Detrás del Muro

Sin papeles ni trabajo: los vendedores ambulantes de Queens

2020-11-20

Los ambulantes están frustrados y sienten que una forma respetable de ganarse la vida en...

Por David Gonzalez y Juan Arredondo | The New York Times

El tramo de la avenida Roosevelt en Queens bullía de gente que se abría paso entre los carritos y puestos que ofrecen de todo, desde maíz tostado con aroma dulce hasta cubrebocas.

El rugido frecuente del tren número siete a menudo ahogaba el sonido del regateo.

En una esquina se encontraba Cristina Sánchez, desolada, en un puesto de productos agrícolas. No había vendido nada. Durante la pandemia primero perdió su trabajo, luego su habitación de alquiler, lo que provocó que cayera en una carrera frenética por sobrevivir: primero vendió productos, luego tacos y después volvió a las frutas y verduras.

Para Cristina, de 47 años, las pérdidas han sido numerosas. Sus ojos se llenaron de lágrimas al pensar en su familia en México.

“Les mandaba 150 dólares todas las semanas”, dijo. “Ahora tal vez llego a mandarles 20”.

Ella forma parte del más de medio millón de inmigrantes indocumentados de la ciudad cuyas vidas se han visto alteradas por la pandemia, pero que no son candidatos para recibir la mayoría de la asistencia financiera, incluyendo el dinero de los estímulos y préstamos.

No obstante, durante décadas, Nueva York ha limitado la cantidad de permisos para vender en la calle —actualmente está restringida a 2900 para alimentos y 853 para mercancía general— lo que crea un mercado negro y hace que los vendedores sean vulnerables debido a las multas elevadas.

Los ambulantes están frustrados y sienten que una forma respetable de ganarse la vida en otras partes del mundo aquí está criminalizada.

En el epicentro, sin trabajo ni documentos

Jackson Heights fue parte del “epicentro del epicentro” de la pandemia en Nueva York. Los efectos de esos primeros meses aún reverberan entre los trabajadores migrantes que perdieron su empleo y se enfermaron a una velocidad alarmante.

“Las personas que sobrevivieron están luchando para poner comida en sus mesas”, dijo Yatziri Tovar, portavoz de Make the Road New York, un grupo de defensa de inmigrantes.

Más del 60 por ciento de sus miembros perdieron sus trabajos. Y al menos 50 han muerto.

Cristina llegó a Nueva York en 2004. Trabajó en varios empleos hasta hace tres años, cuando encontró trabajo doblando ropa en una tintorería por 700 dólares a la semana. Eso fue suficiente para unirse a la fila de compañeros inmigrantes formados afuera de la sucursal de Western Union, que esperaban para enviar dinero a sus familias.

“Solo trato de seguir adelante y seguir ayudando a mis hijos con su educación”, señaló. “Pero ahora con la pandemia, no puedo ayudarlos. No hay trabajo”.

Perdió su empleo en marzo. A fines de junio, ya no tendría casa.

Cuando el coronavirus apareció en Nueva York, pagaba 60 dólares semanales por subarrendar una habitación en la avenida Roosevelt. Pagó durante cuatro meses hasta que se agotaron sus ahorros.

El propietario la desalojó y aunque sus amigos la instaron a luchar contra el desalojo —hay una suspensión en vigor hasta finales de este año— se sintió intimidada.

Desesperada, le preguntó a un amigo si podía dormir en el sofá de su sala. Y, como muchos otros inmigrantes indocumentados en la ciudad, se dedicó a la venta ambulante para sobrevivir.

Cristina empezó a vender alimentos con la ayuda de Sabina Morales, una vendedora experimentada que al principio le suministró frutas y verduras maduras. Su antiguo empleo le ha dado un poco de trabajo recientemente, pero sabe que necesita encontrar otra fuente de ingresos, en especial cuando el clima se vuelva frío.

“Esto ha afectado mucho a mis hijos”, dijo Sánchez, mientras comenzaba a llorar. “Trato de decirles que, como no hay un trabajo estable, lo que gano solo me alcanza para sobrevivir al día”.

El auge de los vendedores novatos

Por cada vendedor callejero, hay otros que se benefician de su trabajo. Es un ecosistema fluido, evidenciado por la avalancha de recién llegados como Gerardo Vital y quienes los apoyan.

Gerardo estaba tan orgulloso de su país adoptivo que se ganaba la vida mostrando a los turistas hispanohablantes los lugares más destacados de Manhattan y Washington D.C.

“Tenía reservaciones para hacer recorridos todos los días desde marzo hasta septiembre”, señaló. Sus ingresos fueron suficientes para comprar dos autos y alquilar un todoterreno para grupos turísticos. “Pero cuando cancelaron los vuelos y cerraron las fronteras, mi mundo se vino abajo otra vez.”

En 2006, Gerardo llegó a Nueva York desde México luego de que su empresa de camiones fuera atacada por personas que, según contó, lo agredieron y robaron el mejor camión de su flotilla.

Se instaló en Jackson Heights, donde ahora vive en una calle arbolada con su esposa y sus dos hijos. Pero esas comodidades que tanto le costó ganar ahora están en peligro.

Su esposa perdió su trabajo en un restaurante. Sus clientes pidieron el reembolso de sus adelantos. Al no poder calificar para subvenciones o préstamos, Gerardo vendió uno de sus autos y agotó sus tarjetas de crédito para hacer las devoluciones.

Decidió vender tacos de alambre —preparados con carne, chiles, tocino y queso— en la calle. El propietario de un establecimiento de delicatesen le permitió usar un puesto de venta cerrado en la acera por la noche, sin costo alguno. Durante el día, vende batidos.

