Panorama Norteamericano

El sectarismo político es una amenaza cada vez mayor para la democracia estadounidense

2021-04-20

Lo cierto es que casi todas las protecciones que buscan las minorías sectarias reciben apoyo...

Nate Cohn, The New York Times

La democracia estadounidense enfrenta muchos retos: nuevos límites para el derecho al voto, el corrosivo efecto de la desinformación, el surgimiento del terrorismo interno, la interferencia extranjera en las elecciones y acciones para subvertir la transición pacífica del poder. Por si fuera poco, hay una verdad fundamental que empeora todos estos problemas: los dos partidos políticos se ven como enemigos.

Un panorama así imposibilita los acuerdos y propicia que los funcionarios electos contravengan normas con tal de conseguir sus propias metas o lograr una victoria electoral. Transforma los debates sobre reformas electorales en enfrentamientos existenciales. Peor aún, socava la disposición del perdedor a aceptar la derrota, que es un requisito esencial para que exista democracia.

Esta amenaza a la democracia tiene un nombre: sectarismo. No es un término que suela utilizarse en conversaciones sobre política estadounidense. Es más común en el contexto del sectarismo religioso, por ejemplo, en referencia a las hostilidades entre sunitas y chiitas en Irak. Sin embargo, cada vez más politólogos eminentes sostienen que el sectarismo político va en aumento en Estados Unidos.

Esa noción sirve para encontrarle sentido a gran parte de lo acontecido en la política estadounidense en años recientes, como el triunfo de Donald Trump en la contienda presidencial, las dificultades del presidente Joe Biden para reconciliar el llamado a la ”unidad” de su toma de posesión con sus metas legislativas partidistas y el plan de algunos miembros de extrema derecha de la Cámara de Representantes de crear en el Congreso un grupo que respalde posturas asociadas con la supremacía blanca. Pero, sobre todo, hace pensar que la principal amenaza a la democracia estadounidense es el peligro de una ciudadanía hostil y dividida.

En años recientes, muchos analistas y comentaristas han relatado una historia bien conocida sobre el destino de las democracias a manos del autoritarismo: la muerte. Un populista demagogo explota el descontento con el orden liberal prevaleciente, gana poder a través de medios legítimos y usurpa el poder constitucional para consolidar su mandato. Es la historia de la Rusia de Putin, la Venezuela de Chávez e incluso la Alemania de Hitler.

A su vez, el sectarismo evoca de inmediato otro conjunto de historias muy diferentes que nos han dejado ciertas lecciones: Irlanda, el Medio Oriente y Asia del Sur, regiones en que el sectarismo religioso tuvo como consecuencias un gobierno disfuncional, violencia, levantamientos, guerra civil e incluso divisiones o separaciones.

En estas historias no siempre el autoritario toma el poder, aunque el sectarismo también puede conducir a ese desenlace. Algunas veces es la historia de una minoría que no puede aceptar estar bajo el dominio de su enemigo.

Joe Biden, el entonces nominado demócrata a la presidencia, dialoga con periodistas en Wilmington, Delaware, el 4 de noviembre de 2020, un día antes de las elecciones. (Erin Schaff/The New York Times)

Joe Biden, el entonces nominado demócrata a la presidencia, dialoga con periodistas en Wilmington, Delaware, el 4 de noviembre de 2020, un día antes de las elecciones. (Erin Schaff/The New York Times)

De muchas maneras, es la historia que se desarrolla hoy en día en Estados Unidos.

Ya sea religioso o político, el sectarismo involucra a dos grupos de identidad hostiles que no solo están en desacuerdo en cuestiones de política e ideología, sino que además ven al otro bando como un grupo ajeno e inmoral. Las sensibilidades antagónicas entre los grupos, más que cualquier diferencia en cuanto a ideas, son las que provocan los conflictos sectarios.

Basta un vistazo aleatorio a la política estadounidense para percatarse de que hay mucha hostilidad entre demócratas y republicanos. Muchos no solo discrepan, sino que les desagrada el otro. Adoptan posturas discriminatorias en las contrataciones al igual que en el test de asociación implícita. Les dicen a los encuestadores que no querrían que alguno de sus hijos se casara con alguien del partido opositor. En un artículo publicado en octubre en la revista Science por 16 politólogos distinguidos, los autores argumentan que en ciertos parámetros el odio entre los dos partidos “supera las antipatías perdurables en torno a raza y religión”.

Más de la mitad de los republicanos y más del 40 por ciento de los demócratas tienden a pensar en los miembros del otro partido como “enemigos” y no como “opositores políticos”, según una encuesta de CBS News realizada en enero. La mayoría de los estadounidenses respondió que otros estadounidenses representaban la mayor amenaza para Estados Unidos.

