Vuelta al Mundo

Un combatiente de la CIA, un fabricante de bombas somalí y una década de lucha contra Al Shabab

2021-10-27

Los críticos de dicho enfoque dicen que Al Shabab se ha centrado especialmente en...

Por Declan Walsh, Eric Schmitt y Julian E. Barnes, The New York Times

MOGADISCIO, Somalia — El convoy de la CIA salió de Mogadiscio en plena madrugada, se dirigió al sur por una carretera oceánica derruida que llevaba a lo profundo del territorio controlado por Al Shabab, uno de los grupos militantes más mortíferos de África.

Los vehículos se detuvieron en un pueblo costero donde paramilitares estadounidenses y somalíes se bajaron, asaltaron una casa y mataron a varios militantes, dijeron funcionarios somalíes. Pero un hombre escapó, corrió hacia un vehículo lleno de explosivos preparado para un atentado suicida y apretó el detonador.

La explosión, en noviembre pasado, mató a tres somalíes e hirió de gravedad a un estadounidense: Michael Goodboe, un especialista paramilitar de la CIA de 54 años que permaneció a los Navy SEAL, fue transportado por vía aérea a un hospital militar estadounidense en Alemania. Murió 17 días más tarde.

La suya fue una muerte estadounidense inusual en la guerra de baja intensidad de una década contra Al Shabab, la filial de Al Qaeda con más recursos y tal vez la más peligrosa del mundo. Pero Goodboe también fue víctima de una forma de guerra estadounidense que ha florecido desde los ataques terroristas a Estados Unidos en 2001, y que ahora está bajo un mayor escrutinio que nunca.

La respuesta más ambiciosa de Estados Unidos a los ataques del 11-S fue en Afganistán, a donde se enviaron decenas de miles de soldados para acabar con los extremistas y reconstruir el país, una misión que concluyó recientemente con un fracaso rotundo y la caótica retirada estadounidense.

Pero en Somalia, igual que en países como Yemen y Siria, Estados Unidos empleó un manual distinto para proceder, en el que se descartaron despliegues importantes de tropas y se favoreció el envío de espías, incursiones de Operaciones Especiales y ataques con drones. Se reclutaron contratistas privados y combatientes locales para las tareas arriesgadas. Al principio la misión era reducida, buscar a los integrantes fugitivos de Al Qaeda y solo más tarde se amplió para combatir a Al Shabab y fortalecer a las fuerzas de seguridad somalíes.

Ahora ese manual también está fracasando. Como en Afganistán, la misión estadounidense ha sido obstaculizada por la alianza con un gobierno débil y notorio por su corrupción, una intrincada insurgencia local y los errores de Estados Unidos, como los ataques de dron que han matado civiles.

Como resultado, Al Shabab se encuentra en su momento más sólido en años. Recorren el campo, bombardean ciudades y operan un Estado encubierto que incluye cortes, operativos de extorsión e impuestos paralelos que, según cálculos del gobierno de Estados Unidos, solo el año pasado recaudaron al menos 120 millones de dólares.

Al Shabab también parece tener planes hacia Estados Unidos, como mostró el arresto en 2019 a un militante que tomaba clases de vuelo en Filipinas, supuestamente para cometer otro ataque al estilo del 11-S contra Estados Unidos. Pero los críticos del enfoque estadounidense en Somalia, incluidos algunos militares, dicen que la amenaza al país ha sido exagerada y que las políticas de Washington solo impulsan a los extremistas que intentan derrotar.

Funcionarios de la gestión de Biden niegan que la misión en Somalia haya fracasado, pero dicen que tienen muy claros sus defectos. El gobierno podría dar a conocer una nueva política hacia Somalia en las próximas semanas, dijeron algunos funcionarios.

El gobierno de Estados Unidos ha sido renuente a comprometer soldados a Somalia desde el episodio Black Hawk Down de 1993, cuando combatientes milicianos somalíes mataron a 18 efectivos militares estadounidenses en una batalla que luego sería representada en libros y películas de Hollywood. Luego de tal fiasco, Estados Unidos se retiró de Somalia por más de una década.

Con el tiempo, los estadounidenses volvieron en pequeñas cantidades: operativos encubiertos, soldados y, al fin, diplomáticos que se refugian en una embajada sin ventanas de estilo penitenciario en el aeropuerto de Mogadiscio, que abrió en 2018. Temerosos de otra debacle sangrienta, rara vez se aventuran a salir.

