Atrocidades

Tenacidad y masacres en Afganistán: el camino de los talibanes para sobrevivir a una superpotencia

2020-05-29

Los talibanes oficialmente han cambiado poco de su ideología fundamental rigurosa al...

Por Mujib Mashal, The New York Times

Los talibanes están a punto de conseguir que las tropas estadounidenses abandonen Afganistán. Para lograrlo, renunciaron un poco a su ideología extremista.

Bajo la sombra de una morera, cerca de tumbas adornadas con banderas de los talibanes, un alto líder militar insurgente en el este de Afganistán reconoció que, a lo largo de la última década, el grupo había sufrido pérdidas devastadoras debido a los ataques estadounidenses y operativos gubernamentales.

Sin embargo, esas bajas han cambiado poco el terreno: los talibanes siguen remplazando a sus muertos y heridos, perpetrando una violencia brutal.

“Consideramos que esta lucha es una forma de adoración”, dijo Mawlawi Mohammed Qais, el dirigente de la comisión militar de los talibanes en la provincia de Lagmán, mientras decenas de sus combatientes esperaban cerca de ahí, en una ladera. “Así que, si matan a un hermano, el segundo hermano no decepcionará los deseos de Dios; se pondrá los zapatos de su hermano”.

Los talibanes han sobrevivido a una superpotencia durante casi diecinueve años de guerra desgastante. Y decenas de entrevistas con funcionarios y combatientes talibanes en tres países, así como con funcionarios afganos y occidentales, revelan que se han fusionado nuevas y viejas posturas y dejan entrever las generaciones que ayudaron a lograrlo.

Después de 2001, los talibanes se reorganizaron como una red descentralizada de combatientes y comandantes de bajo nivel con el poder de reclutar y reunir recursos de manera local mientras que los líderes de alto nivel seguían refugiados en Pakistán, el país vecino.

La insurgencia llegó a adoptar un sistema de planeación y ataques terroristas que mantuvo al gobierno afgano bajo una presión fulminante, así como a expandir un motor de financiamiento ilícito basado en crimen y drogas, a pesar de su arraigo en la austera ideología islámica.

Al mismo tiempo, los talibanes oficialmente han cambiado poco de su ideología fundamental rigurosa al prepararse para comenzar charlas directas sobre la repartición de poder con el gobierno afgano.

Nunca han renegado explícitamente de su pasado, en el que albergaron terroristas internacionales, ni de las prácticas opresivas hacia las mujeres y las minorías que caracterizaron su mandato en la década de 1990. Y los insurgentes permanecen profundamente opuestos a la gran mayoría de las transformaciones que Occidente apoyó en el país durante las últimas dos décadas.

“Preferimos que el acuerdo se implemente totalmente para poder tener una paz integral”, dijo Amir Khan Mutaqi, el jefe de personal del líder supremo de los talibanes, en una entrevista extraordinaria en Doha, Catar, con The New York Times. “Pero tampoco podemos quedarnos aquí sentados mientras las prisiones están llenas de nuestra gente, cuando el sistema de gobierno es el mismo sistema occidental, y los talibanes simplemente deben quedarse en casa”.

“Ninguna lógica acepta que todo siga igual tras todo este sacrificio”, dijo. “El gobierno actual se basa en dinero extranjero, armas extranjeras y financiamiento extranjero”, agregó.

Una historia lúgubre los precede. La última vez que una potencia ocupó Afganistán y después salió del país —cuando la insurgencia muyahidín, respaldada por Estados Unidos, ayudó a que los soviéticos se retiraran en 1989—, las guerrillas derrocaron al gobierno que se quedó y luego lucharon entre ellas para disputarse lo que quedaba. Los talibanes resultaron victoriosos.

Ahora, aunque las fuerzas estadounidenses y los insurgentes han dejado de atacarse, los talibanes intensificaron sus ataques en contra de las fuerzas afganas antes de una tregua extraordinaria de tres días por la festividad del Eid al-Adha. Sus tácticas parecían tener el objetivo de sembrar miedo.

Muchos afganos temen que los insurgentes intimiden a los negociadores para que les otorguen una participación dominante en el gobierno, cuyas instituciones han socavado y a cuyos funcionarios asesinan con camiones-bomba y emboscadas.

