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El político frente a la historia 

2019-02-08

Para Gorbachov, la democratización era un bien en sí mismo. Nunca se planteó...

Mary Elise Sarotte | Política Exterior

Hasta que se convirtió en su enterrador, Mijaíl Gorbachov fue el ciudadano soviético ideal. Con 17 años obtuvo uno de los galardones más prestigiosos de la URSS, la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, firmada por Stalin, por haber batido una marca de recogida de cereales con la cosechadora de su padre. Con 21 años fue nombrado miembro de pleno derecho del Partido Comunista de la Unión Soviética. Casi al mismo tiempo, comenzó a colaborar en tareas del Komsomol, la organización juvenil del partido. Todas estas credenciales le permitieron ingresar en la prestigiosa Universidad Estatal de Moscú, a pesar de sus orígenes humildes. Llegó a la capital en 1952, un año antes de la muerte de Stalin, con la convicción de que era más un intelectual que un campesino. Y en cierto modo lo era. Gorbachov fue uno de los pocos líderes soviéticos que estudió y leyó la filosofía marxista, no solo la citó de oídas. Incluso hoy, con 87 años, dice repasar las obras de Lenin en busca de respuestas.

Fue siempre un marxista heterodoxo. Según su amigo Zdenek Mlynár, se guiaba por el principio de que “la verdad es siempre algo concreto”, y criticaba a menudo los análisis llenos de farfolla marxista sin ninguna relación con la realidad. Aunque siempre fue una especie de exiliado interno, y durante décadas discrepó con la línea oficial, se mantuvo fiel al marxismo que había estudiado, que consideraba no un dogma sino una metodología analítica. Hasta sus últimos días en el poder, consideró que la URSS podría reformarse y creyó en el socialismo democrático, o en lo que su colega Mlynár defendería en Praga en 1968 como “socialismo con rostro humano”.

En la universidad comenzó su escepticismo, aprovechando la relativa apertura de la era Jruschov. Siempre se consideró un hijo de la generación de los sesenta, que denunció los crímenes del estalinismo. No ocultaba su postura crítica frente a la propaganda sobre la colectivización, que su familia había sufrido duramente. Era crítico con las confesiones forzadas durante el Terror, y se enfrentaba a los profesores demasiado ideólogos. Sin embargo, esto no le impidió ascender en el partido. Primero en su región, Stávropol, como jefe del Komsomol y como jefe regional del partido, y luego en Moscú como el secretario del Comité Central más joven de la historia, hasta llegar a la secretaría general en 1985. Gorbachov fue precoz en todo y, sin embargo, nunca vio esto como algo excepcional, sino como una evolución lógica.

Como explica William Taubman en su biografía Gorbachov. Vida y época, sabía jugar al juego del Kremlin: “observar y esperar, escuchar y aprender en vez de hablar sin tapujos, ocultando sus puntos de vista a los que se interponían en su camino. Visto en retrospectiva, está claro que estaba jugando el juego para modificarlo, aunque, irónicamente, era mejor en las peleas al viejo estilo dentro del Kremlin que en el nuevo juego de la política abierta y de masas que él mismo habría de introducir”. Gorbachov acabó con un sistema que navegaba y conocía a la perfección, pero no supo adaptarse a lo que vino después, la democracia, a pesar de que dedicó toda su vida a luchar por ella.

Llegó al poder de una URSS en decadencia. Era una gerontocracia hereditaria (sus antecesores, Yuri Andrópov y Constantín Chernenko, murieron tras pocos meses en el cargo) con un síndrome imperial y una estructura anquilosada. Quiso introducir aire fresco en un sistema que no lo toleraría, y que estaba construido para ser inexpugnable. Nunca quiso acabar con la URSS, sino democratizarla. Pero cuando abrió las primeras grietas, el edificio entero se derrumbó.

Como explica Taubman, la glásnost y las nuevas libertades sirvieron para dar poder a los enemigos de las reformas y la perestroika. Gorbachov pensaba que la crítica a sus políticas era una buena señal, y un paso necesario para una nueva cultura política. El caso de Nina Andréieva, en 1988, le convenció de que la situación no era tan ideal. Los ortodoxos del partido y enemigos de la reforma convirtieron a Andréieva, –conservadora anodina y desconocida, nostálgica de Stalin, nacionalista y autora de un panfleto contra Gorbachov que circuló entre los círculos críticos– en una mártir y una disidente contra la perestroika. No fue una reacción espontánea sino una campaña mediática y propagandística. En pocos años, la apertura dio un poder enorme a sus críticos.

Para Gorbachov, la democratización era un bien en sí mismo. Nunca se planteó la vía china: mantener el control político del partido (y recurrir a la violencia) para liberalizar la economía de manera controlada. Su objetivo principal era la democracia, pero no supo ver las consecuencias de la apertura en un país con tan poca cultura democrática. Surgieron nacionalismos, populismos y una política personalista y mediática. Descubrió demasiado tarde el atractivo de Boris Yeltsin, con quien tuvo siempre una relación complicada. Yeltsin supo moverse en la nueva política como espectáculo mediático y de masas, algo que Gorbachov siempre rechazó o no supo manejar.

