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En la economía del coronavirus solo es posible tener una cosa: hijos o empleo. ¿Por qué nadie habla sobre esto?

2020-07-09

Debería ser obvio, pero una condición previa no negociable para “retornar a la...

Por Deb Perelman | The New York Times

La semana pasada recibí un correo electrónico del director de la escuela de mis hijos en el que nos comentaba sobre algunos de los primeros detalles para reabrir las escuelas de la ciudad de Nueva York dentro de unos meses. El mensaje explicaba que el Departamento de Educación de la ciudad, de acuerdo con los lineamientos federales, requerirá que cada estudiante tenga un espacio de seis metros cuadrados en el aula. No todos podrán estar en el edificio al mismo tiempo. El resultado es que mis hijos podrán asistir físicamente a la escuela una de cada tres semanas.

Al mismo tiempo, al parecer, muchos adultos —al menos los que tienen la suerte de haber conservado su empleo— estarán de regreso en la oficina cuando la economía se reactive. Lo que me desconcierta es que estos dos planes avanzan a buen ritmo sin considerar a los padres que trabajan, quienes quedarán atrapados en este mecanismo cuando entre en marcha.

Permítanme hablar con claridad de lo que no se dice; en la economía de la COVID-19 solo puedes tener una cosa: hijos o empleo.

¿Por qué nadie habla sobre esto? ¿Por qué no escuchamos un alarido primitivo tan ensordecedor que no se pueda implementar ninguna política de trabajo sin escuchar a la gente afectada por ella? ¿Por qué yo, una bloguera de recetas mejor conocida por éxitos como “Masa para pay suave con mucha mantequilla” y el pastel “Se me antoja un pastel de chocolate”, es quien alerta sobre esto? Creo que es porque cuando estamos escolarizando en la casa todo el día sin llevar a cabo el trabajo para el que nos contrataron sino hasta la madrugada, y lo hacemos durante 106 días sin parar (no es que lleve la cuenta), podríamos estar demasiado exhaustos como para canalizar nuestro coraje de manera eficaz.

He refunfuñado sobre esto durante meses: en mensajes de texto para grupos, en grupos secretos de Facebook para madres, cuando me topo en la calle y converso con la madre de algún amigo de mis hijos. Todas nos preguntamos por qué no estamos haciendo más alboroto. El consenso es que todos concuerdan en que esto es una catástrofe, pero que estamos demasiado agotados para alzar la voz más allá de un gemido, mucho menos para gritarlo por un megáfono. Todo mundo confiesa estar desgastado, abatido y sintiéndose como si estuviera volviéndose loco, y sabe en su interior que esto es insostenible.

Debería ser obvio, pero una condición previa no negociable para “retornar a la normalidad “es que las familias también necesitan regresar a la normalidad. Pero tan pronto como lo expresas, rápidamente la conversación se ve empañada con el tipo de argumentos tangenciales e irrelevantes que no se aceptarían en ningún grupo de debate escolar.

“Pero ni siquiera sabemos si es seguro volver a mandar a los niños a la escuela” es un argumento totalmente correcto, pero no es el tema fundamental. La otra cara más triste de la moneda —la amiga que me dijo que si la escuela de sus hijos vuelve a abrir, ellos van a volver a ir aunque no sea seguro porque ella no puede darse el lujo de dejar de trabajar— se aproxima más.

“¿Por qué quieren que se enfermen las maestras?” tampoco es mi plan, pero es difícil imaginar que un sistema en donde cada niño pasará dos de cada tres semanas en manos de varios cuidadores solo para volver a coincidir en un aula, lo cual aumenta al infinito la posible cantidad de interacciones que pueden transmitir el virus, protegería más a un maestro que un grupo fijo de alumnos todas las semanas cuyas interacciones externas están restringidas al mínimo.

“No deberías tener hijos si no puedes cuidarlos” es algo que diría un trol y casi da risa, pero ha surgido con tanta frecuencia que cabe la pregunta de si esperan que les demos clases a nuestros hijos en las noches. O tal vez deberíamos haber pagado alguna guardería para todas las edades que se quedara vacía mientras los niños estuvieran en la escuela, pero que sirviera en el caso de que la escuela que permanece abierta gracias a tus impuestos y que requiere, por ley, que tu hijo asista cerrase de manera repentina durante todo el año.

