Deportes

La ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos se celebró casi sin público

2021-07-23

Casi todas las pruebas, igual que la ceremonia de apertura, se celebrarán sin espectadores,...

Por Motoko Rich | The New York Times

TOKIO — La ceremonia de apertura de la 32ª edición de los Juegos Olímpicos de Verano se desarrolló de forma discreta el viernes por la noche en un estadio casi vacío en Tokio, e inauguró unos Juegos que se han retrasado un año y cuyo ambiente se ha visto mermado por una tenaz pandemia.

Con una asistencia limitada a menos de 1000 dignatarios, periodistas y otros invitados en un estadio olímpico con capacidad para 68,000 personas, la pieza central de la ceremonia —el desfile de los atletas— se escenificó íntegramente para la televisión.

Los atletas con mascarillas, muchos de ellos en contingentes reducidos para preservar el distanciamiento social, saludaron a los inexistentes aficionados al desfilar. Bailarines con trajes y sombreros de color pastel fueron el único estímulo en vivo durante lo que normalmente es un exuberante desfile ante un público que los aclama.

Tan notables como los hinchas ausentes fueron los destacados líderes políticos y empresariales que decidieron no asistir, preocupados por ser vistos como partidarios de un evento que ha perdido gran parte de su significado entre un público japonés agotado por la pandemia y ampliamente opuesto a los Juegos.

Aunque algunas competencias comenzaron a principios de esta semana, la ceremonia del viernes representó el inicio oficial de los Juegos Olímpicos, en los que se espera que participen más de 11,000 atletas de 205 países en 33 deportes durante las próximas dos semanas.

Casi todas las pruebas, igual que la ceremonia de apertura, se celebrarán sin espectadores, y los atletas competirán bajo estrictos protocolos que limitan sus movimientos.

Normalmente son los olímpicos los que se enfrentan a considerables dificultades, pero esta vez han sido también los organizadores los que han librado una ardua batalla para llegar a este momento. Lo que debía ser un escaparate de la reluciente eficiencia de Japón, su cultura de servicio superior y su atractivo como destino turístico, se ha visto inundado por los temores de infección y los escándalos del comité anfitrión.

La ceremonia de apertura suele ser la oportunidad del país anfitrión para lucirse: pensemos en los regimentados tambores de Pekín en 2008 o en las enfermeras del Servicio Nacional de Salud de Londres bailando cuatro años después. Pero los organizadores de Tokio ofrecieron un espectáculo más sencillo.

En un momento de silencio, un locutor pidió a los espectadores de todo el mundo que recordaran a los fallecidos por la COVID-19 y a los atletas que habían muerto en olimpiadas anteriores, incluidos los atletas israelíes asesinados durante un ataque terrorista en los Juegos de Múnich en 1972.

Aunque no se mencionó explícitamente hasta que los organizadores pronunciaron sus discursos, la ceremonia invocó el marco original de la candidatura olímpica de Tokio: como símbolo de la recuperación del país tras el devastador terremoto, tsunami y desastre nuclear de Fukushima en 2011. Una única figura vestida de blanco y con un maquillaje fantasmal bailó sobre una plataforma en el centro del campo mientras ondas de luz recorrían el estadio.

Y con drones iluminados sobre el estadio formando un enorme globo terráqueo giratorio, una interpretación de “Imagine” cantada en las pantallas gigantes por artistas como Angélique Kidjo, John Legend y Keith Urban, y palomas de confeti que caían del cielo, los organizadores intentaban claramente desviar el mensaje de los Juegos lejos de la pandemia y los escándalos y hacia temas más anodinos como la paz y la armonía mundial.

Pero ese mensaje puede tener poca resonancia entre el público japonés, ya que las infecciones por el coronavirus en Tokio han aumentado a su máximo número en seis meses y la distribución de la vacuna en el país ha avanzado lentamente.

En los momentos más tranquilos de la ceremonia, se pudo oír a los manifestantes fuera del estadio gritar “Paren las Olimpiadas” a través de megáfonos.

“No puedo pensar en ningún significado o importancia de por qué estamos haciendo todo esto”, dijo Kaori Hayashi, profesora de sociología y estudios de medios de comunicación en la Universidad de Tokio. “Más o menos empezamos con la recuperación de Fukushima, pero eso está completamente olvidado. Y ahora queremos mostrar al mundo que hemos superado la COVID-19, pero aún no la hemos superado del todo”.

Aunque la pandemia ha supuesto un reto sin precedentes para los organizadores de los Juegos, no ha sido ni mucho menos el único.

Justo un día antes de los festejos de apertura, el comité organizador despidió al director creativo de la ceremonia después de que saliera a la luz que había hecho bromas sobre el Holocausto hace años durante una escena cómica en televisión.

Su despido se produjo pocos días después de que la renuncia de un compositor de la ceremonia —los organizadores retiraron una pieza de cuatro minutos que había escrito— en respuesta a una ruidosa campaña en las redes sociales en la que se lo criticaba por haber acosado gravemente a compañeros discapacitados durante sus años escolares.