Cerca de ahí queda el complejo de la CIA, donde por las noches el aire crepita con los disparos mientras los estadounidenses entrenan a una pequeña fuerza paramilitar somalí que encabeza las operaciones anti-Shabab.

Ahora hay menos de 100 soldados estadounidenses en Somalia, sobre todo en labores de inteligencia y apoyo. En enero, el expresidente Donald J. Trump trasladó a la mayor parte de la fuerza de 700 integrantes a Kenia y Djibouti, aunque sigue llevando a cabo ataques en Somalia y entrenando soldados.

Fuera del alambrado, Mogadiscio se ha transformado en los últimos años con la ayuda de los pacificadores de la Unión Africana que patrullan las calles. Hay cafés de moda, edificios de departamentos relucientes y una red de internet rápida y barata. La playa Lido de la ciudad está repleta los fines de semana. La piratería, que era una preocupación internacional hace una década, en gran medida se ha esfumado.

Sin embargo, este avance pende de un hilo débil. La rebelde élite política de Somalia está dividida por disputas que este año estallaron fugazmente con violencia. Después de la victoria de los talibanes en Afganistán, los militantes de Shabab, jubilosos, distribuyeron dulces a modo de celebración, con la esperanza de que ellos también pudieran cansar a los extranjeros y tomar el poder.

Otros somalíes tienen la preocupación de que Washington los abandone ahora. “Hizo sonar alarmas aterradoras”, dijo Abdihakim Ante, exasesor del gobierno somalí.

El destino de Afganistán “muestra la rapidez con la que las cosas pueden cambiar”, dijo Stephen Schwartz, quien fue embajador de Estados Unidos en Somalia. “Somalia no tiene tiempo que perder”.

El arco de la vacilante misión estadounidense en Somalia puede distinguirse en la historia de dos hombres, un estadounidense y un somalí, en lados opuestos de la lucha.

Un combatiente eterno en una guerra olvidada

Michael Goodboe era el arquetipo del combatiente de élite de la era posterior al 11 de septiembre.

Integrante del Sexto Equipo SEAL, grupo de élite oficialmente conocido como Grupo de Desarrollo de Guerra Naval Especial, fue enviado a Afganistán pocas semanas después de los ataques del 11 de septiembre. Trabajó para la estación temporal de la CIA en el hotel Ariana de Kabul y se unió al primer “Equipo Omega”, una unidad extremadamente secreta en la que participaban operadores de las Fuerzas Especiales y paramilitares de la CIA que encabezaron la búsqueda de Osama Bin Laden y otros fugitivos.

Los colegas admiraban a Goodboe, conocido como Goody, por sus modales sencillos, su temperamento estable y su afilado sentido de propósito, cualidades que destacaban en la subcultura jactanciosa de los SEAL y que, relataron, lo ayudaron a forjar relaciones cercanas con los soldados afganos y, posteriormente, los somalíes que ayudó a entrenar.

Muchos integrantes de los SEAL “hacen el trabajo mínimo, sacan su tridente” —el símbolo SEAL que se usa en uniformes navales— “y escriben un libro”, dijo el capitán Christopher Rohrbach, un SEAL que ha formado parte del grupo durante 24 años y ha prestado servicio en África Oriental, Afganistán e Irak.

Pero Goodboe “era un tipo de equipo”, dijo. “Estaba ahí por el bien común”.

Tras retirarse de la Marina en 2009 con un puñado de medallas, Goodboe se unió al ala paramilitar de la CIA, ahora llamada el Centro de Actividades Especiales, un grupo clandestino integrado por unos 200 combatientes, la vanguardia de la agencia en las guerras que están lejos. El trabajo lo llevó finalmente a Somalia.

La CIA tenía un pasado accidentado en aquel país.

A mediados de la década de los 2000, funcionarios de la CIA con sede en Nairobi, Kenia, encabezaron el regreso estadounidense a Somalia. Viajaban con regularidad a una pista remota de aterrizaje en las afueras de Mogadiscio y llevaban maletas con dinero destinado para una coalición de caudillos que prometieron ayudar a perseguir a Al Qaeda.

Pero la operación resultó contraproducente en junio de 2006, cuando la hostilidad popular hacia esos caudillos impulsó el apoyo para un grupo islamista, la Unión de Tribunales Islámicos, que ocupó el poder brevemente.

