Trascendental

Una muerte digna, una muerte hermosa

2020-02-25

La belleza está íntimamente unida a la felicidad, porque gozar es la adhesión...

Por: Diego Poole Derqui 

"La muerte no es el final de un proceso, sino el tránsito a la eternidad"

Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta a la deriva;
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la noche-luz tras tanta noche oscura…

José Martín Descalzo


En este breve ensayo se aborda la cuestión de la muerte desde la perspectiva de la belleza. Para lo cual es preciso, en primer término, aclarar qué entendemos por belleza y cuál es su relación con la dignidad humana. En un segundo momento se expone lo que entendemos por una “muerte digna”.

DEFINIR LA BELLEZA

Belleza y hermosura son sinónimos. Hermosura viene del término “formositas”, una palabra relacionada con la forma, porque la belleza se expresa primariamente en la forma, que es lo primero que vemos. En una primera aproximación podemos calificar de bello o hermoso aquello que, al ser contemplado, produce cierta complacencia o agrado. El conocimiento de la belleza es intuitivo, no discursivo. La belleza se muestra, no se demuestra.

La belleza está íntimamente unida a la felicidad, porque gozar es la adhesión amorosa a una cosa por sí misma, y en la medida en que el bien amado sea más último, es decir, se ame más en vista de él mismo que de otra cosa, el gozo será mayor. Y las realidades hermosas se aman por sí mismas. Ciertamente pueden también tener una utilidad, pueden servir para otro fin, pero la hermosura es una dimensión con sabor de ultimidad. Pensemos por ejemplo en un vestido elegante, que atrae la mirada y produce agrado. El vestido abriga y cubre el cuerpo, y en este sentido es útil y medio para ese fin, pero también es bello, y en ese sentido el vestido es al mismo tiempo un fin. Por eso la gente que se ama se regala flores, porque la flor es la expresión o el símbolo de lo que se ama por sí mismo, y que no sirve para nada.

Entre las cosas creadas, la realidad capaz de mayor belleza es el ser humano, pues es la criatura con más capacidad de perfección. Los hombres más fieles a su naturaleza son los que mejor realizan la perfección de su forma, y en ese sentido son más atractivos. Por eso, en el lenguaje común, alabamos la humanidad del hombre bueno, diciendo ¡éste es un hombre!, o ¡ésta es una mujer! Y, cuando la persona se porta mal, parece que el lenguaje común lo descataloga de la especie humana diciendo: es un animal, es una bestia, es inhumano, es un monstruo.

El hombre se encuentra durante su vida en un proceso de realización, donde puede triunfar o malograrse, en un proceso que, como toda realidad natural, tiende a la plenitud de su forma, y en este sentido mientras vive, está en tensión, porque estar en tensión es estar tendiendo. Nadie ha cumplido, mientras vive, la plenitud de su verdad y de su bien. En función del diverso grado de realización o de humanidad, cada persona tiene diverso grado de hermosura. Más hermosa cuando más humana, y más fea cuanto más inhumana. De hecho, cuando una realidad no es fiel a su naturaleza, a su forma específica, decimos que es una realidad deforme, y, por tanto, fea.

¿Cuál es el fundamento de la superior hermosura de la especie humana sobre el resto de la creación? Acabamos de responder en parte a esta pregunta, diciendo que la superior hermosura del hombre se base en su mayor capacidad de perfección respecto a las demás criaturas del mundo material. Pero esta no es una respuesta completa. Es el amor creador el fundamento último de la belleza, de modo análogo a como es la inteligencia divina el fundamento último de la racionalidad impresa en el ser creado. Desde la perspectiva judeocristiana, esto se comprende fácilmente, pues el mundo se concibe como criatura divina, y Dios es un ser personal que ama a su criatura. Y la creación, en cuanto fruto de la Sabiduría divina, lleva impresa la lógica de Dios en toda su composición y estructura. Y por eso las criaturas son inteligibles para el hombre y son ontológicamente verdaderas. Nosotros las conocemos porque son inteligibles, pero son inteligibles porque previamente han sido pensadas por la inteligencia divina. Por contraste, si aceptáramos que la realidad es fruto del ciego azar, las cosas no serían inteligibles, no serían lógicas, carecerían de sentido, y, por tanto, no tendrían forma natural, y no podrían ser hermosas ni feas. No se puede hablar de un ser deforme si no se tiene previamente una idea de la forma adecuada que corresponde a cada ser.1 Pero a donde queremos llegar es a la bondad de las cosas: análogamente al modo en que las cosas son verdaderas y lógicas por ser previamente pensadas por Dios, son buenas porque previamente han sido amadas por Él. Y según el grado de bondad de cada criatura, así es el grado de amor que Dios tiene hacia ella.