Estos fueron solo los últimos escándalos de una larga serie de contratiempos. Dos años después de ganar la licitación, el gobierno abandonó el elegante diseño de un estadio, obra de la famosa arquitecta Zaha Hadid, debido a los costos cada vez mayores. Los organizadores tuvieron que descartar su primer logotipo tras acusaciones de plagio. Fiscales franceses acusaron al presidente del Comité Olímpico de Japón de cargos de corrupción relacionados con el proceso de la candidatura. Por temor al calor extremo en Tokio, el Comité Olímpico Internacional trasladó el maratón a Sapporo, en la isla del norte de Japón, a 800 kilómetros del Estadio Olímpico. Y el presidente del comité organizador de Tokio se vio obligado a renunciar tras hacer comentarios sexistas.

Sin embargo, ahora que los Juegos han llegado por fin, el mero espectáculo del mayor evento deportivo del mundo empezó a dejar de lado esas cuestiones.

La noche anterior a la ceremonia de apertura, Aya Kitamura, de 37 años, intérprete de música tradicional japonesa, se dirigió en bicicleta al Estadio Olímpico para conseguir el mejor punto de observación desde el exterior del recinto.

“Por supuesto, comprendo que haya muchas opiniones sobre los Juegos Olímpicos”, dijo Kitamura, que relató que sus padres le habían contado a menudo anécdotas sobre los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964. “Pero a medida que se acercan los Juegos, creo que todo el mundo se emociona un poco más día a día”.

La ausencia de espectadores decepcionó a algunos que dijeron no entender por qué las Olimpiadas eran diferentes de otros eventos deportivos recientes a los que asistieron grandes multitudes en Europa, donde las tasas de infección siguen siendo más altas que en Japón.

“Es un poco injusto que solo un número limitado de personas pueda ver la ceremonia de apertura”, dijo Hinako Tamai, de 19 años, una voluntaria olímpica que ayudaba a guiar a los medios de comunicación en el estadio el viernes por la noche. “Pero debido a la covid, no hay mucho que podamos hacer”.

Entre los centenares de personas que se acomodaron en el Estadio Olímpico de 1400 millones de dólares para la ceremonia de apertura del viernes, se encontraban el emperador de Japón, Naruhito, que inauguró oficialmente los Juegos; la primera dama estadounidense, Jill Biden; el presidente de Francia, Emmanuel Macron, cuya capital, París, acogerá los próximos Juegos de Verano, en 2024; y Tedros Adhanom Ghebreyesus, el director general de la Organización Mundial de la Salud.

Pero varios posibles asistentes de alto nivel declararon que no estarían presentes, entre ellos Akio Toyoda, director ejecutivo de Toyota, un destacado patrocinador de las Olimpiadas que decidió no emitir anuncios televisivos con temática olímpica en Japón. Shinzo Abe, el ex primer ministro que ayudó a Tokio a conseguir la candidatura para los Juegos, también decidió no acudir.

Varios dignatarios extranjeros, entre ellos la princesa Ana de Inglaterra y el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, decidieron no asistir, alegando restricciones por el coronavirus. Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur, canceló una visita prevista tras ser insultado por un diplomático japonés.

Incluso si los Juegos Olímpicos evitan convertirse en un evento superpropagador, será difícil que escapen de la sombra de la pandemia a medida que la variante delta se extienda y los recuentos diarios de nuevos casos en la Villa Olímpica aumenten la ansiedad.

“Realmente siento que la pandemia, pase lo que pase, deja la impresión de que se prioriza el dinero sobre la salud pública”, dijo Jessamyn R. Abel, profesora asociada de estudios asiáticos en la Universidad Estatal de Pensilvania.

Aunque la decisión de seguir adelante con los Juegos en medio de una pandemia ha centrado la atención en los miles de millones de dólares que están en juego para el Comité Olímpico Internacional, el escrutinio de la atención internacional también ha sido duro para Japón en algunos momentos.

El retraso de un año ha sacado a la luz problemas sociales como el sexismo en un país en el que casi todos los altos cargos están ocupados por hombres mayores, así como la resistencia del gobierno conservador a reconocer los derechos de homosexuales y transexuales.

Pero en un aspecto, los organizadores parecían haber adoptado una perspectiva más moderna.

En el estadio marcharon como abanderados de Japón Rui Hachimura, la estrella de baloncesto que juega en los Washington Wizards, de ascendencia mestiza, y Yui Susaki, una luchadora. Hachimura es solo uno de los varios atletas mestizos —Naomi Osaka, que encendió el pebetero olímpico, es la más destacada— que representan a un Japón mayoritariamente homogéneo en los Juegos Olímpicos.

Sin embargo, la fanfarria solo puede llegar hasta cierto punto con un público receloso. Kentaro Tanaka, de 28 años, un consultor de Tokio que paseaba a su perro cerca del Estadio Olímpico la noche anterior a la inauguración, dijo que le gustaba el fútbol y que pensaba ver los partidos, pero que cuestionaba las prioridades de las autoridades.

“¿No hay otras cosas en las que el gobierno tiene que trabajar?”, dijo Tanaka, antes de preguntarse en voz alta cuándo podría conseguir por fin una cita para vacunarse.



Jamileth