Al Shabab surgió un año más tarde. El jefe de la estación de la CIA que supervisaba el apoyo a los caudillos fue transferido.

La CIA volvió a Somalia en 2009, estableció una base segura en el aeropuerto de Mogadiscio y se alió con la Agencia de Inteligencia de Seguridad Nacional, la incipiente agencia de espionaje del país. Los estadounidenses también se unieron a la lucha contra Al Shabab.

Un oficial somalí de inteligencia retirado que trabajó con los estadounidenses relató que francotiradores de la CIA fueron destacados en los techos alrededor del extenso mercado de Bakara, que por esa época era un bastión de Al Shabab, e identificaban a combatientes islamistas a casi dos kilómetros de distancia.

En 2011, las fuerzas de seguridad somalíes mataron a Fazul Abdulá Mohamed, líder de Al Qaeda detrás del bombardeo de las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania e incautaron información de inteligencia valiosa, incluidos planos para bombardear la escuela de élite británica Eton y el hotel Ritz de Londres.

Los somalíes entregaron todo a la CIA, incluido un recuerdo —el rifle del militante fallecido, un modelo poco común— dijo Hussein Sheikh-Ali, quien por entonces era u. alto funcionario de la inteligencia de Somalia y más tarde fue el asesor de seguridad nacional del país. “Fue un parteaguas” en la relación entre los estadounidenses y los somalíes, dijo.

Pero al ir quedando claro cuáles eran los frutos de la cooperación, también quedaron en evidencia los costos. Los grupos de derechos humanos e investigadores de las Naciones Unidas acusaron a la agencia de espionaje de Somalia de torturar detenidos y de utilizar a niños como espías. Algunos detenidos acusaron recientemente a la CIA de complicidad en la tortura.

El jefe de estación de la CIA en Mogadiscio presionó en 2015 para que el general Abdirahman Turyare, jefe de inteligencia somalí, fuese retirado del cargo, acusándolo de corrupción y malos manejos. El general Turyare dijo ser víctima de la arrogancia y el uso arbitrario del poder estadounidense.

“Me rehusé a inclinarme frente al monarca autoimpuesto”, dijo en una entrevista con el Times, refiriéndose al jefe de estación.

La disputa se prolongó durante años mientras los líderes del Departamento de Estado pedían al presidente Hassan Sheikh Mohamud, originario del mismo clan, que tomara medidas contra el general Turyare. El general fue retirado del cargo solo cuando el secretario de Exteriores del Reino Unido, Philip Hammond, les dijo a los líderes somalíes que también la relación con su país estaba en peligro a causa de esta disputa.

En el centro de dicho desacuerdo, dijeron varios funcionarios somalíes, se encontraba el control de Gaashaan, una fuerza paramilitar que oficialmente era parte de la agencia de espionaje de Somalia pero que en realidad era liderada por la CIA.

La CIA había estado entrenando a Gaashaan desde 2009, un grupo cuyo nombre significa “escudo” y que ha crecido hasta convertirse en un cuerpo de élite integrado por 300 efectivos. Entre los adiestradores se encontraba Goodboe. La fuerza Gaashaan emplea tecnología de rastreo celular para ubicar a comandantes de Al Shabab, actúa contra los militantes cuando atacan Mogadiscio y colabora con a los especialistas paramilitares de la CIA durante las redadas.

Hacia finales del año pasado, cuando Goodboe llegó a Somalia como parte de otra estancia de varios meses en el país, la CIA y Gaashaan habían enfocado su atención en un líder de Al Shabab, un fabricante de bombas con un pasado en la televisión.

El maestro fabricante de bombas

Los somalíes que lo conocieron dicen que Abdullahi Osman Mohamed era un capo yijadista improbable.

“Un tipo amigable y vigoroso, con cara de niño”, recordó Mahmood, un excolega que dio solo parte de su nombre para poder hablar con libertad de uno de los hombres más peligrosos de Somalia. “Muy inteligente, muy guapo. A menudo me pregunto cómo se convirtió en el terrorista número uno”.

En septiembre de 2020, el entonces secretario de Estado, Mike Pompeo, firmó una orden en la que se designaba a Mohamed, conocido como el ingeniero Ismail, como “terrorista global”. Según Estados Unidos, él es el mayor experto en explosivos de Al Shabab, líder del ala propagandística Al Kataib y asesor especial del líder supremo, Ahmed Diriye.

