Detrás del Muro

La migración desde Honduras aumenta tras la devastación de los huracanes

2021-04-06

“Estamos signados aquí”, dijo Magdalena Flores, de pie en un colchón que...

Natalie Kitroeff, Daniele Volpe | The New York Times

El país recién ha empezado a recuperarse de dos tormentas que afectaron la región el año pasado. Sin demasiada asistencia de Estados Unidos, muchos de sus habitantes se dirigen a la frontera.

Los niños remueven la tierra con ramas, en un intento por escarbar los restos de las casas que quedaron sepultadas bajo el suelo. Sus padres, que no pueden darles de comer, hurgan en los escombros en busca de techos que puedan vender como chatarra. Viven sobre el lodo que se tragó los refrigeradores, las estufas, las camas, con la vida entera sepultada bajo sus pies.

“Estamos signados aquí”, dijo Magdalena Flores, de pie en un colchón que se asoma entre la tierra donde solía estar su casa. “La desesperación, la tristeza, eso lo hace a uno migrar”.

La gente de Honduras ha emigrado a Estados Unidos hace tiempo. Huyen de la violencia del crimen organizado, de la miseria económica y de la indiferencia de un gobierno liderado por un presidente acusado de tener vínculos con el narcotráfico.

Luego, el otoño pasado, dos huracanes azotaron zonas pobres de Honduras uno tras otro, impactaron a más de cuatro millones en todo el país —casi la mitad de la población— y arrasaron barrios enteros.

“No se está migrando, se está huyendo”, dijo César Ramos, de la Comisión de Acción Social Menonita, un grupo que brinda ayuda a las personas afectadas por las tormentas. “Esta gente ha perdido todo, hasta la esperanza”.

El presidente Joe Biden ha insistido que el alza reciente de la migración a Estados Unidos no es nada fuera de lo común, solo otro pico en una larga historia de aumentos, especialmente durante los meses en los que el desierto a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México es más templado y menos difícil de atravesar.

“Sucede todos y cada uno de los años”, dijo Biden en una conferencia de prensa el mes pasado. “Hay un aumento significativo en la cantidad de personas que vienen a la frontera en los meses de invierno”.

Pero el mes pasado, las detenciones en la frontera suroeste de Estados Unidos alcanzaron el máximo récord de los últimos 15 años, parte de un repunte brusco desde que Biden asumió el poder.

La mayoría de las familias y los menores no acompañados son de Honduras y Guatemala, los dos países más afectados por los huracanes, una señal de que las políticas migratorias más benévolas del presidente estadounidense atraen a las personas en un momento de particular desesperación.

“Es un acontecimiento detonante que por sí solo es enorme”, dijo sobre las tormentas Andrew Seele, presidente del Instituto de Política de Migración. “Un acontecimiento como la recesión por la covid, más dos huracanes, y el potencial de un pico aún mayor es mucho más fuerte”.

Impaciente por separarse de la postura hostil de su antecesor hacia los migrantes, Biden ha propuesto gastar 4000 millones de dólares para atender las “causas al origen” de la migración y recientemente designó a la vicepresidenta Kamala Harris para que trabaje con los líderes centroamericanos en la mejora de las condiciones en dichos países.

Sin embargo, Biden ha enviado un mensaje claro a todos los que están pensando en cruzar la frontera: “No vengan”, dijo en una entrevista reciente.

La advertencia a duras penas ha tenido eco aquí en Chamelecón, un barrio en la ciudad de San Pedro Sula controlado por el crimen organizado y que fue golpeado por ambas tormentas. Los sobrevivientes del desastre dicen que no tienen otra alternativa.

Meses después de los huracanes, las casas siguen bajo el agua. En donde antes había puentes ahora hay enormes agujeros. Miles de personas siguen desplazadas y viven en refugios o en la calle. El hambre los acecha.

“Nunca lo he querido hacer”, dijo Ana Hernández, agarrada de la mano de su hijo de 11 años en una gasolinera de San Pedro Sula, la capital económica de Honduras. “La situación me obliga a hacerlo. Llegas a un momento donde no tienes ni para darles de comer”.

Cada noche, buses llenos de pasajeros salen del sitio donde estaba Hernández, muchos de ellos en dirección a Guatemala como parte del primer tramo de su viaje hacia Estados Unidos. Hernández compró sus pasajes luego de meses de vivir en el esqueleto de su casa, destrozada por las tormentas.

México le ha solicitado a la gestión de Biden que envíe más asistencia para el desastre en Centroamérica. Biden ha dicho que con el expresidente Donald Trump “en lugar de ir a ayudar de un modo importante” tras los desastres “no hicimos nada”.

Un funcionario del Consejo de Seguridad Nacional comentó que el gobierno planea destinar 112 millones en ayuda humanitaria a las comunidades afectadas por las tormentas, además de los 61 millones que ya se habían aprobado durante la gestión de Trump.

El presidente Bill Clinton, por su parte, envió casi mil millones de dólares a la región a finales de los años 90 tras el huracán Mitch que mató a más personas, pero, dicen los trabajadores humanitarios, causó un desastre comparable al de las tormentas recientes.

La asistencia humanitaria inmediata sin duda podría ayudar a aliviar el hambre, la indigencia y otras crisis incitadas por las tormentas, como parece haber sucedido después del huracán Mitch.

