Comodí­n al Centro

El séquito radical de Jair Bolsonaro

2019-03-19

Las frases efectistas, las acciones dramáticas y los tuits provocadores han servido para...

Por Natalia Viana | The New York Times

Desde que Jair Bolsonaro asumió la presidencia, los noticieros brasileños empezaron a mostrar a personajes poco comunes en nuestra joven democracia. Así como sucedió en Estados Unidos con Donald Trump, el nuevo presidente de Brasil se llevó al Palacio de Alvorada a un séquito de radicales ultraderechistas de diversas tendencias: desde defensores de las armas y antifeministas hasta cristianos fundamentalistas y adeptos a las teorías conspirativas.

En su toma de posesión, Bolsonaro juró que nuestra bandera “solo será roja si es necesaria nuestra sangre para mantenerla verde y amarilla”, una frase que no tiene mucho sentido si tomamos en cuenta que Brasil jamás estuvo cerca de tener un gobierno comunista. El dramático juramento de sangre solo funciona dentro de la estrategia bolsonarista, que ha mantenido en la presidencia el mismo discurso radical e inflamado que le rindió frutos durante una campaña basada sobre todo en las redes sociales y que tuvo éxito también en la prensa tradicional.

Las frases efectistas, las acciones dramáticas y los tuits provocadores han servido para llenar las páginas de periódicos con lo que Bolsonaro y su núcleo parecen querer demostrar: que ha llegado la hora de los radicales.

Buena parte de los ministros que componen el gobierno parecen haber sido elegidos más para reflejar esa idea que por su experiencia de gestión. Un caso ejemplar es el de la ministra de Derechos Humanos. Recientemente, en el Día Internacional de la Mujer, la pastora evangélica Damares Alves nos brindó la promesa de que el gobierno iba a “enseñarles a los niños a llevarles flores a las niñas” y “a abrirles las puertas”. La misma ministra ya había ganado titulares al decir que los niños deben vestirse de azul, mientras que las niñas deben atenerse a la ropa de color rosa.

Damares, evangélica fervorosa, dedicó parte de su vida a convertir indígenas al cristianismo, fe a la que se entregó después de que, a los 10 años de edad, en un momento de desesperación que la llevó a pensamientos suicidas, “encontró a Jesús” en la copa de un árbol de guayaba, según su propio relato.

En el ministerio, Damares prometió revisar las indemnizaciones de las víctimas de la dictadura, evita defender los derechos LGBT en público y convirtió en una de sus prioridades la lucha por la aprobación del Estatuto del Nasciturus (estatuto del no nacido), un proyecto de ley que garantiza que el ser humano tiene derechos “desde la concepción”. También llegó a defender esa misma idea en la ONU.

La contracara del proyecto es obvia: criminaliza toda posibilidad de aborto, incluidos los tres casos en que está permitido en Brasil (entre ellos, los casos de embarazo por violación). La mujer que aborta podría recibir hasta tres años de cárcel; el médico, dos, y quien defienda esa práctica públicamente podría ser encarcelado hasta por un año.

Damares quiere cristianizar los derechos humanos —de sus ocho secretarios solo dos no son evangélicos, y tres son pastores como ella— y borrar del mapa algunos avances logrados en los últimos años en Brasil. Como, por ejemplo, el matrimonio igualitario, que el Poder Judicial permitió que se celebrara en notarías de todo el país, en un desafío al conservadurismo del congreso nacional.

Otro ministro que parece haberse ganado su cargo por sus posiciones radicales es el colombiano Ricardo Vélez Rodríguez, quien dirige la cartera de Educación en un país donde los alumnos presentan graves deficiencias en su desempeño escolar. Según la clasificación PISA, de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, Brasil figura entre los diez peores países de setenta evaluados.

Vélez fue postulado por un gurú de la ultraderecha brasileña, Olavo de Carvalho: un profesor radicado en Estados Unidos, donde ganó un séquito gracias a sus posturas y videos ultraderechistas. Olavo es cercano a Jair Bolsonaro y estaba sentado al lado del presidente en la cena ofrecida en su honor este lunes en la Casa Blanca.

El nuevo ministro cree que la educación brasileña está corrompida por “un adoctrinamiento de índole científica y enquistado en la ideología marxista” y menciona “invenciones nocivas en materia pedagógica como la educación de género” con el objetivo de “desmontar” valores como la familia, la religión y el patriotismo. Esas son sus propias palabras.

Hasta mediados de febrero, Vélez había pasado casi desapercibido en los noticieros. Su debut en las portadas se produjo cuando, en un acto inédito en la historia de Brasil, envió por correo electrónico a los directores de miles de escuelas —privadas y públicas— una carta en la que pedía que todos los alumnos hicieran fila ante la bandera cantando el himno nacional. Y después debía ser leída una carta del ministro que terminaba con el lema de la campaña bolsonarista: “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”. Además, pidió que los directores grabaran la escena y enviaran los archivos por correo electrónico al ministerio.

La insólita solicitud del nuevo ministro demostró su desconocimiento de los alcances de su cargo y de la ley. Primero, porque resultó evidente que Vélez no sabía que no tenía autoridad para exigir una cosa así a escuelas privadas y públicas (que en Brasil pueden ser de responsabilidad federal, estatal o municipal). Segundo, porque es ilegal filmar niños sin autorización de los padres. Y la constitución garantiza que la intimidad, la vida privada, el honor y la imagen de las personas son inviolables. Al día siguiente, tuvo que dar marcha atrás.

