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Centroamérica, ¿adónde vas? Populismo y nuevos actores políticos

2020-02-25

Recientemente se ha generado un salto cualitativo en la formulación conceptual del populismo...

RONALD SÁENZ L. | Política Exterior

La oleada populista en países con democracias avanzadas ha sido el aliciente necesario para el aumento del interés académico por el populismo dentro de la ciencia política en la última década. Recientemente se ha generado un salto cualitativo en la formulación conceptual del populismo desde el enfoque de la llamada teoría ideacional del populismo (Cas Mudde, Cristóbal Rovira-Kaltwasser y Kirk Hawkins), el cual hace un llamamiento a repensar y reformular las hipótesis que vinculan la aparición del populismo con una suerte “inmadurez democrática”, en principio considerado ausente en las potencias industrializadas.

Para esta perspectiva, el populismo va más allá de una determinada preferencia en el contenido de las políticas públicas y supone un conglomerado mucho más complejo de elementos que salen a relucir en los distintos posicionamientos que subyacen en la dimensión antagónica discursiva de los actores de la representación. Aquí, en lugar de partir de una visión peyorativa del fenómeno populista, se parte de su común existencia —en mayor o menor medida— dentro de todas las democracias contemporáneas y de su relativa eficacia como herramienta poderosa para ganar elecciones, y/o para sostenerse en el poder (¿Por qué funciona el populismo?, María E. Casullo, 2019).

En el caso de las élites políticas, los estudios apuntan predominantemente hacia figuras centrales tales como presidentes, primeros ministros o liderazgos partidistas, sin embargo, todavía no se ha avanzado exhaustivamente en el estudio de las actitudes populistas de las élites parlamentarias, en general, y de las latinoamericanas de manera particular.

Este breve análisis parte del índice de actitudes populistas (POPINDEX) desarrollado por Ioannis Andreadis y Saskia Ruth-Lovell en el libro colectivo The Ideational Approach to Populism (2019); y en el marco del Proyecto Elites Parlamentarias Latinoamericanas (PELA) de la Universidad de Salamanca. Utiliza los datos —hasta ahora inéditos— de las encuestas de la séptima oleada del PELA (2018-2022) para los casos de Costa Rica, El Salvador y Honduras. Su interés reside en continuar explorando los resultados del índice y comprender mejor el nacimiento de los nuevos actores de la representación que recientemente han intentado canalizar el descontento por la vía institucional-partidaria en los sistemas políticos de estos tres países centroamericanos.

Populismo y democracia: actitudes a nivel individual

La teoría ideacional ha supuesto un gran avance en términos empíricos, ya que ha llegado a sedimentar un terreno común de partida privilegiado para la comparación y los estudios de área. De ahí la reciente relevancia del concepto de actitudes populistas, que desde un enfoque actitudinal funciona para medir el populismo, bien entre los votantes, bien entre las élites, y con ello avanzar en el contraste de hipótesis que ayuden a explicar el apoyo hacia estos liderazgos, partidos y movimientos en todo el planeta.

Más allá de algunas suposiciones que señalaban al populismo como un tema exclusivo de las democracias de baja calidad, el enfoque actitudinal se distancia de estas explicaciones esencialistas de carácter estructuralista y/o programáticas tradicionales para pasar a entender el fenómeno populista más como una articulación discursiva formal y vacía que intenta dividir el espacio político y a la sociedad en polos antagónicos, de una forma más o menos consistente.

Una de las chispas que mejor ha logrado activar la actitud populista ha sido el descontento con el funcionamiento de la democracia. Lo anterior, sin embargo, no es privativo de la ciudadanía, sino que también se refleja en las posturas parlamentarias dentro de los sistemas políticos de los que forman parte. De acuerdo con el análisis de los datos obtenidos del PELA (Gráfico 1), existe una evidente relación entre las actitudes populistas y la insatisfacción con el rendimiento democrático en la élite parlamentaria de los países estudiados. Los datos ayudan a determinar la manera en que la desafección también ha logrado permear a los actores que ejercen la representación parlamentaria en estos países, y cómo esta puede estar ligada con posicionamientos, bien sea centrados en el papel central del pueblo para la conducción política del país (“pueblo-centristas”), o bien con un marcado sesgo anti elitista-tradicional. El repaso contextual por los sucesos políticos más recientes de la región latinoamericana da cuenta de una avanzada en las actitudes populistas de las y los diputados, la misma que muestra concordancias con la aparición y/o surgimiento de nuevas fuerzas políticas en los espacios político-parlamentarios.

