Panorama Norteamericano

Jill Biden, la primera dama que no renunció a su carrera

2021-09-22

“Tiene una regla según la cual si ella llama o él siente que no ha hablado...

Katie Rogers | The New York Times

La primera dama de Estados Unidos recorre el país promoviendo la vacunación, la infraestructura y la unidad, mientras califica las tareas de sus alumnos de inglés.

Este fue un verano difícil para el presidente Joe Biden.

Otra ola pandémica hizo que Biden, un moderado con experiencia, atacara a gobernadores republicanos y emitiera órdenes para imponer la vacunación. Un acuerdo bipartidista de infraestructura terminó pendiendo de un hilo. La retirada estadounidense de Afganistán, durante la cual trece miembros del ejército fueron asesinados en un ataque terrorista, fue criticada como violenta y caótica.

Sin embargo, esos acontecimientos afectaron a otra persona de la familia Biden.

“Lo quiero y me duele”, comentó Jill Biden en una entrevista, la primera que ha otorgado a un periódico desde que se convirtió en primera dama de Estados Unidos. “Sí siento el malestar que le provoca. No sería una buena pareja si no fuera así”.

A ocho meses del inicio de la presidencia de Biden, marido y mujer se están dando cuenta de que ganar la “batalla por el alma de la nación” es tal vez su promesa de campaña más elusiva. En Washington, un enfoque político motivado por la indignación ha remplazado la idea optimista de Biden de que llegar a acuerdos bipartidistas puede ser un arte. Mientras el presidente sigue intentando demostrar que esto es posible, su esposa no es una espectadora.

Jill Biden, una profesora de lengua inglesa y escritura que hizo historia como la única primera dama en seguir con su carrera mientras está en la Casa Blanca, ha viajado a 32 estados, muchos de ellos conservadores, para promover las reaperturas de las escuelas, el financiamiento de la infraestructura, las universidades comunitarias y el apoyo para las familias de los miembros del ejército. Asimismo, ha viajado a estados donde hay bajos índices de inoculación entre la gente que cumple con los requisitos para ser vacunada contra la COVID-19.

En junio, durante un viaje a Misisipi, Jill Biden le comentó a una audiencia reunida en una universidad comunitaria de Jackson que la tasa de vacunación del 30 por ciento en el estado “no era suficiente” y remarcó que las vacunas eran seguras. Más tarde ese mismo día, en una destilería de Nashville, Tennessee, le comentó a un público de partidarios que tan solo tres de cada diez personas en el estado se habían vacunado. Los asistentes comenzaron a abuchearla.

“Bien, pues se están abucheando a ustedes mismos”, les dijo la primera dama. Y bajaron la voz.

Jill Biden entró a la Casa Blanca con varias prioridades, entre ellas apoyar la educación gratuita en las universidades comunitarias. Esta primavera, el presidente señaló que su esposa iba a estar “involucrada a profundidad” en la iniciativa para que las colegiaturas de las universidades comunitarias sean gratuitas. Hasta el momento, la primera dama no se ha comprometido a fondo con el ámbito legislativo o político. Después de que este artículo fue publicado en línea el domingo por la tarde, Elizabeth Alexander, la directora de comunicaciones de Jill Biden, comentó que la labor de la primera dama de generar conciencia sobre el tema “es una razón importante para explicar por qué en la actualidad ella forma parte de la oferta legislativa”.

“Él confía en mi intuición como esposa, no como una persona política o una asesora”, mencionó Jill Biden en la entrevista.

El miércoles visitó Iowa y Wisconsin en un viaje de un día destinado a promover el acuerdo sobre infraestructuras. Subió seis tramos de escaleras de avión y participó en filas de fotos, con el pie izquierdo un poco tambaleante por una lesión sufrida durante el verano.

“No podemos saber lo que nos depara el futuro, pero sabemos lo que les debemos a nuestros hijos”, dijo a una multitud de padres y profesores en una escuela primaria de Milwaukee. “Les debemos la unidad, para que podamos luchar contra el virus, no entre nosotros”.

A pesar de las súplicas de los Biden para que los estadounidenses superen sus diferencias durante una pandemia devastadora, hay pruebas por todas partes de que el país no está más unido que cuando Biden asumió el cargo: mientras la doctora Biden corregía una pila de ensayos en su cabina de avión el miércoles, su televisión sintonizaba un informe de la CNN que decía que más de la mitad de los estadounidenses creen que la democracia está bajo ataque.

