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En Ucrania el consenso es firme: no puede haber concesión alguna a Rusia


2022-10-15

David Ignatius, The Washington Post

KIEV— Pocas horas después de la explosión del sábado 8 de octubre, que destruyó el puente sobre el estrecho de Kerch de Rusia que va hacia la Crimea ocupada por los rusos, un funcionario ucraniano llamado Mykhailo Podolyak me describió el ataque como un avance “psicológico” para Ucrania y una señal más de que el presidente ruso, Vladimir Putin, está perdiendo la guerra.

“Ucrania no puede atribuirse el mérito”, afirmó Podolyak, asesor del presidente Volodímir Zelenski, sobre el ataque. Sin embargo, este “demuestra que Rusia no controla Crimea” ni otro territorio del que se haya apoderado. Su mensaje fue firme: Ucrania no detendrá su ofensiva, no habrá negociaciones hasta que Rusia acceda a retirar sus fuerzas, y no se le darán concesiones a los invasores. “Debemos humillar a Rusia”, me dijo.

La respuesta bélica de Rusia llegó dos días después, apenas 24 horas después de que mi viaje a Ucrania con un grupo de estudio del German Marshall Fund (del cual formo parte) llegara a su fin. La capital ucraniana fue castigada por una ola de cohetes que cayeron en zonas residenciales del centro, en infraestructura local y otros lugares de la ciudad. La gente en Kiev se refugió en albergues por primera vez en meses. Pero a juzgar por lo que escuchamos durante nuestra visita, esta represalia solo endurecerá la voluntad de resistencia de Ucrania. “Putin es un terrorista”, afirmó un oficial militar ucraniano en un comunicado el lunes. “La decisión de Ucrania de no realizar ninguna negociación con él resultó ser correcta: con los terroristas no se negocia”.

Podolyak hizo sus declaraciones desde las oficinas de la Presidencia, las cuales están repletas de sacos con tierra. Esta es la zona cero de una nación en guerra. Las calles aledañas están cerradas y fuertemente vigiladas. En la pared detrás de Podolyak había una foto de dos militares amputados con muletas, junto a la bandera azul y amarilla de Ucrania. A la mano, por si acaso, estaban su casco y ropa blindada.

Muchos ucranianos me repitieron el mismo mensaje desafiante durante mi visita de dos días el fin de semana pasado: no le tenemos miedo a las amenazas nucleares rusas; hemos sufrido demasiado como para hacer concesiones; queremos la ayuda del mundo para garantizar la derrota de Putin. Un mural en el centro de la ciudad resume muy bien el estado de ánimo de la población: “Sé valiente como Ucrania”.

Lo que me quedó bastante claro después de varias docenas de conversaciones aquí es que para Ucrania no hay una posición intermedia. La resiliencia y determinación que escuché me recordó a los londinenses durante el Blitz en la Segunda Guerra Mundial. Para Ucrania no hay vuelta atrás, y en repetidas oportunidades me preguntaron por qué algunos en Occidente todavía hablaban de llegar a una conciliación con Putin.

La determinación de Ucrania de llegar hasta las últimas consecuencias preocupa a algunos en el gobierno del presidente estadounidense, Joe Biden, pues creen que la guerra debe resolverse mediante negociaciones y que Estados Unidos tiene la responsabilidad de contener este conflicto antes de que escale a algo mucho peor. Comparto esas mismas preocupaciones, pero es difícil presentarle argumentos a favor de la conciliación a los ucranianos, cuya nación está siendo devastada por los ataques rusos.

“Sería extremadamente difícil explicarle a la sociedad por qué tenemos que sentarnos a negociar con estos terroristas”, nos dijo Oleksiy Danilov, director del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de Ucrania.

Un ejemplo de este espíritu desafiante es Olga Datsiuk, una productora de televisión ucraniana de 33 años. La conocí en un café con paredes de vidrio en el centro de Kiev pocas horas después del ataque al puente sobre el estrecho de Kerch. Datsiuk dijo que sintió “regocijo” ante la noticia de la explosión. “Se debió haber hecho hace mucho tiempo”, dijo sobre esta ofensiva a la arteria vital de Rusia hacia la Crimea ocupada. “Se siente como uno de los primeros pasos hacia la derrota de Putin”.

