Vuelta al Mundo

Vírgenes y políticos

2019-02-22

Luego habló de los niños muertos de hambre, de la devastación provocada por...

CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO, El Mundo

El escenario parecía una bestia daliniana erigida en medio del páramo. De un lado, cientos de miles de personas. Del otro, un puente hacia la nada venezolana. Encima, Sir Richard Branson, con su pelo albino revuelto por el sol y la sal y una vida de aventura y de placer. Un tipo galáctico y feliz. "I'm thrilled to be here!", gritó, en el preciso instante en que llegué, tras sortear el polvo, la euforia y el sudor.

Luego habló de los niños muertos de hambre, de la devastación provocada por Maduro y de la obligación moral de ayudar. Hacía un calor cucuteño. Y yo, con camisa negra. Y de pronto la masa gritó "¡¡Ahhhh!!" Era "El Puma" Rodríguez, todavía convaleciente: "La muerte no podía llevarme antes de ver esto". Y todavía combativo: "¡Basta de dictaduras de izquierdas en América Latina! Soldado venezolano, ¡no dispares al pueblo!". A mi lado, políticos de la ex resistencia, ahora ofensiva, democrática venezolana se abrazaban. Unos habían recorrido 800 kilómetros en coche, sorteando los controles y las pedradas del régimen. Otros habían venido en avión desde sus respectivos países de exilio. Con algunos coincidí en la comitiva presidencial.

Dos escoltas me habían recogido en el 'lobby' del hotel a las 6:30 de la mañana. Cortesía de Andrés Pastrana, junto con Álvaro Uribe y Tuto Quiroga uno de los tres ex presidentes latinoamericanos que más tiempo, fuerza y talento han dedicado a la causa de la libertad venezolana. Nos dirigimos a la base de las Fuerzas Aéreas Colombianas, una zona limpia y arbolada, pegada al aeropuerto civil.

Después de tres controles -drogas, explosivos, malas intenciones- me recibió un comandante: "Póngase esta pegatina en la solapa, por favor." La miré: un escudo rodeado de un círculo verde y debajo la palabra "comitiva". "Lugar de destino -Departamento Norte de Santander- y verde por viernes", me explicó. Pasamos a la sala de espera y de pronto escuché: "¡Amiga!".

Era el secretario general de la OEA, Luis Almagro, con el que había coincidido hace tres días en el World Law Congress, en Madrid. Un político puro, inmune al sucio sectarismo y la vanidad equidistante. También me encontré, después de tanto tiempo, con Julio Borges, exiliado en Bogotá y nombrado por Guaidó embajador ante el Grupo de Lima. Y conocí a nuestra anfitriona, la vicepresidenta del Gobierno colombiano, Marta Lucía Ramírez.

La sala bullía de especulaciones, en general optimistas. "Hay que aumentar la presión", me dijo Borges. "No sólo sobre Maduro, también sobre sus pretorianos. Apunta un nombre: Iván Hernández Dala, jefe de su guardia de honor, de la policía política y de la policía militar". También comentamos el papel de México y el blindaje de Cuba, pero sobre eso hablaré otro día. En un rincón, el ex presidente de Colombia César Gaviria conversaba con Diego Arria, histórico diplomático venezolano, presidente del Consejo de Seguridad de la ONU cuando Bosnia. Había consenso sobre António Guterres y Michelle Bachelet, su impostada y cobarde neutralidad.

"Ya podemos marchar". Era la voz del comandante. Nos dirigimos al avión presidencial, un Boeing 737 con el interior adaptado para unas 50 personas. Cada asiento con su nombre, como una mesa placée. A mi lado, otro exiliado: Miguel Ángel Martín, el presidente del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela. El legítimo. Me habló de Cuba, siempre y tristemente Cuba. Una hora después aterrizamos en Cúcuta. Iván Duque esperaba en el aeropuerto. Ya es el señor Presidente. Le pregunté directamente: "Guaidó ya está aquí, ¿no?". Bajó la voz: "Sí, y siento una gran emoción". La comitiva presidencial se quedó allí, a esperar la llegada de otras comitivas presidenciales, la paraguaya, la chilena... Yo me marché. Quería ver el fruto de un esfuerzo sobrehumano.