De ahí que podamos decir, con los clásicos, que las cosas naturales, cuando realizan su naturaleza son todas perfectamente bellas, porque su figura se identifica con su forma. Recordemos lo que hemos dicho al principio, al mencionar la etimología de la palabra hermosura, vinculada a la forma, “formositas”. Las cosas naturales se diferencian de las artificiales en que en las primeras la forma y la figura se identifican, mientras que las realidades artificiales no tienen forma propia, sino sólo figura. La simple figura es algo que no corresponde intrínsecamente a un ser, por eso no hay una forma propia en los artefactos, pues naturalmente no la tienen. Una batidora no es deforme por ser cuadrada o ser cilíndrica, ni un microondas es imperfecto o feo por tener forma esférica, ni un coche es deforme por tener diez ruedas. La figura es arbitraria, aunque ciertamente limitada por la finalidad del artefacto. La forma no lo es. Pero hay artefactos bellos, se me dirá. Efectivamente, todos los productos del ingenio humano son capaces de belleza, empezando por las obras de arte. Pero son bellas en cuanto expresiones de la perfección de la naturaleza, de la naturaleza humana en primer lugar, que plasma por ejemplo la perfección de su intelecto en un escrito, o la profundidad de sus sentimientos en un poema, o que imita la naturaleza no humana creada por Dios, como un paisaje o un animal. Toda obra de arte en cierta manera imita la naturaleza. Toda representación artística tiene de arte lo que tiene de medida de una realidad que le precede y le vincula. A este respecto escribía Antonio Ruíz Retegui: «Las representaciones artísticas en el sentido más alto son aquellas en la que, en la misma descripción de la realidad, se da a conocer aquello que es la medida intrínseca de esa realidad». «Lo defectuoso puede integrarse en una historia perfecta y hermosa, si lo defectuoso aparece como tal, es decir, si aparece como "medido" por la verdad».2

El hombre, decíamos, es la criatura más capaz de belleza que existe en el mundo, porque es la más capaz de perfección. Pero la perfección del hombre no es sólo obra de Dios, como es el caso del resto de la naturaleza material, sino también fruto de su libre decisión. El hombre se hace bueno con la ayuda divina y el concurso de su libertad. Es como un lienzo vivo sobre el que Dios pinta su obra. Es la única criatura de este mundo que puede negarse a ser lo que es, y por eso es capaz de lo mejor y de lo peor. Pues cuando se niega a ser humano, se hace peor que las bestias. Y esta perfección que pone el hombre en su vida, completando la que Dios le da, se llama honestidad. La honestidad, decía Santo Tomás, es una belleza espiritual, es el esplendor de la virtud, el atractivo del hombre bueno.3

Al mismo tiempo que el hombre es la criatura más capaz de encarnar la belleza, lo es también de percibirla, porque se encuentra intrínsecamente finalizada o inclinada hacia la verdad y el bien, y por eso las realidades hermosas le atraen naturalmente. Todo hombre, aunque no sea consciente de ello, se siente inclinado a la belleza como las plantas al sol. Y puesto que el hombre es la criatura más capaz de hermosura, lo que más atrae al hombre es el hombre bueno. Y el hombre bueno, es precisamente el hombre hermoso, de ahí que el lenguaje común diga de él que es una “bellísima persona”.4

¿HAY BELLEZA EN LA MUERTE?

Para la belleza, explica Santo Tomas, «se requiere lo siguiente: Primero, integridad o perfección, pues lo inacabado, por ser inacabado, es feo. También se requiere la debida proporción o armonía. Por último, se precisa la claridad, de ahí que lo que tiene nitidez de color sea llamado bello. Por eso, decimos que alguna imagen es bella si representa perfectamente al objeto, aun cuando sea feo».5

¿En qué sentido la muerte es hermosa? En una primera aproximación, aunque parezca una respuesta circular, diremos que la muerte es hermosa cuando es digna. Y ¿cuándo es digna la muerte? La dignidad de la muerte depende de la actitud del hombre hacia ella. Primero y principalmente, del que va a morir, y secundariamente de los que lo acompañan en su muerte. Es importante subrayar esto, pues la dignidad no es una cuestión material, sino moral, y por tanto afincada en el comportamiento de las personas que van a morir y en las que ayudan a morir.

