Reportajes

Bucha, símbolo de muerte y atrocidades por la invasión rusa, vuelve a la vida

2022-05-21

Unos 10,000 residentes han regresado a esta ciudad del este de Ucrania, y la ciudadanía se...

Jane Arraf, The New York Times

Unos 10,000 residentes han regresado a esta ciudad del este de Ucrania, y la ciudadanía se ha volcado a reparar el daño físico y psicológico ocasionado por la ocupación rusa.

BUCHA, Ucrania — La brisa estremece los cerezos en flor en casi todas las cuadras de esta pequeña ciudad y hace que los pétalos blancos revoloteen sobre las calles donde el nuevo pavimento cubre los daños causados por los tanques rusos hace apenas unas semanas.

La primavera ha llegado a Bucha en las seis semanas que han transcurrido desde que los soldados rusos se retiraron de esta comunidad ubicada a las afueras de Kiev, dejando tras de sí fosas comunes de ciudadanos masacrados, muchos de ellos mutilados, así como calles destrozadas y edificios destruidos.

Un atisbo de normalidad ha retornado a la ciudad. En las últimas semanas, los residentes han estado regresando a Bucha y la ciudad está volcada en los trabajos de reparación del daño físico causado por las tropas invasoras rusas y sus armas. Hoy, en las frondosas calles primaverales de la ciudad, es difícil imaginar los horrores que sucedieron.

En una avenida recién pavimentada con líneas de pintura blanca fresca, los cepillos giratorios de una máquina para limpiar calles se llevaban los restos de vidrios rotos y trozos de metralla de hierro. En uno de los vecindarios donde se descubrieron muchos de los casi 400 cuerpos de ciudadanos ucranianos en abril, los técnicos instalaban cables para restablecer el servicio de internet. En una casa, un residente desechaba las partes de tanques rusos destruidos que todavía ensuciaban su jardín.

Eliminar la mayor cantidad posible de rastros de la destrucción causada por la ocupación rusa fue un paso fundamental para sanar las heridas sufridas por los residentes de Bucha, aseguró Taras Shapravsky, funcionario municipal.

Shapravsky afirmó que 4000 residentes permanecieron en la ciudad mientras estuvo ocupada, aterrorizados y muchos de ellos escondidos en los sótanos sin suficiente comida. Incluso después de que los soldados rusos se retiraron, muchos residentes quedaron traumatizados.

“Estaban en muy malas condiciones psicológicas”, dijo Shapravsky. “Los especialistas nos han explicado que cuanto más rápido eliminemos todos los posibles recordatorios de la guerra, más rápido podremos sacar a las personas de esta condición”.

Shapravsky informó que la señal telefónica se reinició pocos días después de la retirada de los rusos, y luego se restablecieron los servicios de agua y electricidad. El funcionario afirma que han regresado unos 10,000 residentes, aproximadamente una cuarta parte de la población que esta pequeña ciudad, ubicada a 32 kilómetros de Kiev, la capital, tenía antes de la guerra.

En una clara señal de que la vida está volviendo a la normalidad, Shapravsky afirmó que la oficina de registro de matrimonios había reabierto sus puertas la semana pasada y que, casi a diario, las parejas están solicitando actas de matrimonio.

Bucha solía ser una ciudad a la que mucha gente se mudaba en busca de una vida más tranquila. Era un lugar donde podían formar familias lejos del bullicio de la capital, a la cual muchos viajaban a diario para trabajar. Era un sitio que las personas de Kiev podían visitar durante un agradable fin de semana para almorzar.

Hace seis años, Sergo Markaryan y su esposa inauguraron Jam Cafe, donde servían comida italiana, ponían jazz antiguo y vendían frascos de mermelada. Markaryan describió al café casi como un hijo, el cual decoró con una mezcla ecléctica de cientos de imágenes y fotos de clientes.

Cuando comenzó la invasión rusa, Markaryan, de 38 años, llevó a su esposa y a su hijo de 3 años a la frontera con Georgia, su país de origen. Como ciudadano georgiano pudo haberse quedado fuera de Ucrania, pero regresó al país como voluntario y envió alimentos al frente de guerra.

Hace dos semanas, cuando se restableció la electricidad, Markaryan regresó a Bucha para ver qué quedaba del café y reparar los daños causados por los soldados rusos.

“Se robaron los cuchillos y los tenedores”, dijo, mientras marcaba los artículos que faltaban. Afirmó que los soldados se llevaron las sillas del local para utilizarlas en los puestos de control y que se habían robado el sistema de sonido. Además, aseguró que a pesar de que los baños funcionaban, los soldados habían defecado en el piso antes de irse.

Dos días antes de su reapertura prevista la semana pasada, el café y su terraza al aire libre lucían impecables y Markaryan probaba el expreso para ver si estaba a la altura.

“Muchas personas han regresado, pero algunas todavía tienen miedo”, dijo Markaryan. “Pero definitivamente todos nos hemos vuelto mucho más fuertes de lo que éramos. Enfrentamos cosas que nunca pensamos que podrían suceder”.

