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‘Pelé’: la sombra de ‘O Rei’

2021-02-21

Pelé revitalizó el espíritu de su pueblo al ganar tres Mundiales, el primero a...

Alejandro Wall, The Washington Post

Pelé entra a escena agarrado de un andador. Hay una silla vacía que acomoda con dificultad para sentarse en un salón amplio al que el sol entra tenue a través de las cortinas. Es la sombra de “O Rei”, que empuja el andador con la fuerza suficiente para contar su historia. Es el inicio de Pelé, el documental que estrenará Netflix el 23 de febrero en América Latina, de los directores David Tryhorn y Ben Nicholas —producida por Kevin Macdonald—, y que cuenta la historia de un hombre que, como él mismo dirá, no era Superman, no era milagroso, pero que tuvo el don —y él además dirá que fue Dios quien le entregó ese don— de jugar (con maestría) al fútbol. Y que ahora apenas puede caminar, pero que tiene memoria. Un mito.

Edson Arantes Do Nascimento nació hace 80 años en Três Corações, en el estado de Minas Gerais, Brasil, y cuando era chico trabajó como lustrador de zapatos, para lo que usaba una caja que ahora, en Pelé, le funciona como un instrumento de percusión. Dondinho, su padre, era jugador de fútbol. Pero se lesionó cuando Edson era un niño. Hubo que salir a buscar el pan para la casa, aunque el hijo quería ser como el padre. Fue más que el padre, más que un futbolista, fue el jugador que reconstruyó con su fútbol el orgullo herido de Brasil, el que terminó con lo que el dramaturgo Nelson Rodrigues llamaba el complexo vira-lata, el complejo del perro callejero: un país gigante que se sentía en estado de inferioridad.

Pelé revitalizó el espíritu de su pueblo al ganar tres Mundiales, el primero a los 17 años, y anotó 1,283 goles en 1,367 partidos. Todo ese recorrido podría empezar durante el Mundial de Brasil 1950, cuando Uruguay silenció al estadio Maracaná al vencer al anfitrión y Pelé, mientras escuchaba la radio, le prometía a su padre que él sería campeón del mundo. O podría empezar en Suecia 1958, cuando lo consiguió por primera vez, y seguir en Chile 1962, donde repitió aunque se lesionó después del primer partido. Pero todo ese camino en Pelé es el conducto que lleva a la desembocadura del río más grueso, el de México 70.

Si todo era samba y alegría en ese Brasil, la música se apagó en 1964. ¿Qué le cambió a Pelé el golpe de Estado en su país? Nada, dice. El fútbol siguió igual, dice. El documental cuenta cómo las dictaduras latinoaméricanas de la década de 1970 tuvieron el fútbol a mano. Ocurrió con Augusto Pinochet, quien convirtió al estadio Nacional de Santiago de Chile en un campo de concentración. Con la Junta Militar argentina, que hizo del Mundial 78 un intento para ocultar lo que era un territorio de secuestros y torturas, que ocurrían a metros del estadio donde se jugaba la final. Y con la dictadura uruguaya, que organizó el Mundialito de 1981.

Emílio Garrastazu Médici, el dictador más cruento de Brasil, necesitó a Pelé, que había decidido no jugar más Mundiales después de la eliminación en la primera ronda en Inglaterra 1966. Hubo muchos llamados del gobierno, como admitió “O Rei”, y él volvió. Quedó a las órdenes de João Saldanha, un periodista que había aprendido de táctica mientras asistía al húngaro Izidor “Dori” Kürschner en el equipo Botafogo. Saldanha, no lo dice el documental, fue miembro activo del Partido Comunista Brasileño. Y mandaba a Pelé al banco. Su argumento: Pelé tenía que descansar. Pero Pelé, para la dictadura, tenía que jugar. Saldanha insistía: Pelé tiene problemas en la vista, se está quedando ciego. “Yo no armo el gabinete, que Médici no me arme el equipo”, decía ante las presiones. Fue su final. Médici, a través de João Havelange, entonces presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, echó a Saldanha y contrató a Mário Zagallo, un excompañero de Pelé que armó un nuevo cuerpo técnico, incluso con militares, como el capitán del Ejército Claudio Coutinho, quien luego sería entrenador.

Brasil en ese Mundial fue el éxtasis del futebol arte, una sinfonía; cada movimiento era armónico y efectivo. Y ahí estaba Pelé. No hubo un campeón del mundo igual. Pero la cuestión era si el triunfo de Brasil era también el triunfo de la dictadura, esas contradicciones que el fútbol entrega tan seguido. Un periodista, José Trajano, lo expone en el documental: “Imaginábamos que si Brasil ganaba eso fortalecería a la dictadura, y ninguno de nosotros quería eso. Pero el fútbol es una locura. Cuando el balón comienza a rodar, te olvidas de eso”.

Pelé no se negó a las fotos con Médici después de su gol 1,000, contra Vasco da Gama, y de su regreso con la Copa del mundo. “Su comportamiento era como el de un negro sumiso”, lo critica Paulo Cézar Lima, “Caju”. Es el más duro con Pelé en una película que tiende a la disculpa con “O Rei”. Fernando Henrique Cardoso, expresidente de Brasil (1995-2003), dice que el astro no se identificó con ningún gobierno. Pero Pelé fue su ministro de Deportes entre 1994 y 1998.

El cantautor Gilberto Gil eligió, en cambio, una imagen más poética: “Pelé era una estrella brillante que resplandecía en ese cielo negro de la vida brasileña”.

Excepto porque relata que en Suecia las niñas lo tocaban para ver si su piel se desteñía, el documental no aborda la trama de racismo de esos años. Como lo cuenta Angelica Basthi en el libro Pelé, estrella negra en campos verdes, “O Rei” no quería que lo llamaran —como lo llamaban— “Gasolina”. Tampoco “Alemao” (alemán), su primer apodo —irónico— en el Santos, el equipo donde hizo sus mejores acrobacias. Y tampoco quería llamarse Pelé porque quería ser solo Edson. Pero así como no confrontó a la dictadura tampoco fue un activista contra el racismo. Como lo fue Muhammad Ali, como lo es Lebron James. Juca Kfouri, uno de los periodistas más respetados en Brasil, dice en el documental que Ali sabía que no sería secuestrado, que Pelé no tenía garantías de eso. Es cierto, pero Ali pudo haber sido detenido y, por negarse a ir a la guerra de Vietnam, le quitaron sus coronas. Pelé, en todo caso, fue siempre más parecido a Michael Jordan.

Al final de todo llegó al equipo Cosmos, en Estados Unidos. Lo auspició Henry Kissinger, el secretario de Estado de ese país que más apoyó a las dictaduras en América Latina. También Pepsi, Warner y MasterCard. Pelé ayudaría al ascenso de João Havelange a la Federación Internacional de Fútbol Asociación y se convertiría con el tiempo en la imagen de las grandes corporaciones. “Hice más por Brasil que los políticos”, se defiende Pelé. Pero en esa idea de abstención subyace una trampa, una elección cercana al poder. La última: entregarle una camiseta al presidente brasileño, Jair Bolsonaro. Tal vez porque, hasta en su título nobiliario, no era solo parte del sistema. Pelé, el gran mito del fútbol brasileño, era el sistema.



JMRS