Panorama Norteamericano

La promesa de Donald Trump a los cristianos evangélicos

2020-08-13

La respuesta del presidente a la pandemia del coronavirus ha debilitado su posición...

Por Elizabeth Dias  | The New York Times

SIOUX CENTER, Iowa — Antes del amanecer, caminaron en el gélido silencio hacia el santuario. Sus pisadas crujían sobre la nieve. Poco después, ya había cientos haciendo fila. Era enero de 2016, y el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos Donald Trump, el inesperado favorito, estaba de visita en la ciudad.

Él era el protagonista fanfarrón, malhablado y con tres matrimonios en su haber de El aprendiz. Ellos pertenecían a una de las comunidades cristianas más conservadoras del país, una ciudad de unos 7500 habitantes con 19 iglesias.

Muchos eran escépticos y estaban ahí para presenciar el espectáculo. Un puñado de ellos se puso de pie en protesta silenciosa. Pero cuando las puertas se abrieron y los bancos estaban llenos, los fanáticos de Trump lo recibieron coreando su nombre. Un hombre agitó un cartel que decía: “La mayoría silenciosa apoya a Trump”. Una mujer señaló al cielo con una solitaria uña rosada.

Con su traje oscuro y su corbata roja, Trump se paró frente a un órgano de tubos de tres pisos de altura y agitó los brazos al compás de los gritos: Trump, Trump, Trump.

El discurso de 67 minutos que Donald Trump dio ese día en la Universidad Dordt, una universidad cristiana en Sioux Center, se volvería tristemente célebre, se divulgaría de inmediato en las noticias y sería invocado por sus críticos hasta el día de hoy. Sin embargo, la frase infame que acaparó toda la atención (la promesa de que él “podría pararse en la mitad de la Quinta Avenida y dispararle a alguien” y que eso no le haría “perder ningún votante”) opacó otro de los mensajes que dio esa mañana.

“Les digo, el cristianismo está bajo una amenaza tremenda, queramos o no hablar de ello”, afirmó Trump.

Los cristianos, dijo, representan la abrumadora mayoría en Estados Unidos, y luego procedió a hablar de manera más lenta para enfatizar cada palabra: “Y aun así no ejercemos el poder que deberíamos tener”.

Prometió que eso iba a cambiar si llegaba a la presidencia. Levantó el dedo índice.

“El cristianismo tendrá poder”, aseguró. “Si llego ahí, ustedes van a tener mucho poder, no necesitarán a nadie más. Van a tener a alguien que los representará muy muy bien. Recuerden eso”.

Nueve días después, con los caucus de Iowa inició la carrera hacia la Casa Blanca más polarizadora de la historia. Trump perdió a casi todos los evangélicos del condado de Sioux ese día: solo el 11 por ciento de los republicanos le dieron su voto. Pero cuando llegó noviembre, lo apoyaron en masa: el 81 por ciento del condado votó por él. Al igual que el 81 por ciento de los votantes blancos evangélicos en todo el país.

En la actualidad, este grupo podría ser su mejor opción para lograr reelegirse. La respuesta del presidente a la pandemia del coronavirus ha debilitado su posición política: lleva un mes rezagado respecto a Joe Biden, el virtual candidato del Partido Demócrata, por una cifra de casi dos dígitos en las encuestas nacionales. Incluso entre los evangélicos blancos su índice de aprobación ha bajado un poco. Sin embargo, un 82 por ciento dice tener la intención de votar por él, según el Centro de Investigaciones Pew.

Para un observador externo, la relación entre los cristianos evangélicos blancos y Trump podría parecer desconcertante.

Desde el principio parecía ser una contradicción imposible. Durante años, los evangélicos se han definido a sí mismos como los votantes de los valores, personas que aprecian la Biblia y la moralidad sexual —y amar a tu prójimo como a ti mismo— por encima de todas las cosas.

