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La crisis fronteriza todavía podría ser una oportunidad para el presidente Joe Biden


2022-09-21

Bret Stephens | The New York Times

¿Cuál es la mejor manera de honrar y mantener la tradición estadounidense de acoger a los inmigrantes? ¿Tratarlos como utilería, como lo hizo el gobernador de Florida, Ron DeSantis, la semana pasada al llevar en avión a unos 50 refugiados venezolanos desprevenidos a Martha’s Vineyard? No lo es, incluso si la reacción progresista superó la parodia: si la ciudad de Edgartown se siente estresada por tener que acoger a decenas de invitados inesperados durante un día, ¿cómo se supone que deben sentirse los residentes de los lugares situados a lo largo de la frontera con los miles que llegan sin invitación a diario?

Sin embargo, por muy burda que sea la maniobra de DeSantis, tuvo éxito político porque respondió a una política fronteriza de no ver el problema, no admitir la culpa, negar las consecuencias y culpar al último que está en el cargo. Tal vez sea hora de que el gobierno empiece a trabajar en algo mejor.

Para entender la situación actual, tengamos en cuenta el reciente intercambio de la vicepresidenta Kamala Harris sobre la inmigración con Chuck Todd de NBC:

Todd: “¿Usted diría que la frontera es segura?”.

Harris: “Creo que no hay duda de que tenemos que hacer lo que el presidente y yo pedimos al Congreso. La primera solicitud que hicimos fue que se apruebe un proyecto de ley para crear una vía a la ciudadanía. La frontera es segura. Pero también tenemos un sistema migratorio roto; en especial, en los últimos cuatro años previos a nuestra llegada a la Casa Blanca y hay que arreglarlo”.

Todd: “Por primera vez, dos millones de personas habrán cruzando esta frontera. ¿ Tiene la confianza de decir que esta frontera es segura?”.

Harris: “Tenemos una frontera segura en el sentido de que eso es una prioridad para cualquier nación incluyendo la nuestra y nuestro gobierno”.

¿Fue esto una especie de audaz intento semántico de redefinir el concepto de “frontera segura”? En 2019 (el último año prepandémico del gobierno de Trump), hubo alrededor de 921,000 “encuentros” entre agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas y migrantes en la frontera sur, según datos del gobierno. En 2021, esa cifra aumentó a aproximadamente 2 millones. En 2022, a finales de agosto, ya había alcanzado cerca de 1,6 millones. Muchos de estos encuentros conducen a la deportación inmediata, pero otros migrantes son liberados a la espera de audiencias a las que tal vez nunca asistan mientras cientos de miles más se cuelan por la frontera sin ser detectados.

Al gobierno le gusta echarle la culpa a la agitación en América Central y del Sur, en específico en Venezuela, por el reciente aumento de migrantes. Pero la crisis de los refugiados venezolanos lleva años gestándose. No hay duda de que la COVID-19 empeoró las condiciones en toda América Latina, pero esa tampoco es una explicación convincente: ha habido miseria económica, política y social en la región durante siglos y aumentos anteriores en la migración, pero nada de la escala que estamos viendo ahora.

Una explicación mejor es que el gobierno de Biden llegó al cargo haciendo alarde por todo lo alto de que la era Donald Trump había terminado, por lo que la ol xa comenzó casi el mismo día en que Biden asumió el cargo. “Percibiendo un cambio de tono y de estrategia tras la derrota de Trump, los migrantes vuelven a huir de la pobreza, de la violencia y de la devastación que dejan los huracanes y se dirigen hacia el norte, hacia Estados Unidos”, informaron Zolan Kanno-Youngs y Michael D. Shear del Times en marzo de 2021.

Esto no fue un accidente de políticas. Fue una intención. Biden se presentó a la presidencia con la promesa de acabar con la política de Trump de “Quédense en México”. Una vez en el cargo, firmó de inmediato una orden ejecutiva que suspendía la construcción del muro. Propuso una legislación que prometía una vía a la ciudadanía. Su gobierno ha luchado por acabar con el Título 42, la herramienta más eficaz que tienen los agentes fronterizos para deportar de manera inmediata a los migrantes que detienen. El mensaje general elevó las expectativas de los migrantes por las nubes y desencadenó una previsible crisis en la frontera una semana después de la toma de posesión de Biden, como informó en su momento Kirk Semple, del Times.

Se trata de una negligencia política a múltiples niveles.

La crisis en la frontera somete a las comunidades de primera línea a una tensión extrema. Pone a prueba la fe en el Estado de derecho. Es una burla al sistema de migración legal y a las personas que se rigen por sus exigentes reglas. Y se mofa de personas como Harris y otros que hacen el ridículo al intentar defender una política que a todas luces es un fracaso.

La crisis es una invitación a la demagogia nativista. Fue el boleto de Trump a la Casa Blanca y también podría ser el de DeSantis. Aleja a los republicanos que reflexionan y creen en los beneficios de la migración gestionada, pero se ven superados, por así decirlo, por el argumento de la anarquía. Y debilita los argumentos a favor de la vía a la ciudadanía, ya que los opositores a la legislación pueden argumentar de forma convincente que este camino hace menos por resolver el problema de la inmigración ilegal que por crear incentivos para uno nuevo.

La crisis es un fracaso del liberalismo, clásico y contemporáneo. Pone en tela de juicio la capacidad o la voluntad de un presidente demócrata de resolver una cuestión básica de orden público cuando entra en conflicto con las piedades progresistas. Y plantea la cuestión más profunda de mantener una identidad cívica en un país en el que demasiadas personas ni siquiera son ciudadanos.

Hay una solución para esto. Requiere que seamos mucho más inflexibles en nuestras fronteras —por ejemplo, que terminemos el muro— para que podamos ser más compasivos con aquellos que intentan cruzarlas. No es demasiado tarde para que el presidente aproveche la oportunidad de hacer las cosas bien.



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