Calamidades

‘No tenemos nada’: los huracanes podrían generar una oleada de migrantes de Centroamérica

2020-12-04

Paralizada por la pandemia del coronavirus y la crisis económica resultante,...

Por Natalie Kitroeff | The New York Times

QUEJÁ, Guatemala — Cuando escucharon el bloque de tierra agrietándose y separándose de la montaña, ya estaba enterrando a sus vecinos. Así que la gente de Quejá —los afortunados— salieron corriendo de sus casas sin nada, caminando descalzos en medio de un barro tan alto como sus hijos hasta llegar a tierra firme.

Todo lo que queda de esta aldea en Guatemala son sus recuerdos.

“Yo aquí vivo”, dijo Jorge Suc Ical, de pie sobre el mar de rocas y escombros fangosos que enterraron su pueblo. “Ahora es camposanto”.

Ya paralizada por la pandemia del coronavirus y la crisis económica resultante, Centroamérica se enfrenta a otra catástrofe: la destrucción masiva causada por dos feroces huracanes que llegaron en rápida sucesión el mes pasado, afectando a esos frágiles países, dos veces.

Las tormentas, dos de las más poderosas de una temporada récord, demolieron decenas de miles de hogares, arrasaron con la infraestructura y se tragaron vastas extensiones de tierra de cultivo.

La magnitud de la ruina solo empieza a comprenderse, pero es probable que sus repercusiones se extiendan mucho más allá de la región en los años venideros. Los huracanes afectaron a más de cinco millones de personas —al menos un millón y medio de ellas son niños— y crearon una nueva clase de refugiados con más razones que nunca para emigrar.

Los oficiales que realizan misiones de rescate dicen que el nivel de daños y el desplazamiento humano les recuerda al huracán Mitch, que hace más de dos décadas provocó un éxodo masivo de Centroamérica a Estados Unidos.

“La devastación es incomparable”, dijo el almirante Craig S. Faller, jefe del Comando Sur de Estados Unidos, quien se ha encargado de realizar labores de ayuda para los sobrevivientes de la tormenta. “Cuando piensas en la COVID, más el impacto de estos dos huracanes masivos y consecutivos, algunas estimaciones calculan que se requerirá hasta una década para lograr la recuperación”.

La implacable lluvia y los vientos de los huracanes Eta e Iota derribaron decenas de puentes y dañaron más de 1400 carreteras en la región, sumergiendo un aeropuerto hondureño y generando lagunas en ciudades enteras de ambos países. Desde el cielo, las tierras altas del norte de Guatemala parecen haber sido destrozadas, con cortes gigantes que marcan los sitios de los deslizamientos de tierra.

Si la devastación genera una inmigración masiva pondría a prueba al gobierno entrante de Joe Biden, que ha prometido estar más abierto a los solicitantes de asilo pero podría tener dificultades políticas para darle la bienvenida a una oleada de solicitantes en la frontera.

En Guatemala y Honduras, las autoridades admiten que no pueden comenzar a atender la miseria provocada por las tormentas.

El mes pasado, los líderes de ambos países pidieron a las Naciones Unidas que declaren a Centroamérica como la región más afectada por el cambio climático, ya que el calentamiento de las aguas oceánicas hace que muchas tormentas sean más fuertes y la atmósfera más cálida hace que las lluvias de los huracanes sean más atroces.

“El hambre, la pobreza y la destrucción no tienen años para esperar”, dijo el presidente de Guatemala, Alejandro Giammattei, pidiendo más ayuda exterior. “Si no queremos hordas de centroamericanos buscando irse a otros países en mejores condiciones de vida tenemos que generar en Centroamérica muros de prosperidad”.

Giammattei también solicitó que Estados Unidos otorgue el estatus de protección temporal a los guatemaltecos que se encuentran actualmente en el país, para que no sean deportados en medio del desastre natural.

Además, mientras cientos de miles de personas todavía están hacinadas en los refugios en Guatemala, el riesgo de propagación del coronavirus es alto. Los trabajadores humanitarios han detectado enfermedades generalizadas en comunidades remotas afectadas por las tormentas.

“Estamos frente a una inminente crisis de salud”, dijo Sofía Letona, directora de Antigua al rescate, un grupo de ayuda. “Como resultado no solo de Eta e Iota, sino de comunidades completamente desprotegidas ante una segunda ola de la COVID”.

Igual de urgentes son las enfermedades provocadas por la falta de alimentos, agua potable y refugio de las lluvias continuas.