Algunos somalíes van más allá y dicen que Mohamed es uno de los dos líderes adjuntos de Al Shabab.

Él era el objetivo previsto de la malograda redada de noviembre en la que Goodboe fue fatalmente herido, según un funcionario somalí retirado y un alto funcionario estadounidense que se rehusaron a ser identificados para poder discutir asuntos delicados de inteligencia.

La CIA no quiso hacer comentarios. Un funcionario estadounidense no indicó quién era el objetivo de la redada.

De muchas formas, Mohamed ejemplifica la mezcla de ingenio y crueldad que ha hecho de Al Shabab un enemigo a temer.

Procedía de una familia conservadora y de clase media de Mogadiscio. Su padre trabajó para la Fundación Islámica Al Haramain, una beneficencia saudí que Estados Unidos acusó de tener vínculos con Al Qaeda en 2002.

Mohamed, que por entonces tenía veintitantos años, se graduó en 2006 de la universidad en Sudán y empezó a trabajar como técnico de estudio para Al Jazeera en Mogadiscio. Su jefe, Fahad Yasin, el jefe de la corresponsalía en la estación de Mogadiscio, más tarde incursionó en política y se convirtió en el jefe de inteligencia de Somalia, una sorprendente muestra de la complejidad del conflicto somalí. Mohamed luego pasaría tiempo en la sede de Al Jazeera en Catar para recibir capacitación.

Era una época particularmente tumultuosa en Somalia. Etiopía, con el apoyo de Estados Unidos, invadió el país en 2006 para derrocar a la Unión de Tribunales Islámicos. Aviones de guerra estadounidenses bombardearon a las fuerzas islamistas.

Como muchos somalíes, Mohamed estaba indignado, dijo un amigo de la familia que habló de forma anónima para evitar represalias. Etiopía y Somalia se habían enfrentado en una gran guerra entre 1977 y 1978 y seguían siendo rivales.

Mohamed empezó a trabajar también para Al Shabab.

Al Shabab, o “la juventud”, era una facción de la derrotada Unión de Tribunales Islámicos. Al ser expulsados de Mogadiscio huyeron al sur de Somalia y lanzaron una guerra de guerrillas contra soldados etíopes.

Para 2008, Al Shabab se había convertido en la facción armada más radical y poderosa en Somalia y contaba entre sus filas a miles de reclutas. Sus líderes condenaban lo que calificaron de crímenes estadounidenses contra los musulmanes en todo el planeta. El Departamento de Estado de Estados Unidos lo designó como una organización terrorista en 2008. El grupo declaró su fidelidad a Al Qaeda en 2012.

El objetivo principal de Al Shabab era establecer su interpretación de un Estado islámico en Somalia. En las zonas que controlan han prohibido la música y las películas e imponen castigos como la lapidación contra los adúlteros acusados y la amputación de extremidades a quienes son acusados de hurto.

Mohamed, dijo el amigo de la familia, al principio ayudaba a Al Shabab con la propaganda. Más adelante, cuando varios ataques aéreos estadounidenses mataron a expertos en explosivos del grupo, el joven militante, que tenía una licenciatura en ingeniería eléctrica, fue ascendido a ese puesto.

Después, Al Shabab perpetró una serie de terribles ataques, entre ellos el estallido de un camión en 2017 en el centro de la capital que mató al menos a 587 personas, uno de los actos terroristas más mortíferos de la historia moderna.

Cuando los líderes de Shabab fueron asesinados y el Danab, una unidad de comando somalí de élite entrenada por Estados Unidos, se convirtió en una poderosa herramienta anti-Shabab, los militantes se adaptaron.

Se refugiaron en el campo, donde eran más difíciles de atacar, y establecieron un Estado paralelo primitivo con sus propios tribunales, burocracia y peajes de carreteras.

La influencia de Al Shabab llega al corazón de Mogadiscio, donde el grupo y sus seguidores han infiltrado el parlamento, la comunidad empresarial y los servicios de seguridad, dicen funcionarios. En comparación, el gobierno somalí, apoyado por Occidente, es ineficaz, pues está dividido por las políticas corrosivas de luchas entre clanes que han mermado los esfuerzos internacionales para unificar los servicios de seguridad somalíes. La corrupción es rampante: Transparencia Internacional clasifica a Somalia, junto con Sudán del Sur, como uno de los países más corruptos del mundo.

