Entre la Espada y la Pared

“Para nosotros que estamos en la nada, es una angustia muy fea”

2019-01-21

Las familias desconfían de las cifras oficiales, que bailan continuamente a medida que...

Jon Martín Cullell, El País 

Un rosario. Celine Obregón se agacha aquí y allá en busca del rosario de su cuñado, de 40 años y padre de tres hijos. Algo que permita tener una pista de su paradero. Dos días después del estallido del ducto de gasolina que dejó al menos 91 muertos, la pradera de Tlahuelilpan donde se produjo la tragedia seguía siendo un campo de búsqueda y de desesperación. Los peritos ya se habían ido, pero, con palos y palas, los familiares de los desaparecidos continuaban rastreando el campo de alfalfa con la esperanza de salir ya de la incertidumbre en la que están sumidos. Una salida.

Las familias desconfían de las cifras oficiales, que bailan continuamente a medida que avanza la investigación. Los muertos siguen subiendo: ya son al menos 91. Se encontraron 68 restos humanos en el lugar del accidente, dijo el domingo el gobernador del Estado de Hidalgo, Omar Fayad. Apenas unas horas antes él mismo hablaba de 59. De estos solo nueve han sido identificados hasta ahora y siete entregados a sus familias. “Nos dan muchas versiones y las listas son confusas”, explicaba Obregón, con un foulard que le tapa la boca del denso olor a gas que inunda el campo.

Una cartulina de color azul turquesa, colgada en la puerta del Centro Cultural del pueblo informa de los pasos que tienen que seguir los familiares. Lo primero es acudir al Ministerio Público para abrir una carpeta de investigación y llevar lo siguiente: “1. Identificación oficial de la mamá; 2. 4 impresiones de una fotografía de cuerpo completo reciente y a color del familiar; 3. Se realizará una prueba genética a la madre del familiar”.

¿Y después? esperar; ese es el cuarto paso que no menciona la cartulina. La identificación puede tardar días, semanas o meses, según las autoridades. O podría no darse nunca: los gases que causaron el estallido redujeron a polvo a algunos de los fallecidos. El gobernador del Estado de Hidalgo acudió el domingo a Tlahuelilpan para informar a los familiares de las novedades. Aseguró que “más o menos coinciden” los desaparecidos y restos encontrados. Restos, porque cuerpos ya no hay.

Miriam Ortiz tiene cita este lunes en un hospital cercano para sacarse una muestra de saliva. El domingo por la noche todavía quedaba más de una decena de familias de desaparecidos por proporcionar pruebas de ADN. “No fui antes porque no quiero creer que mi hija…”. Ortiz deja la frase sin concluir. Durante todo el domingo estuvo yendo y viniendo del Internet Café de la plaza central del pueblo para imprimir carteles de búsqueda con una foto de Jovana Jazmín. Tez blanca, ojos café claro, tatuaje en el pecho del lado izquierdo. Se encontraba en la pradera en el momento de la explosión.

Las listas de las autoridades estatales recogen los datos de 71 personas desaparecidas, pero solo hay 65 carpetas de investigación abiertas. Es decir, seis familias que desconocen el procedimiento o que no quieren tirar la toalla y siguen buscando a sus parientes por los hospitales de Ciudad de México, adonde el viernes y sábado fueron trasladados los heridos más graves. 22 familias salieron el domingo por la mañana en vehículos fletados por el Estado para hacer un recorrido por los centros de salud; estaba previsto que otras ocho partieran en la tarde. Es una búsqueda de aire. Según las autoridades no quedan heridos por identificar: las 55 personas que permanecen hospitalizadas tienen nombre y apellido. Los recorridos se organizan para dar salida a la desesperación; “para agotar toda esperanza”, dice una funcionaria estatal.

Los peritos terminaron sus labores el domingo por la mañana. Día y medio para recopilar los restos y objetos desperdigados en la pradera. Carpeta cerrada, dijo el gobernador el domingo durante su visita a Tlahuelilpan. Pero los familiares no estaban dispuestos a darla por cerrada. “¡Televisa ya reconoció que hay más cuerpos!”, decía un vecino. “¡Siguen encontrando huesos, que vuelvan los peritos!”, gritaban otros. Las autoridades accedieron entonces a organizar otra batida y a enviar de nuevo a un par de forenses.

En la pradera quedaban algunas de las banderitas que los forenses colocaron allí donde encontraron restos. “Evidencia no tocar”. Una niña se acerca y la toca. Su padre la regaña. Unos metros más allá, Juana Cruz García, con un hermano desaparecido, llevaba varias horas en el terreno: “Encontramos trocitos de mandíbulas; le dije al perito que hay otro pedazo allá y me dijo que después lo investigarían. Pero los peritos se fueron y no se lo llevaron. Entonces yo fui y lo dejé junto a los otros objetos”.

Sobre las 18:30 dos peritos llegaron al lugar, como prometieron. “Seguramente son restos de animales”, decía Hugo Martínez, uno de los forenses. “Se añadirán al registro de objetos encontrados, pero nada de esto servirá para identificar a los cuerpos”. De todos modos, empezaron a meter todo cuidadosamente en bolsas de plástico y cartón, ante la atenta mirada de los familiares. Sobre el parche de tierra negra reposaban los objetos: algunas vértebras, dos pares de zapatillas de deporte, dos gorras medio quemadas, monedas, una llave y una pulsera roja. Cae la noche sobre la pradera de Tlahuelilpan y Celine Obregón continuaba buscando el rosario. “Nosotros que estamos en la nada”, dice, “es una angustia muy fea”.



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