¡Basta ya!

La detención de un rapero desata las protestas de la juventud de España

2021-02-27

Han transcurrido un par de semanas desde el inicio de las protestas que se han convertido en el...

Nicholas Casey, The New York Times

Han transcurrido un par de semanas desde el inicio de las protestas que se han convertido en el reclamo colectivo de una generación que ha visto cómo los confinamientos le roban el futuro y un tiempo precioso.

Tenía todos los elementos de un enfrentamiento decisivo por la libertad de expresión: Pablo Hasél, un controversial rapero español se había acuartelado en un campus universitario para evitar una sentencia de nueve meses de prisión por enaltecimiento al terrorismo e injurias a la corona en sus letras. La policía, con equipo antidisturbios, se le acercó mientras estudiantes universitarios lo rodeaban. Hasél levantó un puño desafiante cuando se lo llevaron.

Pero Oriol Pi, un joven de 21 años en Barcelona, vio algo más al seguir los sucesos por Twitter la semana pasada. Pensaba en el empleo de administrador de eventos que tenía antes de la pandemia y en cómo lo habían despedido tras el confinamiento. Pensaba en el toque de queda y los mandatos de llevar cubrebocas que le parecían innecesarios para los jóvenes. Pensaba en cómo la generación de sus padres no tuvo que vivir nada de eso.

También pensó que era hora de que los jóvenes de España tomaran las calles. “Mi madre cree que salimos solo por el Pablo Hasél, y no es solo por eso”, dijo Pi, quien se unió a las protestas que estallaron en Barcelona la semana pasada. “Todo ha explotado ya. Es el conjunto de todo y creo que esto hay que entenderlo”.

Durante nueve noches, las calles de esta ciudad costera, tranquilas hace mucho debido a los toques de queda por la pandemia, han hecho erupción en manifestaciones, a veces violentas, que se propagaron a Madrid y otras ciudades españolas. Lo que inició como una manifestación por el proceso contra Hasél se ha convertido en el reclamo colectivo de una generación que no solo percibe que ha perdido su futuro sino que siente que le han robado el presente y años y experiencias que nunca recuperarán, incluso cuando termine la pandemia.

La frustración de los jóvenes con la pandemia no se limita a España. En toda Europa la vida universitaria ha quedado profundamente limitada o trastocada por las clases a través de Zoom. El aislamiento social es tan endémico como el contagio. La ansiedad y la depresión entre los jóvenes han alcanzado cifras alarmantes, según indican los estudios y los expertos en salud.

“No es lo mismo una persona de 60 años, una de 50 con la vida ya organizada y con la experiencia vital acumulada, que un joven de 18 años que tiene la sensación que cada hora que pierde es como si perdiese la vida”, dijo Enric Juliana, columnista de opinión en La Vanguardia, el principal diario de Barcelona.

Barcelona solía ser una ciudad de festivales musicales en la playa y bares abiertos toda la noche y había pocos sitios mejores para ser joven en toda Europa. Pero la crisis, que destrozó el turismo y contrajo la economía nacional en 11 por ciento el año pasado, fue una catástrofe para los jóvenes españoles.

Es una suerte de déjà vu para aquellos que también vivieron la crisis financiera de 2008 que causó uno de los peores estragos en España. Como aquella vez, los jóvenes han regresado a vivir en las casas de sus padres, pues sus empleos con salarios bajos fueron de los primeros en desaparecer.

Pero a diferencia de las crisis económicas previas, la pandemia ha calado mucho más profundo. Llegó en un momento en el que el desempleo entre las personas menores de 25 años alcanzaba un elevado 30 por ciento en España. Ahora el 40 por ciento de los jóvenes españoles están sin trabajo, la tasa más alta de Europa, según las estadísticas de la Unión Europea.

Para algunos, como Pi, la detención del rapero Hasél y su desafiante actitud iracunda contra el sistema se ha convertido en un símbolo de las frustraciones de la juventud española.

“Y me encantó porque el tipo salió con el puño en el aire”, dijo Pi, quien comentó que antes de que le presentaran cargos no había escuchado hablar del cantante. “Es luchar por tu libertad y lo hizo hasta el último momento”.

El caso de Hasél, cuyo nombre es Pablo Rivadulla Duró, también ha encendido un debate sobre la libertad de expresión y los esfuerzos de España por limitarla.

Las autoridades culparon a Hasél con una ley que permite sentencias de prisión para quienes enaltezcan el terrorismo o insulten a la monarquía. Hasél, conocido por ser un rapero y una figura provocadora, ha acusado a la policía española de brutalidad, comparó a los jueces con los nazis e incluso aplaudió a ETA, el grupo separatista vasco que se disolvió hace dos años luego de décadas de sangrientas campañas terroristas que dejaron alrededor de 850 muertos.

