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La revelación que nos sorprende


2022-09-15

Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong 

Dios no es como los hombres. Su amor es siempre sorprendente.

Hoy nos sentimos como esa gente que tenía hambre de la palabra y se las ingeniaba para encontrar a Jesús, a fin de no perderse ninguna de sus enseñanzas. Y nos quedamos sin palabras al ser sorprendidos por la belleza de su evangelio.

Nos encontramos ahora no sólo delante de una lección sino delante de una revelación. La parábola del hijo pródigo no sólo es una enseñanza que nos sorprende por la manera tan íntima y tan original como nos va mostrando el corazón misericordioso del Padre, sino que es una revelación que nos lleva a reconocer que nosotros somos ese hijo menor (o ese hijo mayor), cuando, a pesar de nuestras miserias, hemos sido amados de manera incondicional por el Padre del cielo que siempre espera nuestro regreso.

Las Sagradas Escrituras, desde el Antiguo Testamento, venían desvelando el rostro de Dios, pero con esta parábola llegamos al culmen de este anuncio cuando Jesucristo presenta a Dios como un verdadero Padre que nunca pierde la esperanza de recuperar a sus hijos, cuando han tenido la osadía de desconocerlo y romper con Él.

Cuánta bondad y cuánta ternura refleja el amor del Padre que sabe esperar y que se mantiene siempre en el amor. Qué difícil es mantener una mirada de amor cuando nos agreden, cuando nos lastiman, cuando nos abandonan. Qué difícil llegar a decir: “no sabe lo que hace”, sobre todo porque sentimos cómo una espada atraviesa nuestro corazón.

Conservar la mirada limpia, mantener la esperanza, ver un poquito más allá de la injusticia y la falta que cometen los demás: ese parece ser el mensaje de una de las enseñanzas más memorables de Jesús.

Así nos ama y nos espera el Padre y, lo más sorprendente e inaudito: nos recibe con honores cuando volvemos a la familia, cuando regresamos a sus brazos, después de haber lapidado toda nuestra fortuna.

El Padre festeja como si de verdad lo amáramos. Muchas veces resulta que regresamos a Él porque tenemos hambre, porque ya no tenemos nada, y no necesariamente porque lo amemos. Pero nos recibe porque su naturaleza es amar, no castigar, no reprochar, sino envolvernos en su divino amor.

El pecado que cometemos condiciona nuestra mirada respecto de Dios. Nos hace pensar que lo que merecemos es el juicio, el rechazo de Dios. Sentimos que lo hemos perdido, que se ha alejado de nosotros, que no merecemos que nos ame.

Y qué sorpresa nos llevamos cuando somos recibidos de una manera que desconcierta, cuando somos recibidos con especial amor porque Dios es rico en misericordia. Cuando pensamos que castiga y que se aparta de nosotros estamos proyectando en Dios lo que vemos en la gente. Los demás, si les fallamos, nos castigan, retienen el perdón, nos abandonan y nos desprecian. Pero Dios no es como los hombres. Su amor es siempre sorprendente, su amor no tiene límites.

De esto también da testimonio el escritor ruso Dostoievski, de acuerdo al relato de su hija: “...Al darse cuenta de que su vida llegaba a su fin, tomó mis manos entre las suyas y pidió a mi madre que nos leyera el capítulo 15 del evangelio de san Lucas. Él, próximo a la muerte, escuchaba la historia con los ojos cerrados. Luego dijo: Hijos, no olvidéis nunca lo que habéis escuchado. Confiad siempre en Dios y no dudéis nunca de su perdón. Yo os amo muchísimo, pero mi amor no es nada comparado con el infinito amor de Dios. Y si tenéis la desgracia de hacer algo malo en vuestra vida, no desconfiéis de él. Sois hijos suyos. Él se regocijará de vuestro arrepentimiento como se regocijó de la vuelta del hijo pródigo”.

Tengo presente la reflexión que hizo sobre esta parábola el papa Juan Pablo I, recientemente beatificado: «En Pascua, Dios espera. Un pródigo que regresa le da más consuelo que noventa y nueve que siguieron siendo fieles; dada su infinita misericordia, mientras un pecado aún por cometer es evitado a costa de cualquier sacrificio, el pecado ya cometido se convierte en nuestras manos casi en una joya, que podemos regalar a Dios para darle el consuelo de perdonar. ¡Intentémoslo! Uno queda como un señor cuando se regalan joyas». (Albino Luciani. Carta a los fieles de Vittorio Veneto, 1959).

“Uno queda como un señor cuando se regalan joyas”, y eso experimentamos cuando nos arrepentimos y regresamos al amor del Padre: nos adorna con la joya del amor.
 



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