Muy Oportuno

Más que una casa o un lugar 

2021-06-14

Al final del semestre, una estudiante del curso, una mujer de edad cercana a los treinta...

Ron Rolheiser

El hogar es más que una casa o un lugar en un mapa. Es un lugar en el corazón, el lugar donde más deseas estar al final del día. La idea metafórica del hogar nos puede ayudar a aclarar muchas cosas, sobre todo la manera como el sexo se conecta con el amor.

El sexo nunca puede ser simplemente casual, puramente de recreo, algo que no toque el alma. El sexo siempre toca el alma, para bien o para mal. Es o sacramental o nocivo. Está o construyendo el alma o desgarrándola. Cuando es correcto, te hace una persona mejor; y cuando es incorrecto, te hace menos persona. Metafóricamente, cuando es correcto, te lleva al hogar; cuando no lo es, te lleva lejos de él. El sexo está diseñado por Dios y la naturaleza para llevarte al hogar. En realidad, está pensado (metafóricamente) para ser tu hogar. Si vuelves al hogar después del sexo, hay algo muy equivocado. Esto no es, ante todo, un juicio moral, sino antropológico en nombre del alma.

El alma, como sabemos, no es un tejido espiritual invisible que flota dentro de nuestros cuerpos. Un alma no puede ser figurada imaginativamente, pero puede ser tomada como un principio. Como vemos en las consideraciones de filósofos como Aristóteles y Aquino, el alma es un principio doble que tenemos en nosotros. Es el principio de vida (de todas nuestras energías) y es el principio de integración (lo que nos guarda unidos). Esto puede sonar abstracto, pero no lo es. Si has estado alguna vez presente ante alguien que está muriendo, sabes el momento exacto en que el alma se separa del cuerpo. No porque veas que un espíritu abandona el cuerpo, sino porque a cierto minuto el cuerpo está vivo -un organismo- y al minuto siguiente está inerte -sin vida, muerto- y comenzando a  descomponerse. El alma nos mantiene vivos y el alma nos mantiene bien juntos.

Si esto es verdad -y lo es- entonces cualquier cosa significativa que hagamos (algo que nos toca a cualquier profundidad) afecta a nuestra alma, tanto a su fuego como a su aglutinante, sea debilitándolos o fortaleciéndolos. El sexo no es una excepción. En verdad, es el ejemplo principal. El sexo es poderoso y, por eso, nunca puede ser simplemente casual. Está o construyendo el alma o demoliéndola.

Hace treinta años, dando un curso nocturno en el campus de un colegio universitario, asigné a mi clase un libro de ensayos escrito por Christopher De Vinck, Sólo el corazón sabe cómo encontrarlos. Preciosos recuerdos para un tiempo infiel. Estos ensayos son simples reflexiones hechas por el autor sobre su vida de joven esposo y padre. Son cálidos, no excesivamente románticos, trabajados estéticamente  y exentos de sentimentalismo. Resultan un caso vivo para el matrimonio, no aportando argumentos excusables en favor suyo, sino simplemente compartiendo el modo como el matrimonio puede contribuir al hogar, un lugar pacífico de mutua soledad que puede llevarnos más allá de esa búsqueda irresistible e incansable que nos acosa en la pubertad y nos echa del hogar de los padres en busca de nuestro propio hogar. El matrimonio y el lecho conyugal pueden traernos de nuevo al hogar.

Al final del semestre, una estudiante del curso, una mujer de edad cercana a los treinta años, vino a mi oficina a entregar su trabajo semestral. Traía el libro de De Vinck y me comunicó esto: Este es el mejor libro que he leído en mi vida. Yo crecí sin mucha guía religiosa ni ética, y he dormido a mi manera por un par de provincias canadienses; pero ahora sé lo que en realidad quiero. ¡Quiero lo que este hombre tiene! Quiero el lecho conyugal. Quiero que mi sexo me lleve al hogar, que venga a ser mi hogar. Su agudeza merece repetición, especialmente hoy en una cultura donde el sexo está frecuentemente separado del matrimonio y el hogar.

Al comienzo de mi enseñanza y ministerio, cuando aún trabajaba principalmente con jóvenes que estaban descubriendo lo que significa el amor y a quién podrían elegir para casarse y con quién intentar pasar sus vidas, con frecuencia surgía la pregunta: ¿Cómo reconoce uno la clase de amor sobre el que se pueda construir un matrimonio? Es una cuestión crucial, porque el amor no es una cosa fácil de leer ni graduar. Podemos enamorarnos -y lo hacemos- de cualquier clase de personas; con frecuencia, de personas que no nos convienen, personas con las que podemos flirtear agradablemente o tener una luna de miel, pero con las que no podríamos compartir el resto de nuestras vidas.

¿Sobre qué clase de amor se puede construir un matrimonio? Se necesita que sea la clase de amor que te lleve al hogar.  Se necesita una fuerte sensación de que con esta otra persona estás en el hogar, porque un matrimonio es no poco diferente de una luna de miel. Tú vas al hogar desde una luna de miel. En el matrimonio, estás en el hogar.

Así también con el sexo. Necesita ser algo que te lleve al hogar, y es tu hogar más bien que algo de donde vas al hogar.      



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