En 2018, una corte española lo sentenció a dos años de prisión, una condena que más tarde fue reducida a nueve meses. La fiscalía se enfocó en sus publicaciones de Twitter y en una canción que había escrito sobre el rey emérito Juan Carlos, a quien Hasél llamaba “mafioso”, entre otros insultos. (El exmonarca abdicó en 2014 y el verano pasado se marchó de Europa rumbo a los Emiratos Árabes Unidos después de un escándalo de corrupción).

“Lo que dice en el juicio es que lo pondrán en prisión por decir la verdad, porque dice cosas del rey, aparte de insultos y tal, que son tal cual las cosas que han pasado”, dijo Fèlix Colomer, un documentalista de 27 años que conoció a Hasél mientras exploraba la posibilidad de hacer un proyecto sobre su juicio.

Colomer, quien algunas veces encabezó las manifestaciones en Barcelona, observó que muchos otros han sido llevados a juicio en España por comentarios en redes sociales, algo que a su parecer es un inquietante síntoma de la democracia de España. Un rapero español conocido como Valtònyc huyó a Bélgica en 2018 luego de que se le sentenció a prisión por escribir letras que una corte consideró que enaltecían el terrorismo e injuriaban a la monarquía, cargos similares a los que enfrenta Hasél.

Sin embargo, algunos piensan que Hasél ha ido demasiado lejos con sus letras. José Ignacio Torreblanca, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Educación a Distancia en Madrid, dijo que, aunque le inquietaba el uso que se le estaba dando a la ley, Hasél no era la figura más adecuada para construir un movimiento juvenil.

“No es una Joan Baez, está justificando y promoviendo activamente la violencia. Esto queda claro en sus canciones. Dice cosas como ‘merece que explote el coche’”, dijo Torreblanca, refiriéndose a una canción de Hasél que llamaba al asesinato de un funcionario del gobierno vasco y otra en la que decía que un alcalde de Cataluña “merece un tiro”.

Luego de que las protestas juveniles y la presión pública se acumularon, el Ministerio de Justicia dijo el lunes que planeaba reformar el código penal para reducir las condenas relacionadas con faltas a la libertad de expresión por las que se condenó a Hasél.

Pero para Nahuel Pérez, un joven de 23 años que trabaja en Barcelona cuidando a personas con discapacidades mentales, la libertad para Hasél es solo una de sus preocupaciones.

Luego de llegar a Barcelona hace cinco años procedente de su ciudad natal en la isla turística de Ibiza, Pérez dijo que no había logrado conseguir un empleo con un salario que le permitiera cubrir sus necesidades. Para ahorrar en la renta, Pérez se mudó hace poco a un piso con cuatro compañeros. Las dimensiones del espacio hicieron que el distanciamiento social fuera imposible.

“La juventud en este país está en un estado bastante deplorable”, dijo.

Luego de la detención de Hasél en la universidad, Pi, que había visto las noticias en Twitter, empezó a ver que otras personas anunciaban protestas en Telegram. Le dijo a su madre que quería ir a las manifestaciones pero ella no parecía comprender por qué.

“Yo no te voy a buscar a la comisaría”, afirma Pi que le dijo.

Se imaginó cómo habría sido su madre a su edad.

No había pandemia. España vivía un auge. Era profesora y en sus veintes se había casado con otro profesional, el padre de Pi. Consiguieron una casa y criaron una familia.

Pi, por el contrario, es un adulto que aún vivía con su madre.

“Nuestros padres recogieron unos buenos frutos, y nosotros ahora nos estamos comiendo, pues, lo que viene a ser esto: que no hay nada en el árbol, porque ya se ha comido todo lo bueno que había”, dijo Pi. “Todo el quedar bien, lo bonito de España, ya no hay para nosotros”.

Cuando no está en las protestas, Pi pasa los días trabajando como monitor de pasillo en una escuela cercana en la que se ofrece una mezcla de clases en línea y presenciales con distanciamiento.

No es la carrera que deseaba —no es para nada una carrera, dice— pero paga las cuentas y le permite hablar con estudiantes de secundaria para conocer su perspectiva sobre la situación en España.

Cuando habla de lo que les espera, no se muerde la lengua.

“Ellos son las personas que van a ser yo en diez años. Creo que es porque están escuchando algo que no les han dicho nunca”, dijo. “Si a mis 12 años alguien me dijera: ‘Oye, tú tienes que luchar por tu futuro”.



JMRS