“¿Por qué no disfrutas el tiempo de calidad adicional con tu hijo?” deja al descubierto lo que en realidad subyace a la superficie: una idea retrógrada de que quizás algunos padres (se refieren en realidad a la mamá) no deberían trabajar, que hacerlo es muy malo para los niños, que es egoísta pretender beneficios financieros (o solvencia, como te dirán las madres y padres que trabajan). Es un sentir tan vinculado a nuestra psique cultural que hacer la insinuación racional de que no tendríamos que abandonar una profesión o un medio de subsistencia si las oficinas vuelven a abrir antes que las escuelas, las guarderías o los campamentos se consideran una oportunidad para volver a debatir al respecto.

No lo es, y también estás fuera del grupo de debate.

He sabido de algunos padres que tienen la suerte de que algún abuelo pueda salir al rescate o tienen el dinero suficiente para pagar una niñera de tiempo completo o un tutor particular para su hijo cuando las escuelas están cerradas. Todo eso suena envidiable, pero sería absurdo dejar que la política la determinen personas que tienen algún respaldo. Si tienes el privilegio de renunciar al trabajo y deseas hacerlo, perfecto. Pero no lo esgrimas como un arma para azuzar a los demás porque muchas más personas se están viendo obligadas a dejar de trabajar este año y nunca se recuperarán ni financiera ni profesionalmente.

Me molestan los artículos que consideran las dificultades de los padres que trabajan durante este año como un tema sentimental. No estamos desgastados porque la vida sea difícil este año. Lo estamos porque nos arrolla una economía que ha declarado de manera incomprensible que los padres que trabajan no son esenciales.

Maestros de medio tiempo, padres de tiempo completo

Para ponerlo en contexto, permítanme contarles cómo han sido los últimos meses para mi familia. Las primeras semanas del cierre de escuelas y las empresas fueron estresantes al máximo. Yo trabajo por mi cuenta y ya trabajaba de tiempo completo desde mi casa, así que esa parte no necesitó transición alguna. Pero tenía que usar esta flexibilidad para asegurarme de que mi esposo, quien normalmente habría estado en la oficina, no se perdiera de ninguna reunión, llamada o correo electrónico, al mismo tiempo que gestionaba el programa curricular de aprendizaje a distancia de nuestros dos hijos, uno en preescolar y uno en quinto grado. Lo compensaba al trabajar hasta cerca de las dos de la madrugada todas las noches.

Tres semanas después, se evaporó nuestro estrés marital de mantener un equilibrio con el trabajo cuando mi esposo fue puesto en licencia sin goce de sueldo. Él se encargó de la escolaridad en casa e hizo casi todo lo demás mientras yo me convertí en la única proveedora e intentaba trabajar tanto como podía en todo momento. Hace unas semanas, terminaron por despedirlo.

A pesar de nuestra presión económica, hemos pagado a la niñera que nos ayudaba a llevar a los niños a sus clases mientras trabajábamos, aunque desde marzo no ha trabajado con nosotros. Incluso si le pidiéramos su ayuda en la escolaridad en casa este otoño, ¿quién lo haría para sus hijos en edad escolar? ¿Cuándo podrá mi esposo buscar trabajo? ¿Cómo puede regresar a trabajar si no hay nadie que cuide a los niños?

Y yo hablo desde una posición privilegiada. Hasta hace poco, éramos una familia con dos ingresos y con ahorros, pagábamos más del mínimo de las horas que necesitábamos cada día para el cuidado de los niños solo para tener cubiertos los imprevistos y vivíamos en una de las ciudades más caras del mundo. Tenemos computadoras, tabletas, wifi y no lo pensamos dos veces antes de hacer compras de pánico de lápices, papel, marcadores y cualquier cosa que pensáramos pudieran necesitar los niños.

Pero mi familia, como una unidad social y económica, no puede funcionar para siempre en el marco que las autoridades contemplan para dentro de unos meses. Hay tantas formas en las que la situación que nos ha tocado —en la cual las empresas planean volver a abrir sin debatir sobre las repercusiones para las familias con hijos en edad escolar— es todavía más insostenible para otras personas.