Trabaja desde las nueve de la noche a las dos de la mañana, le vende a la gente que vuelve a casa después de trabajar en turnos nocturnos o a los juerguistas ebrios y hambrientos. Dijo que la calle puede ser un poco riesgosa.

“Conozco a todos los vagos y delincuentes, a todos”, dijo.

Gerardo esperaba que sus tacos de alambre atrajeran a los clientes que anhelaban una comida que les recordara a su hogar.

“Este es el tipo de resiliencia creativa a la que siempre han recurrido las comunidades de inmigrantes”, dijo Alyshia Gálvez, profesora del Lehman College y directora fundadora del Instituto de Estudios Mexicanos Jaime Lucero.

Gerardo no ha hecho buenas ventas. Vende dos tacos por 5 dólares. Necesita vender al menos 130 por día pero, a menudo, solo llega a la mitad.

Su esposa fue contratada hace poco, pero dijo que todavía tiene que vender comida porque es poco probable que el turismo se recupere pronto.

“No hay trabajo en ningún lado”, dijo. “Cuando hace frío, me pongo una chaqueta y espero a que lleguen los clientes”.

Las políticas hacen la vida más difícil… y más incierta

Sabina Morales es una vendedora veterana que suele mirar, de manera estoica y sensata, a la avenida Roosevelt. A su lado había un camión frigorífico estacionado donde almacena sus productos.

Ha vendido estos productos en Jackson Heights desde que llegó a Nueva York hace 15 años. Y, desde que comenzó la pandemia, ha ayudado a otros, como Sánchez, a montar sus propios puestos.

No obstante, la afluencia de vendedores nuevos ha dificultado su trabajo.

“Antes de la pandemia, el negocio estaba mucho mejor”, dijo Sabina, quien vino a la ciudad para reunir a su nieto de cinco años con la madre de él. “Ahora hay más vendedores que clientes”.

Una vez a la semana, se aventura a ir a Hunts Point, en busca de mayoristas que ofrezcan frutas y verduras maduras con descuento. Como el metro suspendió el servicio nocturno, duerme en el coche de un amigo para esperar hasta el amanecer antes de regresar a la avenida Roosevelt.

A diferencia de la mayoría de los vendedores que no tienen el permiso ni el dinero para alquilar uno, Morales tiene la licencia requerida para administrar su puesto.

No obstante, tiene un precio muy alto: afirma que paga 22,000 dólares cada dos años al dueño actual del permiso, quien solo le pagó 200 dólares a la ciudad.

Ahora pertenece a una coalición de vendedores ambulantes que incluye a las organizaciones Make the Road y Street Vendor Project, además de defensores y políticos que instan a los funcionarios a aprobar un proyecto de ley que crearía un Fondo de Trabajadores Excluidos, el cual impondría impuestos a los más acaudalados de la ciudad para proporcionar ayuda financiera a los trabajadores que viven en Nueva York sin permiso legal.

“Ha habido muy poca ayuda, así que hemos tenido que resolver esto por nuestra cuenta”, afirmó Jessica Ramos, senadora estatal que patrocina el proyecto de ley.

Muchos funcionarios de las comunidades de inmigrantes también están presionando para reducir el límite de permisos y así evitar una catástrofe aún mayor. Un proyecto de ley que aún no ha sido aprobado en el concejo municipal añadiría 400 permisos más de vendedores ambulantes de alimentos al año, durante una década.

Sabina espera que estas iniciativas los ayuden pero le preocupa que, a medida que la ciudad intenta volver a algo parecido a la normalidad, resurjan los viejos problemas.

Aunque la policía ha dejado de multar a los vendedores sin licencia, aún estan sujetos a multas de otras seis agencias de la ciudad lo que, según los vendedores, puede sumar rápidamente miles de dólares.

“Cuando pase la covid, puedes estar seguro de que estarán todos los días con las multas”, dijo Sabina. “Solo quiero que nos dejen trabajar”.

A pesar de las dificultades, un novato progresa

Manuel Antonio Díaz Cordova es un recién llegado a la avenida Roosevelt, pero no lo parece por sus animadas bromas con los peatones.

Llegó a Nueva York en febrero, solo, un mes antes de que la ciudad comenzara a cerrar. Trabajó en varios empleos ocasionales, como vestirse de la Estatua de la Libertad y repartir folletos de preparación de impuestos, hasta que el cierre le pasó factura.

Manuel esperaba ganar dinero para ayudar a sus hijos en Ecuador. Cuenta que en su país fue abogado y propietario de una farmacia, hasta que comenzó a recibir amenazas de muerte de un excliente.

“Mi vida estaba en peligro”, dijo Manuel, de 60 años. “No podía manejar mi negocio. No podía cuidar de mis hijos.”

Al quedar desempleado pronto se endeudó. Un día de marzo agarró su bicicleta e hizo un recorrido por varias farmacias en busca de mascarillas para uso personal. Cuando el dueño de una tienda le ofreció venderle una por 4 dólares, su sentido comercial se activó.

Buscó cajas de mascarillas y encontró un proveedor que le cobraba 50 dólares por una caja de 50. Después de probar algunas ubicaciones, se instaló debajo del metro en Junction Boulevard.

“No gano mucho pero no puedo quejarme. Pago mis facturas y envío dinero a mis hijos”, dijo.

A pesar del inminente invierno, sigue siendo optimista, estudia para obtener su licencia de conducir, recibe capacitación en salud ocupacional y busca trabajo profesional.

“Fui a ver a un abogado, pero me dijo que necesitaba saber inglés”, dijo. “Aquí es difícil, pero seguiré tocando puertas. Si alguien me da una oportunidad, voy a estar bien”.



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