Del Dicho al Hecho

‘El juego del calamar’ es una reflexión sobre nuestra propia pobreza

2021-10-22

 La brecha económica se sigue acrecentando y es por eso que la premisa social de El juego...

Fernando Bustos Gorozpe | The Washington Post

La serie surcoreana El juego del calamar se estrenó el 17 de septiembre en Netflix y, en sus primeros 28 días, rompió el récord de la plataforma con 11 millones de espectadores. El éxito ha sido tan contundente que ya está en distintos niveles de la cultura popular: el basquetbolista Lebron James comentó el final, en México hay piñatas de los personajes, en países como Venezuela están replicando los juegos también con un premio al ganador (sin lastimarlos) y Jung Ho-yeon, una de las actrices principales, es la nueva embajadora internacional de Louis Vuitton.

Se trata no solo de una serie que ha logrado triunfar en términos monetarios sino de una que ha logrado generar —sin planeación previa, como sí lo hacen los megablockbusters— toda una experiencia fuera de la plataforma y establecerse en el imaginario colectivo. Prueba de esto son las manifestaciones en Corea del Sur este mes, donde trabajadores que piden mejoras en las condiciones laborales se disfrazaron como los personajes.

La trama de la serie es simple: personas endeudadas, en bancarrota o con una necesidad urgente de mucho dinero reciben una invitación a participar en un juego misterioso que, de ganar, las hará millonarias. Pero solo una triunfará y el resto morirá.

El director y creador de la serie, Hwang Dong-hyuk, escribió el primer borrador de esta historia en 2008. Entonces se encontraba sin trabajo, en bancarrota, viviendo en casa de su madre y tuvo que vender hasta su laptop. En ese momento Hwang vislumbró la historia. Sin embargo, fue hasta hace unos años que alguien se interesó en el guion.

El juego del calamar es muy similar a otros contenidos como Battle Royale o Los juegos del hambre: historias donde el sistema condena a personas a una competición feroz y el premio es permanecer con vida. La diferencia aquí es que la serie surcoreana parte de un contexto actual y global. En 2017, según el Banco Mundial, 689 millones de personas vivian diariamente con menos de 1.9 dólares. Y según esta misma organización, la pandemia de COVID-19 arrojó a 100 millones de personas más a la pobreza extrema. Tan solo en México, en 2020 se estimaba que había 10.8 millones de personas en pobreza extrema, y en Estados Unidos la deuda en los hogares se disparó a 14.96 billlones de dólares en el segundo trimestre de este año, el mayor salto desde 2007.

Para estos cientos de millones de personas, a quienes la falta de dinero ahoga y no han podido triunfar al interior de las sociedades de rendimiento que habitamos, la pregunta central de la serie, más que una locura, se convierte en algo cotidiano: ¿Qué estarías dispuesto a hacer por dinero? En la serie hay personas dispuestas a morir y —algunas pocas— a matar para tener una mejor calidad de vida. Nada lejano a la realidad.

Si uno ve la serie alejado de la espectacularización, los disfraces y el drama propio de un producto televisivo, lo que queda de fondo es una historia común para esta sociedad: gente que a diario debe pelear por mantener intacta su dignidad y conseguir sobrevivir. Al estar en ese lugar, arriesgarlo todo quizá ya no sea una opción, sino la única manera de poder continuar. ¿No es esa la historia de decenas de miles de migrantes alrededor del mundo? Poner en riesgo la vida para poder llegar a un lugar donde conseguir lo básico para sobrevivir: dinero.

Al igual que la película Parásitos, de Bong Joon-ho, para Hwang El juego del calamar es una alegoría de las sociedades capitalistas modernas donde la competición extrema está siempre presente. Sin embargo, se habla poco de esa crítica evidente, lo que sí sucedió con Parasite. El éxito apresurado de la serie terminó por minimizar por qué los personajes deciden participar en el juego. El eco generado ha sido mayoritariamente por el aparato y mecanismo de control que los vigila y castiga: los juegos, los uniformes, la muñeca gigante. La discusión social en ella ha quedado en segundo término. La cultura del esfuerzo y la competición está tan normalizada en nuestra sociedad que prestamos más atención a los elementos que castigan al perdedor que a las causas que originan las desigualdades y la competición bestial.

Por supuesto, la serie es de entretenimiento, pero nos brinda por lo menos dos episodios llenos de reflexión. El segundo, Infierno, nos permite entender por qué los personajes deciden participar: la pobreza, la explotación laboral, las deudas adquiridas, los gobiernos totalitarios o enfermedades crónicas. Y el último, Un día de suerte, nos acerca a la visión perversa y plana del rico frente a estos problemas, así como a la aparente justificación de los motivos para crear la competición.

Ambos episodios explican el contraste entre quienes viven en pobreza y quienes precarizan el trabajo de sus empleados o violan sus derechos laborales con tal de seguirse enriqueciendo. Si la pandemia nos dejó millones de pobres más, los multimillonarios de Estados Unidos aumentaron su fortuna 45%. La brecha económica se sigue acrecentando y es por eso que la premisa social de El juego del calamar nos atraviesa todos los días (a menos de que seamos millonarios).

Entre tantas series televisivas de millonarios o gente exitosa, se agradece que aparezca una contada desde el lado de aquellos que socialmente son considerados perdedores por no haber podido escalar este sistema que nos aprisiona, a veces sin que nos demos cuenta.

Las películas y series no solo son hechas para entretener y no pensar en la complejidad del mundo o la vida. Detrás de muchos de estos productos también hay ideas, críticas y reflexiones que buscan llegar al espectador, no importa si en ocasiones la envoltura es pop o comercial. El juego del calamar es un ejemplo de esto: hay más allá de la superficie. Evitemos ser espectadores distraídos.


 



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