Donald Trump era lo opuesto. Alardeaba de sus agresiones a las mujeres. Se divorció dos veces. Hizo carrera en el negocio de las apuestas. Se rodeó de amigos racistas. Rara vez iba a la iglesia. Se negó a pedir perdón por sus pecados.

Es una contradicción que se ha mantenido durante cuatro años. Los cristianos evangélicos siguieron a su lado cuando rechazó a los refugiados musulmanes, cuando separó a niños de sus padres en la frontera, cuando publicó insultos descarados en las redes sociales, cuando afirmó mentiras como si fueran verdades, cuando fue sometido a juicio político.

Las teorías y explicaciones al respecto abundan:

Que el apoyo evangélico fue meramente transaccional.

Que vieron a Trump como su mayor posibilidad en décadas de frenar el aborto legal.

Que la oportunidad de nombrar jueces conservadores a la Corte Suprema era primordial.

Que odiaban a Hillary Clinton o no tuvieron otra opción más que elegir al menor de dos males.

Que votaron tapándose la nariz, con la esperanza de que Trump hiciera avanzar sus prioridades políticas y cumpliera sus metas.

Pero debajo de todo esto hay otra explicación, una más cruda y fundamental.

Los evangélicos no apoyaron a Trump a pesar de ser quien es. Lo apoyaron por ser quien es y por quien son ellos. Trump es su protector, el bravucón que está de su lado, el que les ofreció seguridad en medio de sus temores de que el país, tal como lo conocen, y su lugar en él, están cambiando con mucha rapidez. Los matrimonios heterosexuales blancos con hijos que van de manera regular a la iglesia ya no son el tipo de familia estadounidense que predomina. Todo un estilo de vida, en el que sus valores prevalecían, podría estar rumbo a la extinción. Y Trump ofreció devolverles el poder, como si no lo hubieran tenido todo este tiempo.

“Siempre estamos a solo una generación de perder el cristianismo”, dijo Micah Schouten, quien nació y creció en Sioux Center, recordando algo que un antiguo pastor solía decir. “Si no se lo enseñas a tus hijos, se termina. Se detiene ahí mismo”.

Al final, Trump reconoció algo, dijo Lisa Burg, residente desde hace mucho tiempo en la cercana Orange City. Es una razón por la que cree que la gente aún lo apoyará en noviembre.

“Los cristianos se habían convertido en el único grupo de personas al que la gente sentía que podía denigrar, ofender y menospreciar. Solo los cristianos de clase media, los estadounidenses promedio”, dijo Burg. “Ese era el único grupo que quedaba al que simplemente se podía dejar de lado y llamar deplorable. Y él reconoció eso, ¿sabes? Sí, está bien que también tengamos nuestro conjunto de valores. Creo que la gente a fin de cuentas dijo: ‘Sí, por fin tenemos a alguien que está dispuesto a decir que no somos malos, también necesitamos tener una voz’”.

Jason Mulder, quien dirige una empresa de diseño en Sioux Center, explica: “Siento que en las costas, en algunas de las ciudades y esas cosas, nos miran con desprecio a los de las zonas rurales de Estados Unidos. Sabes, somos un grupo de pueblerinos y no sabemos nada. No nos entienden de la misma manera en que nosotros no los entendemos. Así que no queremos que vengan a decirnos cómo vivir nuestras vidas”.

Añadió: “Ustedes hacen chistes sobre cómo no entendemos nada, bueno, ustedes tampoco entienden. No hablamos el mismo idioma”.

Ese discurso en Sioux Center ilustró el motivo por el cual ha habido tanta confusión sobre el apoyo evangélico a Donald Trump. Desde el principio, el mundo exterior se enfocó en el comentario sobre dispararle a alguien en la Quinta avenida. Pero los que estaban allí, en la ciudad, al final escucharon algo completamente distinto. Lo que importaba no era solo lo que Trump había dicho, sino dónde lo había dicho y a quién.