En las mejores circunstancias, de cualquier manera será sumamente considerable el impacto para los niños. Los estudiantes perderán la mayor parte del año de escolaridad, ya que los padres —los nuevos maestros sin capacitación— no pueden supervisarlos de ningún modo satisfactorio mientras ellos mismos tienen reuniones por Zoom con la oficina. En el mejor de los casos, los niños estarán malhumorados e inquietos porque no tienen suficiente actividad física puesto que ahora están atados a los espacios de trabajo de sus padres todo el día y corren por la sala en lugar de al aire libre. Sin interacción social con otros niños, demandan constantemente la atención de sus padres de mala manera, lo que tensa aún más el ambiente en casa. Y estos son escenarios ideales.

¿Pero qué pasa con los niños que no pueden aprender de forma remota? ¿Qué pasa con los niños que necesitan servicios vinculados a las escuelas? ¿O aquellos que tienen un mayor riesgo de complicaciones si contraen el virus y no podrían regresar ni una semana de las tres?

Mientras los planes de aprendizaje para los niños con necesidades especiales no pueden ser seguidos adecuadamente este año, se eliminaron rápidamente las ganancias académicas para muchos estudiantes. El aprendizaje remoto ya ha ampliado las brechas de logros raciales y socioeconómicos debido a las disparidades en el acceso a los tutores tecnológicos. A medida que la economía de la COVID aplasta a los padres, también lo hace con los niños que necesitan más apoyo. No es de extrañar que la Academia Estadounidense de Pediatría haya publicado una declaración que insta a que los estudiantes estén físicamente presentes en la escuela tanto como sea posible este otoño.

Las pérdidas a largo plazo para los adultos profesionales también serán incalculables y afectarán de manera desproporcionada a las madres. Las madres que trabajan sienten que las expulsan de la fuerza laboral o que las obligan a tomar empleos de medio tiempo debido a que sus responsabilidades en casa han aumentado diez veces.

Incluso quienes encontraron una solución a corto plazo porque podían darse el lujo de poner en pausa sus proyectos y profesiones esta primavera para gestionar los efectos de la pandemia —basados en la suposición de que dentro de unos meses habría un retorno a la escuela y a las guarderías— tal vez ahora no tengan más opción que dejar de trabajar. Una amiga acaba de postularse para un empleo y me dice que no puede ni siquiera imaginar cómo podrá hacerlo si sus hijos no regresan de lleno a la escuela. Existe la idea de que la gente puede abandonar su profesión y retomarla donde se quedó, aunque sabemos que las mujeres que dejan el trabajo para cuidar a los niños a menudo tienen problemas para regresar al mercado laboral.

Y para que no crean que todos están contra los maestros, no puedo pensar en un grupo para el cual esta situación sea más injusta. ¿De verdad se espera que los maestros enseñen en las aulas de tiempo completo, pero al mismo tiempo den clases a distancia? Incluso en épocas en las que no hay pandemias, los maestros te dirían que en las noches y los fines de semana ya trabajan tiempo extra para planear y calificar sin que se lo paguen. ¿De dónde, exactamente, salen las horas extra? Para los maestros que además tienen hijos en edad escolar, la situación no solo es insostenible, es imposible.

Los ricos ganan. De nuevo

Sin duda, la reapertura de las escuelas es una tarea colosal. No hay soluciones fáciles para encontrar suficiente espacio para que los estudiantes se distancien socialmente, y asegurar que los maestros y el personal estén protegidos, añadir más lavamanos y personal de limpieza e implementar controles de temperatura, pruebas y rastreo de contactos.

Pero después de casi cuatro meses desde que comenzaron los confinamientos —cuatro meses de trabajar a toda hora, a niveles de estrés notables, mientras nuestros hijos se han quedado sin citas para jugar y parques infantiles y todos los otros estímulos que los ayudan a crecer— la mayoría de los padres se sorprendió al descubrir que los gobiernos estatales no tenían ninguna solución creativa o plausible.

Para los padres que simplemente no pueden resolverlo, nuestra respuesta nacional parece más una novela distópica en la que solo los ricos pueden limitar su exposición y sobrevivir ilesos a la pandemia. Permitir que los lugares de trabajos se vuelvan a abrir mientras las escuelas, los campamentos y las guarderías permanecen cerradas le dice a una generación de padres que trabajan que está bien si pierden sus empleos, seguros y medios de vida en el proceso. Es indignante, y me temo que si no hacemos el mayor ruido posible sobre esto, seremos borrados de la economía.



Jamileth
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