Hasta cierto nivel, las animosidades partidistas tan solo son el reflejo de las diferencias persistentes entre ambos partidos en temas de política pública. Desde hace dos décadas, han librado duras batallas por temas como la guerra de Irak, el derecho a poseer y portar armas, los servicios de salud y los impuestos, entre otros. Quizá los rencores no se deban al sectarismo en todos los casos.

El problema es que los dos partidos no solo han experimentado una mayor polarización ideológica, sino que al mismo tiempo han adoptado diferentes líneas en temas raciales, religiosos, educativos, generacionales y geográficos. El partidismo se ha vuelto una “megaidentidad”, en palabras de la politóloga Lilliana Mason, que no solo representa una división en cuanto a política pública sino también un choque más amplio entre conservadores cristianos blancos y una élite secular liberal y multirracial.

Además, a medida que ha aumentado el sectarismo masivo en Estados Unidos, algunas de las voces partidistas más sonoras en el Congreso o en Fox News, Twitter, MSNBC y otras plataformas han decidido que les conviene aprovechar la guerra cultural y la retórica incendiaria para animar a su bando contra el otro.

Una de las razones por las que el sectarismo ha sido tan poderoso entre los republicanos es que creen que corren el riesgo de quedar relegados a ser una minoría. El partido ha perdido el voto popular en siete de las últimas ocho elecciones presidenciales y los conservadores temen que los cambios demográficos erosionen todavía más su respaldo. Y si bien es cierto que la derrota es una opción en la democracia, es mucho más difícil de aceptar en una sociedad sectaria.

No es fácil aceptar que te gobierne un rival hostil y ajeno. En esa situación, las “pérdidas políticas se perciben como amenazas existenciales”, según explican los autores del estudio publicado en Science.

En consecuencia, por lo regular la minoría representa un reto para la democracia en una sociedad sectaria. La minoría paga el precio, ya sea material o psicológico, de aceptar el gobierno mayoritario en una democracia. En el caso extremo, la sensación de que te gobierne un grupo hostil y ajeno quizá no difiera mucho de la que te provocaría ser subyugado por otra nación.

La percepción de que el país está cambiando enfatiza las inquietudes republicanas. En días recientes, el presentador de Fox News Tucker Carlson planteó una teoría conspirativa según la cual el Partido Demócrata “intenta remplazar al electorado actual” con nuevos votantes del “tercer mundo”. Los extremistas de derecha de la Cámara de Representantes planean crear un “Caucus Estados Unidos Primero” que promueva “el respeto común por las tradiciones políticas anglosajonas exclusivas” y una infraestructura “acorde a la progenie de arquitectura europea”.

No es fácil decir a qué nivel se encuentra el sectarismo político en Estados Unidos en una escala de cero al conflicto norirlandés (conocido como “The Troubles”). Lo cierto es que casi todas las protecciones que buscan las minorías sectarias reciben apoyo de algún elemento de la derecha estadounidense, o por lo menos se consideran.

También sucede así con las medidas más siniestras. En diciembre, Rush Limbaugh dijo que pensaba que los conservadores muestran una “tendencia a la secesión” ante la imposibilidad de una “coexistencia pacífica” entre liberales y conservadores. Un tercio de los republicanos dijeron en una encuesta reciente que apoyarían la secesión, al igual que un quinto de los demócratas.

Una tercera parte de los estadounidenses cree que la violencia podría justificarse si se recurre a ella para alcanzar objetivos políticos. En un estudio realizado en enero, una mayoría de votantes republicanos dijeron estar de acuerdo con la siguiente frase: “la forma de vida tradicional estadounidense va desapareciendo con tal rapidez que quizá debamos recurrir al uso de la fuerza para salvarla”. La violencia demostrada en el Capitolio el 6 de enero sugiere que no es posible descartar el riesgo de violencia política sostenida o incluso levantamientos.

Cualquiera que haya sido el riesgo de violencia inminente y generalizada en enero, parece haber desaparecido por ahora.

En su lugar, Biden tomó protesta como presidente (una persona que no intentó exaltar las pasiones de una secta en contra de la otra durante su campaña). Su nominación y elección demuestran que, si bien el sectarismo va al alza, quizá todavía tenga límites en Estados Unidos: el elector promedio prefiere el bipartidismo y menos conflictos políticos, lo que crea un incentivo para organizar campañas que no sean sectarias.

No obstante, todavía está por verse si la presidencia de Biden disminuirá las tensiones sectarias.



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