Entre la Espada y la Pared

¿Fue un petardo o un disparo? La incertidumbre en las calles de Estados Unidos

2020-06-04

Derribaron la cerca y el infierno comenzó. Petardos. Carreras. Una columna de gas...

Por Dan Barry, The New York Times

Si existe un elemento que vincula las manifestaciones que han sacudido las ciudades y los pueblos de Estados Unidos a lo largo de la semana pasada —además del grito a todo pulmón pidiendo el fin de la injusticia racial y social— es una imprevisibilidad que crispa los nervios: la sensación inquietante de que todo podría cambiar en un instante.

Todo lo que se ha necesitado ha sido el disparo de una bala de hule, rociar una lata de gas, arrojar un petardo. Una acción puede precipitar los acontecimientos.

Veamos, por ejemplo, el domingo, el último día de un difícil mes de mayo. Por todo Estados Unidos se desarrollaron cientos de confrontaciones tensas entre los manifestantes y los oficiales de la policía y algunas se tornaron violentas en un segundo.

En Atlanta, una marcha de protesta en su mayor parte pacífica se convirtió en una granizada de latas de gases lacrimógenos luego de que los manifestantes derribaron una cerca. En Denver, un joven con barba que iba entre un mar de manifestantes se desplomó en el suelo cuando un proyectil disparado por la policía le pegó en el rostro. Y en Washington, un tenso altercado pronto se convirtió en un enfrentamiento que incluyó un incendio en el sótano de una iglesia histórica frente a la cual, al día siguiente, le tomarían una fotografía protocolaria al presidente Donald Trump (cuya intención, se especula, era dar una impresión de orden).

La incertidumbre se esparce por todo el ambiente.

¿Y a qué huele la incertidumbre? Es una mezcla de sudor callejero, humo y gas lacrimógeno. El humo huele a destrucción, mientras que el gas lacrimógeno produce una sensación de ardor en el rostro, además quema la garganta y hace que lloren los ojos, a tal punto que parece que nunca vas a dejar de llorar.

En medio de este prolongado estado de intranquilidad que no se había visto en Estados Unidos en medio siglo, no había ningún tipo de certidumbre, y el enojo, el temor y el oportunismo de las manifestaciones llenaron ese vacío. ¿Fue un petardo o un disparo?

Ahora, en las noches en Estados Unidos es cuando la fiebre sube al máximo —una fiebre que comenzó el Día de los Caídos, cuando Derek Chauvin, un oficial de policía blanco, apoyó su rodilla durante casi nueve minutos sobre el cuello de George Floyd, un hombre negro que estaba acostado boca abajo en una calle de Mineápolis. Esta maniobra se empleó contra un hombre al que acusaban de querer dar un billete falso de 20 dólares, y cuya muerte fue grabada en un video muy difundido.

Chauvin ha sido acusado de homicidio en segundo grado. Algunos manifestantes exigieron el arresto de otros tres oficiales de la policía de Minneapolis que presenciaron la escena; eventualmente fueron también acusados de ayudar e incitar al asesinato en segundo grado. Las manifestaciones de furia no han dado señales de calmarse.

La horrorosa muerte de George Floyd siguió un patrón muy conocido en el que jóvenes y hombres negros son asesinados por la policía; los nombres de los demás —entre ellos Eric Garner, Tamir Rice, Michael Brown— quedaron grabados en la conciencia estadounidense.

Para colmo, las manifestaciones se están realizando en medio de otra realidad perturbadora para los estadounidenses. En poco más de tres meses, la pandemia del coronavirus ha matado a más de 100,000 estadounidenses, ha sumido en el desempleo a 40 millones de personas y ha trastornado gran parte de la vida cotidiana.

Estas realidades ahora transitan como un trasfondo a través de cientos de manifestaciones en pequeños pueblos y grandes ciudades. Algunas fueron acaloradas pero pacíficas. Otras parecían relativamente tranquilas y luego terminaron con lesiones personales y daños a la propiedad ajena. Y algunas se convirtieron en caos y provocaron el tipo de daños que los voluntarios no pudieron barrer con sus escobas a la mañana siguiente.

En una manifestación del domingo en la noche en Oakland, California, un niño de 5 años llamado Chase Butler iba asomado por la ventanilla trasera de la camioneta blanca de su familia con el puño derecho levantado y en la mano izquierda tenía un letrero de cartón que decía: “¡Mamá! No puedo respirar. No me disparen”.

Su padre, Donovan Butler, de 33 años, comentó que había tenido una conversación —la conversación— con su hijo. “El mundo en el que vivimos no es equitativo”, le explicó. “Para mucha gente, nosotros somos diferentes”.

No obstante, para muchos otros, la conversación del domingo fue en forma de cánticos, gritos y órdenes policiacas emitidas a través de altavoces. En gran medida, la dinámica era demasiado variable e incierta como para garantizar la seguridad de un niño de cinco años, o incluso la de una familia en una camioneta.

En Atlanta, cientos de manifestantes marcharon pacíficamente durante varios kilómetros, pidiendo justicia. Luego, a orillas del Parque Olímpico del Centenario, uno de los organizadores les advirtió que se regresaran porque los manifestantes que iban adelante estaban enfrentándose con la policía. Pocas personas hicieron caso, a pesar de que otras les advirtieron sobre los gases lacrimógenos y los enfrentamientos.

“No vayan por ahí”, dijo un hombre. Pero como respuesta a su preocupación recibió algunos insultos.

Luego, algo impactó sobre el sanitario portátil de una construcción. Posteriormente la gente empezó a corear. Después, un grupo de jóvenes blancos enmascarados comenzó a derribar una cerca con una lona azul que estaba obstruyendo la calle y no le hicieron caso a los gritos de una mujer negra que les pedía que se detuvieran porque “nos van a culpar a nosotros”.

Derribaron la cerca y el infierno comenzó. Petardos. Carreras. Una columna de gas lacrimógeno, los cartuchos caían estrepitosamente al pavimento. La quemazón del rostro y de los ojos; los ríos de lágrimas y mocos; y el único alivio procedía de los chorros de una solución lechosa que traía un hombre en una botella.



regina