Un funcionario de inteligencia somalí enumeró en una entrevista las cuotas de impuestos en el puerto de Mogadiscio: 90 dólares por importar un contenedor regular, 150 por uno grande. Luego mostró un prolijo recibo proporcionado por un vecino de la ciudad, por 250 dólares, pagados para registrar la venta reciente de un terreno en las afueras de la ciudad, hecho a nombre de Al Shabab.

Aunque los militantes hacen valer su mandato a través de la violencia, muchos somalíes de a pie aprecian, a regañadientes, los servicios básicos que ofrecen. Incluso los vecinos de clase media de Mogadiscio, para arreglar algunas disputas, prefieren acudir a los tribunales de Al Shabab que se reúnen bajo árboles a las afueras de la ciudad.

“Si vas a los juzgados somalíes en busca de justicia no la encontrarás, sobre todo en las disputas de propiedad”, dijo Abdirazak Mohamed, integrante del parlamento. “La corrupción es generalizada y los jueces no pueden hacer respetar sus sentencias. Pero Al Shabab sí puede”.

El ejército nacional de Somalia oficialmente cuenta con 24,000 soldados, pero en realidad es una quinta parte de esa cifra, dijo un alto oficial estadounidense.

Los analistas estadounidenses calculan que Al Shabab lidera a entre 5000 y 10,0000 combatientes. Con Mohamed, sus bombas se han vuelto más potentes y sofisticadas.

El grupo aprovecha su control del puerto de Mogadiscio para contrabandear volúmenes grandes de materiales explosivos y dispositivos detonantes hechos en China, dijeron dos funcionarios de Estados Unidos. En octubre pasado, las autoridades somalíes interceptaron 79 toneladas de ácido sulfúrico, un ingrediente que se usa en las bombas al costado de la carretera.

En enero, una bomba impactó un convoy blindado tripulado por comandos del Danab entrenados por Estados Unidos que viajaba camino hacia Baledogle, una base a 112 kilómetros de Mogadiscio.

El estallido hirió seriamente al comandante del Danab, el mayor Ahmed Abdullahi, quien fue transportado vía aérea a Turquía, y mató a un empleado sudafricano de Bancroft Global Development, un contratista estadounidense que recluta y entrena a combatientes del Danab. El sudafricano, de nombre Stephen Potgieter, era el séptimo empleado de Bancroft que moría en Somalia desde 2009, indicó Michael Stock, el director ejecutivo de la empresa.

La creciente reputación de Mohamed por causar caos y acciones sangrientas lo ha convertido en un líder muy respetado dentro de las filas de Al Shabab, dijeron funcionarios somalíes y occidentales.

Para quienes lo persiguen, es un personaje esquivo, siempre fuera del alcance.

Errores estadounidenses

Como en Afganistán, la campaña estadounidense en Somalia ha sido perjudicada por sus propios fallos mortales.

Luego de que un misil de Estados Unidos impactó una granja cerca de Jilib, al sur de Somalia, en febrero de 2020, el ejército dijo que había asesinado a “un terrorista”. Meses después, el ejército admitió que, de hecho, había matado a una estudiante de 18 años llamada Nurto Kusow Omar Abukar.

El ataque también lesionó a su hermana, Fatima, que por entonces tenía 14 años, y quien en una entrevista indicó el lugar donde un fragmento del misil le atravesó el cuerpo. Despierta gritando porque tienen pesadillas. “No quiero decir lo que veo”, relató.

Los ataques aéreos en Somalia aumentaron a partir de 2017, cuando el presidente Trump flexibilizó las reglas de combate diseñadas para proteger a los civiles. El ejército admite haber matado a varios civiles, pero no ha pagado una indemnización, a diferencia de lo que ha hecho en Afganistán e Irak, donde solo en 2019 Estados Unidos hizo cientos de pagos con valor de 1,5 millones de dólares por muerte, lesiones o daños a la propiedad.

En un correo electrónico, Nicole D. Kirschmann, portavoz para el Comando de Estados Unidos para África declinó explicar por qué no se habían hecho tales pagos en Somalia. Pero indicó que los funcionarios somalíes revisaban y aprobaban todas las decisiones de compensación.

Washington es, de lejos, el mayor donante internacional de Somalia: en 2020 otorgó 500 millones de dólares. No obstante, pocos somalíes ven pruebas de dicha asistencia porque las organizaciones somalíes aliadas esconden sus vínculos con Estados Unidos para evitar las represalias de Al Shabab. Incluso los sacos de ayuda alimentaria estadounidense van desprovistas de logotipos de Estados Unidos.

