Entre la Espada y la Pared

Aislados y radicales: ¿cómo votamos en tiempos de pandemia?

2020-09-24

Lo que no ve, ni aquí ni en ninguna parte, son muchas otras personas.

Por Marc Tracy, The New York Times

Robert D. Putnam lleva décadas estudiando los lazos sociales y el sentido de comunidad y advirtiendo sobre los efectos del aislamiento. La pandemia es un gran experimento inesperado para él y otros expertos.

Desde la parte posterior de su casa en el suroeste de New Hampshire, Robert D. Putnam ve cómo su patio desciende junto a unos árboles de hojas marchitas y una canoa boca abajo hacia un estanque tras el cual se alza el monte Monadnock, una de las cumbres favoritas de Henry David Thoreau.

Lo que no ve, ni aquí ni en ninguna parte, son muchas otras personas.

“En promedio, vemos a un ser humano por semana”, dijo Putnam refiriéndose a él y su esposa, Rosemary.

Como es una suerte de bardo de la comunidad estadounidense, hay una injusticia poética en la forzosa soledad de Putnam. En el año 2000 publicó Solo en la bolera, un libro que documentaba el declive en la participación social de los estadounidenses (y la declinante participación en las ligas de bolos) y durante décadas, este profesor de Harvard ha estudiado los costos del aislamiento: la soledad, la declinante confianza, la disolución del “capital social”, esas conexiones que aceitan la maquinaria de la vida cívica.

A seis meses del coronavirus, la mayoría de los estadounidenses están en el mismo bote que Putnam, de 79 años: su mundo se ha reducido a su barrio, su casa y la pantalla de sus computadoras. Sin embargo, también se preparan para cumplir con la más comunitaria de las obligaciones, una elección nacional durante una presidencia extraordinariamente polarizante que solo se ha vuelto más divisiva durante una pandemia que ha ocasionado el fallecimiento de casi 200,000 estadounidenses y un movimiento generalizado en contra de la violencia policial y el racismo sistémico.

Dado que no hay precedente para la situación actual, Putnam, cuyo próximo libro se llama The Upswing y recorre el individualismo estadounidense y su contracara, solo podía plantear una pregunta de primera importancia. “Si estás solo y te sientes aislado”, dijo “¿eso te vuelve más propenso a participar en la política?”.

Mientras que el acto logístico del sufragio se ha adecuado al incrementar el voto por correo, se desconoce cómo harán los equipos de las campañas para ejecutar el último tramo hacia la meta sin mítines multitudinarios y otras tácticas tradicionales.

De manera más profunda, no queda claro el efecto que tendrá el distanciamiento social en las decisiones de los votantes. Según Putnam, antes del coronavirus, incluso el más prolífico de los socializadores digitales, con una adicción de cuatro horas diarias en Facebook, todavía tenía un pie en el mundo físico donde descubría y cultivaba sus relaciones.

“Los estudios confirman que las personas tienden a interactuar con los mismos individuos tanto en línea como en el aspecto físico de la vida” escriben Putnam y Jonah Hahn en una nueva coda de Solo en la bolera. “Pocos estadounidenses llevan una vida offline y otra completamente separada en línea”.

Conversaciones con cerca de una decena de académicos y expertos en ciencias políticas, psicología política, tecnología, campañas electorales y organización sugieren que estamos mal diseñados para una elección pandémica. Muchos dijeron que internet es una fuerza centrífuga que aleja a las personas unas de otras y solo las acerca a sus amigos cercanos, la familia inmediata y a sí mismos, el opuesto de la fuerza centrípeta que exigen las elecciones y sus consecuencias y que, a menudo, proveen las interacciones físicas.

Sin embargo, estos pensadores no han abandonado toda esperanza. En su opinión, como la pandemia misma, las próximas semanas serán una prueba de fuego para un país asustado y dividido.

“El virus gira alrededor de una cuestión”, dijo Putnam. “¿Somos un nosotros o somos un yo?”.

Décadas de investigación en ciencias políticas enseñan que algo que tiene un gran impacto en las decisiones propias es si nuestras personas más cercanas votan, y el modo en que lo hacen.

“Cualquiera que haya sobrevivido a la secundaria sabe que la presión social es real”, dijo Betsy Sinclair, profesora de ciencias políticas en la Universidad Washington en Saint Louis.

Los cónyuges, los padres, los amigos cercanos —aquellos con los que se comparten ‘lazos fuertes’, según la jerga— ejercen la influencia más poderosa en el comportamiento de los votantes. Sinclair se refirió a un estudio sobre las elecciones de medio término de 2010 en Estados Unidos que reveló que la mayoría de los amigos de Facebook de una persona no tenían impacto en su comportamiento electoral. Solo influían sus 10 amigos más cercanos, de los 150 contactos que tenían en la red social. De hecho, el votante solo era propenso a ser influenciado por alguien que lo había etiquetado en una fotografía.