Así que, para entender esa relación, debemos remontarnos al 23 de enero de 2016. Debemos escuchar el discurso en Dordt de la manera en que lo escuchó la comunidad evangélica.

‘Una nación cristiana’

El día de 2016 que Trump habló en Dordt, Rob Driesen se sentó en primera fila. En ese momento apoyaba a Ted Cruz. Pero ahora, cuatro años después, sus ojos brillan cuando habla de Trump.

Mostró dos fotografías enmarcadas. Una de él y Trump, y otra de él junto a Mike Pence antes de que se convirtiera en vicepresidente.

“Creo que mi mayor preocupación es tratar de preservar nuestro país como era: conservador, con valores. Para nosotros eso es lo mejor que hay. Podemos hacer lo que queramos”, dijo Driesen, de 56 años, sentado en la mesa de su cocina junto a su esposa, Cheryl, de 52 años, esta primavera. Junto a ellos, el lema familiar estaba pintado en la pared, en letras doradas y negras: “El hogar, donde comienza tu historia”.

Hizo un gesto hacia su puerta de entrada. “No cerramos las puertas”, dijo. “Nunca saco las llaves del auto”.

Recordó el discurso de Trump. “Hubo un error por el que se metió en problemas. ¿Qué era? Porque dijo un montón de cosas”. Se detuvo un momento. “No puedo recordar con claridad, pero solo recuerdo que hubo una cosa, y que fue noticia durante diez días después de eso. Algo sobre… desearía poder recordarlo. No puedo”.

“Sabes cómo las cosas pueden sonar mal”, dijo. “Él puede salirse con la suya. A la gente parecía gustarle”.

Driesen trabaja para una empresa de servicios públicos y su esposa es enfermera. Han criado cinco hijos en esta zona, la misma en la que crecieron. Los abuelos de la abuela de Driesen estuvieron entre los primeros inmigrantes protestantes que llegaron a Iowa desde los Países Bajos a finales del siglo XIX. Se encontraban entre cientos de familias en busca de oportunidades económicas y un lugar para practicar su religión sin interferencia del gobierno holandés. Los inmigrantes llamaron a su primera colonia Pella, por el lugar donde los cristianos del siglo I huyeron para evitar la persecución. Su segunda colonia, que incluiría Sioux Center, se asentó en tierras que habían sido el hogar de los Yankton Sioux, antes de que el gobierno de Estados Unidos los obligara a irse al oeste.

La iglesia sigue siendo lo que realmente une a la comunidad. El día anterior, domingo, los Driesen habían ido a los servicios religiosos por la mañana y por la noche. Desconectaron internet y apagaron sus teléfonos. Leyeron la Biblia. Sioux Center era tranquilo los domingos, cuando es más fácil nombrar lo que está abierto —Pizza Hut, Culver’s, Walmart— que lo que no lo está.

Rob Driesen habló sobre las políticas públicas que eran importantes para él, los temas usuales de los conservadores: un gobierno pequeño, el fin del aborto, jueces que compartan sus opiniones políticas. “Familias tradicionales”, agregó.

“Desafortunadamente, hay más divorcios de los que solía haber”, dijo. “Hay más parejas que viven juntas. Creo que es nocivo para la familia. De verdad creo que a los niños les va mejor en un hogar con dos padres, con una mamá y un papá”.

Su esposa, Cheryl, se había mantenido en silencio, dejándolo hablar. No asistió al discurso de Trump y la política no era lo suyo. A menudo, los hombres de aquí eran más elocuentes que sus esposas sobre su apoyo al presidente. Ahora era su turno de hablar.

“La parte religiosa es muy importante para nosotros, ya que sentimos que nos están quitando las libertades religiosas”, dijo Cheryl Driesen. “Si no crees en la homosexualidad o algo, pierdes tu negocio por eso. Y eso es parte esencial de tu fe. Yo veo a Trump defendiendo eso. De hecho, hizo esa orden ejecutiva para que la Biblia regresara a las escuelas públicas. Eso es algo que nos preocupa y nos importa mucho, nuestra libertad religiosa”.

