Reportajes

¿Cómo es Tokio afuera de la burbuja olímpica?

2021-08-05

Dentro del cubrebocas, se me acumulaba el sudor en el labio superior. Frente a mí, en el...

Hannah Beech | The New York Times

Las restricciones por la COVID-19 han hecho que Tokio no experimente los Juegos Olímpicos en todo su esplendor.

Afuera de la burbuja olímpica hay una ciudad que no nos quiere.

Al igual que muchas de las decenas de miles de personas que visitan Tokio para asistir a los Juegos Olímpicos, me siento como en un capullo permeable que, en teoría, me mantiene separada de los habitantes de la ciudad. Entre esas personas se encuentra mi madre.

Mientras paso del tenis de mesa al tiro con arco y al taekwondo, de los clavados al boxeo y al levantamiento de pesas, escucho fragmentos de la banda sonora del verano de Tokio: el chillido de las cigarras, las aglomeraciones de los niños en botines que van del fútbol a sus casas o el tintineo de un celular en medio del calor de agosto.

Faltan los sonidos normales que animan una ciudad sede de las Olimpiadas: la ventana entreabierta con una transmisión televisada de una final emocionante o el bar plagado de juerguistas que celebran la última medalla de oro. En Tokio, hay pocas vallas con publicidad de la justa olímpica. Toyota y otras empresas japonesas han interpretado los ánimos y se han abstenido de transmitir anuncios relacionados con los Juegos Olímpicos. Además de los recintos atléticos desperdigados por la capital japonesa, hay pocas señales de que el espectáculo deportivo más grandioso y caro sobre la faz de la Tierra se esté realizando aquí.

Se siente extraño estar en una ciudad sede que le ha dado la espalda con tanta determinación a los Juegos Olímpicos, en especial si se toma en cuenta el sentido japonés de la hospitalidad. No obstante, ¿quién puede culpar a los habitantes de Tokio, entre ellos mi familia y amigos?

Las Olimpiadas tal vez hayan producido 21 medallas de oro para Japón hasta el miércoles en la tarde, entre ellos las victorias de nueve judocas y una patinadora de 13 años. Sin embargo, la gente de Tokio ha quedado aislada de los Juegos Olímpicos. Debido a un estado de emergencia en vigor por el coronavirus, se ha prohibido la presencia de los espectadores. No pueden hacer recorridos por las instalaciones. Las únicas personas que pueden atestiguar cada uno de los récords olímpicos que se baten provienen de afuera, como yo.

La amenaza de la enfermedad, no obstante, la hemos traído nosotros. Las Olimpiadas han coincidido con la cantidad más alta de casos diarios desde que comenzó la pandemia. El primer ministro Yoshihide Suga ha insistido en que la cifra creciente no tiene nada que ver con el influjo de los extranjeros. La mayoría de los casos dentro de la burbuja olímpica son de gente local, contratistas y otras personas que viven en la capital, según las autoridades olímpicas de Japón. Esto quiere decir que los contagios se producen por el ritmo de propagación nacional, una situación que empeora debido a la lenta implementación de la vacuna en el país. Menos de una tercera parte de quienes viven en Japón están completamente vacunados.

Aunque pequeñas multitudes de observadores se reúnen para atisbar el destello de una bicicleta que sale disparada en un evento de BMX o asomarse a través de una cerca del estadio olímpico, muchas otras personas de Tokio han perdido por completo el interés en los Juegos. El domingo, un grupo de manifestantes se reunió cerca del estadio de tenis y gritó consignas antiolímpicas que el viento hizo llegar a la final varonil individual que se estaba llevando a cabo en el interior del recinto. Se realizó otra manifestación enfrente de la residencia del primer ministro.

Los medios japoneses han recurrido al periodismo gotcha (te atrapé), al perseguir a extranjeros que han violado los protocolos de las cuarentenas, han viajado en transporte público o se han quedado en restaurantes cuando se supone que deben comer en sus hoteles. El lunes, la televisora NHK denunció la falta de distanciamiento social en los atiborrados autobuses olímpicos. Aunque las personas que estamos aquí por los Juegos Olímpicos hemos pasado por muchas rondas de pruebas para detectar la COVID-19, no se nos exigió estar vacunados para ingresar al país.

Dentro de la burbuja, la legión de voluntarios, algunos de los cuales no han recibido la vacuna, intentan dar lo mejor de sí. Unos ancianos agitan los brazos con el vigor de lanzadores de cricket —un deporte que todavía no es olímpico— para guiar a un periodista rezagado por un cruce peatonal. Mujeres jóvenes ofrecen líquido antimosquitos y abanicos de papel, así como toallas para el cuello con instrucciones para saber qué hacer en caso de un golpe de calor: “Muévase a una zona fresca, aflójese la ropa y refresque su cuerpo”.

