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Xi Jinping y el tiempo


2022-11-02

Josep Piqué  | Política Exterior

Xi parece haber asumido el sentido del tiempo occidental, dominado por el cortoplacismo, y busca que la ambiciosa meta de volver a ser el Imperio del Centro se materialice bajo su mandato. El tiempo dirá. Pero no parece correr a favor del nuevo emperador.

Siempre se ha dicho –y es normalmente cierto, aunque sea un tópico– que la concepción del tiempo es distinta entre las culturas occidental y oriental. Los occidentales lo queremos todo rápido y eso hace que perdamos sentido estratégico. El corto plazo domina. En cambio, en las culturas orientales, más orientadas a la primacía de lo colectivo que de lo individual, lo importante es el medio y largo plazo, más allá de los horizontes vitales de las personas concretas.

Como es natural, este tipo de aseveraciones merece muchísimos matices, pero parecía que la trayectoria secular de China avalaba dicha interpretación. Desde Confucio hasta hoy, la historia de China es la de unos valores permanentes que le han permitido su existencia como cultura y civilización desde hace miles de años y más de 23 siglos como sujeto político.

A pesar de todo tipo de turbulencias, invasiones y guerras civiles, China, el Imperio del Centro, ha mantenido su estabilidad básica, a través de un modelo político fundamentado sobre dinastías y con un emperador –el Hijo del Cielo– al frente. Así fue hasta bien entrado el siglo XX.

Son las consecuencias del “siglo de la humillación”, que empieza a mediados del XIX, al perder la superioridad tecnológica y militar ante la irrupción de las potencias europeas –que sí hicieron la Revolución Industrial– y Estados Unidos y Japón –que también la hizo con la Restauración Meiji–, lo que provoca el debilitamiento estructural del sistema y la instauración de una república, con su soberanía limitada y que tiene que hacer frente a las agresiones externas y, también, a la división interna entre nacionalistas y comunistas. China pierde así su doble naturaleza: su soberanía plena y su ambición hegemónica.

Después de la Segunda Guerra Mundial y la victoria comunista en la Guerra Civil, China recupera la primera, con la constitución en 1949 de la República Popular China. Pero no su vocación hegemónica. Cuando Mao muere en 1976, deja un país misérrimo, irrelevante económicamente, aunque vuelve a ser clave en la geopolítica global, en particular por su intervención en la Guerra de Corea, pero sobre todo a partir del cisma interno del comunismo con la ruptura con la Unión Soviética después de la muerte de Stalin. EU supo leerlo y lo aprovechó para debilitar a su máximo rival en la guerra fría.

Pero la vocación hegemónica tiene que ir, inevitablemente, de la mano de la relevancia tecnológica, económica y comercial. Esa es la hoja de ruta que marcan las reformas de Deng Xiaoping: introducir mecanismos de economía de mercado más allá de la planificación centralizada e incentivar la creación de riqueza por encima de su reparto. Obviamente, eso no se puede hacer de un día para otro. Requiere tiempo y paciencia. Y autoridad política indiscutible.

Deng aprendió del fiasco soviético y nunca cedió ni un milímetro en el papel dirigente del Partido Comunista Chino (PCCh), cercenando (Tiananmen) cualquier atisbo de libertad y democratización. Occidente lo asumió como un coste inevitable a corto plazo, desde la convicción de que el crecimiento, la creación de clases medias o la movilidad internacional de los ciudadanos iban a ser el punto de partida de una nueva China democrática en el futuro. Incluso propició la integración de China en las grandes instituciones multilaterales como la Organización Mundial del Comercio, en la creencia de que la globalización abierta permitía lo que Deng denominaba el “ascenso pacífico” y, al mismo tiempo, reducía considerablemente la posibilidad de potenciales conflictos al aumentar la interdependencia económica y comercial.

En paralelo, Deng puso al PCCh por encima de sus dirigentes, promoviendo la limitación de mandatos y mecanismos “tasados” de sucesión, para evitar los desmanes de la época de Mao. Su pragmatismo dio enormes resultados y hoy China es la segunda potencia mundial y la primera desde el punto de vista comercial y en algunos ámbitos tecnológicos. Es un socio estratégico para Occidente y el resto del mundo y, probablemente, la gran beneficiada del libre comercio y la globalización.

