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Detrás de la furia de los jóvenes españoles: una generación sin nada que perder

2021-02-25

La simpleza con la que el establishment político y mediático reacciona a cualquier...

Por David Jiménez | The New York Times

MADRID — Sin trabajo, sin dinero y sin futuro, los jóvenes españoles que estos días protestan por distintas causas en las calles de Madrid, Barcelona o Valencia tienen algo en común: nada que perder. Cuatro de cada diez no tienen empleo, el peor porcentaje de paro juvenil de la Unión Europea, los salarios del resto son precarios y aspiraciones que sus padres consideraron ordinarias, como el acceso a una vivienda o planear un proyecto vital, se han convertido en quimeras para ellos.

Y, sin embargo, la mayor fantasía la han mantenido sus mayores, al creer que abandonar a toda una generación a su suerte no tendría consecuencias. Solo un rescate urgente y profundo de su juventud evitará que España entre en una prolongada y dolorosa decadencia.

Los jóvenes españoles fueron duramente golpeados por la Gran Recesión desde 2008, vivieron una década de letargo económico y, cuando al fin divisaban una tenue luz al final del túnel, se han encontrado con la crisis provocada por la pandemia. Vuelven a ser quienes sufren mayores pérdidas de empleos y salarios, pero su desesperación no es solo económica. Está dirigida hacia una clase dirigente, unas instituciones y unos medios de comunicación por los que sienten una gran desafección.

Nadie podría culparles.

Una minoría entre los manifestantes que han protestado contra el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél, condenado a nueve meses de prisión por delitos que incluyen enaltecimiento del terrorismo e injurias al rey de España, ha utilizado la violencia. Los incidentes han sido utilizados para deslegitimar al resto de participantes y marginar, una vez más, el debate sobre los problemas que han hecho descarrilar a nuestra generación perdida.

Aunque en este caso hayan escogido al mártir equivocado, los jóvenes tienen motivos de sobra para estar indignados. ¿Cómo es posible que nuestro paro juvenil doble la tasa de Irlanda y triplique la de países como Hungría? ¿Que un 77 por ciento de nuestros menores de 30 años sigan viviendo con sus padres? ¿O que les exijamos que cumplan nuestras expectativas a la vez que les ofrecemos el sistema educativo con el mayor índice de fracaso escolar de la Unión Europea?

Más allá del debate sobre la libertad de expresión generado en torno a Hasél, el cantante ha demostrado suficientes dosis de intolerancia, radicalismo y misoginia para ser todo menos un ejemplo. La manera en la que aboga por el uso de la violencia como medio para lograr fines políticos resulta inaceptable. A ojos de sus seguidores, sin embargo, su mensaje es atractivo: pide tumbar un sistema que les ha fallado. El riesgo es que, sin esperanza ni ocupación, la juventud española se radicalice cada vez más y dé la espalda a la participación democrática. “Nos habéis enseñado que ser pacíficos es inútil”, decía una pancarta desplegada en Barcelona.

La simpleza con la que el establishment político y mediático reacciona a cualquier movilización juvenil hace improbable que se vayan a abordar las causas económicas, sociales y políticas del declive de la juventud española. Entre las primeras está un modelo económico excesivamente dependiente del turismo o los servicios. En tiempos de bonanza, esos sectores ofrecen oportunidades de trabajo fácil incluso a quienes carecen de formación. Al llegar la crisis, el espejismo se desvanece: queda la certeza de que los jóvenes vivirán no solo peor que sus padres, sino también que sus abuelos.

La pensión media de los jubilados españoles supera ya el salario de los trabajadores entre 16 a 24 años, que a menudo ven reducidas sus posibilidades laborales a puestos precarios y temporales. Los mejor preparados se marchan a otros países, donde su talento se paga y reconoce mejor. Los que se quedan, a menudo dependen para salir delante de una red de apoyo familiar cada vez más frágil. Sin ese soporte, su situación sería aún más insostenible.

La pasividad con la que España asiste al drama de sus jóvenes es directamente proporcional al egoísmo de las generaciones que tienen por encima, especialmente de los políticos. Sus prioridades se centran en contentar a quienes más les votan. Esto es, ciudadanos de mediana edad y pensionistas. Los jóvenes comparten aquí responsabilidad en su situación, porque su alta abstención electoral los hace irrelevantes. Más efectivo que manifestarse en las calles o arrojar piedras a la policía, sería convertir su ira en participación política y activismo cívico para forzar a esos líderes que hoy los ignoran a tenerles en cuenta.

Aunque la atención suelen llevársela las protestas en grandes ciudades como Madrid o Barcelona, el problema es aún mayor en lugares olvidados como Linares, una ciudad de la provincia de Jaén que vivió movilizaciones tras difundirse un vídeo donde varios policías daban una paliza a un padre y a su hija. La mitad de los jóvenes de la localidad andaluza están desempleados, antiguas industrias que solían ofrecer oportunidades han cerrado y la pregunta que se hacen los jóvenes no es si se marcharán, sino cuándo. “No tienen nada. Esto es una olla exprés”, aseguran los vecinos.

Ningún país puede mirar al futuro con optimismo si sus jóvenes no lo hacen. España, con la economía europea más golpeada por la pandemia, necesitará de su energía, ideas y capacidad de innovación para salir adelante. La oportunidad de cambiar las cosas podría llegar con los 140,000 millones de euros de fondos europeos que el país recibirá en los próximos años y que deberían ser utilizados, en parte, para lanzar un ambicioso plan de rescate de la juventud.

La modernización de la educación y la creación de programas de formación, una reforma del mercado laboral que reduzca la precariedad, políticas que fomenten su emancipación económica o su incorporación a los planes de transformación digital previstos, que podrían crear nuevas oportunidades, deben ser parte de la estrategia. Pero nada de ello será suficiente sin un cambio social que ponga en valor su aportación y acepte que el progreso de un país depende, también, de su capacidad para nivelar las oportunidades que ofrece a diferentes generaciones.



Jamileth