Pero los “lazos débiles” que conectan a las personas con sus colegas, vecinos y amigos de amigos son como el vermut en el martini del discurso social. Como tus amigos más cercanos y tu familia probablemente tienen preferencias políticas similares a las tuyas, es probable que los conocidos más casuales cambien radicalmente tus suposiciones. Si los lazos fuertes polarizan más, los lazos débiles contrarrestan en algo ese efecto. Sin los lazos débiles —lo que, en parte, ha sido uno de los efectos de la pandemia— lo que queda es algo más destilado y grave.

“Si eres demócrata, posiblemente no vayas a hablar con muchos republicanos en tu familia o entre tus amigos, probablemente habrá mucho acuerdo”, dijo Samara M. Klar, profesora en la Escuela de Gobierno y Política Pública de la Universidad de Arizona.

“Pero a menudo estás sujeto a presiones transversales, como las llamamos, por sorpresa”, agregó. “Estás en el supermercado, en el partido de fútbol de tus hijos. Esos son momentos importantes en los que las personas se exponen a ideas con las que no están de acuerdo”.

En estos meses pasados, Klar se ha esforzado por conversar con los transeúntes que se encuentra al pasear a sus perros en su vecindario de Tucson, Arizona. Pero sabe que, para la mayoría de los estadounidenses, los encuentros casuales en físico se han complicado.

“Desearía que algo bueno saliera de esta pandemia pero no he encontrado nada”, dijo Klar.

En teoría, internet podría entrar a proveer estas conversaciones espontáneas. En la práctica, internet no siempre funciona de ese modo, argumenta Mark Granovetter, profesor de sociología en la Universidad de Stanford.

“¿La gente pasa más tiempo en línea? Probablemente”, dijo. “¿Pasan más tiempo interactuando? Probablemente”.

“¿Siguen recluidos en sus propias cámaras de eco o salen de ahí?”, preguntó. La respuesta es que no es fácil saberlo.

Para Putnam, internet ha sido un bálsamo. Rosemary Putnam se mantiene en contacto con sus amigos por Facebook y en el juego Words with Friends. El 25 de abril, los miembros de la familia Putnam se reunieron por Zoom para un Séder de Pascua.

Pero Putnam piensa que internet puede complementar, pero no reemplazar, las conexiones que se inician y se cultivan “IRL: en la vida real”, como dijo refiriéndose al acrónimo en inglés de las palabras in real life.

Este verano ha habido una excepción considerable al distanciamiento social: miles de manifestantes se unieron debido a los asesinatos de personas negras a manos de la policía y tomaron las calles de muchas ciudades.

Una gran parte del poder de las protestas residió en la ocupación del espacio físico cuando, por ejemplo, se bloqueó el tráfico del puente de Brooklyn. Esto hizo que fuera imposible que los observadores ignoraran a los que buscaban captar para su causa, dijo Aaron Schutz, un profesor de estudios comunitarios en la Universidad de Wisconsin, Milwaukee.

“Hay algo en la capacidad que tienen las masas de gente juntas de mandar un mensaje que simplemente no se puede hacer del mismo modo en línea”, dijo.

En contraste, cuando Schutz se ofreció de observador voluntario el mes pasado en la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU, por su sigla en inglés) durante la Convención Nacional Demócrata (o lo que quedó de ella después de que la pandemia redujo la reunión en Milwaukee a un ritual pequeño y formal totalmente eclipsado por el infomercial producido para la televisión). “Había grillos”, dijo sobre el evento. La pandemia había desactivado lo que alguna vez fue una prometedora oportunidad de realizar una protesta disruptiva.

Pocos han pensado más en las implicaciones de una vida digital que el autor Jaron Lanier, quien acuñó el término “realidad virtual”. Estos días, desde su hogar en Berkeley, California, Lanier se preocupa del efecto que la cuarentena tendrá en el discurso, a pesar de que recibe de buena manera la abundancia de chats en video, porque son cosas que las personas planean en línea en vez de aceptar pasivamente.

Mientras los confinados pasan más tiempo conectados en línea, donde los algoritmos priorizan para darnos lo que deseamos —como pienso para hamsters— en lugar de reflejar la realidad, ¿seguirá existiendo la afinidad necesaria para que prevalezca el debate significativo?

“Si todos piensan lo mismo, las conversaciones no son trascendentales, y si piensan cosas completamente diferentes, tampoco lo son”, dijo Lanier.

