Entre la Espada y la Pared

No dejemos que China ponga en marcha otra masacre de Tiananmén

2022-12-01

La primera condición ya se ha cumplido; la segunda condición sigue siendo un...

Jianli Yang | The Washington Post

El 13 de octubre, a pocos días del inicio del 20º Congreso Nacional del Partido Comunista de China (PCCh), un hombre realizó una protesta en solitario en un viaducto en Pekín contra el presidente Xi Jinping y su política draconiana de “cero COVID-19”. Tuve la esperanza de que las acciones de este héroe solitario desencadenaran una ola de protestas pacíficas para evitar que Xi siguiera lastimando al pueblo chino, aunque mis esperanzas siempre estuvieron atenuadas por la certeza de que las políticas de intensa represión del régimen han logrado que las protestas sean muy escasas y casi imposibles de organizar.

Lo que ha sucedido en la última semana ha superado todas mis expectativas. Primero fue el levantamiento de los trabajadores en un complejo fabril de Foxconn protestando por las terribles condiciones laborales. Luego vinieron las protestas en todo el país tras un incendio en Sinkiang que le costó la vida a varias personas las cuales, según los reportes, no pudieron escapar del edificio en llamas debido a las estrictas condiciones de confinamiento.

Las protestas comenzaron expresando indignación por las estrictas políticas del “cero COVID-19”, pero las demandas de los manifestantes evolucionaron rápidamente en un movimiento para exigir libertades más amplias: libertad de expresión, de reunión, de los dictámenes del Partido Comunista. Los manifestantes en todas partes están repitiendo en gran medida los lemas mostrados por ese protestante solitario en el puente de Pekín. “Queremos comer, no hacernos pruebas del coronavirus; reforma, no Revolución Cultural”, decía una pancarta reciente. “Queremos libertad, no confinamientos; elecciones, no caudillos. Queremos dignidad, no mentiras. Queremos ser ciudadanos, no personas esclavizadas”.

Como alguien que participó en las manifestaciones a favor de la democracia en la plaza de Tiananmén en 1989, no puedo evitar sentir ecos de ese momento en los acontecimientos que tienen lugar en la actualidad en China. Estuve allí cuando el Partido Comunista de China envió tropas para matar a tiros a los manifestantes, y temo que la historia pueda repetirse hoy. El mundo no debe subestimar la determinación de Xi y el PCCh de permanecer en el poder. El régimen hará uso pleno de todos los recursos a su disposición, incluida tecnologías de vigilancia, la policía y los servicios de inteligencia. Por esa razón, la comunidad internacional debe hacer uso de todas las herramientas disponibles para apoyar a las fuerzas prodemocráticas y disuadir al régimen de Pekín de recurrir a la fuerza.

Esperamos que las protestas produzcan al final los cambios que buscamos. Veo al menos cuatro condiciones que deben cumplirse de manera simultánea para que exista la posibilidad de lograr un cambio significativo en China. Primero, el pueblo debe estar fuertemente descontento con el statu quo político. Segundo, debe emerger una oposición democrática viable. Tercero, tiene que producirse una ruptura dentro del liderazgo del gobierno del PCCh. Cuarto, la comunidad internacional tendrá que creer que la oposición democrática de China es viable y por lo tanto apoyarla. La primera condición ya se ha cumplido; la segunda condición sigue siendo un sueño por el momento, mientras que la tercera condición aún podría ocurrir si las protestas continúan.

Estas cuatro condiciones se refuerzan mutuamente, pero quiero enfocarme en la última.

Hay muchas cosas que la comunidad internacional puede hacer para ayudar. Primero que todo, el gobierno de Biden y otros gobiernos occidentales deben advertirle de manera inequívoca y específica a China sobre las consecuencias de cualquier represión sangrienta. La comunidad internacional podría mantener la amenaza de sanciones económicas adicionales, un mayor apoyo para Taiwán y medidas enérgicas contra la riqueza en el extranjero de las principales familias políticas de China. Si surge una división dentro del liderazgo del PCCh, podrían optar por conversar con los líderes de mente más abierta, en lugar de con los radicales de línea dura, para fortalecer la legitimidad de los primeros.

Pero sobre todo, los gobiernos occidentales no deben repetir los errores de 1989, cuando Estados Unidos y otras democracias hicieron pocos esfuerzos para disuadir al entonces líder del Partido Comunista de China, Deng Xiaopingm, de masacrar a los estudiantes que protestaban, porque no creyeron que lo haría. Los líderes occidentales de hoy pueden mostrar abiertamente su apoyo moral a los manifestantes y exhortar a las autoridades chinas a entablar un diálogo pacífico con ellos.

Los gobiernos occidentales también deberían aprovechar esta oportunidad para colaborar más estrechamente con las organizaciones de derechos humanos y la diáspora china para promover una mayor comprensión de los abusos contra los derechos humanos dentro de China. También pueden incorporar estos mensajes en documentos y reuniones oficiales para ayudar a lograr que el movimiento democrático sea viable y fomentar el crecimiento de la sociedad civil.

Ver cómo los tanques en la plaza de Tiananmén aplastaron vidas jóvenes me hizo entender que China debe cambiar. Estas protestas han generado un momento decisivo para el pueblo de China. Debemos mantener nuestra fe de que el pueblo chino está preparado para unirse a todos aquellos alrededor del planeta que viven actualmente en países libres. Una oportunidad para un cambio significativo podría surgir en las próximas semanas o meses, o quizás tome algunos años más. Por supuesto, nunca llegará sin un esfuerzo colectivo, y eso incluye a la comunidad internacional. En consecuencia, quienes están fuera de China deben estar preparados para ayudar a generar un cambio político en el país.



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