Los comandantes talibanes de campo dejaron claro que solo cesaron el fuego con el fin de que los soldados estadounidenses pasen de manera segura, “para que se desempolven el trasero y se vayan”, como dijo un alto comandante talibán en el sur. Sin embargo, no expresaron reservas acerca de seguir atacando a las Fuerzas de Seguridad Afganas.

“Nuestra lucha comenzó antes de la llegada de Estados Unidos: en contra de la corrupción. Los corruptos le rogaron a Estados Unidos que viniera porque no podían combatir”, dijo un joven comandante de la Unidad Roja, la élite talibán, en Alingar. Él era un niño cuando comenzó la invasión estadounidense, y se reunió con un equipo de reporteros del Times en la zona donde el control del gobierno da paso a los talibanes.

“Nuestra yihad continuará hasta el día del juicio a menos que se establezca un sistema islámico”, dijo el comandante, quien habló con la condición de mantener su anonimato.

Reclutamiento y control

Los talibanes ahora tienen entre 50,000 y 60,000 combatientes activos y decenas de miles de facilitadores y hombres armados de medio tiempo, de acuerdo con cálculos afganos y estadounidenses.

Sin embargo, no se trata de una organización monolítica. El liderazgo de la insurgencia construyó una máquina bélica a partir de componentes dispares y lejanos, y presionó a cada célula a tratar de ser localmente autosuficiente. En las zonas que controlan, o al menos en las que influyen, los talibanes también tratan de administrar algunos servicios y resolver disputas, posicionándose continuamente como un gobierno en la sombra.

“Esta es una insurgencia en red: está muy descentralizada, tiene la capacidad de que los comandantes de distrito movilicen recursos y puedan prepararse logísticamente”, dijo Timor Sharan, analista afgano y exalto funcionario del gobierno. “Pero al final, ganaron legitimidad de una sola fuente, de un solo líder”.

A lo largo de los años, el liderazgo principal del grupo se ha mantenido principalmente en Pakistán, donde la reconstitución de la insurgencia fue respaldada por Inter-Servicios de Inteligencia, la agencia de espionaje militar paquistaní. Esos refugios han ofrecido continuidad a pesar de que las bases sufren grandes bajas en Afganistán.

En ocasiones, las tasas de víctimas fueron tan altas —al perder hasta cientos de combatientes por semana mientras los estadounidenses realizaban una campaña de ataque aéreo en la que arrojaron cerca de 27,000 bombas desde 2013— que los talibanes desarrollaron un sistema de fuerzas de reserva para seguir presionando donde habían sufrido bajas, según los comandantes regionales del grupo. El año pasado fue particularmente devastador; funcionarios afganos alegan que se mataba talibanes a tasas sin precedentes: más de 1000 al mes, quizás una cuarta parte de las fuerzas que se calcula tenían para fin de año. Además de los ataques aéreos de las fuerzas afganas, Estados Unidos lanzó alrededor de 7400 bombas, quizás la mayor cantidad en una década.

Incluso en el momento cúspide de la larga presencia militar estadounidense y el esfuerzo de coordinación para ayudar al gobierno afgano a ganar simpatizantes y lealtad en el campo, los talibanes lograron seguir reclutando a suficientes hombres jóvenes para continuar la lucha. Las familias seguían respondiendo el llamado de los talibanes, y las ganancias ayudaron a levantar toda la operación.

Mawlawi Qais explicó que su comisión militar en la provincia de Lagmán, donde queda Alingar, tiene un comité activo de “Orientación e invitación”, cuyos miembros van a las mezquitas y a las clases de Corán para reclutar nuevos combatientes. Pero señaló que la mayoría de los reclutas vienen de combatientes que trabajan alistando a amigos y familiares.

Ha habido una constante necesidad de sangre nueva, en particular durante la década pasada. “Solo en nuestro dilgai”, dijo, refiriéndose a una unidad de 100 a 150 combatientes, “hemos perdido 80 hombres”.

Aún así, los combatientes siguen uniéndose, dijo, en parte debido al profundo odio a las instituciones y valores occidentales que el gobierno afgano ha adoptado de sus aliados.

