Cultura

La noche en que se salvó Notre Dam

2019-04-18

El martes amanece gris y frío, como el ánimo de todos en Notre Dame. Los restos...

Por SILVIA AYUSO, El País

París 18 ABR 2019 - 19:46    CEST Nadie que pise los restos de Notre Dame sale indemne. Ya sean obispos, políticos, expertos, bomberos o los pocos periodistas que han tenido acceso a la catedral incendiada la noche del lunes, todos salen con el gesto sombrío y el corazón encogido. Tan grandes son los daños. Pero podría haber sido peor. Por unas horas, se creyeron perdidos ocho siglos de historia de París, de Francia, de Europa. No fue así. Este es un relato de los acontecimientos que se sucedieron durante la noche en que pudo arder París, pero se logró salvar Notre Dame.

LA ALARMA. Es Lunes Santo y un París inundado de turistas de Semana Santa —por sus calles se pasea hasta Michelle Obama, que al día siguiente presenta sus memorias en la capital francesa— empieza a cerrar en calma la jornada. A las 18.00 horas, en Notre Dame, aunque las visitas ya han concluido, sigue habiendo gente. Acaba de comenzar una misa. Poco antes, a las 17.50, el último obrero que trabaja en las obras de restauración iniciadas el año pasado —debido a las cuales se erigen varias toneladas de andamios sobre el tejado de la catedral— abandona la zona, tras apagar la electricidad de los dos ascensores del andamiaje y el alumbrado de la obra, según la empresa responsable de los trabajos. Toda la estructura que sostiene el techo de la catedral es de madera centenaria, por lo que las medidas de precaución son extremas. “Tenemos vigilantes que van tres veces al día a la cubierta para verificar que no arde”, explica el rector de la catedral, Patrick Chauvet. La primera alarma suena a las 18.20. “Pero no se constata ningún fuego”, contará después el fiscal de París, Rémi Heitz, cuya oficina ha priorizado en todo momento la tesis del accidente. Aun así, se decide evacuar preventivamente el templo. A las 18.43, suena la segunda alarma. Los vigilantes vuelven a subir. “Allí, ya se constata el fuego a nivel de la cubierta”, recita Heitz. “Pero era demasiado tarde, ya había fuego y no se podía hacer nada. Una cubierta del siglo XIII arde rápido”, se resigna Chauvet.

¡FUEGO! El rector de Notre Dame acababa de salir de la catedral cuando un comerciante de la calle aledaña le llama la atención. “Me dice: ‘Monseñor, hay humo saliendo de la iglesia’. Volví de inmediato, eran las siete menos diez y fui al presbiterio a ver qué pasaba. Ya habían llamado a los bomberos”. La primera reacción de Olivier de Châlus en cuanto oyó que salía humo de la catedral también fue “precipitarse” hacia el monumento al que ha consagrado su vida. “Fui uno de los primeros en llegar”, cuenta este doctorando en Historia Medieval que lleva 10 años trabajando como jefe de los guías de Notre Dame. “El fuego había empezado a ganar, las brasas caían sobre la plaza y nos vimos obligados a alejarnos hasta el fondo, donde permanecimos horas de pie viendo cómo ardía la catedral, sin poder hacer nada”. Una angustia compartida por miles de personas que asisten desde los alrededores, también impotentes, al espectáculo de las llamas devorando Notre Dame. “En el momento en que el tejado se hunde, se escucha un grito de estupor que la gente no puede reprimir”, recuerda el fotógrafo Geoffroy Van der Hasselt, que, en cuanto vio cómo sobre el cielo de París se erigía una columna de “humo amarillo y verde”, decide acercarse a la catedral. Poco después, cuando adivina que el hundimiento de la aguja es inminente, se prepara. “Estoy concentrado, esperando el momento en que caiga y saco una ráfaga de fotos”. La imagen que capta abrirá las portadas de periódicos de medio mundo el día siguiente. Para entonces, sobre las 20.00, los bomberos llevan ya una hora luchando contra el fuego. Acompañados por los cánticos religiosos que, de forma espontánea, entonan miles de espectadores, librarán una batalla que durará nueve horas, hasta que de madrugada, a las 3.30, se atreven a declarar el incendio controlado —que no completamente apagado—. Alrededor de 400 bomberos y 18 bombas de agua trabajarán todo ese tiempo de manera incansable. Pero el destino de Notre Dame se decide en mucho menos tiempo.

EL CUARTO DE HORA DE LA VERDAD. “Todo se jugó en un cuarto de hora, no más de media hora”, revelará después el secretario de Estado de Interior, Laurent Nuñez. El fuego ha llegado a la torre norte y, si esta cae, caerá todo el edificio. En la célula de crisis instalada junto a la catedral, las máximas autoridades del país escuchan al general de los bomberos, Jean-Claude Gallet. Está hasta el presidente, Emmanuel Macron, que por el incendio ha cancelado el discurso crucial que iba a pronunciar esa noche con medidas clave para paliar la crisis de los chalecos amarillos. “El general dice que, para salvar las torres, hay que intervenir y hacer subir a 10 hombres, con un riesgo consentido. Es decir, 10 hombres que no sabemos si volverán a bajar. Es un momento… Nadie habla, todos confiamos en él”, relata la alcaldesa de París, Anne Hidalgo. A las 22.50, un suspiro de alivio. El fuego en las torres ha sido contenido. Salvar Notre Dame empieza a parecer plausible.

EL DÍA DESPUÉS. El martes amanece gris y frío, como el ánimo de todos en Notre Dame. Los restos carbonizados del tejado cubren toda la plaza frente a la catedral. Dentro, la imagen es más dantesca aún. “Sobre la nave hay dos agujeros enormes, como si una bomba hubiera caído sobre la catedral”, relata el rector. Aun así, hay algunas buenas noticias. Se han logrado salvar las principales reliquias, algunas sacadas en brazos por los propios bomberos, y los rosetones no corren peligro inmediato. Tampoco se ha dañado el órgano. Incluso, se ha hallado el gallo que coronaba la malograda aguja. La noticia no anima a muchos de los bomberos que siguen trabajando sin descanso. “Hicimos lo que pudimos, pero estoy triste”, susurra uno, a pesar de que les han prohibido hablar con los medios. Aunque tiene seis años de experiencia, reconoce: “Este fuego no lo olvidaré jamás”. Pocos lo harán.
 



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