De acuerdo con las últimas noticias, es probable que Vélez sea destituido en breve, pero no por sus propios errores, sino por tomar distancia de Olavo de Carvalho: su decisión de despedir a algunos funcionarios propuestos por el gurú de la ultraderecha brasileña parecen haberlo dejado en la cuerda floja en medio de disputas internas.  

Quien piense que Brasil, el país con el bosque más grande del mundo, ha puesto en manos más técnicas el Ministerio de Medioambiente, se engaña. El principiante Ricardo Salles, su titular, forma parte de una corriente derechista que sostiene que las organizaciones ambientales solo quieren preservar la Amazonía para impedir la producción nacional. En sus palabras, detrás del conservacionismo está la “larga mano” de intereses internacionales que se convierten en “barreras comerciales disfrazadas”.

Después del peor desastre ambiental de la historia de Brasil sucedido recientemente en Brumadinho, Minas Gerais, donde el deslave de una represa de la minera Vale causó la muerte de trescientas personas, Salles defendió a los pequeños emprendimientos y dijo que no necesitan pasar por el proceso de licenciamiento ambiental; en estos casos, dijo, bastaría una “autodeclaración”.

Salles saltó a la fama al crear una página de ultraderecha en Facebook y fue catapultado a la política por el exgobernador de São Paulo, quien lo nombró para la secretaría de Medioambiente. También se hizo célebre por adulterar mapas ambientales de la zona del río Tietê, pues redujo áreas de conservación para permitir que se practique la minería. La presión ejercida sobre los funcionarios del gobierno llevó el caso hasta los tribunales y Salles fue condenado por improbidad administrativa en primera instancia. Por eso no puede postularse a ningún cargo durante tres años. Pero no lo necesita ya que es ministro de Medioambiente.

Sin duda, el más radical de los ministros es el actual canciller Ernesto Araújo, el hombre que recibió el legado de continuar con la postura profesional de la diplomacia brasileña, cuya neutralidad le hizo ganar a Brasil, desde 1955, el privilegio de ser casi siempre el primer país en intervenir en cada apertura anual de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.

Araújo empujó a Brasil hacia una alineación radical con Estados Unidos, que supera incluso la que tuvo el país durante la última dictadura (1964 a 1985), que fue apoyada y financiada por los estadounidenses. El ministro de Relaciones Exteriores resumió así en su blog su visión sobre la política internacional: “Quiero ayudar a Brasil y al mundo a liberarse de la ideología globalista. Globalismo es la globalización económica que pasó a ser piloteada por el marxismo cultural. Esencialmente es un sistema antihumano y anticristiano”.

El actual canciller brasileño niega la existencia del cambio climático y ataca lo que define como el “climatismo”: una “ideología” cuyo objetivo sería impedir que los países tengan sus propias políticas y extinguir las libertades individuales. “El climatismo es básicamente una táctica globalista de infundir el miedo para obtener más poder”, escribió.

En su blog, creado meses antes de las elecciones, Araújo también atacó frontalmente las legislaciones y organismos internacionales —muchos de los cuales fueron construidos con el apoyo de la diplomacia brasileña— al afirmar que las convenciones internacionales generan “una política exterior en la que no hay amor a la patria, sino solo un apego al orden internacional basado en reglas”.

“La izquierda globalista quiere una banda de naciones apáticas y domesticadas y, dentro de cada nación, un multitud que repite mecánicamente la jerga de los derechos y de la justicia, para formar así un mundo donde ni las personas ni los pueblos son capaces de pensar o actuar por cuenta propia”, escribió. “El remedio es volver a querer grandeza”.

El radicalismo del ministro ocasionó una serie de enfrentamientos durante la más reciente crisis en la frontera con Venezuela, cuando Brasil se entrometió en la tentativa de Estados Unidos de introducir ayuda humanitaria a través de la frontera. El ministro había reconocido casi con la misma velocidad que Donald Trump la legitimidad del autodeclarado presidente Juan Guaidó, líder de la oposición en Venezuela. Una decisión tomada con una rapidez que contrasta con la tradición moderada y pragmática de la diplomacia brasileña.

Antes, incluso, había firmado un documento en el que rompía relaciones con los militares venezolanos, a pesar de que los generales brasileños intentaron explicarle que justamente la conexión con los militares venezolanos proveía al país de informaciones confiables y extremadamente valiosas para mantener bajo control la situación fronteriza. Se estima que más de 50,000 venezolanos se han afincado en Brasil para escapar de la crisis y el hambre.

Con un gobierno que tiene a ocho generales entre los veintidós ministros, y con más de cuarenta y cinco militares repartidos en veintiuna áreas —incluidas Petrobras y la Caixa Econômica Federal— esos enfrentamientos dentro del gobierno son muy significativos.

La vociferación del canciller en relación con Venezuela obligaron al vicepresidente, el general Hamilton Mourão, a repetir varias veces que Brasil no se involucraría en una acción armada contra el país vecino. Desde entonces, se ha repetido la misma situación: mientras Bolsonaro y sus ministros juegan a radicalismos poco prácticos, los militares se han posicionado cada vez más como las voces moderadas —y más democráticas— del gobierno.

Se trata de una novedad en la política brasileña que nadie esperaba, por la cual nadie votó y que nadie sabe adónde va a parar.



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