“Nuestro problema no es con su carne y sus huesos”, dijo Mawlawi Qais. “Es con el sistema”.

Las autoridades afganas dicen que en lugares donde los talibanes no tienen un control estable para el reclutamiento local, aún disponen en gran medida de los aproximadamente dos millones de refugiados afganos que viven en Pakistán, y recurren a los seminarios allí, para reclutar combatientes para la primera línea de combate.

Los comandantes y los encargados de reclutamiento dicen que no pagan salarios regulares. En cambio, cubren los gastos de los combatientes. Lo que ha ayudado en los últimos años fue darles a sus comandantes más libertad para usar sus recursos locales y el botín de guerra.

Cierta recaudación de ingresos, como poner impuestos a bienes, fue centralizada. Pero cada vez más, el movimiento se entrelazó profundamente con el crimen local y los narcóticos, lo que se sumó a los incentivos financieros para mantener su guerra santa.

“Los amigos que están con nosotros en la primera línea de la yihad no reciben un salario”, dijo el mulá Baaqi Zarawar, comandante de una unidad en la provincia de Helmand. “Pero nos ocupamos de su asignación, la gasolina para su motocicleta, sus gastos de viaje. Y si capturan un botín, esa es su ganancia”.

En zonas donde tienen el control cómodamente, muchos combatientes talibanes, y hasta los líderes, tienen otros trabajos.

Durante su entrevista, Mawlawi Qais hizo una pausa para disculparse por su ropa polvorienta: dijo que había molido harina toda la mañana, su trabajo diario. Muchos de sus combatientes también tienen un segundo empleo cuando no están peleando.

Para ayudar a garantizar que las fuentes de reclutamiento no se agoten, la insurgencia creó una sofisticada operación de información, dando forma a la narrativa de los talibanes a través de ingeniosos videos y una agresiva campaña de redes sociales.

Los casos de fuerzas estadounidenses o afganas que causan víctimas civiles, ya sean reales o inventados, se difunden en las redes sociales junto con videos de entrenamiento de combatientes talibanes saltando a través de aros de fuego y haciendo ejercicios de tiro con sus armas. El mensaje ha sido consistente: unirse es llevar una vida de heroísmo y sacrificio.

Tienen símbolos poderosos a los que aferrarse: luchaban por un líder supremo, Mawlawi Haibatullah Akhundzada, quien envió a su propio hijo como terrorista suicida por la causa, contra un gobierno apoyado por un ejército invasor y dirigido por funcionarios que a menudo mantienen a sus familias en el extranjero.

Después de su trato con los estadounidenses, la propaganda talibán solo se ha intensificado, y ha tomado una nota ominosamente triunfal. En su mensaje anual para el feriado del Eid al-Fitr (la culminación del ayuno), el líder supremo de los talibanes emitió una promesa de amnistía a los enemigos que renunciasen a su lealtad al gobierno afgano.

Alingar también es un ejemplo de cómo los talibanes han resuelto arreglos locales para actuar como un gobierno en la sombra en áreas donde han establecido el control. Los insurgentes recaudan impuestos, enviando alrededor del 20 por ciento al liderazgo central mientras se quedan con el resto para los combatientes en la zona, dijeron líderes talibanes en el distrito. Tienen comités que supervisan los servicios básicos al público, que incluyen salud, educación y la administración de bazares locales.

Los insumos y los salarios para las clínicas y escuelas aún son cubiertos por el gobierno afgano y sus donantes internacionales. Pero los talibanes lo administran todo a su manera: un compromiso aceptado a regañadientes por las organizaciones de ayuda, ya que la alternativa sería no prestar los servicios. Y el enfoque de los insurgentes a la escolarización es la evidencia más contundente hasta el momento de que el movimiento se aferra a sus viejas costumbres de reprimir a las mujeres, el arte y la cultura.

De las 57 escuelas en Alingar, 17 son escuelas para niñas, según Mawlawi Ahmadi Haqmal, jefe del comité de educación en Alingar. Pero los talibanes locales insisten en que la educación de las niñas debe terminar después del sexto grado, en contra de los requisitos internacionales de ayuda educativa. En el plan de estudios, los talibanes también han cortado la cultura como tema, porque promueve “vulgaridades como la música”, dijo Mawlawi Haqmal.

