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Luchando por dar a luz a la esperanza


2023-04-20

Ron Rolheiser 

Después de que Jesús resucitó de entre los muertos, sus primeras apariciones fueron a mujeres. ¿Por qué? Una razón obvia podría ser que fueron mujeres las que le siguieron hasta su muerte el Viernes Santo, mientras los hombres lo abandonaron masivamente. También fueron mujeres, no hombres, quienes se dirigieron al sepulcro la mañana de Pascua, esperando ungir con aromas su cuerpo muerto; por tanto, fueron mujeres quienes estaban en el jardín cuando se apareció por primera vez. Pero hay -creo yo- una razón más profunda y más simbólica. Las comadronas son mujeres. Son generalmente mujeres las que atienden el nuevo nacimiento, y mujeres las que son más adecuadas para criar inicialmente la nueva vida en su infancia.

En cualquier alumbramiento, una comadrona puede ser útil. Cuando un bebé nace, normalmente la cabeza activa su camino a través del canal del parto primeramente, abriendo el camino para que el cuerpo siga. Una buena comadrona puede ser muy útil en este momento, ayudando a facilitar ese paso a través del canal del parto, ayudando a asegurar que el bebé empiece a respirar y ayudando a la madre en el inmediato inicio de alimentar a esa nueva vida. Una comadrona puede significar a veces  la diferencia entre la vida y la muerte, y siempre hace el parto más fácil y más garante.

La resurrección de Jesús alumbró la nueva vida a nuestro mundo y, en su infancia, esa vida tuvo que ser especialmente asistida por una comadrona, tanto en su emergencia como en las primeras respiraciones que inhaló en este mundo. La resurrección alumbró muchas cosas que debían ser asistidas; inicialmente por las mujeres a las que primero se apareció Jesús; luego por los apóstoles, que nos dejaron sus relatos presenciales de Jesús resucitado; después, por la primitiva iglesia; más tarde, por sus mártires; finalmente, por la fe vivida de incontables mujeres y hombres a lo largo de los siglos y, a veces, también por teólogos y escritores espirituales. Aún necesitamos  atender por comadrona aquello que nació en la resurrección.

Y nacieron muchas cosas en ese acontecimiento; un acontecimiento tan radical como la creación original en la que dio a luz. La resurrección de Jesús fue el “día primero” por segunda vez, la segunda vez en que la luz se separó de las tinieblas. Por cierto, el mundo mide el tiempo por la resurrección. Estamos en el año 2023 después de suceder esto. (El Cristianismo nació con ocasión de este acontecimiento. Entonces empezó el tiempo nuevo. Pero los eruditos calcularon que Jesús tenía treinta y tres años cuando murió, y así añadieron treinta y tres años con el fin de empezar el tiempo nuevo con la fecha de su nacimiento).

Cosa llamativa en lo que la resurrección da a luz y que aún necesita ser asistida por comadrona es la esperanza. La resurrección alumbra a la esperanza. Las mujeres de los Evangelios que se encontraron por primera vez con Jesús resucitado fueron las primeras a quienes se les dio un verdadero motivo para la esperanza e igualmente las primeras en actuar como comadronas de ese nuevo nacimiento. Así también debemos hacerlo nosotros. Necesitamos llegar a ser comadronas de esperanza. Pero, ¿qué es la esperanza y cómo se alumbra en la resurrección?

La genuina esperanza nunca se debe confundir con las ilusiones ni con el optimismo  temperamental. A diferencia de la esperanza, las ilusiones no están basadas en nada. Son puro deseo. El optimismo, por su parte, hunde sus raíces en un temperamento natural (“siempre veo el lado positivo de las cosas”) o en lo bueno o lo malo que las noticias de la noche nos dan en un día determinado. Y sabemos cómo puede cambiar eso de un día para otro. La esperanza tiene un fundamento diferente.

He aquí un ejemplo: A Pierre Teilhard de Chardin, científico profundamente lleno de fe, le desafió una vez cierto colega agnóstico después de hacer una presentación en la que intentó mostrar cómo la historia de la salvación encaja perfectamente con la visión que tiene la ciencia referente a los orígenes del universo y el proceso de la evolución. Teilhard continuó indicando, en línea con Efesios 1, 3-10, que el final de todo el proceso evolutivo será la unión de todas las cosas en una gran armonía final en Cristo. Un colega agnóstico le desafió a tal efecto: Eso que propones es un pequeño esquema maravillosamente optimista. Pero supón que destruimos el mundo con una bomba atómica. ¿Qué sucede entonces con tu optimista esquema? Teilhard respondió  con estas palabras: Si destruimos el mundo con una bomba atómica, eso será un retraso, quizás de millones de años. Pero lo que propongo va a suceder, no porque yo lo desee ni porque sea optimista de que sucederá. Sucederá porque Dios lo prometió; y en la resurrección, 
Dios mostró que él tiene el poder de cumplir esa promesa.

Lo que experimentaron las primeras mujeres que se encontraron con Jesús resucitado fue la esperanza, la clase de esperanza que está basada en la promesa de Dios para reivindicar el bien sobre el mal y la vida sobre la muerte, sin que importen las circunstancias, sin que importe el obstáculo, sin que importe lo espantosas que podrían parecer las noticias en un determinado día, sin que importe la muerte misma y sin que importe si somos optimistas o pesimistas. Ellas fueron las primeras comadronas en ayudar a dar a luz a esa esperanza. Esa tarea es ahora nuestra. 
 



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