Los ucranianos dicen no temer ni siquiera a la retórica de Putin sobre ataques nucleares. Según Ekaterina Miasnikova, directora ejecutiva de la Asociación Nacional de Medios, la pregunta más popular en las últimas dos semanas en un programa de televisión ucraniano que atiende llamadas al aire ha sido cuánto tiempo se puede esperar antes de buscar refugio tras la advertencia de un posible ataque nuclear. Por las redes sociales está circulando un chiste de que, si llega a haber un ataque, la gente debería reunirse para hacer una orgía en la cima de una colina llamada Shehakavstaya, cerca de Kiev.

Tener una actitud desafiante se ha convertido en un modo de vida aquí en los casi ocho meses desde la invasión de Rusia el 24 de febrero. La mascota nacional es un perro olfateador de bombas llamado Patron, el cual se ha convertido en una estrella en TikTok. Una estación de radio en ruso ha sido remplazada por una que transmite canciones patrióticas ucranianas. Se llama Radio Bayraktar, por los drones de fabricación turca que han devastado a las tropas rusas.

Las guerras generan solidaridad en las poblaciones que están bajo ataque, y esa camaradería se siente en las calles de Kiev. Las pulseras fabricadas con el último lote de acero producido en la fundición Azovstal, en Mariúpol, se agotaron en un día. Camisetas y grafitis conmemoran la respuesta combativa que le ofrecieron los soldados ucranianos en la isla de las Serpientes a los rusos, cuando estos les ordenaron que se rindieran: “Buque ruso, ¡vete al carajo!”. Una famosa canción pop actual es una versión rock de la canción patriótica tradicional ucraniana “Oh, el viburnum rojo (un arbusto) en el prado”.

El asalto de Rusia ha unido a este país, a menudo fragmentado y corrupto, bajo el icónico liderazgo de Zelenski. Un grupo de 70 intelectuales ucranianos se reunió recientemente para evaluar cómo ha cambiado el país desde la invasión. Algunos de los cambios identificados fueron: mayor confianza en las instituciones públicas, mayor tolerancia y un espíritu de cooperación en el que “la caridad es un fenómeno masivo”, según un documento redactado por el grupo.

Parte de la explicación de este intenso sentimiento público es que Ucrania ha estado luchando sola contra Rusia desde 2014, cuando Putin se apoderó de Crimea y de sectores de la región oriental del Donbas. En una pared larga cerca de la Catedral de San Miguel, hay fotos de quienes murieron en los combates de 2014 y en el primer día de la invasión total de Rusia en febrero. La sombría exhibición cubre toda una cuadra.

Los ucranianos parecen estar convencidos de estar ganando. Los niños juegan encima de los tanques rusos capturados en la plaza San Miguel al atardecer, en el cálido clima otoñal que los ucranianos llaman “la estación abuela”. Datsiuk, la productora de televisión, concede: “En algún momento tendremos que conversar con los rusos. Pero no justo ahora”. En una encuesta realizada aquí por la Cámara de Comercio Estadounidense, que no es para nada un grupo activista, 92% afirmó que Ucrania ganará la guerra, según un estadounidense que está en comunicación con la cámara.

Los oficiales militares son más cautelosos. Saben que todavía hay una batalla brutal por delante, y no hacen chistes sobre la amenaza nuclear. Hanna Maliar, viceministra de Defensa, nos dijo con un tono mesurado que Rusia continúa lanzando ataques intensos en la región de Donetsk, a pesar de su desorden en otros frentes, y que los drones de fabricación iraní que utilizan las fuerzas militares rusas son “difíciles de rastrear y neutralizar”. En cuanto a las amenazas nucleares de Putin, Maliar afirmó: “No tenemos más remedio que estar preparados para cualquier escenario”.

Maliar ya había hablado conmigo y con otro grupo del German Marshall Fund aquí unas semanas antes de que comenzara la guerra. En esta oportunidad le pregunté que qué la había sorprendido más en los meses que habían transcurrido desde entonces. La mayor sorpresa, afirmó, fue cuán “bárbaros” habían sido los ataques rusos: destruyeron jardines de infantes, salas de maternidad y ancianatos. “En nuestro mundo civilizado, nadie supuso que esto podría suceder en el siglo XXI”, afirmó.

Ucrania contraatacó. Sus ciudadanos piensan que saldrán victoriosos. Lo que quieren de Occidente son armas y dinero para luchar contra Putin. Mi visita aquí me dejó con la sensación de que una asistencia militar constante y sostenida a esta nación asombrosamente valiente —a pesar de las amenazas rusas y durante el tiempo que sea necesario— es una inversión para un mundo mejor y más seguro.



JMRS


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