Actitudes populistas por país y partido político

Lo anterior adquiere mayor relevancia para los países estudiados, en donde los resultados electorales a partir de 2014 han ido modificando paulatinamente el panorama, tanto de los sistemas partidarios como de las coaliciones gubernamentales, lo que sugiere prestar mayor atención al desarrollo actitudinal de las élites parlamentarias conforme a los procesos de cambio coyuntural.

Al comparar la actitud populista de la élite parlamentaria en los tres países, Honduras y El Salvador destacan con puntuaciones medias más altas en el índice (3.54 y 3.16, respectivamente) aunque con una dispersión considerable, mientras que Costa Rica presenta una puntuación más baja (2.8), y en general su élite se muestra mayormente cohesionada, con la excepción de los casos extremos que pueden visualizarse. Como se adelantó, la conformación de estos parlamentos centroamericanos, asimismo, viene acompañada de un proceso gradual de recambio en las élites políticas que, visto en perspectiva, ayuda a aportar mayores incentivos para la comprensión de los resultados analizados.

Honduras, en primer lugar, a pesar de la celebración periódica de comicios, no ha logrado superar del todo la crisis política e institucional abierta en 2009 a raíz del golpe de Estado al gobierno de Manuel Zelaya. Desde entonces, el país ha vivido las secuelas políticas y sociales de este conflicto, provocando a un tiempo el surgimiento de nuevos partidos políticos y el recrudecimiento de la polarización social y ciudadana. El partido más importante surgido de la coyuntura post-golpe ha sido Libertad y Refundación (Libre), el mismo que en las elecciones de 2013 logró configurarse como la principal oposición de izquierdas al oficialista —y tradicional— Partido Nacional de Honduras (PNH), y en 2017 formó parte de la Alianza de Oposición contra la Dictadura, coalición política que estuvo a punto de evitar la polémica reelección de Juan Orlando Hernández, hecho último que también ha coadyuvado a continuar fraguando un proceso cruento de erosión democrática y de las libertades civiles abierto desde hace poco más una década.

En El Salvador, por su parte, destaca el ascenso al poder en 2019 de una fuerza popular nueva liderada por Nayib Bukele, político proveniente de las filas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que logró capitalizar el descontento contra de la clase política tradicional y se valió de la plataforma electoral del pequeño partido conservador de derechas Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) para alcanzar la presidencia, aun estando lejos de alcanzar la mayoría parlamentaria. Varios análisis ya han apuntado que el llamado “fenómeno Bukele”, lejos de quedarse en una excepcionalidad electoral de la política salvadoreña desde la transición, fue el síntoma más evidente de la crisis política y social que permitió al exalcalde de San Salvador, a través de un estilo disruptivo, vehiculizar un discurso efectivo en contra del bipartidismo tradicional (Arena-FMLN). La reciente confrontación entre el presidente salvadoreño y la gran mayoría opositora que rige en la Asamblea Legislativa llama la atención sobre la construcción populista del liderazgo de Bukele y sobre los extremos a los que puede llegar su anunciada “cruzada” contra el bipartidismo, aunada a la legitimación popular de su mandato (en enero de 2020 CID Gallup anunciaba un 91% de aprobación ciudadana a la gestión de Bukele). La reciente presencia del ejército en el salón de sesiones del primer poder de la República salvadoreña, con el objetivo de presionar para aprobar un préstamo destinado al agresivo programa de seguridad impulsado por Bukele, revive el fantasma de los gobiernos de facto en la región, sobre todo en un país que todavía no logra superar del todo los clivajes políticos heredados de la guerra civil, la impunidad post-transicional y que convive diariamente con un clima de militarización justificada a nivel gubernamental por el combate a las pandillas del crimen organizado.