Nacidos de la anarquía

Después de que los talibanes llegaron al poder en la década de 1990, derrotando a otras facciones en el vacío dejado por la retirada de los soviéticos, Estados Unidos parecía indiferente a su gobierno represor. Pero eso cambió en 2001, cuando los líderes de Al Qaeda refugiados en Afganistán llevaron a cabo los ataques terroristas del 11 de septiembre en suelo estadounidense.

El líder saudita de Al Qaeda, Osama bin Laden, había pasado mucho tiempo en Afganistán, e incluso alguna vez había peleado al lado de los estadounidenses contra los soviéticos al final de la Guerra Fría. El líder talibán, el mulá Muhammad Omar, le permitió quedarse en Afganistán y los dos se volvieron cercanos; Bin Laden le juró lealtad como emir islámico.

El gobierno de Bush, herido y en busca de venganza inmediata, no tuvo paciencia con las propuestas de los talibanes de encontrar una forma de deshacerse de Bin Laden sin entregarlo a los estadounidenses. Estados Unidos comenzó una invasión militar.

Un grupo que había tenido éxito contra las facciones afganas se marchitó rápidamente ante los ataques aéreos estadounidenses. Los combatientes talibanes se fueron a casa cuando el Emirato Islámico se desintegró. Sus líderes cruzaron la frontera hacia Pakistán o terminaron en cárceles estadounidenses.

Muchos comandantes talibanes entrevistados para este artículo dijeron que en los primeros meses después de la invasión, apenas podían soñar con un día en que pudieran luchar contra el ejército estadounidense. Pero eso cambió una vez que su liderazgo se reagrupó en refugios proporcionados por el ejército de Pakistán, incluso cuando los pakistaníes recibían cientos de millones de dólares de ayuda estadounidense.

Desde esa seguridad, los talibanes planificaron una larga guerra de desgaste contra las tropas estadounidenses y de la OTAN. Comenzaron con asaltos territoriales más serios en 2007, los insurgentes revivieron y refinaron un viejo plan que Estados Unidos había financiado contra los soviéticos en las mismas montañas y terreno, pero ahora se desplegó contra el ejército estadounidense.

“La mayoría de nuestros líderes fueron parte de esa guerra antisoviética. Esta era nuestra tierra, nuestro territorio, y nuestros colegas estaban familiarizados”, dijo Mutaqi, el jefe de gabinete talibán. “La historia de Afganistán estaba frente a nosotros: cuando vinieron los británicos, su fuerza era mayor que la de los afganos; cuando vinieron los soviéticos, su fuerza era mayor, y lo mismo era cierto con los estadounidenses, su fuerza era mucho mayor a la nuestra. Eso nos dio la esperanza de que, eventualmente, los estadounidenses también se irían”.

Desde el principio, los insurgentes aprovecharon la corrupción y los abusos del gobierno afgano establecido por Estados Unidos, y se presentaron como árbitros de la justicia y de la tradición afgana, una causa poderosa de su continuo atractivo con muchos afganos rurales. Como Estados Unidos se encontraba principalmente distraído con la guerra contra Irak, la insurgencia amplió sus ambiciones y territorio.

Para cuando Barack Obama asumió la presidencia en 2009, los talibanes se habían extendido tanto que él aumentó el número de tropas estadounidenses en el terreno a unas 100,000. Además de un ejército y una policía afganos que eventualmente crecieron hasta unos 300,000 combatientes, como medida urgente el ejército estadounidense también apoyó a las milicias afganas locales. La guerra había entrado en un círculo vicioso de matar y ser matado.

Alturas violentas

Durante la segunda década de la insurgencia, los talibanes se han definido por la crueldad de su violencia y su capacidad de atacar a voluntad incluso en las zonas más resguardadas de Kabul, la capital afgana.

Los talibanes revivieron las viejas redes de recaudación de fondos en los Estados árabes que habían ayudado a financiar el movimiento muyahidín apoyado por los estadounidenses contra los soviéticos.