Recordó que cuando su madre era una niña a unos 32 kilómetros al norte, la escuela pública todavía comenzaba el día con una oración. Pero cuando ella era niña eso se acabó. Su iglesia, Netherlands Reformed, abrió una escuela cristiana privada en Rock Valley, así que ella fue ahí.

Los Driesen mandan a sus hijos a esa misma escuela, que todavía tiene algunos de los mismos maestros.

“No conocemos otra cosa”, dijo Driesen. “Para mucha gente de aquí, eso es lo que haces. Tienes los mismos compañeros de clase en todo momento. Y eso mantiene unida a la comunidad”. Sus hermanos abandonaron la zona por un tiempo, pero luego regresaron.

Ellos quieren que sus hijos reciban una educación cristiana “para que no nos los adoctrinen con todas esas cosas diferentes”, dijo Rob Driesen. “Tenemos la libertad de enseñarles nuestros valores”.

“Hasta ahora”, aclaró Cheryl Driesen. “Ahí es donde vemos a Trump como una figura clave para seguir teniendo esa libertad”.

Ella hizo una pausa. “Es casi como si fuera una intolerancia inversa. Alguien que tal vez sea del lado liberal dice que somos intolerantes con ellos. Pero es intolerante a la inversa si no podemos vivir nuestra fe”.

A Cheryl le preocupa que se obligue a la escuela a aceptar estudiantes que no sean cristianos o a contratar profesores homosexuales.

“Cosas tontas. Simplemente dejen que los niños vayan a los baños de niños y que las niñas entre al de las niñas”, dijo él. “Es algo que uno pensaría que nunca sucederá, y hoy en día podría suceder. Y probablemente suceda”.

“Solo espero que nadie lo ponga patas arriba”, dijo él.

“Pero sentimos que estamos en una zona pequeña donde todavía estamos protegidos”, dijo ella. “Supongo que tenemos miedo de perder eso”.

Todos los días, dijo Rob Driesen, oran. Él se despierta y ora por su familia, y por la seguridad de su trabajo en Rural Electric Cooperative. A menudo ora para que al conectar un transformador no explote.

Ambos quieren que Estados Unidos sea una nación cristiana para sus hijos. “Comenzamos siendo una nación cristiana”, afirmó ella.

“No se puede obligar a la gente a hacer estas cosas”, dijo él. “Pero podría decirse que puedes intentar proteger lo que tienes”.

Al pensar en noviembre próximo confía en que Trump ganará. Ve banderas de Trump por todas partes cuando conduce. Algo ha cambiado en el país, dijo, y tiene la vista puesta sobre quién podría venir después de Trump.

“Siento que estamos a salvo por cuatro años más”, dijo él. “Ya sabes. Es una buena sensación”.

‘Él vencerá a todos nuestros enemigos’

Micah Schouten no puede recordar con exactitud por qué no fue a escuchar a Trump esa mañana. Probablemente estaba haciendo mucho frío o quizás estaba trabajando.

De niño soñaba con ser granjero, como su padre, pero la tierra era muy cara. Ahora trabaja en una empresa de reproducción de ganado, o, como explicó sonriente, “inseminación in vitro para vacas”.

En aquel momento, Schouten apoyaba a Ben Carson. Pero Trump era una celebridad y la Universidad Dordt, a 10 minutos de camino, era la alma mater de Schouten. El nombre de la universidad proviene del sínodo nacional de 1618 y 1619 que declaró que la salvación solo era para los elegidos de Dios y expulsó del territorio neerlandés a cualquiera que estuviera en desacuerdo. Sus estudiantes son “defensores de Dordt” y los representa un caballero en una armadura gris que empuña una espada como una cruz.

