Sin Vergüenza

Trump sostiene una Biblia para las cámaras: los expertos opinan del gesto

2020-06-04

El secretario de Defensa de Trump, Mark T. Esper, les dijo a los gobernadores que “dominen el...

Matt Flegenheimer, The New York Times

Los seguidores incondicionales del presidente apreciaron el mensaje. Otros lo interpretaron como algo más alarmante.

Si el líder de cualquier otra nación, en cualquier otra capital en llamas, le ordenara a la policía y a las agencias de seguridad “dominar las calles” en contra de los manifestantes, y luego atravesara a pie un parque, donde agentes gubernamentales retiran de su camino a los manifestantes por la fuerza, para que llegue hasta una iglesia y sostenga en alto una Biblia frente a las cámaras como una especie de trofeo de campeonato… ¿Cuál habría sido la opinión de Estados Unidos?

“Si viéramos esto en otro país, estaríamos muy preocupados y debatiríamos sobre las consecuencias que tiene el comportamiento de esos Estados en la política exterior”, dijo Kori Schake, quien ha trabajado en el Pentágono y como asesora política del partido Republicano.

Según algunos opositores y académicos, ha llegado el momento de tener esa conversación.

Desde los primeros días de este gobierno y debido a la tendencia del mandatario a saltarse las normas, los críticos inquietos, los académicos y los expertos en política exterior han vigilado las señales de la vena antidemocrática del presidente Donald Trump. Y el ejercicio no siempre ha requerido una investigación exhaustiva.

Sin embargo, da la impresión de que la respuesta de la Casa Blanca frente a los actuales signos de trauma nacional ha tomado otro rumbo, lo que ha producido el tipo de escenas que algunos pesimistas habían profetizado desde hacía algún tiempo y que han añadido a las crecientes crisis sociales y de salud pública una preocupación sobre el estado de la democracia estadounidense.

El secretario de Defensa de Trump, Mark T. Esper, les dijo a los gobernadores que “dominen el espacio de batalla” en contra de los manifestantes. Un helicóptero Black Hawk sobrevoló el barrio chino de la ciudad a tan baja altura que rompió las ramas de los árboles y los letreros de los costados de los edificios, una maniobra de demostración de fuerza que a menudo se usa en las zonas de combate para ahuyentar a los insurgentes.

Y presidiendo todo estaba el hombre que amenazó con enviar al ejército estadounidense a los estados donde los gobernadores no pudieran restaurar la calma, y que etiquetó de “organizadores” del terror a los manifestantes que usaron la violencia para llamar la atención sobre la brutalidad policial en contra de las personas negras.

Aunque, hasta ahora, el episodio se ha procesado siguiendo las líneas ideológicas tradicionales, las reacciones también se han mezclado con pasiones más urgentes que coinciden con estos tiempos.

Muchos de los admiradores de Trump han apoyado sus promesas de detener el caos, alabando la imagen religiosa que utilizó, de una manera bastante evidente, como oportunidad para tomarse una foto.

“No cabe duda de que todos los creyentes con los que he platicado aprecian lo que hizo el presidente y el mensaje que estaba enviando”, dijo Robert Jeffress, el pastor de First Baptist Dallas y un incondicional simpatizante evangélico de Trump. “Creo que será uno de esos momentos históricos de su presidencia, en especial cuando se compare con las noches de violencia que ocurrieron en todo el país”.

Mientras tanto, algunos demócratas están utilizando un término al que han recurrido en algunas otras ocasiones a lo largo de estos tres años y medio, pero tal vez nunca con tanta frecuencia y convicción.

“Las palabras de un dictador”, dijo la senadora de California Kamala Harris.

“Se comporta como un dictador”, tuiteó el senador de Massachusetts Ed Markey.

“Solo nos queda cerrar los ojos y esperar que de alguna manera no llegará tan lejos, aunque acaba de ordenar que el gobierno federal les dispare a manifestantes inocentes”, señaló en una entrevista el representante Ruben Gallego, de Arizona. “Debemos aceptar el hecho de que, si se le da la oportunidad, este presidente intentará ser un dictador”.

Gallego, un veterano de la guerra de Irak, predijo que los líderes del ejército pronto iban a tener que tomar una decisión: “Tendrán que decirle que no al presidente y negarse a seguir órdenes ilegales”.

