Barones y Magnates

Elon Musk como jefe es una mala señal para Twitter

2022-06-05

Los repetidos titubeos de Elon Musk en su acuerdo de compra de Twitter han agitado los mercados y...

Edward Niedermeyer, The New York Times

Los repetidos titubeos de Elon Musk en su acuerdo de compra de Twitter han agitado los mercados y suscitado nuevas dudas sobre su seriedad. Tal vez sus promesas de salvaguardar la libertad de expresión, prohibir los bots de spam y aumentar de manera drástica las ganancias se hayan ganado la aprobación del fundador de la empresa, Jack Dorsey, pero las acciones de Twitter se desplomaron muy por debajo de su precio de oferta y Musk parece estar renegando de un acuerdo que ha provocado el escepticismo hasta de Wall Street.

Para quienes hemos seguido las excentricidades de Musk desde hace tiempo, el más reciente giro en su oferta por la plataforma de redes sociales coincide por completo con su personalidad. La manera en la que ha manejado y comercializado su negocio desde los primeros días de Tesla revela una disfunción detrás de la capa de tecnofuturismo de fabricante de automóviles y éxitos bursátiles de su pasado. El magnate, que tiene la costumbre de anunciar nuevas funciones sin consultar a su equipo, obliga a sus empleados a zanjar la enorme brecha existente entre la realidad tecnológica y sus sueños. Esta desconexión fomenta un lugar de trabajo negligente y a veces cruel, con efectos desastrosos.

En 2016, Musk prometió que los autos Tesla de reciente fabricación serían capaces de conducirse solos y para ello solo bastaría una futura actualización de software que los propietarios de Tesla podrían comprar por adelantado por miles de dólares.

Ese anuncio de conducción autónoma que tanto deleitó a sus seguidores fue una revelación mucho más impactante para los ingenieros del proyecto, que se enteraron de su asombrosa nueva misión cuando Musk la tuiteó. Los compradores de Tesla nunca recibieron la actualización de software prometida. Los autos siguen sin poder conducirse sin la intervención humana. Sin embargo, año con año, repite distintas versiones de esta promesa. Su capacidad de vender una y otra vez esas fantasías de ciencia ficción a una audiencia crédula es la base de su vasto imperio y fortuna.

Los ingenieros de manufactura de Tesla quedaron estupefactos cuando, también en 2016, Musk se comprometió en público a desarrollar una fábrica totalmente automatizada que no necesitara mano de obra humana. Tesla construyó dos líneas de ensamblaje que intentaron automatizar tareas que requerían niveles de destreza y flexibilidad que la robótica moderna aún no alcanza. El multimillonario acabó por darse por vencido y montó una línea de producción con mucha mano de obra en una carpa al aire libre.

Musk consideró eso como una nueva oportunidad para contribuir a su leyenda y contó que había dormido en las fábricas de Tesla durante este periodo, que denominó “infierno de producción”. Lo que omitió al elogiarse a sí mismo fue la realidad de sus empleados. Su presencia no aportaba ninguna experiencia real en la fabricación, sino la presión prepotente de un jefe que los criticaba de manera pública estaba salpicada de declaraciones como: “Puedo estar en mi isla privada con supermodelos desnudas, tomando mai tais, pero no lo estoy”.

En mi reportaje sobre Tesla, cuando entrevistaba a los empleados a veces me sentía más como un terapeuta que como un periodista, ya que mis entrevistados intentaban separar el orgullo y la satisfacción que sentían por su trabajo del trauma de trabajar para Musk. Sobrevivir diez años de trabajo en Tesla es un logro poco común y suele pasar que el talento sea explotado o expulsado antes de que finalice el periodo de adquisición de acciones de cuatro años en la empresa.

Este entorno desolador es aún más marcado para las mujeres y las minorías raciales. Las demandas de los trabajadores y del Departamento de Igualdad en el Empleo y la Vivienda de California alegan que a los trabajadores negros se les asignaron trabajos físicos de poca importancia en secciones de la fábrica apodadas “la plantación”, donde eran víctimas de insultos y pintas racistas. Unas empleadas presentaron demandas por la prevalencia de una cultura de acoso sexual y manoseos por parte de supervisores. Musk se mostró indiferente, en un correo electrónico enviado a las trabajadoras que denunciaron los abusos dijo que: “Era importante tener la piel gruesa”.

Lo que a Musk le interesa es supervisar proyectos empresariales que dan lugar a nuevos y llamativos componentes. En las áreas más prosaicas del negocio, como la fabricación, el servicio y las ventas, tiende a involucrarse solo para aplacar los incendios que a menudo amenazan el futuro inmediato de la empresa (excepto por los incendios literales que han consumido en varias ocasiones su fábrica de Fremont, California a lo largo de los años).

Esta es la debilidad fundamental de toda organización liderada como un culto a la personalidad: el amado líder no puede ser omnipresente ni tomar todas las decisiones, pero en ocasiones no brinda un claro código de valores que les permita a los directivos moldear sus decisiones con independencia en torno a metas compartidas. Cuando el éxito de la empresa está ligado a los caprichos de un hombre, se producen fenómenos extraños como que los directivos decidan si mencionarle o no ciertos asuntos a Musk con base en el tono de rubio que la cabellera de su esposa tenga ese día (los tonos platinados se relacionan con un mejor estado de ánimo).

Cuando el patrón dirige empresas de túneles, cohetes e implantes cerebrales, además de una compañía automotriz de alto perfil, puede ocurrir que hasta las mentes más brillantes se desconecten demasiado de la realidad de las decisiones que deben tomar. Después de los colapsos de Theranos y WeWork —empresas con fundadores con el mismo exceso de confianza que insistieron en que lograrían sus grandes ambiciones si se les daba más tiempo y dinero— la confianza de Musk en el bombo y platillo resulta en particular contradictorio.

De hecho, la principal diferencia entre Musk y los héroes caídos de Silicon Valley es que Musk sí ha cumplido algunas de sus promesas: Tesla fabrica autos y SpaceX aterriza cohetes. Sin embargo, varias viejas promesas como los autos de manejo totalmente automatizado parecen ser más aspiracionales y menos factibles, por lo que la diferencia entre él y esos héroes caídos comienza a perder su significado. Su larga lista de promesas incumplidas —una red de recarga de vehículos eléctricos que funcione solo con energía solar, un sistema de fabricación totalmente automatizado, un minibús autónomo e incluso un auto volador impulsado por un cohete— es mucho más extensa que sus logros.

Con su decisión de comprar Twitter, Musk no solo agregó otra distracción a su larga lista, sino que también mostró el mismo afán por anunciar en público decisiones radicales. Aunque tuvo cierto éxito en la realización de funciones para el usuario en Tesla, sus objetivos contradictorios de aumentar la transparencia algorítmica y eliminar los bots de spam en Twitter son la señal más evidente de que pretende imponer su voluntad en el servicio sin aprovechar la experiencia de los trabajadores que han estado luchando con los retos más espinosos de Twitter.

En última instancia, los objetivos de Musk para Twitter, al igual que para Tesla, no consisten en tomar las decisiones correctas para sus empresas o las personas que las hacen posibles. Se trata de complacer a la multitud y alimentar la leyenda que mantiene el flujo de cuerpos y mentes frescos por las empresas que los mastican y los escupen. Ahora, si Twitter cae bajo su control, Musk se habrá apoderado de los medios para fabricar el producto que más le ha importado siempre: su propia creación de mitos.



JMRS