Vuelta al Mundo

Diego Maradona sigue haciendo su magia

2020-12-04

Mientras millones de personas alrededor del mundo le rendían tributo, muchos otros se...

Por Juan Manuel Rótulo | The New York Times

MIAMI — El miércoles, al final de la mañana, atendía una llamada telefónica de trabajo cuando mi esposa entró a la habitación para decirme que Diego Armando Maradona, el tesoro nacional de Argentina y posiblemente la figura más amada y polarizante del fútbol, había muerto de un ataque al corazón. Inmediatamente sintonicé las noticias de Argentina y un aviso en la parte baja de la pantalla decía en mayúsculas: “Murió Diego Maradona”.

Expertos deportivos y periodistas lloraban en televisión, mientras que los aficionados del fútbol proclamaban: “El fútbol ha muerto”. Yo pasé los siguientes cuatro días mirando de nuevo los goles más memorables de Maradona y sus entrevistas. Se sentía como si hubiera perdido a alguien cercano. Porque, de alguna manera, así fue.

Pero mientras millones de personas alrededor del mundo le rendían tributo, muchos otros se regocijaron por su muerte. Ese miércoles, lo primero que apareció en mi Instagram tras enterarme de la noticia fue la publicación de un amigo venezolano que esperaba que Maradona “estuviese en el infierno con Chávez y Fidel”, y lo definió como “una desgracia para el deporte más bello”.

Esa es una manera de recordarlo. Pero yo pertenezco a una generación de niños argentinos obsesionados con el fútbol que vio lo mejor de Maradona.

Para algunos fue el héroe que lideró a la Argentina hacia la conquista de la Copa Mundial de Fútbol de 1986, humillando en el camino a Inglaterra. Diego también fue un símbolo del empobrecido sur de Italia, que en 1987 le dio al Napoli su primer campeonato local y después, en 1989, su primer título internacional. En el camino, Maradona nunca olvidó sus orígenes humildes y fue el campeón de los pobres.

Para otros, Maradona era un villano con una adicción a la cocaína y una cantidad de niños no reconocidos repartidos por el mundo. Una vez les disparó con un rifle de aire comprimido a un grupo de reporteros que montaban guardia afuera de su casa. También fue un amigo muy cercano de Fidel Castro y un abierto simpatizante de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Un amigo cubano que no entendía mi dolor me preguntó: “¿Él no era comunista?”.

En Argentina se suele decir que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes de la vida. Mi papá me regaló mi primera camiseta de River Plate el día que nací, en diciembre de 1976. No era un mero regalo de cumpleaños, era un bautismo. A los 9 años, jugaba fútbol en el equipo de la escuela, en el equipo de mi vecindario y en la liga infantil de un club de primera división. Devoraba revistas de fútbol, miraba todos los partidos posibles en la televisión e iba a ver partidos en el estadio con mi papá y mi hermano mayor.

Que un niño hincha de River se volviese fan de Maradona, un icono del archirrival Boca Juniors, era algo improbable a principios de los años ochenta. La rivalidad entre River Plate y Boca Juniors, los dos clubes de fútbol más grandes de Argentina, es comparable, digamos, a la rivalidad entre los Lakers y los Celtics o entre los Medias Rojas y los Yankees, solo que mucho más violenta.

Pero en 1986, ese partido de la Copa del Mundo contra Inglaterra en cuartos de final lo cambió todo. Primero, anotó con picardía y trampa un gol ilegal con la mano. Luego, cuatro minutos después, anotó el gol más increíble que cualquiera de nosotros haya visto jamás.

Una de las primeras cosas que nos enseñan en el fútbol es a pasar el balón. Si no lo pasas, lo pierdes. Pero ese día, Maradona hizo algo como salido de una película. Desafió la lógica. Arremetió contra un ejército de jugadores ingleses que se le venían encima. Yo estaba en la sala de mi casa, frente al televisor, y le gritaba: “¡Pasá la pelota!”. Maradona seguía avanzando, dejando en el camino a jugador inglés tras jugador inglés, incluso al portero. Cubrió una distancia de 60 metros en 10 segundos, antes de enviar el balón al fondo de la red mientras todos los argentinos estallábamos en un mismo grito de alegría e incredulidad.

No fue una simple victoria para Argentina en un Mundial de fútbol. Cuando Maradona lideró este golpe contra la Inglaterra de Margaret Thatcher —esa misma Inglaterra que había asesinado a nuestros soldados cuatro años antes en la guerra de las Malvinas—, nos dio la mejor (y probablemente la única) retribución que podíamos obtener como nación. Un héroe para curar la herida abierta de millones. Yo habría sido perfectamente feliz con una victoria lograda por un par de goles normales. Pero Maradona primero les mojó la oreja a los ingleses y después les demostró, a ellos, los creadores del fútbol moderno, cómo era que se jugaba. Después de ese partido, anotó otros dos goles increíbles frente a Bélgica en la semifinal y luego nos llevó a la victoria contra Alemania Federal en la final.

Gracias a Maradona pude experimentar, con 9 años, la incomparable alegría de ser campeón del mundo en el deporte que amo. Fue la última vez que eso ocurrió. Por mucho que nuestro querido Lionel Messi ha tratado, los argentinos no hemos podido ganar una Copa del Mundo desde 1986. Y vaya que nos hemos aferrado a ese momento, y a ese Maradona. Aferrarse al recuerdo de una nación que estuvo alguna vez en la cima del mundo es una cosa muy, tan argentina.

Ángel Cappa, conocido entrenador argentino, dice que el fútbol es una excusa para ser feliz, para olvidar todos nuestros problemas, aunque solo sea por 90 minutos. Maradona nos dio felicidad para toda una vida. Por supuesto, para personas como mi amigo venezolano, era un personaje despreciable. Pero yo simplemente lo veía como un ser humano, con sus cualidades buenas y no tan buenas.

Quizás mi perspectiva está influenciada por las alegrías que me dio Maradona. No, perdón: mi perspectiva está indudablemente influenciada por las alegrías que me dio Maradona. Y, francamente, no puedo evitarlo. Así como la frase que se le atribuye al gran escritor y humorista argentino, Roberto Fontanarrosa: “Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”.

Hace dos semanas, cuando ninguno de nosotros tenía la más mínima idea de que su muerte era inminente, compré por internet una réplica del balón oficial de la Copa del Mundo de 1986, que ya había tenido cuando era un niño y había atesorado como un recuerdo de uno de los momentos más felices de mi niñez. Apenas unos minutos después de haber escuchado la triste noticia, recibí un paquete: era el balón de la Copa del Mundo de 1986. Que llegara el mismo día de su muerte fue una extraña coincidencia, pero algún día le diré a mi hija que ese fue Maradona haciendo su magia con el balón.



Jamileth