Defendía la democracia por la democracia, pero no le interesaba el poder por el poder. Como explica Dmitri Furman, Gorbachov fue “el único político de la historia de Rusia que, teniendo todo el poder en sus manos, optó voluntariamente por limitarlo y hasta se arriesgó a perderlo en nombre de ciertos valores y principios éticos”. Este idealismo e integridad fueron esenciales para acabar con la URSS y la guerra fría. Sus relaciones personales con líderes extranjeros, especialmente Ronald Reagan y Margaret Thatcher, fueron clave para el fin del conflicto. Pero ese mismo idealismo impidió a Gorbachov anticipar las consecuencias de sus acciones. Uno de sus principales errores, explica Taubman, fue su desdén hacia Europa del Este, clave en la fragmentación de la URSS: “Nunca hubo un ‘análisis práctico’ o un ‘programa táctico’, y no digamos ya un ‘plan estratégico’, para lidiar con Europa oriental”. Creía que si reformaba la URSS, Europa oriental simplemente seguiría sus pasos.

Como explica la historiadora Mary Elise Sarotte en 1989: The Struggle to Create Post-Cold War Europe, su retirada tan rápida de Europa del Este, especialmente de la República Democrática Alemana (RDA), creó un resentimiento y un victimismo todavía presentes en la Rusia de hoy. La culpa no fue solo suya, obviamente. Sarotte se pregunta si los países occidentales podrían haber hecho más para no marginar a Rusia en un momento tan clave, con un presidente tan conciliador y a la vez tan débil.

Gorbachov no podía permitir que la OTAN se extendiera hacia el Este, y esa era una de sus condiciones para apoyar la reunificación alemana. Sin embargo, nunca hubo un acuerdo explícito y claro sobre esto, sino promesas verbales a menudo vagas y ambiguas. Los líderes occidentales advirtieron que la OTAN no se movería ni un centímetro, pero el líder soviético no podía exigir demasiadas garantías, ya que necesitaba con urgencia ayuda económica.

La guerra del Golfo, la dimisión de Gorbachov y la victoria de Bill Clinton en 1992 modificaron completamente el escenario, y las promesas del pasado dejaron de servir. La OTAN inició su proceso de extensión hacia el Este sin atender las críticas de Rusia, que todavía persisten y marcaron profundamente a Vladímir Putin, que observó la fragmentación de la URSS desde la ciudad alemana de Dresde mientras trabajaba para la KGB. Como dice el exscretario de Estado James Baker, citado por Sarotte, “casi cualquier logro contiene en su propio éxito la semilla de un problema futuro.”

Gorbachov fue quien acabó con la guerra fría, pero su papel en el nuevo orden fue menor. Centrado en problemas domésticos y en las negociaciones con EU, dejó que otros actores determinaran el nuevo orden mundial de posguerra. El verdadero líder del nuevo orden, explica Sarotte, fue el canciller de Alemania occidental Helmut Kohl, que actuó rápido. Pocos líderes occidentales querían una unificación alemana. Ni Gorbachov, ni Thatcher, ni Mitterrand. El miedo a una Alemania nacionalista estaba muy presente. Kohl, sin embargo, actuó con determinación y, en lugar de intentar construir un nuevo sistema desde cero, adaptó las estructuras de Alemania occidental a la RDA. Pensaba, y tenía razón, que eso era lo que Alemania oriental realmente deseaba. Esto no solo precipitó el fin de la guerra fría sino que también aceleró el proceso de integración europeo que desembocó en el Tratado de Maastricht en 1992: Mitterrand puso como condición a la unificación alemana la profundización en las estructuras federales europeas. Kohl se convirtió en arquitecto de la nueva Alemania y de la nueva UE.

Sarotte, experta en la historia de Alemania oriental, narra con rigor el fin de la guerra fría en 1989: The Struggle to Create Post-Cold War Europe, y explica que, aunque el liderazgo individual fue esencial, en muchas ocasiones los líderes ­europeos se limitaron a reaccionar a los cambios. En pocos meses, e incluso días, los procesos históricos se aceleraron. Para la autora, hay cinco claves que explican el final del viejo orden: el caso de Tiananmen no se tradujo a Europa, y no hubo apenas violencia; el consenso de la guerra fría –una Europa dividida pero en paz– dejó de estar claro, y los europeos del Este no querían seguir en él; el deseo de cambio de estos europeos chocó con la preferencia por el statu quo de las grandes potencias, como la URSS o EU, que como consecuencia de ello perdieron poder de influencia en el nuevo orden; los disidentes y manifestantes ganaron mucha confianza al ver que no había violencia; la televisión desempeñó un papel multiplicador esencial.

Aunque es muy específico en el papel esencial de individuos como Kohl o George Bush, el libro de Sarotte da mayor importancia a procesos y tendencias históricas, y resalta el papel de la población de Europa del Este, en especial la RDA, en el fin de la guerra fría. En cambio Taubman, como buen biógrafo, hace una defensa del poder de los individuos en los procesos históricos. Señala una contradicción dentro de la URSS: fue un imperio ideológicamente fundamentado en la superación del individuo que, sin embargo, dependió profundamente del liderazgo individual de grandes figuras (Lenin, Stalin, Jruschov, Gorbachov). Ambos libros iluminan una época frenética en la que la historia se aceleró y no esperó a nadie.
 



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