El caso de Costa Rica, aunque bastante distanciado de las realidades de sus pares centroamericanos, tampoco ha logrado escapar al surgimiento de estos nuevos actores en su sistema de partidos. De hecho, en este país, el proceso de reconfiguración político-partidaria que llegó a evidenciar el agotamiento del bipartidismo es mucho más temprano que el de los casos anteriores, dejando claras variaciones en las preferencias ciudadanas desde finales de la década de los 90, cuando hasta este momento el campo político estuvo dominado por el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) y el Partido Liberación Nacional (PLN). Desde entonces, el sistema costarricense ha transitado hacia el multipartidismo y ha experimentado la entrada de nuevas fuerzas en ambos lados del espectro ideológico, entre ellas la más importante: el Partido Acción Ciudadana (PAC), que gobierna desde el año 2014. Esta nueva oferta política sin embargo no ha impedido que en las últimas dos décadas se profundizara la caída en la participación electoral y la disminución en el apoyo popular a la democracia. Las condiciones estaban sentadas para que en las elecciones de 2018 la candidatura presidencial de un pequeño partido de corte religioso-neopentecostal y conservador, el Partido Restauración Nacional (PRN), lograra canalizar la insatisfacción ciudadana, al punto de ganar la primera vuelta electoral y disputar el balotaje ante el PAC.

Las anteriores acotaciones ayudan a entender la manera en que los actores que en años recientes han adquirido un cupo importante en los sistemas políticos centroamericanos, también se caracterizan por ser los que en promedio están conformados por élites con mayores actitudes populistas. Como indica el Gráfico 3, de acuerdo con el índice de actitudes populistas, las élites parlamentarias de Libre y GANA obtienen una puntuación superior a 3.5 (alto). Un poco más abajo aparece el PRN, el PNH y la Alianza Republicana Nacionalista (Arena, partido tradicional de la derecha salvadoreña). El resto tiene resultados significativamente más bajos en esta escala. Asimismo, al visualizar espacialmente la valoración de los partidos en consonancia con el espectro ideológico (Gráfico 4), destaca el hecho de que es posible encontrar a las élites de los partidos que presentaron puntuación alta en el índice en ambos lados del eje izquierda-derecha.

Estos resultados contribuyen a pensar en la interacción de estos con las investigaciones más recientes que llaman, en primer lugar, a identificar el populismo como un fenómeno que no está intrínsecamente “casado” con una ideología, sino que desde los márgenes del espectro se vale de factores tales como la desafección democrática y el rechazo ciudadano a las clases políticas tradicionales para posicionar estas actitudes en el nivel de la representación política. En segundo lugar, para identificar al populismo como una dimensión de peso a tomar en cuenta, aparte de las habituales izquierda-derecha y estado-mercado, para la formación de posibles coaliciones de gobierno (véase el trabajo reciente de H. Marcos-Marne, C. Plaza-Colodro y K. Hawkins).

Este análasis pretende abrir una ventana de oportunidad para comenzar a tomar en cuenta las actitudes populistas de las y los parlamentarios latinoamericanos más allá de los consabidos casos paradigmáticos de la región aglutinados en la llamada “marea rosa” (a saber, el llamado “giro a la izquierda” latinoamericano de comienzos de siglo). Con mayor profundidad, el enfoque ideacional posee el potencial para convertirse en una fuente explicativa de las actuales reconfiguraciones políticas en varias y diversas latitudes. Asimismo, contribuye a ensayar el análisis para los actuales procesos políticos en la región centroamericana, la cual, según los resultados del Democracy Index 2019 publicado por The Economist, sigue presentando fuertes desafíos para la consolidación democrática, con la presencia de una “democracia imperfecta” (Panamá), dos “regímenes híbridos” (Guatemala y Honduras) y un “régimen autoritario” (Nicaragua).



Jamileth