Pero es mucho más difícil demostrar que los fondos enviados en el pasado para mejorar las condiciones en Centroamérica hayan reducido la migración, dicen los expertos, en parte porque los políticos corruptos y las élites han desviado el dinero o han socavado los esfuerzos para transformar sus economías lo suficiente como para dar a los pobres una razón para quedarse en casa.

Ahora, en Honduras, la tarea del gobierno de Biden se ha vuelto aún más desalentadora debido a los casos penales contra hombres vinculados al presidente Juan Orlando Hernández.

Los fiscales de Nueva York han dicho que Hernández ayudó a facilitar los envíos de cocaína desde Honduras y, según los documentos judiciales, afirmó haber malversado dinero de la ayuda estadounidense a través de falsas organizaciones benéficas fraudulentas. Hernández, que dirige el país desde 2014, ha negado las acusaciones y no ha sido imputado. Un portavoz no hizo comentarios.

“Debemos atender agresivamente los niveles de desesperanza que enfrenta la gente afectada por estas tormentas”, dijo Dan Restrepo, ex alto asesor del presidente Barack Obama. “Debemos ahora ir en grande y decirlo en voz alta, porque eso empieza a tomarse en consideración de hecho en el cálculo que la gente hace ahora, que es: ‘¿Lograré sobrevivir aquí o no?’”.

Los coyotes ya están aprovechándose de la llegada de Biden a la Casa Blanca para atraer nuevos clientes. El presidente Biden dio marcha atrás a muchas de las estrictas medidas migratorias introducidas por su antecesor.

Los traficantes de personas en Honduras atraen a sus clientes con la promesa de un viaje mucho más sencillo hacia el norte, promocionan la negativa de Biden de expulsar inmediatamente a los niños en la frontera y hacen promesas de lujo sobre la amabilidad del nuevo gobierno, según las entrevistas con algunos contrabandistas.

Un traficante resumió así su más reciente propuesta a las familias hondureñas que están considerando marcharse: “Pero ahorita ya volvieron a abrir todo eso, ya pueden entrar otra vez”, dijo con la condición de que su nombre se mantuviera anónimo debido a la naturaleza ilícita de su trabajo. “Si te agarran te despachan a México otra vez. Ya no es como antes, que si lo agarraban a uno lo despachaban a su país”.

Añadió que desde que Biden asumió el poder había logrado cruzar a 75 personas de forma ilegal por la frontera con Estados Unidos.

“Por motivos del presidente, se abren más puertas”, dijo. “Nosotros lo miramos así. Un mercado libre”.

Pero antes que mencionar a Biden, muchos hondureños primero dicen el nombre de su propio presidente como motivo para irse del país.

El hermano de Hernández hace poco fue sentenciado a cadena perpetua por una corte estadounidense, acusado de traficar cocaína a Estados Unidos. Los fiscales indicaron que el presidente protegió a su hermano y a otros traficantes a cambio de dinero.

Para muchos hondureños, los últimos meses en particular han sido un bochornoso caso de estudio sobre lo poco que parecen importarle a su gobierno.

La casa de Jesús Membreño se desgajó de una ladera en las tormentas y, sin a donde ir, construyó un refugio sobre una loza del piso de cemento que quedó atrás.

“No recibimos nada del gobierno, ni una lámina de metal para reemplazar el techo”, dijo Membreño.

Dijo que en las próximas semanas se marcharía al norte.

Los habitantes de Canaán, una zona del suburbio de Chamelecón que quedó arrasada por los huracanes, dicen que el gobierno ni siquiera mandó la maquinaria para sacar el lodo. Así que Flores y sus vecinos intentan alimentar a sus hijos con los pedazos de sus casas arruinadas que consiguen vender como chatarra.

“Sirve para comprar frijoles o arroz”, dijo mientras deambulaba por el lodo interrumpido por las protuberancias de las bicicletas de los niños y otros escombros. “No tenemos la ayuda de nadie, ni político, ni gobierno, ni nada”.

La primera vez que Flores, madre de siete hijos, intentó llegar a Estados Unidos, relató, fue después de que su exmarido se metió a su casa y le cortó la cara y los brazos con un machete en 2016. No llegó.

La segunda vez fue este enero, dijo, luego de vivir con sus hijos bajo una carpa improvisada tras las tormentas que dañaron su casa. Las pocas posesiones que había pasado años acumulando —su estufa, su refri, sus camas, su televisión— ahora estaban bajo tierra.

“Es la misma tristeza, desesperación, que le pega a uno”, dijo Flores. “Es duro venir y mirar a su casa enterrada. No me quedó nada”.

Caminó kilómetros con la primera caravana migrante de este año, en enero, con seis de sus hijos, dijo. Se regresaron después de varios días sin casi comer y luego de que la policía guatemalteca los gaseó y los golpeó. En ese momento dejó de creer que Biden los recibiría con los brazos abiertos.

“Si fuera así, ¿por qué lo regresan a uno?”, preguntó.

Así que Flores utilizó partes de su vieja casa de madera para reconstruir un jacal sobre la tierra que se devoró todo lo que tenía

Ahora espera la salida de la próxima caravana, empujada no por la esperanza sino por la desesperación.



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