Pero la insurgencia también mejoró en la generación de ingresos dentro de Afganistán, calculados ahora en cientos de millones de dólares cada año. Explotaron minas ilegales, establecieron impuestos al flujo de bienes y tráfico y, en particular, se apoderaron de las ganancias del opio.

Un excelente ejemplo de cómo los talibanes llevaron a las viejas experiencias guerrilleras a una nueva brutalidad fue el desarrollo de la red Haqqani y su integración en el liderazgo.

El patriarca de la red, Jalaluddin Haqqani, era visto como un aliado eficaz de los estadounidenses en la lucha contra los soviéticos. Pero en la guerra contra los estadounidenses, los Haqqani terminaron como el único brazo de los talibanes designado por Estados Unidos como un grupo terrorista extranjero.

Los Haqqani convirtieron sus viejas rutas y redes de contrabando en un conducto para atacantes suicidas y combatientes bien entrenados que atacaron objetivos estadounidenses y agencias críticas del gobierno afgano.

El hijo de Jalaluddin, Sirajuddin, fue ascendido a segundo al mando de los talibanes y comandante de operaciones de alto rango en 2015. El joven Haqqani —originario del este de Afganistán— a menudo enviaba a sus entrenadores de élite a integrarse con las unidades talibanes en el corazón de la insurgencia en el sur, dijeron funcionarios afganos y occidentales, aumentando la letalidad de su violencia.

Cuando Estados Unidos comenzó a negociar en 2018 con una delegación de talibanes en Doha, se sentó frente a arquitectos de la insurgencia y sus sobrevivientes. Casi la mitad de la delegación negociadora de los talibanes había pasado cada uno diez años en Guantánamo.

El mulá Abdul Ghani Baradar, el principal negociador talibán, acababa de ser liberado tras pasar una década en una prisión de Pakistán, detenido por haber hecho contactos para organizar negociaciones de paz con el gobierno afgano sin la bendición de la élite militar pakistaní que había cultivado la insurgencia.

A cada sesión, el mulá Baradar llegaba al escenario de las conversaciones, un elegante club diplomático, en un par de sedanes Chevrolet Impala. Media docena de guardias con túnicas blancas se movían con rapidez entre los vehículos fabricados en Estados Unidos y la entrada, uno de ellos sostenía la puerta abierta del automóvil y guiaba al frágil líder de turbante por las escaleras hasta el salón de mármol donde aguardaban los estadounidenses, impacientes por terminar la guerra.

Durante las conversaciones entre ambos bandos, coches bomba estallaron en bases militares en Afganistán, y escuadrones suicidas talibanes continuaron atacando las oficinas gubernamentales, a menudo causando bajas masivas de civiles. Varias veces la violencia complicó, o incluso descarriló, las delicadas conversaciones.

Una de las preocupaciones principales entre los funcionarios estadounidenses y afganos era si el ala política de los talibanes tenía una verdadera influencia entre los comandantes militares de la insurgencia.

Otra duda era si los talibanes realmente estarían en contra de los grupos terroristas como el Estado Islámico (EI) y Al Qaeda, una vez que los estadounidenses se fueran.

Durante una sesión la primavera pasada, el comandante de las fuerzas estadounidenses y de la OTAN, el general Austin S. Miller, hizo un llamado a los talibanes para encontrar una causa común con la misión antiterrorista estadounidense.

“Nuestros muchachos podrían seguir matándose unos a otros”, dijo, “o podríamos matar al EI juntos”.

Los funcionarios estadounidenses dicen que la opinión negativa del presidente Trump sobre las conversaciones mejoró dramáticamente cuando los talibanes comenzaron a cumplir en ese frente. Los insurgentes intensificaron la presión en un bastión del Estado Islámico en el este, justo cuando Estados Unidos los bombardeó por aire y los comandos afganos llegaron desde otra dirección.

Sin embargo, cuando se trataba de Al Qaeda, el grupo actuó con cautela en el acuerdo con Estados Unidos, al rechazar la descripción de “terrorista”, una palabra que paralizó las negociaciones durante varios días con muchas emociones. Los talibanes no mostraron remordimiento por la cooperación pasada con Al Qaeda, y solo prometieron no permitir que el suelo afgano sea usado para lanzar ataques en el futuro.