Al mismo tiempo, Deng inspiró una política exterior poco asertiva, reacia a los conflictos, mientras se centraba en la enorme tarea interna de resolver los problemas internos. Pero conviene no olvidar que Deng tenía un proyecto a largo plazo, presentando como pragmatismo una férrea voluntad de acumular fuerzas, sin hacer ruido, y esperando el momento oportuno para devolverle a China su glorioso pasado imperial.

Ya Barack Obama empezó a presentir esa estrategia y viró la política exterior estadounidense hacia el “pivote asiático”. Donald Trump lo explicitó de manera mucho más burda y tosca, centrándose en el proteccionismo comercial y tecnológico. Hoy, con Joe Biden, la posición de EU es nítida: China es el principal adversario estratégico que pone en peligro su hegemonía como la gran superpotencia global del planeta en este siglo.

Pero también Japón, Corea, Australia o la propia Europa –no sin diferencias internas– han reorientado su política hacia el gigante asiático, conscientes del desafío que supone una China expansionista, crecientemente agresiva, con voluntad de proyección global –con la Franja y la Ruta como ejemplo paradigmático– y sin complejos a la hora de explicitar su ambición. Incluida la fuerza militar y la pugna por la supremacía tecnológica basada en la revolución digital.

La agresión rusa a Ucrania ha mostrado la contradicción entre querer ser la gran superpotencia alternativa y la necesidad de no romper con la globalización y la relación con Occidente, para seguir con el crecimiento económico y la búsqueda de la supremacía tecnológica.

En este sentido, Xi es claramente disruptivo. Se ha visto con meridiana claridad en el XX Congreso del PCCh. Xi ya no especula con el “ascenso pacífico” ni esconde su voluntad de incorporar, aunque sea por la fuerza, a Taiwán. Su camino hacia un liderazgo sin límites y una acumulación de poder que no tuvo ni Mao nos devuelve a la figura imperial bajo la nueva dinastía del Partido, eliminando cualquier disidencia –la expulsión de Hu Jintao es claro aviso a navegantes– y supeditando la economía a la naturaleza política del régimen.

La falta de respuesta a las preguntas que nos hacíamos en los pasados Apuntes son buena muestra de ello. A pesar del claro debilitamiento de la economía, no se plantean cambios en la delirante política de cero Covid, ni se acometen crisis profundas como la del sector inmobiliario –que afecta a su vez a su sistema bancario y crediticio– o la de la deuda del conjunto de las administraciones públicas. Mientras tanto, el control cada vez más asfixiante del poder político sobre las grandes empresas tecnológicas innovadoras limita y perjudica su desempeño global y mina el potencial de crecimiento de una economía cada vez más alejada del libre mercado.

La tasa de crecimiento va a ser claramente inferior a las previsiones, el paro aumenta, el yuan se debilita, hay riesgo de deflación sin que se perciba una clara política por parte de la autoridad monetaria. Sin olvidar un problema estructural profundísimo que afecta a la sostenibilidad del sistema y a su competitividad: el declive demográfico imparable, sobre el que no hubo ninguna mención durante el Congreso.

Al mismo tiempo, el apoyo a Rusia –más retórico que real– ha perjudicado su posicionamiento en el escenario geopolítico frente al fortalecimiento del vínculo atlántico y de Occidente. La aventura trágica y criminal de Vladímir Putin es crecientemente perjudicial para los intereses de China a largo plazo y complica la reivindicación de Taiwán. No es casual que el Congreso del PCCh haya mirado hacia otro lado en este asunto.

La cuestión –inquietante– es si esta situación objetiva no puede llevar hacia una mayor agresividad en el exterior y hacia un agravamiento del decoupling iniciado hace unos años, agudizado por la pandemia y alimentado por las consecuencias de la invasión rusa.

Alguien puede plantearse por qué China, con Xi, ha abandonado su “paciencia estratégica”, que aconsejaba esperar, sin sentirse agobiada por urgencias históricas. Probablemente, Xi piensa que el momento oportuno del que hablaba Deng ya ha llegado. Pero la precipitación siempre es mala consejera. Parece que Xi ha asumido el sentido del tiempo occidental y que quiere que los objetivos se materialicen bajo su mandato. El tiempo nos dirá. Pero, hoy por hoy, China parece perder al abandonar el sentido oriental del devenir histórico.



Jamileth


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