Así que esa noche, luego de que sus tres hijos se fueron a dormir, Schouten entró a YouTube para escucharlo él mismo.

Trump lo hizo reír enseguida. El candidato insultó a los medios. Dijo la frase sobre dispararle a alguien en la Quinta avenida. Pero lo que Schouten más recordaba era que defendió el cristianismo.

Schouten, de 36 años, está orgulloso de su ciudad y durante un recorrido destacó un hospital comunitario y un parque acuático infantil. Al preguntársele sobre la creciente población latina en Sioux Center, condujo hasta una zona que no conocía bien y señaló un vecindario de casas rodantes donde dijo que viven los recién llegados, muchos de ellos trabajadores latinos.

De niño, dijo, los estudiantes de la escuela pública eran casi todos blancos y ahora alrededor de la mitad de los niños de kínder son hispanos. Observó que muchos de los latinos de la ciudad eran católicos y que trabajaban o iban de compras los domingos, un día que suele ser de descanso en Sioux Center.

“No se puede encontrar a una sola persona blanca para ordeñar vacas o hacer nada de eso”, dijo. “Saben trabajar duro. No les importa trabajar esos turnos de 12 horas”.

Un domingo de marzo, Schouten estaba en adoración en la Iglesia Reformada Unida junto a vecinos a los que conoce desde hace muchos años. Todos sabían los himnos de memoria. Eran un solo coro, en sintonía, sentados en bancos acolchados amarillos.

Cantaron: “Alabaré a mi querido Redentor, su poder triunfal te contaré, como la victoria que da sobre el pecado y la muerte y el infierno”.

Oraron: “Con nuestro Dios seremos valientes, él vencerá a todos nuestros enemigos”.

El pastor predicó ante un mar de feligreses blancos: “El estándar de Dios exige obediencia absoluta, total, perfecta”.

La hija mayor de los Schouten, que tenía 11 años, tomó notas detalladas en su diario.

Cuando terminó el servicio, la iglesia sirvió galletas. Schouten conversó un rato con algunos amigos, todos padres de familia de treinta y tantos años con camisas de cuello azul y pantalones caqui.

“Trump no pertenece a la élite política tradicional, como todos nosotros”, dijo. “Puede que no respetemos a Trump, pero seguimos queriéndolo por ser quien es”.

“¿Es un hombre íntegro? Por supuesto que no”, prosiguió. “¿Defiende algunos de nuestros valores morales cristianos? Sí”.

Los chicos estuvieron de acuerdo. “No voy a decir que es cristiano, pero simplemente no nos ataca”, dijo su amigo Jason Mulder.

La esposa de Schouten, Caryn, llegó con las otras esposas. Comentó que, tras la elección del presidente Barack Obama, el país parecía haber sufrido un cambio cultural. “Era peligroso expresar tu cristianismo”, afirmó. “Debido a que se nos veía como fanáticos y racistas, fuimos etiquetados como los odiadores y los que estaban causando todo el desprecio y los problemas en Estados Unidos. Culpaban a los creyentes blancos de todo”.

Ninguno de ellos dijo que había querido votar por Trump, pero lo hicieron: “Cuando él era la última opción”, dijo Heather Hoogendoorn. El grupo rio.

Pero acordaron que sería más fácil votar por él esta vez. Antes, era difícil saber cómo sería como presidente. Ahora lo sabían, y les gustaban los resultados: magistrados de la Corte Suprema, jueces conservadores, incluido un graduado de Dordt que ahora forma parte de la Corte de Apelaciones del Octavo Circuito, y una creciente influencia del movimiento antiaborto.

“Obama quería quitarme mi rifle de asalto, quería quitarnos todos los cargadores de alta capacidad”, dijo Schouten. “Simplemente…”.

“Se sentía que tus libertades estaban siendo arrebatadas”, dijo el esposo de Heather, Paul, terminando la oración por él.