El concierto de Cúcuta empezó a gestarse hace apenas tres semanas con una llamada furtiva en la que participaron cuatro personas. Cuando se conectaron, por Skype o una App similar, el resultado fue ciertamente extravagante. Imaginen una pantalla dividida como un escudo en cuarteles. En un rincón asomaba el rostro, ligeramente reminiscente de Obama, del joven presidente interino de Venezuela.

Llevaba traje oscuro, camisa blanca y la corbata apretada, y procuraba transmitir autoridad. Guaidó tiene la legitimidad; ahora necesita el Poder. En el segundo cuartel, sobre el fondo edénico, onírico, infinitamente deseable de las Islas Vírgenes, estaba el billonario Branson. En el tercer rincón, con barba de una semana y un grillete en el tobillo, sonreía también Leopoldo López. Está a punto de cumplir cinco años preso, con su casa convertida en un híbrido de guardería y cuartel general. Corren niños, cantan pájaros, crecen flores y se ensancha el gran Samán, mientras él teje complicidades contra Maduro.

En el último cuartel, derrochando entusiasmo y capacidad ejecutiva, aparecía Isadora Zubillaga, una mujer discreta y valiente que se exilió en Madrid en 2014 y que anteayer fue nombrada embajadora de la Venezuela libre en París. De ese primer encuentro virtual surgió el concierto de Cúcuta. Una operación sin precedentes que ha consistido en poner la música no sólo al servicio de la ayuda humanitaria, sino también de la libertad. Y esto no en abstracto ni a resguardo; en la trinchera, en el límite, en este puente que separa Venezuela de Colombia y la dictadura de la democracia. A este esfuerzo fueron sumándose cientos de voluntades, onstage y backstage, en Miami, Los Ángeles, Caracas y Madrid.

Las veo en este instante, desde donde escribo, la zona trasera del escenario, donde pululan estrellas que no conozco y otras que sí, groupies, guapas, bomberos y militares. Reinaldo Armas, el gran artista llanero -guayabera inmaculada, sombrero de ala ancha y zapatos de charol en punta- me confiesa: "Vivo en Caracas y temo las represalias; pero hay que decir basta". En eso irrumpe Chyno, sin Nacho, y lo abraza: "¡Este es The Boss!". Y yo pienso en los que no han venido.

Hubo quien dijo no al Venezuela Aid Live. Siempre hay quienes dicen no. Y siempre recurren, ellos o sus managers, a un mismo pretexto: "No podemos participar en un acto político". Daré un ejemplo estelar para que se entienda mejor: Shakira. Colombiana, impulsora de la Fundación Pies Descalzos de ayuda a niños pobres, hace apenas tres meses pidió al Gobierno de Duque que aumentara el gasto de Educación para hacer frente al aluvión de venezolanos que han cruzado la frontera huyendo del hambre y la represión.

"Venezuela es nuestro país hermano", clamó. ¿Quién mejor para alzar la voz, literalmente, en este concierto conmovedor? Pero Shakira dijo no. Por la política, claro, la apestosa política. Y a mí me surgen algunas preguntas. La más obvia, y perdonen la vulgaridad, es: ¿Por qué en Cataluña sí y en Venezuela no? Dirán que mido a Shakira con la vara de su marido: "¡Machista!" Pero no hago más que citar a Fray Pedro Luis de la Cruz Sánchez, feminista y autor de éxito: en el colchón acaba convergiendo la opinión. Y Gerard Piqué no ha tenido ningún reparo en combinar su noble oficio de futbolista con la política más innoble. Dos ejemplos:

- Un par de meses antes del 9-N: "La consulta es algo democrático que tiene que suceder. Todo el mundo tiene su derecho".

- Unas horas antes del 1-0: "Desde hoy y hasta el domingo, expresémonos pacíficamente. No les demos ninguna excusa. Es lo que quieren. Y cantemos bien alto y bien fuerte: votaremos".

Cuando la política nos conviene, la llamamos democracia. Cuando no, es partidismo, ideología, incluso un negocio. A mi lado retumba la voz de Paulina Rubio: "Ni una sola palabra...". La gente ruge y mi cabeza vuelve al marido de Shakira, un prototipo. Fíjense en la explicación que dio tres días después del fiasco del 1 de Octubre. Un periodista le preguntó si era independentista y él respondió: "Es la pregunta del millón y no la voy a contestar. Los jugadores somos figuras globales, y yo no puedo decantarme por un lado u otro. Por ejemplo, en Cataluña o en España, si lo hiciera perdería la mitad de mis seguidores. Y todo porque la gente pone la política por encima de lo demás".