Turquía, en contraste, dona menos dinero pero lo gasta en proyectos de alto perfil: carreteras, mezquitas y hospitales promocionados con la bandera turca. El país es muy popular en Somalia.

La aversión a asumir bajas entre sus efectivos ha causado que Estados Unidos se apoye demasiado en los contratistas privados, una dependencia muy inusual. La empresa más conocida, Bancroft, emplea soldados retirados, sobre todo de Europa del Este, África y la Legión Extranjera francesa para reclutar y entrenar a las fuerzas somalíes. Una división de Bancroft construyó la embajada fortificada de Mogadiscio y se la alquila al Departamento de Estado; un alto funcionario dijo que era una de las embajadas en África de más onerosa operación.

Las prácticas financieras de Bancroft fueron cuestionadas este año cuando el gobierno examinó su contrato de 33 millones de dólares para entrenar a tropas de la Unión Africana y de la fuerza Danab.

En un informe que se publicó en julio, el inspector general del Departamento de Estado indicó que la agencia le había pagado a Bancroft 4,1 millones de dólares por gastos que su contrato no autorizaba, entre ellos 3,78 millones por “compensación de incentivos” para su personal, e indicó que el dinero debería recuperarse.

En un correo electrónico, Stock, el director general de Bancroft, negó haber cometido algún delito.

Mientras tanto, la CIA tiene dificultades para distanciarse de una tormenta política que amenaza a un aliado clave, Fahad Yasin, el jefe somalí de inteligencia.

El presidente Mohamed Abdullahi Mohamed, respaldado por Yasin, pospuso una elección que debía celebrarse en febrero, extendiendo así su mandato. Los críticos lo acusaron de una flagrante toma de poder y algunas facciones de seguridad rivales intercambiaron disparos en el centro de Mogadiscio, lo que provocó temores de que la frágil transición del país a la democracia se estuviera derrumbando.

Los funcionarios estadounidenses propusieron imponer sanciones a Yasin para obligarlo a dar marcha atrás, dijeron dos funcionarios occidentales. Pero la CIA se opuso firmemente a la idea, al parecer para proteger sus intereses de contraterrorismo.

A los funcionarios somalíes la decisión mandó una señal equivocada sobre las prioridades de Estados Unidos. Un funcionario dijo: “Ven a la boca y al cuerpo haciendo dos cosas distintas. Es confuso”.

La decisión de Biden

Funcionarios actuales del gobierno de Estados Unidos dicen que los tropiezos de la gestión de Trump complicaron la situación en Somalia. El gobierno de Biden está meditando si debe regresar algunas de las tropas que Trump retiró en enero.

Los críticos de dicho enfoque dicen que Al Shabab se ha centrado especialmente en África oriental y que su capacidad de atacar a Estados Unidos ha sido exagerada.

“Si alguna vez iban a representar una amenaza existencial para Estados Unidos es debido a que nuestra presencia en Somalia así lo causó”, dijo el capitán Rohrbach, el SEAL en activo.

Funcionarios estadounidenses dicen que la experiencia en Afganistán muestra que el éxito no puede definirse como la reconstrucción de un gobierno o una sociedad y que la misión en Somalia ya ha redituado al afectar a Al Shabab. Goodboe, según sus amigos, evaluaba su trabajo con un parámetro similar: si los terroristas eran capaces de amenazar a Estados Unidos o sus ciudadanos.

Aún así, algunos analistas dicen que Estados Unidos debe considerar un enfoque totalmente nuevo en Somalia, incluido un arreglo político con Al Shabab, y así evitar quedar atrapados en otra “guerra eterna” con un final vergonzoso.

Un muro conmemorativo en la sede de la CIA en Langley, Virginia, rinde honores a los que murieron en servicio. Muestra 137 estrellas, cuatro de ellas añadidas en mayo pasado. Era un último tributo a Goodboe, aunque anónimo, pues la identidad de esos cuatro agentes sigue siendo clasificada.

Se cree que el ingeniero Ismail sigue prófugo. En el último atentado con bomba de Al Shabab, el 25 de septiembre, un atacante suicida arremetió contra un puesto de control en el centro de Mogadiscio, a unos cientos de metros de la residencia presidencial. Murieron ocho personas, entre ellas una mujer y dos niños.



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