“Lo que estoy viendo es que los niños más pequeños son los más afectados por el desorden alimenticio”, dijo Francisco Muss, un general retirado que ayuda a liderar la recuperación de Guatemala.

Debido al escaso apoyo gubernamental, los guatemaltecos han tenido que encontrar soluciones creativas. Cerca de la frontera con México, la gente se amontona en balsas hechas a mano para cruzar los inmensos lagos creados por las tormentas. Para atravesar un río en el este, los viajeros se suben a una canasta de alambre, unida a una tirolina donde solía estar un puente.

Francisco García nadaba de un lado a otro, a través de un canal enlodado, con el fin de recolectar comida para sus vecinos.

“Lo hacía durante Mitch”, dijo mientras señalaba a la multitud de jóvenes que se habían reunido para verlo hacer su cuarto viaje del día. “Tienen que aprender”.

Nadie sabe exactamente cuántas personas en Quejá murieron en el deslizamiento de tierra, aunque las autoridades locales estimaron el número de muertos en alrededor de cien. El gobierno guatemalteco suspendió la búsqueda de personas fallecidas a principios de noviembre.

Solo unas semanas antes, la ciudad estaba celebrando: se había levantado el toque de queda del coronavirus que había durado un mes y se iba a iniciar el campeonato de la liga de fútbol local. La primera ronda se realizó en Quejá, conocida por su impecable cancha de fútbol de césped natural. Cientos de personas acudieron para ver a sus equipos favoritos, mientras que los fanáticos locales que se encontraban en Estados Unidos siguieron el juego en vivo por Facebook.

“La gente iba allá por el campo”, dijo Álvaro Pop Gue, quien juega como mediocampista en uno de los equipos de Quejá. “Era bonito”.

Ahora la temporada está suspendida, mientras su amada cancha de juego se hunde en el agua.

Reyna Cal Sis, directora de la escuela primaria de la ciudad, cree que 19 alumnos suyos murieron ese día, incluidos dos niños del jardín de infantes y un joven de 14 años llamado Martín, a quien le gustaba ayudar a limpiar después de clases.

“Apenas le estaba saliendo bigote”, dijo. “Vivía con su madre y sus hermanos, cerca de donde se deslizó la tierra”.

Las rocas que hoy cubren a Quejá son casi tan altas como los cables eléctricos. El único camino hacia el pueblo está revestido de un barro tan espeso y húmedo que sus habitantes dejan agujeros con la forma de sus piernas, mientras transitan. Sin embargo, cargan sus roperos destrozados y las bolsas de granos de café a la espalda, sacando lo que pueden de los escombros de sus hogares.

La gente comenzó a irse a Estados Unidos hace solo unos años, pero la profesora Cal Sis está segura de que muchos más se marcharán. “Están decididos, ahora que perdieron casi todo”, dijo.

Jorge Suc Ical, de 35 años, estaba almorzando con su familia cuando un sonido sacudió su casa. “Era como dos bombas reventando ahí”, dijo. Salió corriendo y se encontró con un chorro de barro que aplastaba todo lo que veía, lanzando techos y paredes a toda velocidad a través de la ciudad.

“Hay casas ahí enfrente, y de repente venían hacia nosotros”, dijo Suc. “Mucha gente estaba atrapada ahí”.

Una de esas personas era su sobrina, Adriana Calel Suc, una niña de 13 años con un don para servir a los clientes que había perfeccionado vendiendo refrescos y bocadillos en la tienda de su madre. Suc nunca volvió a verla.

Después del desastre, Suc caminó durante cuatro horas para llegar a Santa Elena, el pueblo seco más cercano, arrastrando a su abuelo y pidiéndole ayuda a sus familiares más fuertes y altos para que cargaran a dos de sus hijos por encima del agua que le llegaba hasta la cintura. Pero después de que él y otros sobrevivientes pasaron semanas en refugios improvisados que fueron instalados en ese pueblo, la hospitalidad se acabó.

El sábado, un grupo de residentes de Santa Elena saqueó las provisiones que les habían donado a las personas de Quejá. Así que Suc está buscando otro lugar adonde ir. No tiene idea de cómo puede llegar a Estados Unidos, pero está listo para intentarlo.

“En migrar, sí estamos pensando”, dijo, mientras miraba la bolsa de maíz cada vez más pequeña que le quedaba para alimentar a su familia. “Porque para darle pan a nuestros hijos, no tenemos nada”.



Jamileth