Dejemos de lado la confesión del comercial, qué sinceridad. La misma, por cierto, que nos dio a Libres e Iguales el representante de Rafa Nadal, cuando en 2014 le pedimos que apoyara nuestro manifiesto en defensa de la democracia y la ley. Lo que me interesa es la última frase, este hipócrita lamento: "...Todo porque la gente pone la política por encima de lo demás".

Es el mismo argumento que esgrime ahora su mujer, y no sólo su mujer, también la ONU y hasta la Cruz Roja, para denostar este concierto y la operación humanitaria liderada por Guaidó. "¡Es política y, peor, la apoya Trump!" Como si entregar comida y medicinas a una población exangüe no fuera un imperativo moral y democrático. Como si las convicciones ideológicas, las que sean, no fueran compatibles con la objetividad. Lo son. En el caso de los jueces, y de los periodistas, y también -agárrense- de los políticos. Pero, sobre todo, como si la política fuera una actividad tóxica por definición. Una actividad de la cual Ellos, los limpios, los artistas, los intelectuales estarían al margen, como vírgenes.

Decir "no, yo no participo" también es política. Es tomar partido en relación con unos hechos que afectan a la comunidad -común humanidad- y que, en el caso de Venezuela, son indiscutiblemente dramáticos. Y no por culpa de la madrastra Naturaleza, sino de unos paternalistas concretos.

Esto último lo subrayo por las comparaciones que vienen haciéndose entre el concierto de Cúcuta y el que tuvo lugar el 13 de julio de 1985 en el estadio de Wembley. U2, David Bowie, Paul McCartney, Dire Straits, David Gilmour, The Who, Sting, Phil Collins, George Michael y, sobre todo, Queen... Sí, promovido por Bob Geldof, Live Aid cambió la historia del rock y recaudó millones de dólares para Etiopía. Abrió un camino.

Sin embargo, en ese camino no había ninguno de los abyectos obstáculos que hoy ponen los que hacen política diciendo que la rechazan. Y ahora pregunto: ¿Por qué África sí y Venezuela no? ¿Porque el tirano Maduro se dice de izquierdas? Aquí merece una mención especial el antiguo miembro de Pink Floyd e ídolo de mi primera adolescencia, Roger Waters. Su vídeo-embestida contra el concierto de Cúcuta reúne todos los ingredientes de la falsa antipolítica.

Imputación al otro de oscuras intenciones personales para justificar las posiciones propias: "El concierto no tiene nada que ver con la democracia; Branson ha decidido comprarse Venezuela". Invocación de una presunta fuente de autoridad que desmiente un océano de estadísticas, en este caso de represaliados, exiliados y muertos: "Yo tengo amigos que están ahora en Caracas, y me dicen que no hay asesinatos ni dictadura aparente ni encarcelamiento masivo de opositores ni restricciones a la prensa. Nada de eso está pasando, aunque es la narrativa que se nos vende." Habrá hablado con Zapatero.

Y por último, o ante todo, el repudio de la pútrida P: "¡No politicen la ayuda humanitaria!". "El Puma" le contestó con amor: "Es un tonto". Pero no sólo. El gran hito activista de Waters fue el mítico concierto de Pink Floyd de julio de 1990 en Berlín. No estuvo mal 'The Wall'. Claro que el Muro ya había caído ocho meses antes. Y no lo tumbaron tres guitarristas, sino tres políticos. Por cierto, y sin que sirva de precedentes, dos de ellos eran de derechas. El partido de Guaidó pertenece a la Internacional Socialista.

En Cúcuta, gente de izquierdas, de derechas, de todo y sin nada, canta y baila para que sí haya un mañana. Los veo convertidos en una costra de flores sobre el campo seco. La luz es cada vez más caliginosa y espesa. Miro hacia el otro lado: una cuerda marca el límite de la civilización. Unos metros más allá asoma el perfil grotesco de unos gigantescos contenedores de color naranja. Es el primer muro con el que un tirano cada vez más aislado pretende impedir que mañana ingresen en Venezuela toneladas de comida y medicinas. No sé qué va a pasar mañana.



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