Cuando con los Schouten volvieron a casa, Caryn Schouten, de 36 años, sumergió una papita en crema agria para untar y se dejó caer en una silla de la sala.

Habló de su preocupación por el tráfico sexual. Había visto publicaciones en Facebook sobre madres que eran seguidas a sus autos si iban de compras a Target en Sioux City, a casi una hora de distancia.

“Estoy a salvo cuando estoy aquí. No tengo miedo cuando estoy aquí”, dijo.

Pensaron en la vida que quieren para sus hijos y por qué los envían a una escuela primaria cristiana. “Esperamos que nuestros hijos eventualmente encuentren un cónyuge cristiano, y eso los expone a otros niños de ideas afines”, dijo su esposo. Los dos se conocieron a través de sus escuelas secundarias cristianas, que eran rivales.

La gente parece casarse más joven aquí que en el Estados Unidos urbano, dijo Micah Schouten. “Es muy común que las mujeres vayan a Dordt para obtener su título SRA, su título señora”, dijo.

Cuando era más joven, dijo su esposa, solía decir que se iría del condado de Sioux. Recordó la conmoción de viajar a Europa cuando estaba en la secundaria y ver a “hombres vestidos como mujer” por primera vez.

“Tenemos la vida muy fácil, es relajada, con personas de ideas afines. Y es que me gusta la burbuja”, dijo. “Me gusta no preocuparme por enviarlos a jugar afuera, o la casa a la que van si van con los vecinos en la cuadra, puede que no vayan a la misma iglesia, puede que no tengan las mismas creencias, pero confío en ellos. No lo sé, tal vez eso sea ingenuo”.

Los años de la presidencia de Obama fueron confusos para ella. Caryn mencionó que oía hablar sobre darles libertades a las personas homosexuales y a los miembros de grupos minoritarios. Pero lo que ella sentía era que le estaban quitando sus libertades y que se estaba convirtiendo en la minoría.

“A mí no me encanta Trump. Creo que Trump es bueno para Estados Unidos como país. Creo que va a restaurar nuestras libertades, luego de que pasamos ocho años, si no es que más, viendo cómo nos fueron quitando lentamente nuestras libertades con el pretexto de darles libertades a todos”, afirmó. “Los estadounidenses caucásicos se están convirtiendo en minoría con gran rapidez”.

Caryn explicó a lo que se refería: “Si eres un estadounidense caucásico trabajador, tus derechos están siendo limitados porque se te ve como alguien que está en contra de todas las razas o en contra de las mujeres. O hay personas que creen que como tenemos valores conservadores y valoramos a la familia, y por el hecho de que yo valoro someterme a mi esposo, debo estar en contra de los derechos de las mujeres”.

Alzó la voz. “Yo diría que se necesita ser una mujer muy fuerte para someterse a un hombre, mucho más que para querer dominarlo. Y sostendría ese argumento hasta la muerte”.

Se sintió más libre al ir hablando. “Mike Pence es un caballero maravilloso”, dijo. “Esta es probablemente una muy mala analogía, pero yo diría que él es como la esposa sumisa y muy solidaria de Trump. Hace el trabajo duro y el esposo recibe la gloria”.

Se volvió hacia su marido. “Seamos realistas, Micah, ¿tienes alguna idea de lo que sucede a diario en la vida de nuestros hijos? No”. Ambos rieron.

“A Pence lo puedes imaginar como tu padre, como tu papá”, dijo él.

Pero Biden como presidente realmente le preocupaba. “A Biden le faltan unas papas fritas para ser una Cajita Feliz”.

‘No son hispanos’

Jesús Alvarado llegó por primera vez a la zona unos meses después que Trump, y estaba ocupado, preparándose para fundar una iglesia. Sería la primera iglesia hispana en la cercana Orange City, una de las pocas que están surgiendo en la región.