La semana pasada un grupo de trabajadores reparaba las vías en la estación principal de trenes de Bucha. La ciudad es una comunidad cercana a Kiev, la capital que está a unos 32 kilómetros de distancia.

Al otro lado de la ciudad, en medio de una fila de tiendas cerradas con techos puntiagudos y ventanas tapiadas, Mr. B —un local que solía ser un bar de cócteles dirigido por Borys Tkachenko— ha sido reformado y convertido en una cafetería.

Hace un mes, Tkachenko, de 27 años, regresó a Bucha y reparó el techo del local que, como la mayoría de los edificios de la calle, parecía haber sido dañado por la metralla, y descubrió que todavía estaba la máquina de café espresso. Reabrió para vender café, pero cuando los clientes son soldados o trabajadores médicos se los regala.

Tkachenko, quien trabajó en clubes de Florida y Canadá y estudió hotelería en Suiza, abrió el bar con sus ahorros en diciembre pasado. Rusia invadió dos meses después.

Dijo que sabía que tenían que irse cuando su hija de 14 meses comenzó a correr por su apartamento, tapándose los oídos y diciendo “boom, boom, boom” al escuchar las explosiones.

Tkachenko trasladó a su familia hasta la frontera con Eslovaquia, donde finalmente se dirigieron a Suiza. Luego regresó a Ucrania como voluntario, ayudando a enviar suministros al frente y a los civiles desplazados.

“Teníamos grandes planes para este lugar”, dijo Tkachenko, quien a pesar de todo tenía una amplia sonrisa que hacía juego con el tatuaje de su brazo que dice: “Nacido para ser feliz”.

Dijo que cuando terminara la guerra probablemente se reunirá con su esposa e hija en Suiza.

“No veo un futuro aquí en este momento”, dijo.

Aunque la actividad frenética de los residentes y trabajadores de la ciudad ha ayudado a limpiar gran parte de los restos de la ocupación rusa, las cicatrices de lo que sucedió aquí son profundas.

En la esquina de una calle tranquila, reposaba un ramo de lirios de los valles y dientes de león sobre un pañuelo floreado en un modesto monumento conmemorativo en la acera.

Volodímir Abramov, de 39 años, afirmó que el monumento honra a su cuñado, Oleh Abramov, a quien los soldados rusos sacaron de su casa a punta de pistola, le ordenaron arrodillarse y le dispararon. (Oleh Abramov y su esposa, Iryna, son mencionados en un artículo del Times publicado este mes).

“Ni siquiera fue interrogado”, contó.

El hogar de Abramov fue destruido por soldados rusos, quienes arrojaron granadas dentro de la casa. Sin embargo, aseguró que eso no era nada en comparación con el sufrimiento de su hermana de 48 años, Iryna Abramova, quien perdió a su esposo y su casa.

“Trato de ayudarla y cuidarla para evitar que se suicide”, dijo. “Le digo que su esposo la está mirando desde el cielo”.

Abramov, quien es vidriero, dijo que ahora se preguntaba si debía reconstruir su casa. “Quiero huir de aquí”, confesó.

Afuera de la morgue de la ciudad, donde los investigadores franceses y ucranianos todavía trabajan para identificar los cuerpos de las masacres de las tropas rusas, un pequeño grupo de residentes se reunió con la esperanza de averiguar qué sucedió con sus familiares.

Yulia Monastyrska, de 29 años, dijo que había venido con el fin de tratar de obtener un certificado de defunción para su esposo, cuyo cuerpo estaba entre los cadáveres que fueron descubiertos en abril. Tenía las manos atadas, le habían disparado en la espalda y las piernas, y uno de sus ojos estaba quemado, dijo.

Monastyrska dijo que su esposo, Ivan, era un operador de grúa que desapareció mientras ella y su hija de 7 años, Oleksandra, se escondían en el sótano de su edificio de apartamentos.

Oleksandra, con anteojos y tenis con dibujos de princesas, se reclinó contra su madre mientras escuchaba detalles que ahora le eran familiares.

“Hasta donde yo sé, todos quieren volver, pero aún tienen miedo”, dijo Monastyrska. “Aquí nacimos, aquí vivimos, y pasaron muchas cosas buenas aquí”.

Los fiscales encontraron su identificación militar, sucia y mohosa, en un sótano donde los rusos tenían prisioneros.

Sollozando, dijo que la última vez que habló por teléfono con su hijo, en marzo, le había dicho que le estaban disparando. En su apartamento, hay un agujero de bala en la ventana, en el que se había grabado la señal de la cruz.

Kozak, quien trabaja como cocinera, dijo que planeaba quedarse en Bucha hasta encontrar a su hijo.

“Estoy segura de que está vivo, 100 por ciento segura”, dijo. “Siento que está en algún lugar, pero no sé dónde”.



JMRS