El 2 de junio, el almirante Mike Mullen, otrora jefe del Estado Mayor Conjunto, pareció hacer eco de esta ansiedad en un artículo para The Atlantic. Aunque sostiene que confía en que los oficiales uniformados obedecerán las órdenes legales, escribió que tenía menos fe “en la congruencia de las órdenes que van a recibir de este comandante en jefe”.

Expertos en sistemas democráticos han sido cuidadosos en distinguir ciertos rasgos y datos conspicuos —los instintos de quiebra de límites de Trump, su bravuconería inveterada, su afición por algunas frases asociadas con caudillos— de los desafíos más legítimos a las instituciones e ideales del país.

Ellos señalan que los eventos recientes son ampliamente consistentes con el espíritu del mandato de Trump hasta la fecha, gran parte de lo cual han encontrado problemático: tenemos un presidente que ya había despedido a un director del FBI que encabezaba una investigación sobre su campaña; que instó a una potencia extranjera a investigar a un rival político; que eliminó a los inspectores generales encargados de supervisar su gobierno; que dirigió una cruzada pública contra su propio Departamento de Justicia para que retirase los cargos contra su primer asesor de seguridad nacional, que ya se había declarado culpable.

Yascha Mounk, un profesor titular de la Universidad Johns Hopkins que ha escrito extensamente sobre las amenazas para la democracia liberal, dijo que era más fácil comprender a Trump como “un populista autoritario”. Según Mounk, en la concepción de autoridad de Trump, “esto quiere decir que él y solo él representa de verdad al pueblo. Y cualquiera que no piense igual que ellos, cualquiera que lo critique, en virtud de ese hecho es un enemigo del pueblo”.

Proyectar el poderío militar como si fuese un poder político personal es un ejemplo de eso, sugirió Mounk.

“Cuando hizo su juramento al entrar al cargo, no creo que Donald Trump haya pensado: ‘Quiero ser un dictador’. No creo que hoy quiera ser un dictador”, agregó. “Pero no creo que sea descabellado preocuparse de que, en caso de ser reelegido, el sistema democrático de Estados Unidos esté en grave peligro”.

Invocar la religión como lo hizo Trump, en el contexto de la fuerza para hacer cumplir la ley, fue visto por varios académicos como un rasgo especialmente notable.

Katherine Stewart, autora que se ha enfocado en la derecha cristiana, dijo que la visita del lunes a la iglesia le recordó a líderes políticos como el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, y el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan.

“Trump no cita nada de la Biblia. En realidad, solo la usa como un símbolo puro de identidad partidista”, dijo Stewart. Y agregó: “El autoritarismo a menudo viene velado de religión”.

Schake, la directora de estudios extranjeros y política de defensa en el American Enterprise Institute, sonó un poco más optimista. Las advertencias sobre una recaída en el autoritarismo no fueron tan alarmistas, explicó, “pero aún no comparto esa inquietud”.

“Sigo siendo optimista al pensar que el Congreso, incluidos los republicanos del Congreso, verá que le hemos dado demasiada libertad al jefe del ejecutivo de este país”, dijo.

Hasta la fecha, hay pocos indicios de esto; y pareciera poco incentivo político para que los líderes del partido condenen una figura que sigue siendo muy popular con su base (y cuya conducta violenta era famosa desde antes de su elección).

Esta semana, la mayoría de los legisladores republicanos se ha rehusado a criticar a Trump, aunque un puñado aceptó en público que no está de acuerdo con su comportamiento.

El martes, el senador Ben Sasse de Nebraska se declaró “en contra de desalojar una protesta pacífica para aprovechar la oportunidad de tomarse una fotografía que usa la palabra de Dios como una herramienta política”. El gobernador de Massachusetts, Charlie Baker, quien a menudo ha estado dispuesto a criticar a Trump, lamentó las “palabras incendiarias” del presidente. Y el senador Tim Scott de Carolina del Sur, el republicano negro más prominente de la capital, criticó la decisión de dispersar violentamente a los manifestantes de la zona para tomar la fotografía presidencial.

Hasta ahora, Trump parece simplemente insumiso. Pasó buena parte de la mañana del martes tuiteando sobre el desorden de Nueva York: les ordenó a los líderes locales que llamaran a la “GUARDIA NACIONAL” e insistió en que una “MAYORÍA SILENCIOSA” seguía estando de su lado.

Y calificó las acciones en Washington como un éxito digno de emular.

“DC no tuvo problemas anoche”, escribió el presidente. “Muchas detenciones. Gran trabajo hecho por todos. Fuerza abrumadora. Dominación”.



regina