Tenía que viajar durante una hora para llegar y había escuchado sobre el discurso como la mayoría de la gente, cuando llegó a los titulares. Todo lo que realmente recordaba era que pensó que Trump sonaba como Hugo Chávez, el fallecido caudillo venezolano.

Hace veinte años, menos del tres por ciento del condado de Sioux era hispano. Ahora, esa cifra casi se ha cuadriplicado, en gran parte debido a que las industrias porcina y láctea dependen de los trabajadores hispanos.

La mayoría de los inmigrantes hispanos que llegan a la zona son católicos, pero muchos se convierten al evangelismo, como lo hizo él, dijo Alvarado en su oficina de la Iglesia Nueva Esperanza. Mantuvieron un perfil bajo, en especial aquellos que no tenían los documentos adecuados. Al principio, él mismo tuvo problemas para conseguirlos. En su mayoría, parecían solo ir al trabajo, la casa y el supermercado.

“Hay miedo en la gente”, dijo. “El miedo, el miedo a perderlo todo…”. Su frase inconclusa quedó suspendida en el aire. Las luces de la principal sala comunitaria estaban apagadas.

Alvarado, de 64 años, recuerda cómo se escapó de su casa en México cuando tenía 13 años. Su madre había muerto cuando él era un bebé, dijo, y su tía y su tío no podían pagarle la educación. Encontró trabajo agrícola donde pudo, en Nuevo México, California, Texas, Colorado. En aquel entonces estaba indocumentado. Conoció a su esposa cuando ambos estaban en un autobús, detenidos. Ella estaba vestida para un baile, recuerda él, y tres días después, el Día de San Valentín, se casaron.

Cuando fue detenido en otra ocasión, dijo, un pastor hispano habló con el juez en su nombre, lo que redujo su sentencia. Oró al costado del camino y dedicó su vida a Dios y finalmente obtuvo la ciudadanía estadounidense. Comenzó a fundar iglesias, esta era la sexta.

Él y su esposa habían alquilado una casa de campo y cuidaban a cuatro de sus 13 nietos. Pensó en lo maravilloso que sería criarlos aquí. Toda la comunidad —las escuelas, los negocios— tienen una mentalidad evangélica, dijo, y la actitud hacia los inmigrantes se ha vuelto más acogedora. Uno de los miembros de su iglesia lo había llamado “un pedazo de cielo para nosotros”.

Apreciaba que Trump defendiera a los cristianos. Pero tenía otra convicción: “Deberíamos recibir a los extranjeros, a los inmigrantes”.

“Hacer cosas como dividir a la familia, no creo que sea muy cristiano”, dijo. “Y construir muros, en lugar de ayudar a las personas con medicina, alimentos; especialmente a los ancianos que se enferman por no tener ingresos suficientes”.

Alvarado no habla sobre Trump con los cristianos blancos que lo rodean. Su iglesia ahora se ha unido a una iglesia anglosajona que ya existía, dijo, bajo el liderazgo de su pastor. Alvarado dirige el oficio religioso en español los domingos por la tarde para unas 70 personas, después de que la congregación anglosajona finaliza sus dos servicios matutinos.

“Tal vez sepan que se dan cuenta de que él está persiguiendo a los hispanos, así que no hablan mucho de eso frente a mí. De igual manera, yo no lo hago, no les digo mi opinión”, dijo.

Se quedó callado cuando pensó en por qué creía que la comunidad evangélica blanca que lo rodeaba apoyaba a Trump. Luego habló como si fuera obvio.

“No son hispanos”, dijo. “No han vivido lo que nosotros hemos pasado”.

“Tienen que tomar sus propias decisiones. Entiendo su punto de vista”, prosiguió. “Para ellos, el beneficio es que es procristiano. Que es una de las cosas que me gustan de él”.

Compartía su preocupación por la desaparición de los valores cristianos en Estados Unidos, dijo, y estaba especialmente preocupado por el futuro de la libertad religiosa.