La hermosura primordial de las criaturas depende de su adecuación al sentido con que Dios las creó. Lo monstruoso, lo feo, es rebelarse contra ese sentido. Si partimos de la base de que la vida humana es siempre fruto de una llamada divina a la existencia para realizar una misión, la muerte es tanto más hermosa cuanto más fielmente haya vivido el moribundo su propia vocación. Ese momento representa la belleza de la misión cumplida, del corredor que atraviesa la meta y vence la carrera. Por eso, nadie se muere antes ni después. Ninguna vida es larga o corta. Cada vida es una vida completa cuando se ha respondido fielmente a la propia vocación. Todavía recuerdo con emoción la muerte de Juan Pablo II: cuando se anunció a los jóvenes congregados en la plaza de San Pedro que el Papa acababa de morir, la reacción fue curiosamente de una larga ovación, porque Carol Wojtyla, como un campeón, había triunfado, había cruzado la meta de la vida terrena, para entrar en la Gloria. Como San Pablo, podía decir «He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe, por lo demás, me queda la corona de justicia, con que en aquel día me pagará el Señor juez justo» (2 Tim 4,7.8)».

Ciertamente la muerte es hermosa sólo cuando representa el culmen de una vida vivida en plenitud o la rectificación, por el arrepentimiento, de una vida mal vivida. La muerte digna dignifica la vida y le da consistencia, como la piedra angular que cierra el arco de medio punto sostiene a todas las demás piedras.

Hasta aquí la hermosura de la muerte por lo que se refiere a la integridad o perfección como primer ingrediente de la belleza. Más difícil en cambio es justificar la belleza de la muerte en el segundo requisito de la belleza: cierta proporción o armonía. Cómo puede ser hermosa una muerte que violenta la inclinación más profunda del ser vivo, que es precisamente mantener la vida. Porque morir no es simplemente morir, morir es vivir muriendo, es un proceso que puede ser más o menos largo. El agostarse de una plenitud física parece que no puede ser hermoso. Y ciertamente no lo es si todo se acaba con la muerte. Pero es que la muerte no es el punto final de la vida, sino el momento decisivo hacia la eternidad. La proporción o armonía de la muerte es semejante al proceso de la conversión del gusano en mariposa, que pasa de arrastrarse por tierra con su panza, de amortajarse en su seda, a volar entre las flores. Y eso es lo natural para él. En este sentido hay armonía, porque la muerte no es el final de un proceso, sino el tránsito a la eternidad. Para un cristiano el morir santamente es como ir de boda al encuentro del amado. Y en este sentido la muerte es hermosa.

Y, por último, la muerte es bella cuando no se oculta, cuando uno muere sabiendo que se está muriendo. Este es el tercer requisito, la claridad de la belleza. Por eso, ocultar la muerte al moribundo es quitar dignidad a la muerte, hacerla un poco indigna, porque en cierta manera se considera al moribundo como incapaz de asumir su propia muerte.

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1. «Situada entre dos entendimientos [el de Dios y el del hombre], la cosa natural se dice verdadera por la adecuación a ambos. Dícese verdadera según la adecuación al entendimiento divino, porque cumple aquello a lo que está ordenada por el entendimiento divino. Esto es evidente en Anselmo, libro De veritate; y en Agustín, libro De vera religione; y en Avicena, en la definición aducida; es a saber: La verdad de cada cosa es la propiedad asignada a su ser. Dícese verdadera la cosa según la adecuación al entendimiento «humano», porque le es natural formar de sí una estimación verdadera. Dícense, por el contrario, falsas las cosas que naturalmente parecen lo que no son o como no son, dícese en Metafísica V. La primera razón de verdad se cumple antes en la cosa que la segunda: antes es su comparación con el entendimiento divino que con el humano. Si no existiera el entendimiento humano, serían no obstante verdaderas las cosas en orden al entendimiento divino. Si se entendiera que se quitan ambos entendimientos, y, por un imposible, permanecieren las cosas, no permanecería, en modo ninguno, la razón de verdad». De Aquino, Tomás. QQ. disputatae de Veritate, q. 1, a. 2 c.

2. Ruíz Retegui, A. (1999). Pulchrum. Madrid, España: Rialp, p.139

3. Cf. De Aquino, T. Suma de Teología II-II, q.145, a.3

4. «La relación de la estética con la finalidad, y con la naturaleza como principio de finalidad y de reposo, exige que, para el estudio de la hermosura, «se conozcan las formas básicas de la finalidad, para deducir, desde ellas, las formas básicas de la belleza. Si el pulchrum depende esencialmente de la teleología, entonces según sea el telos humano, así será el pulchrum que el hombre puede detectar». Ruíz Retegui, A., Pulchrum, op. cit. p. 31 Ruiz Retegui distingue en este libro una triple teleología en el ser humano: la teleología natural propia de la especie humana, común a todos los hombres; la teleología individual propia de cada persona por sus condiciones materiales (temperamento, aptitudes, salud, etc.), y la teleología personal, que corresponde a esa llamada personal de Dios para un plan concreto y personal. Naturalmente esta triple finalización es simultánea en cada persona, siendo la teleología personal la última especificación de las anteriores, y que por tanto las presupone.

5. De Aquino, T. Suma de Teología, I, q. 39, a.8,s
 



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