Vuelta al Mundo

La ira árabe

2019-11-12

El 19 de diciembre de 2018, los sudaneses salieron a las calles para reclamar el fin de la...

Tahar Ben Jelloun, El País

La primavera árabe, nacida en diciembre de 2010, fue, sin duda, una esperanza frustrada. Pero hoy parece que la ira de los árabes y la sed de democracia vuelven a manifestarse con decisión y disciplina en varias ciudades del mundo árabe.

El 19 de diciembre de 2018, los sudaneses salieron a las calles para reclamar el fin de la dictadura y la renuncia del jefe del Estado, Omar al Bashir, en el poder desde hace 30 años. Las mujeres iban en primera fila y las manifestaciones fueron pacíficas. Sudán tiene una tradición de lucha política, con sindicatos y partidos sólidos. También cuenta con una sociedad civil, a menudo formada y animada por mujeres. No solo el ejército, en respuesta a las exigencias de los manifestantes, destituyó a Al Bashir y lo detuvo el 11 de abril de 2019, sino que fue posible llegar a un acuerdo entre el ejército y los partidos para instaurar un Gobierno de transición compuesto por civiles y militares. El 22 de julio de 2019, los militares y los representantes de la sociedad civil firmaron la Declaración política. Como consecuencia, se ha constituido una asociación denominada Fuerzas de la Declaración de la Libertad y el Cambio (FDLC) que supervisa la buena marcha de la transición. El movimiento feminista ha hecho una enorme aportación.

El vecino Egipto vive desde hace varios meses unas manifestaciones esporádicas pero llenas de determinación para “sacar” al mariscal Al Sisi, el dictadorzuelo que ejerce una represión sistemática de todos los opositores, tanto de derechas como de izquierdas. La principal acusación es de terrorismo. Al mismo tiempo, Al Sisi ha logrado mejorar la economía, que experimenta un buen crecimiento: ha pasado del 2% al 5,4% en cinco años. El ejército está presente en casi todas las inversiones económicas, lo que facilita la arbitrariedad y la corrupción.

Desde España, donde vive refugiado, el empresario y actor Mohamed Alí publica vídeos que acusan a Al Sisi de dilapidar el dinero del Estado levantando lujosos palacios y denuncia al ejército, que controla por completo el sector de la construcción. Los vídeos han tenido enorme éxito, y Mohamed Alí se ha convertido en una estrella adorada por la población. Como es natural, el poder le acusa de haber traicionado a su país y haber robado varios millones de euros antes de huir al extranjero. Curiosamente, es el propio presidente quien le responde en persona, a través de discursos retransmitidos por la televisión nacional.

Egipto tiene una tradición de lucha y resistencia. El poder de Al Sisi es inestable. Ni Estados Unidos ni Israel podrán salvarlo si el pueblo mantiene su presión y se manifiesta a pesar de las detenciones, las torturas y las arbitrariedades. El nuevo presidente tunecino, Kais Saied, lo ha llamado “dictador”.

Estas manifestaciones marcan el fin de la sacralización de los líderes.

En Irak, desde principios de octubre, ha habido una serie de protestas que el ejército ha reprimido con la máxima brutalidad: un centenar de muertos y 4,000 heridos en unos días. El viernes 25 de octubre se contabilizaron 40 muertos. Sin embargo, la gente no iba armada, se manifestaba en contra de la corrupción, el desempleo y el carácter delictivo de unos políticos incompetentes. Se diría que los gobernantes se han imbuido del espíritu represor de Sadam Husein. En total, 270 iraquíes han muerto en defensa de su dignidad.

Es un movimiento aconfesional, especialmente dirigido contra el padrino iraní, muy presente en la política del Gobierno.

En Líbano, la situación es similar y, al mismo tiempo, diferente, en la medida en que no ha habido represión violenta. El 17 de octubre, por primera vez, suníes, chiíes, cristianos y drusos se unieron en la calle para protestar contra la corrupción y el pésimo gobierno, contra la “descomposición de la ética política”. Lo que está empezando no es una nueva guerra civil, es un despertar de las conciencias que reclaman el derecho a vivir con dignidad y respeto al individuo. El detonante de esta oleada de ira es el establecimiento de un impuesto de 18 céntimos de euro sobre cada comunicación a través de WhatsApp, una herramienta utilizada por todo el mundo, del parado al millonario, y que hasta ahora era gratuita.

El lunes 21 de octubre, una inmensa manifestación ante la Gran Mezquita de Beirut, justo al lado de la sede del Gobierno, reunió a decenas de miles de libaneses de todo origen y confesión. Las pancartas denunciaban “la irresponsabilidad de los políticos” por no haber sabido hacer frente a las catástrofes de los incendios y las lluvias torrenciales que han asolado el país en los últimos tiempos. A pesar de que el Gobierno ha renunciado a aplicar el impuesto sobre WhatsApp, y a pesar de la dimisión del primer ministro Saad Hariri y sus ministros, continúan las manifestaciones contra “la incapacidad de los políticos” y “el fracaso de la economía”. Líbano está terriblemente endeudado. La libra libanesa no deja de depreciarse respecto al dólar.

Son protestas sin líderes, como ocurre en Argelia, donde, desde el 22 de febrero de 2019, todos los martes y viernes, millares de personas desfilan de forma pacífica por las calles para exigir “el fin del sistema militar-especulador-mafioso”.

Dicho sistema resiste bajo la batuta del general Ahmed Gaid Salah, jefe del estado mayor, viejo veterano de la política opaca de una Argelia gobernada, desde su independencia en 1962, por militares y un partido único, el Frente de Liberación Nacional. El pasado 13 de octubre, los manifestantes se opusieron a la nueva ley de hidrocarburos aprobada en el consejo de ministros; era una forma de decir que la calle va a rechazar sistemáticamente a estos ministros y sus leyes. Es probable que suceda lo mismo con las elecciones presidenciales previstas para el 12 de diciembre. Nadie se las cree.

Estos cinco casos de revueltas demuestran que la gente se ha liberado de sus miedos y de las restricciones impuestas por las dictaduras árabes. Salen a la calle, no para demandar una subida de salarios, sino para vivir con dignidad, para acabar con el sistema de la corrupción y la injusticia.

Y es muy de destacar el hecho de que todos estos movimientos sean espontáneos, sin nadie que los dirija.



Jamileth