Aproximadamente dos semanas después de que los talibanes firmaron el acuerdo, Al Qaeda lo describió en un comunicado como “una gran victoria” contra Estados Unidos.

Los rangos inferiores quedan acorralados

Los talibanes demostraron su habilidad para controlar a sus filas a través de otra prueba. Cuando las dos partes condicionaron la firma de su acuerdo a una semana de tregua parcial, los niveles de violencia cayeron hasta un 80 por ciento, dijeron funcionarios afganos y estadounidenses.

Eso no estaba previsto. El mulá Baradar se negó firmemente a hacer de los siete días un alto al fuego completo, una medida que muchos observadores afganos y occidentales creen que le dio al liderazgo talibán algo de espacio para no quedar mal en caso de que alguna célula rebelde desobedeciera la orden de detener la lucha.

Hubo otras señales de que el mulá Baradar debía mantener un sofisticado acto de malabarismo tras bambalinas. Algunos funcionarios afganos dijeron que tenían información de inteligencia que indicaba que el mulá Baradar había emitido un ultimátum al ala militar de los talibanes, diciendo que si insistían en tratar de ganar a la fuerza, no había necesidad de que él pasara sus días discutiendo con los estadounidenses palabra por palabra, coma por coma.

Cuando comenzó la semana de reducción de la violencia, los comandantes talibanes se apresuraron a —en grupos de WhatsApp y en los canales militares de radio— alinear a sus combatientes y unidades. La victoria está cerca y esto es lo que el liderazgo quiere y nosotros tenemos que cumplir, dijeron a sus combatientes, según datos interceptados por inteligencia y compartidos con The New York Times por funcionarios afganos.

Algo que demoró la negociación con Estados Unidos fue que los líderes políticos talibanes querían llevar cada pequeño problema a sus comandantes, intentando involucrarlos para evitar rebeliones y separaciones.

Durante semanas, los negociadores se sentaron frente a los estadounidenses en salones de conferencia en Doha y luego enviaron delegaciones de vuelta a Pakistán, para consultar con los líderes.

En el medio, siempre había WhatsApp. Cuando los negociadores insurgentes tomaban descansos puntuales de las conversaciones para orar, en el camino recogían sus teléfonos del casillero. Los mensajes entrantes sonaban durante la oración en la mezquita y la revisión comenzaba tan pronto como las manos tocasen la cara al culminar la adoración.

Los funcionarios talibanes dicen que lo que los distingue de las facciones que combatieron en contra de la Unión Soviética y después se volvieron anárquicas para obtener el poder es que su lealtad estaba dividida en más de una decena de líderes. Los talibanes comenzaron su insurgencia bajo la autoridad de un solo emir, el mulá Mohammad Omar. No obstante, la insurgencia llegó a sus niveles más altos hace poco, con una estructura de liderazgo que descansa en el consenso y después ataca con mano dura contra cualquiera que desobedezca desde adentro.

Aunque surgieron nuevos comandantes en años recientes, gran parte del consejo de líderes está conformado por el grupo de mayor edad que estableció la insurgencia en los años después de la invasión estadounidense. Los viejos líderes políticos reconocen que las maniobras de equilibrio que enfrentan no se parecen a ningún desafío que la insurgencia haya enfrentado antes. Se han asegurado de controlar de manera estrecha la justificación de su violencia: es una guerra santa mientras su líder supremo y sus clérigos declaren que lo es.

Sharan, el analista, dijo que ha sido más fácil mantener la unidad debido a la presencia un enemigo común: las fuerzas militares estadounidenses. Pero si los talibanes terminan por obtener su sueño de un Afganistán sin estadounidenses, dijo, enfrentarán muchos de los desafíos que alguna vez provocaron que hubiera anarquía en el país.

“Se pondrá a prueba la relación entre los líderes políticos y los comandantes militares que tienen un monopolio de los recursos y la violencia”, comentó. “La guerra civil de la década de 1990 en Kabul ocurrió no porque los líderes políticos no pudieran ponerse de acuerdo, sino porque los comandantes que tenían un monopolio de violencia en las bases querían expandir sus recursos. Los líderes políticos no tenían posibilidad de controlarlos”.



Jamileth