No es solo la sociedad la que está hecha para las interacciones de persona a persona, según Lanier. También la gente. Los humanos registran de manera subconsciente la dirección de los ojos, la postura y la posición de la cabeza de sus interlocutores cuando se encuentran cara a cara en carne y hueso. La imposibilidad de hacerlo inhibe la comunicación.

Lanier ayudó a desarrollar el “Modo juntos” (Together mode) del servicio de videoconferencia Microsoft Teams. Su interfaz ubica a todos los participantes de un video chat en una audiencia común. Los participantes se ven a sí mismos sentados junto a los demás y detectan las claves no verbales y, según Lanier, las respuestas de pánico de su cerebro de primate no se activan.

“Como todos están tan estresados”, dijo “alimenta el miedo y la agresión, el estilo motivado por el instinto de pelear o huir al que tienden tanto los algoritmos como la propaganda”.

Sin embargo, el espectáculo debe continuar. A pesar de la pandemia y de los deseos expresados por el propio presidente, la elección culminará el 3 de noviembre.

David Kochel, un veterano operador republicano dijo que una clienta, la senadora Joni Ernst, continuará con su gira tradicional que recorre los 99 condados de Iowa en su búsqueda de reelegirse en una de las contiendas más competitivas del otoño. Además agregará llamadas en conferencia, tele asambleas y reuniones de Zoom.

“Los candidatos que tienen una habilidad natural para comunicarse por redes sociales probablemente se beneficien”, dijo. “La ausencia de una campaña en persona probablemente hace que los recursos económicos sean más importantes porque buena parte de la labor de mensajería ahora tiene que hacerse a través de medios pagados”.

Jorge Gonzalez, organizador de la Coalición de Salud Ambiental, en la zona de San Diego, se está enfocando en los votantes de baja propensión. Pero el coronavirus ha imposibilitado la que, según él, es la táctica más efectiva: ir de puerta en puerta y hablar cara a cara con las personas.

Gonzalez de todas maneras enviará promotores a las casas. Pero solo dejarán folletos (en inglés, español y vietnamita) diseñados por artistas gráficos locales. Llaman a los votantes y, al pedirles que voten, ofrecen textos recurrentes e información logística para votar.

La iniciativa de Gonzalez, United to Vote, está promoviendo el voto por correo. “Se trata de hacer que sea más fácil para la gente que lo hará por primera vez”, dijo.

¿Pero elegirán votar? Tash S. Philpot, profesora de gobierno en la Universidad de Texas en Austin dijo que mucho de eso dependerá de si los votantes potenciales que atraviesan una crisis sienten que su voto puede llegar a cambiar algo.

“En opinión pública una de las cosas de las que hablamos es este sentido de eficacia”, dijo Philpot. “La idea de que tienes un impacto alimenta tu voluntad de intentar causar un impacto”.

Por supuesto, lo mismo que puede alentar a alguien a tomar acción puede agotar el deseo de una persona de actuar. Philpot ha experimentado esta dicotomía en su vida. El asesinato de George Floyd en mayo, en una época que había pasado sobre todo aislada en casa “mermó mi psique”, dijo. Pero su voz se animó al describir el video de Black Lives Matter que hizo su hija Natalie de 11 años durante el verano.

“Mucha de la política negra está alimentada por la voluntad de desmantelar la opresión, el racismo y la discriminación”, dijo Philpot, editora del libro African-American Political Psychology. “Es casi como si el enojo alimentara el activismo”.

Del mismo modo, el volumen de correos electrónicos entre Putnam y un amigo suyo se ha incrementado durante la pandemia. Ambos tienen un acuerdo: si uno determina que un candidato político es digno de un donativo, el otro también contribuye.

“Hay reciprocidad”, dijo Putnam. “Pero no lo hago cara a cara. Lo hago a través de internet”.

El interés de Sinclair, de la Universidad Washington, en los contextos sociales, la motivó a crear una aplicación, Magnify, que facilita la acción colectiva en torno a asuntos gubernamentales.

Un usuario de Magnify puede publicar una queja ciudadana —digamos, la foto de un bache— y compartirla con sus vecinos, que pueden ponerse de acuerdo en la app para enviar cartas al regidor del municipio (la presión grupal vuelve a triunfar). Hasta ahora en su ciudad de Clayton, Misuri, dijo Sinclair, los usuarios de Magnify han persuadido a una pizzería de instalar una mesa para cambiar pañales en el baño para hombres y a las autoridades de salvar un árbol de un parque e instalar un señalamiento electrónico de velocidad en un cruce peatonal.

“Si consigues un pequeño grupo, es mucho más probable que seas escuchado y esos lazos crean capital social, ya no estás jugando solo a los bolos”, dijo.

Sugería que la salida –de la pandemia, de la polarización, de todo– podría ser un camino físico pavimentado por uno digital, un cruce peatonal a la vez.



regina