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Nuestros verdaderos demonios


2022-09-22

Ron Rolheiser

¿Qué hay en una imagen? Una imagen puede grabarse de forma indeleble en nuestra conciencia, de modo que no podemos imaginar una cosa si no es de una forma determinada. Tomemos, por ejemplo, el famoso cuadro de la Última Cena de Leonardo da Vinci. Hoy en día, si cierras los ojos e intentas imaginarte la Última Cena, esa imagen te vendrá espontáneamente a la mente, aunque los estudiosos nos aseguran que no es así como Jesús y sus discípulos habrían estado sentados en esa comida. Así es el poder del arte.

Desgraciadamente, lo mismo ocurre con la imagen espontánea de los demonios y los exorcismos. Las películas sobre la posesión del demonio, como El bebé de Rosemary, han impreso ciertas imágenes en nuestro interior, de modo que imaginamos a alguien poseído por un demonio como una persona con un rostro salvaje, contorsionado y lleno de odio, flotando hacia el techo, escupiendo un líquido enfermo de color mostaza por la boca, en una habitación que huele a gases venenosos. Nuestra imagen de un exorcismo es entonces la de un sacerdote de aspecto muy ascético, vestido de negro, con una estola al cuello, gritando el nombre de Jesús mientras rocía agua bendita, con el demonio chillando en voz alta mientras se retira. Esa es nuestra imagen de la posesión demoníaca y el exorcismo. Así es el poder del arte.

Pero, normalmente, la posesión demoníaca y el exorcismo no son en absoluto así. De hecho, imaginarse al demonio y un exorcismo de esa manera es más perjudicial que útil porque los demonios son más sutiles y los exorcismos son más exigentes de lo que esa imagen nos hace creer.

¿Qué aspecto tienen los demonios que hay dentro de nosotros? Bueno, la imagen de una cara contorsionada que escupe fluidos venenosos y grita odio puede servirnos. Como metáfora, funciona. Sin embargo, en la vida real esa cara contorsionada y llena de odio es con demasiada frecuencia nuestra propia cara, y el veneno que sale de nosotros es realmente la palabras llenas de negatividad que nos lanzamos unos a otros cuando nos insultamos por encima de las líneas ideológicas, políticas, morales y religiosas. Además, el exorcismo requerido no es la literal aspersión de agua bendita, sino la aspersión del Espíritu Santo.

¿Qué apariencia tienen hoy los demonios?

Hay uno muy poderoso llamado paranoia que trae consigo una serie de otros demonios: la desconfianza, la sospecha, la conducta de autoprotección y el miedo. Cuando la paranoia nos posee, nos volvemos suspicaces y desconfiados. Todo el mundo empieza a parecer una amenaza, un enemigo, y todos nuestros instintos naturales empiezan a presionarnos hacia la ponernos a la defensiva, y eso empieza a distorsionar nuestra cara y empezamos a arrojar desconfianza. Este puede ser el demonio más difícil de exorcizar porque está muy arraigado en nuestro interior. No es casualidad que la palabra metanoia (que resume el llamamiento de Jesús) sea la antítesis de la paranoia.

También hay un demonio llamado orgullo, que nos mantiene siempre conscientes de nuestra propia particularidad, un demonio que quiere que prefiramos ser especiales antes que felices. Este demonio trae invariablemente consigo un compañero muy desagradable llamado envidia, un demonio que paraliza nuestra capacidad de admirar a los demás, de bendecirlos y de no sentirnos amenazados por sus éxitos.

Luego vienen los demonios de la gula y la avaricia. En la mayoría de los casos, éstos ya no nos tientan a excedernos en la comida o la bebida y a acumular más y más posesiones. En cambio, estos demonios nos infectan con una avidez de experiencias, con una obsesión por beber en todo, con una obsesión por estar en red socialmente las veinticuatro horas del día. Además, traen consigo el demonio de la lujuria; uno que nos hace convertir a los demás en objeto de nuestros deseos eróticos y que, de otras muchas maneras, nos hace no respetarlos del todo.

Estos son los verdaderos demonios que desfiguran nuestros rostros y, aunque ninguno de ellos nos haga parecer a la niña de "El bebé de Rosemary", todos ellos nos hacen desprender desconfianza y rechazo en lugar de confianza y comprensión.

¿Cómo se exorcizan? Bueno, no son de los que normalmente responden a una descarga de agua bendita. Estos deben ser expulsados por el Espíritu Santo.

La Escritura nos dice que el Espíritu Santo "escudriña todo". También nos dice que el Espíritu Santo no es una fuerza abstracta que no podemos conocer. San Pablo, en su carta a los Gálatas, nos dice precisamente quién y qué es el Espíritu Santo. Comienza con la vía negativa, diciéndonos lo que el Espíritu Santo no es y con lo que el Espíritu Santo nunca debe ser confundido, es decir, con esos demonios que acabamos de nombrar: la paranoia, la desconfianza, la sospecha, la autoprotección, el miedo, el orgullo, la envidia, la codicia, la gula y la lujuria. El Espíritu Santo es la antítesis de todos ellos. Por el contrario, el Espíritu Santo es el espíritu de la caridad, de la alegría, de la paz, de la paciencia, de la bondad, de la tolerancia, de la fidelidad, de la mansedumbre y de la continencia.

Dos contrarios no pueden coexistir dentro del mismo sujeto y por eso un exorcismo real funciona así. Cuanto más abrazamos la caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la tolerancia, la fidelidad, la dulzura y la continencia, más exorcizamos la paranoia, la desconfianza, el miedo, el orgullo, la envidia, la codicia, la gula y la lujuria, y menos odio demoníaco sale de nuestra boca.
 



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