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Karol Wojtyla narrado a través de los ojos de su portavoz


2023-05-10

Alessandro Gisotti | Vatican News

Se han publicado las memorias póstumas de Joaquín Navarro-Valls, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede durante más de veinte años. El volumen ofrece la posibilidad de enriquecer el conocimiento del perfil humano de Juan Pablo II, pero también es un texto valioso a nivel historiográfico y para quienes se dedican a la comunicación institucional

¿Se ha dicho y escrito todo sobre Juan Pablo II? Ciertamente, la extraordinaria extensión de su pontificado y su protagonismo en la historia del siglo XX han hecho que todos sus discursos y gestos públicos hayan sido relatados, interpretados y comentados. Sin embargo, las memorias póstumas de su carismático portavoz, Joaquín Navarro-Valls, publicadas en España hace unos días por Editorial Planeta con el título "Mis años con Juan Pablo II" nos ofrecen una mirada cercana a Karol Wojtyla, rica en anécdotas e historias inéditas que enriquecen nuestro conocimiento del perfil humano del gran Pontífice polaco. Las "notas personales" -recopiladas a lo largo de más de veinte años como director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede- han sido editadas por un grupo de profesores de la Facultad de Comunicación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz del Opus Dei (de la que Navarro-Valls formaba parte), encabezados por Diego Contreras, quien en la presentación del voluminoso libro -casi 600 páginas- señala que el portavoz pidió, "por si fueran de interés para alguien", que sus memorias no se publicaran hasta después de su muerte (ocurrida en julio de 2017). Y ello, apunta Contreras, también para evitar que su experiencia apareciera como 'modelo' comunicativo de la Santa Sede en un momento en el que se estaba poniendo en marcha la reorganización de la comunicación vaticana.

A pesar del tamaño del volumen, la lectura fluye rápida y emocionante. La escritura de Navarro-Valls, que fue un apreciado periodista del diario español ABC antes de llegar al Vaticano en 1984, es clara y convincente, y tiene el mérito de dejarnos "ver" no sólo al protagonista de su historia -el Papa al que quería "como a un padre"-, sino también a algunas de las personalidades más relevantes de la Iglesia posterior al Concilio, de la Madre Teresa a Ratzinger, de Casaroli a Tauran. No menos interesantes son las consideraciones sobre las grandes figuras de la historia que Navarro-Valls conoció en aquellos años, de Reagan a Gorbachov, de Havel a Fidel Castro, lo que hace que este texto sea también interesante desde el punto de vista historiográfico. Lo que llama la atención desde las primeras páginas es la estrecha relación con Karol Wojtyla (y sus colaboradores) consolidada a lo largo del tiempo por innumerables encuentros, no sólo de trabajo, y los periodos de vacaciones pasados en la montaña con el Papa (en Trentino y luego en Valle d'Aosta) que son quizá la parte más bella de toda la obra. Esta confianza que Juan Pablo II tenía en él -señala Navarro-Valls en sus notas antes de pasar el testigo a su estimado sucesor, el padre Federico Lombardi, "le permitía mantener el pulso de las cosas y adaptar lo que comunicaba". El portavoz vaticano reconoce que fue un "privilegiado" por poder trabajar con acceso directo al Pontífice, pero aún más por haber podido ver "de cerca a un hombre santo".

El testimonio de santidad de Karol Wojtyla es precisamente el hilo conductor, la trama que se desenvuelve a lo largo del libro. Navarro-Valls señala, con admiración y emoción, que cada pequeña o gran situación de su vida personal y cada decisión de su ministerio petrino son encomendadas por Juan Pablo II al Señor con total confianza y abandono. Tanto si tiene que prepararse para un encuentro o un viaje difícil, como si se dispone a ingresar, para una de sus muchas hospitalizaciones, en el Hospital Gemelli (el "Vaticano número tres"), el Papa no pierde nunca la paz ni siquiera el buen humor, otro rasgo que aflora en toda su viveza en estas memorias. Por supuesto, el hombre no es insensible a lo que sucede, y eso se nota en la agitación que siente -y Navarro-Valls lo constata- sobre todo por las numerosas guerras que estallan durante su largo pontificado y a las que Juan Pablo II intenta por todos los medios poner fin, incluso con iniciativas que no siempre son elogiadas por todos. Un capítulo en sí mismo son las numerosas páginas dedicadas a la enfermedad de Karol Wojtyla, algunas de las cuales tocan el corazón por la participación con la que el Portavoz confiesa su sufrimiento al ver al "atleta de Dios" perder progresivamente toda posibilidad de movimiento y luego incluso de habla, pero nunca la certeza -fortalecida por la oración constante- de que el Señor le acompañará hasta el final de la misión que le ha confiado.

Por último, el volumen se presenta también como un valioso "manual de comunicación institucional" que será útil a quienes -estudiantes y profesionales- quieran conocer el trabajo "entre bastidores" de un gran comunicador de nuestro tiempo. Navarro-Valls no deja de anotar sus consideraciones sobre lo que cree que debería mejorarse en la comunicación vaticana y a veces se queja de una burocratización que no le permite informar como a él le gustaría. Ejemplar es lo que escribe sobre el nacimiento de la web Vatican.va. Una iniciativa propugnada en pleno por Juan Pablo II, pero que no todos en la Curia Romana entienden y que algunos acogen con indiferencia. Pero quizá las consideraciones más llamativas son aquellas en las que el portavoz vaticano admite sus errores. "He hablado demasiado y mal", escribió en una ocasión, signo de humildad y de conciencia de la tarea de gran responsabilidad que desempeñaba. Antiguo presidente de la Asociación de la Prensa Extranjera, Navarro-Valls comprendía bien las necesidades de sus colegas periodistas. Él era uno de ellos. Insistió repetidamente en la necesidad de estar siempre disponibles para explicar lo que ocurre, de no tener miedo a comunicar incluso en situaciones incómodas y de cultivar relaciones cordiales con los periodistas más allá de la mera relación profesional. Una lección, esta última, entre las más valiosas y duraderas del portavoz de Juan Pablo II.



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