Justo como una burbuja de covid que en teoría mantendrá a Tokio a salvo de nosotros, los guardianes olímpicos pretenden que las Olimpiadas floten al margen de la política. Ninguna protesta debería manchar el podio olímpico, han advertido. Sin embargo, los Juegos Olímpicos en esencia son un acto político de una ciudad o una nación, para bien o para mal. Berlín 1936 expuso el racismo y la malevolencia de la ideología nazi. Tokio 1964 fue cuando Japón anunció que había superado la derrota en la guerra y buscaba la gloria económica. Seúl 1988 exhibió una declaración similar de advenimiento, al igual que Pekín 2008.

¿Qué significarán los juegos de Tokio 2020 celebrados en 2021? Los organizadores han utilizado la “paz” como uno de sus lemas. Es un ideal difícil de debatir. Además, debido a la brutalidad con la que el imperio japonés arrasó por Asia en el siglo pasado, las ambiciones pacíficas valen la pena. En la ceremonia inaugural de las Olimpiadas, en un estadio casi vacío plagado de sobrecostos, las palomas de papel aletearon en el cielo.

El viernes a las 8:15 de la mañana, Japón observará el 76º aniversario del bombardeo atómico estadounidense a Hiroshima, que se cree mató a más de 150,000 personas. En los Juegos de 1964, un corredor nacido en esa fecha fue elegido para encender la llama olímpica.

En esta ocasión, el Comité Olímpico Internacional declinó recordar el estallido de la bomba atómica, que fue sucedido por otro en Nagasaki tres días después, con un momento de silencio, a pesar de que se presentó una solicitud liderada por un exalcalde de Hiroshima.

Una gran parte de Tokio también ardió en los últimos meses de la guerra a causa del bombardeo estadounidense. Mi abuela, que pronto sería una viuda de guerra, recordaba el crepitar de las casas de madera que se consumieron como una hoguera y el modo en que las llamas danzaban cuando las mamparas de papel shoji prendían fuego.

Años atrás, los ataques aéreos japoneses habían destrozado Shanghái. Luego las tropas del imperio japonés se dirigieron a Manchuria, a Filipinas, a Indonesia, dejando tras de sí un rastro sangriento.

Gran parte de lo que verán de Tokio los ocupantes de la burbuja olímpica proviene de la era de la posguerra. Los rascacielos brotaron de las cenizas de la guerra. Muchos recintos deportivos están sobre tierra recuperada como el campo de arquería conocido como Yumenoshima, o isla de los sueños.

Se trata de un Tokio impresionante: todo acero y cristal y atrios elevados, construidos ingeniosamente para soportar los terremotos y con suficientes árboles. Pero es un sitio inflexible, sujeto a innumerables regulaciones y advertencias en letra pequeña. Durante un estado de emergencia se siente especialmente solitario.

El Tokio que falta en estas Olimpiadas, el que no se ve desde los autobuses que van de los estadios a los hoteles, es una ciudad construida a una escala más íntima. Aquí, los edificios tienen adornos de madera y recibidores tan bajos que debes agachar la cabeza para entrar. Son el tipo de lugares agradables donde los choferes de taxis se quitan los guantes blancos al final del día y se sientan al lado de obreros con botas a beber una cerveza o comer un tazón del abundante estofado de vísceras de Tokio.

A finales de la semana pasada, fui a ver el bádminton a la Plaza Deportiva Musashino Forest al poniente de Tokio. Hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial, el vecindario fue bombardeado porque albergaba una fábrica de aeronaves militares (tras un par de versiones posteriores, la empresa propietaria se convirtió en Subaru, el fabricante de aviones y autos).

Cuando la pareja japonesa de dobles mixtos en bádminton venció a sus rivales de Hong Kong para obtener el bronce, un grupo de voluntarios pegó brincos de emoción. Fue un despliegue de patriotismo que sin duda rompió el protocolo olímpico. Pero el día había sido largo y no había espectadores que disfrutaran la victoria.

Luego salí del estadio al calor abrasador. El cuerpo de prensa del bádminton, si se les podía llamar así, se había dispersado. No había nadie cerca, tan solo una fila de carpas blancas y pasillos vacíos que daba más la sensación de un hospital de campaña que de un recinto atlético. El aire cantaba el sonido de los insectos veraniegos. La intensidad de su canturreo tal vez alcanza su tono más alto antes de morir.

Dentro del cubrebocas, se me acumulaba el sudor en el labio superior. Frente a mí, en el camino, un ala de cigarra solitaria destellaba bajo el sol.



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