su corazón se tranquilizó. “No quería que me detuvieran también”, dijo.

En una visita al consultorio al día siguiente, Cushing le indicó que tomara una única dosis de mifepristona, que es del tamaño de una aspirina, y una segunda dosis, cuatro tabletas de misoprostol, en un plazo de 48 horas.

La doctora leyó una lista de riesgos relacionados con el aborto realizado con medicamentos, entre los que puede presentarse una hemorragia excesiva, la posibilidad de que se retenga tejido dentro del útero, una infección y una reacción alérgica al medicamento.

Según la ley estatal, la doctora estaba obligada a mostrarle a la paciente su ecografía, que en una fase tan temprana del embarazo suele mostrar poco más que el saco gestacional, la bolsa de líquido donde crece el embrión.

La ley también les exige a los médicos que hablen con las pacientes sobre la posibilidad de que disminuya su fertilidad y de que aumente el riesgo de cáncer de mama en las mujeres que abortan, un riesgo descartado por muchos expertos que lo han estudiado. Cushing señaló que el material que se le exigía informar a sus pacientes buscaba “tratar de engañarlas y asustarlas”.

El aborto en sí, le dijo la doctora a la mujer, se sentiría como un periodo menstrual abundante. “Me dijo: ‘Apenas empieza, en realidad no hay nada’”, recordó la mujer después de la consulta inicial. “Me siento bien. Estoy tratando de superarlo. Esta es la decisión correcta para mí en este momento”.

No todo el mundo sigue adelante. Cushing y otros proveedores de servicios médicos dijeron que han visto casos de mujeres que han cambiado de opinión después de visitar la clínica.

“Entendemos que es una decisión muy personal”, dijo Cushing. “Eso es exactamente lo que les digo a las pacientes. Quiero que se sientan muy seguras de su decisión. No es algo de lo que puedan retractarse”.

Otra trabajadora de la salud, que empezó a laborar en la clínica hace tres meses, dijo que a veces les comentaba a sus pacientes que había abortado a los 18 años cuando estaba embarazada de diez semanas. Al igual que muchas de sus pacientes actuales, dijo, temía que un embarazo pudiera perjudicar sus posibilidades de conseguir un trabajo mejor.

También le preocupaba que su familia y sus vecinos la marginaran si alguien se enteraba, señaló.

“Aquí nos criamos como católicos y cristianos, y en general no hablamos de sexo”, dijo. “No hablamos del tema porque aquí es un tabú”.

En todo el valle del río Grande, las iglesias hablan de alternativas al aborto y a menudo se comprometen a ayudar a las mujeres que se enfrentan a embarazos difíciles.

El reverendo Derlis Garcia, director de la Oficina Pro-Vida de la Diócesis Católica de Brownsville, que incluye a McAllen, dijo que la prioridad de la iglesia era proteger la vida del no nacido. Muchas de las iglesias y albergues de la región abren sus puertas a las mujeres que están considerando un aborto y ofrecen asesoramiento y apoyo a las que han interrumpido sus embarazos.

“Como católicos del valle del río Grande, nos preocupamos profundamente por el más vulnerable, el bebé en su vientre”, dijo el padre Garcia. “También nos preocupamos profundamente por las madres en circunstancias difíciles”.

Desde la aprobación de la ley del aborto en septiembre, el número de personas que buscan consulta en la clínica —en un día promedio, alrededor de 20 a 40— no ha disminuido, dijo Cushing. Pero ha aumentado el número de pacientes que son rechazadas, alrededor del 40 por ciento de las que acuden. Muchas llegan después de las seis semanas.

Una mujer de 25 años que llegó a la clínica dijo que le preocupaba haberse pasado ese límite. La mujer tiene un hijo de 1 año y otro de 5, durante el día trabaja en un empleo que le paga un salario muy bajo y asiste a clases por internet. Con esa agenda, no hay espacio para otro embarazo, dijo. “Verlos crecer, compaginar la educación y el trabajo y con todo lo que está pasando, creo que un tercero va a ser demasiado”, dijo.

Como suele tener periodos irregulares, explicó, se hizo tres pruebas de embarazo “después de que mi cuerpo se sintió diferente” tres semanas antes. La primera resultó negativa. Las dos siguientes no lo fueron.

Se sentó tranquilamente a esperar su turno en la clínica, cuyas paredes estaban decoradas con retratos y citas de mujeres inspiradoras, como la ex primera dama Michelle Obama y la cantante Selena Quintanilla. En la pared de otra sala había una gran cita de Jessica Farrar, ex congresista por el estado de Texas: “No dejaremos de levantarnos, no dejaremos de luchar”.

Alisha Moreno, una asistente médica, se sentó frente a la mujer y le explicó el proceso de los dos próximos días bajo el régimen de la píldora abortiva.

“Esa primera píldora detiene el crecimiento del embarazo”, le dijo Moreno.

Recibiría ibuprofeno y medicamentos para tratar las náuseas.

“Después, entre una hora y dos horas, vas a empezar a expulsar el embarazo”, continuó. “Así que vas a experimentar calambres, dolor y paso de coágulos de sangre, tal vez del tamaño de tus puños, o tal vez menos, solo porque estás al principio de tu embarazo”.

La mujer asintió, dando a entender que lo entendía, antes de firmar un formulario en el que declaraba que había acudido a la clínica por su “propia voluntad”. Pero no pudo evitar su nerviosismo. Cuando se preparaba para salir, Moreno se ofreció a acompañarla hasta su auto.

La mujer sonrió y aceptó amablemente.



Jamileth

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