“Nuestra libertad ha sido atacada, así es como lo veo”, dijo. “Este país se basó y se construyó con líderes temerosos de Dios, y cambiar eso va a cambiar una de las razones por las que este país comenzó, y lo que todos aman de este país. Mucha gente viene aquí por la libertad”.

No va a decirle a su congregación por qué candidato votará. La política, dijo, simplemente no es algo de lo que se hable abiertamente.

La línea hacia Lafayette

Es verano ahora. La pandemia ha matado a más de 160,000 personas en todo Estados Unidos. Miles de personas han tomado las calles para protestar el asesinato de personas negras a manos de la policía. En Sioux Center, donde la población negra es menos del 1 por ciento, la percepción sobre Trump sigue casi igual.

Solo se ha reportado que tres personas en el condado han muerto de coronavirus. Hubo un brote en la planta procesadora de carne de cerdo. Casi todas las iglesias han reabierto. Lo más parecido a una protesta fue una caminata por la justicia en Orange City.

“Entre la gente de mis círculos en realidad no escuchas sobre racismo, así que creo que no sé mucho sobre eso”, dijo Rob Driesen sobre las protestas. “Cuando veo las imágenes pienso que deberían estar todos trabajando, siendo ciudadanos productivos”.

“Sigo pensando que va a reventar a Biden”, dijo de Trump.

Caryn Schouten recordó una canción que le había enseñado a sus hijos, “Jesus Loves The Little Children” (Jesús ama a los niños pequeños), y citó la letra, que se ha cantado en las iglesias por generaciones pero que hoy sería considerada poco sensible racialmente: “Rojo y amarillo, negro y blanco, todos son valiosos a sus ojos”.

“Estamos exagerando lo de blanco contra negro, Black Lives Matter. Todas las vidas importan”, dijo. “Hay más muertes por aborto que por corona, pero no estamos luchando esa batalla”.

“Estamos seleccionando y eligiendo quién importa y quién no”, dijo. “Ellos dicen que se les está molestando, cuando a todos se nos está molestando de una forma u otra”.

Los años de Trump han mostrado una fusión completa entre el cristianismo evangélico y la política conservadora, incluso cuando el cristianismo evangélico continúa descendiendo como proporción de la población total del país. Hay síntomas de fractura en los márgenes de la coalición entre algunas mujeres y jóvenes. Incluso si una pequeña parte se aleja de Trump podría marcar una diferencia para su reelección.

Pero incluso si Trump pierde en noviembre, el cristianismo evangélico ha dejado en claro su impulso más profundo y exhibido dónde sitúa su lealtad la mayoría de sus creyentes.

Se puede trazar una línea recta desde ese día en la Universidad Dordt hace cuatro años hasta un incidente reciente en una capilla en Washington, en el que oficiales armados lanzaron gas lacrimógeno contra manifestantes pacíficos en la plaza Lafayette y les dispararon con perdigones de goma. Estaban abriendo paso para que Trump caminara desde la Casa Blanca hasta la Iglesia Episcopal de St. John y mostrara una Biblia, una declaración de poder cristiano.

Dijo: “Tenemos el mejor país del mundo. Vamos a mantenerlo bonito y seguro”.

Ese fue otro momento tristemente célebre, divulgado por las cadenas de televisión y denunciado por los demócratas como un vergonzoso posado fotográfico. Pero en Sioux Center, muchos evangélicos de nuevo captaron un mensaje distinto, un mensaje que evocó las palabras pronunciadas por un inesperado candidato presidencial en un santuario una fría mañana de invierno.

“Para mí eso fue genial. Trump está reconociendo la Biblia, somos una nación al abrigo de Dios”, dijo Micah Schouten. “Está dispuesto a pararse allí y tomarse una foto con la Biblia para que el país entero lo vea”.

Schouten añadió: “Trump estaba defendiendo el cristianismo”.



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