A veces se enfrentan a la realidad de que las decisiones de Biden han sido políticamente costosas. Cuando la primera pareja se reunió con las familias que han recibido la Estrella Dorada después de un ataque terrorista en Kabul el mes pasado, algunos parientes respaldaron públicamente al expresidente Donald Trump.

Los Biden se han acostumbrado a ver carteles cargados de obscenidades a lo largo de las rutas de sus caravanas. Cuando la primera dama visitó una escuela en el condado de Erie, Pensilvania, a principios de la gestión, una multitud se había reunido fuera con un gran cartel de Biden que había sido desfigurado con un improperio.

“¿Creen que tiene sentido que estemos en este tipo de cosas, donde vas por la calle y alguien tiene un cartel?”, se quejó Joe Biden la semana pasada durante una visita a Shanksville, Pensilvania. “No es lo que somos”.

También fue el tipo de cosa que podría haber atraído una respuesta más audaz de la doctora Biden, una cónyuge de campaña muy experimentada, hace tan solo un año. Más de una vez se ha interpuesto físicamente entre el señor Biden y los detractores. En febrero de 2020, se abalanzó sobre un alborotador, haciéndolo retroceder y alejándolo de su marido (“Soy una buena chica de Filadelfia”, dijo esa noche a los periodistas la nativa de Hammonton, Nueva Jersey). Durante un mitin de Biden un mes después en Los Ángeles, se interpuso físicamente entre un par de manifestantes y Biden.

Se describe a sí misma como una guardiana de los rencores familiares: según varios asistentes, al principio era reacia a que Biden eligiera como compañera de fórmula a Kamala Harris, quien lo atacó durante un debate de las primarias. Jill Biden nunca ha negado la afirmación de que usó un improperio para describir la decisión de Harris de criticar a su marido esa noche, pero ha dicho que todos los implicados habían “pasado página”.

Según sus asesores, ninguno de los Biden es demasiado optimista sobre la posibilidad de que los problemas del país se puedan resolver con facilidad, pero ambos creen que Joe Biden es la persona mejor posicionada para intentarlo.

“Ella cree realmente que él es la persona adecuada para este momento”, señaló Mike Donilon, uno de los asesores más cercanos a la pareja. Donilon mencionó que, cuando llegó el momento de tomar “decisiones fundamentales sobre el mensaje y la estrategia de campaña, ella estuvo presente y en verdad se abocó a que llegaran a buen puerto”.

Cuando viaja, Jill Biden dice que se esfuerza por acercarse a la gente que no apoya a su marido.

“Y tal vez después de que hablo con algunas de esas personas, se van a casa y quizás se dicen a sí mismas: ‘Oye, ¿sabes qué? Quizá no son como creía que eran”, comentó Jill Biden.

El salón de clases es su descanso de la política. Jill Biden señaló que fue una decisión “sencilla” seguir enseñando, pero la escuela ha tomado precauciones adicionales para garantizar su seguridad. Los estudiantes deben pasar sus mochilas por un detector de metales antes de entrar a clases pero, más allá de eso, no han demostrado mucho interés en su vida política. Ella no sabe si sus alumnos, a quienes se les exige usar mascarilla, están vacunados.

“Es algo curioso”, comentó para referirse a su regreso al salón de clases. “Mis alumnos no están desconcertados”.

Según correos electrónicos obtenidos por CBS News y, posteriormente, por The New York Times, se resistió firmemente a ser promocionada como primera dama en los materiales del campus de la escuela, Northern Virginia Community College. “Quiero que los estudiantes me vean como su maestra de inglés”, escribió a un empleado que quería utilizar su papel en los materiales promocionales. En las comunicaciones con los responsables del campus, tampoco quería que su nombre de casada figurara en el horario de clases. Este semestre, sigue apareciendo como “J. Tracy”.

Mientras pasaban semanas en el invierno pasado buscando la manera de hacer posible que la doctora Biden siguiera enseñando, los funcionarios del campus, en colaboración con los abogados de la Casa Blanca, dispusieron que se le pagara con una cuenta de recaudación de fondos sin fines de lucro para evitar conflictos con la cláusula de emolumentos de la Constitución, según un funcionario del gobierno.

“Jill tiene su propia carrera profesional, al margen de las funciones que tradicionalmente han recaído en las primeras damas”, dijo Jimmie McClellan, decano de artes liberales y supervisor de Biden, en un correo electrónico.

A diferencia de otras primeras damas que han suspendido sus carreras para apoyar a sus maridos en la Casa Blanca, desde hace tiempo Jill Biden ha hecho malabares con identidades contrastantes. Como Jill Jacobs en un suburbio de Filadelfia, la futura primera dama alcanzó la mayoría de edad durante la segunda ola del feminismo, una época en que a las mujeres se les decía que pusieran sus intereses antes de cualquier marido potencial. Sin embargo, terminó por casarse por primera vez en 1970, cuando tenía 18 años, con el dueño de un popular bar de Delaware. La pareja se divorció en 1975.

Cuando se casó por segunda vez, con Joe Biden en 1977, su identidad quedó eclipsada por haberse casado con una figura pública cuya trágica historia —un accidente automovilístico en el que murieron su esposa e hija bebé— la obligó a poner en pausa su propia vida. Dejó su carrera de docente para criar a los hijos de Joe Biden, Beau y Hunter. Luego tuvieron una hija, Ashley. Con el tiempo pudo regresar a dar clases y obtuvo un doctorado en liderazgo educativo.

“Disfruté la tensión de mi vida”, mencionó en su autobiografía de 2019. Y luego agregó: “No podía solo ser su esposa”.

Biden, que la llama “Jilly” y “nena” en público, es extremadamente cariñoso con su esposa (en una prueba de Rorschach sobre el estado actual de la política, cuando recogió un diente de león para ella en el Jardín Sur en abril, fue recibido con burla y deleite a partes iguales). Joe Biden vigila de cerca los viajes de su esposa, hasta el punto de que se sabe que la llama si no tiene noticias de ella en varias horas.

“Tiene una regla según la cual si ella llama o él siente que no ha hablado mucho con ella ese día, lo parará todo para hablar con ella”, dijo Donilon, “y no hay nada que se interponga en el camino”.

En la residencia, se levanta temprano para hacer ejercicio, a menudo viendo los programas de noticias de la mañana, y es fan de un pequeño gimnasio en el centro de Washington. Los Biden se reúnen a menudo para cenar —él suele comer pasta, y ella prefiere pescado a la parrilla y una copa de vino— y comentan sus días. Ella suele quedarse hasta tarde en la residencia corrigiendo trabajos o leyendo, según funcionarios que conocen su agenda.

Los Biden retomaron la tradición de llevar mascotas a la Casa Blanca, entre ellas Major, un pastor alemán. Han hablado de traer un gato, pero la doctora Biden dijo que los episodios pasados de Major mordiendo a los funcionarios del Servicio Secreto crearon un “problema” continuo que ha contribuido al retraso de la llegada del felino.

“El gato sigue siendo acogido por alguien que lo quiere”, dijo Jill Biden. “Ahora mismo ni siquiera sé si podré recuperar al gato”.

A medida que se familiarizan con la Casa Blanca, ambos Biden se dan cuenta de que echan de menos las libertades de la vida en Delaware, ya sea en su casa en Wilmington o en su casa de playa en Rehoboth. En un perfil de Vogue publicado este verano, Jill Biden describió su vida en la mansión ejecutiva como “mágica”. No obstante, después de aguantar un verano difícil en Washington, dijo que ahora suena más como su esposo, quien ha comparado su vida ahí con vivir en una jaula dorada.

“Cuando estoy en mi casa de Wilmington nada más abro la puerta de mi casa”, comentó Jill Biden. “Ahora, cuando abro una ventana del balcón Truman, deben vaciar el parque por temas de seguridad”.

Sin embargo, hay ventajas que ni siquiera el estado de Delaware puede ofrecer. La Casa Blanca pronto podría albergar la primera boda familiar desde el gobierno de Nixon. Hace poco tiempo, Naomi Biden, la hija de 27 años de Hunter Biden y Kathleen Buhle Biden, anunció su compromiso. Según Jill Biden, la Casa Blanca no es el recinto oficial.

“Todavía no nos la han pedido”, dijo.



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