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"Él sabe lo que hay dentro de cada hombre”


2024-03-03

Llucià Pou Sabaté

El Templo de Jerusalén era el corazón del pueblo de Israel. Su joya reconstruida. Su lugar de oración. Toda la liturgia se desarrollaba allí, todos peregrinaban al santo lugar por lo menos una vez al año. Cuidar del templo era cuidar de Israel. Jurar por el Templo era casi el juramento más solemne. Allí también se condensaba el poder político, limitado en ese momento por la ocupación romana.

Y una mañana entra Jesús en él. Llega Jesús a la casa de su Padre. Entra el Señor del Templo, el que le da razón de ser. El que ha hecho todas las cosas. ¡Señor, qué desazón, qué desconsuelo, qué decepción sobre todo! ¡Qué triste espectáculo contemplaste! En tu casa, que es lugar de oración, se dan cita los pensamientos más nobles, las decisiones de entrega, de responder al amor de Dios,.... y los engaños, el comercio, el fraude, el egoísmo... Y tu respuesta es clara. Purificar el templo de los abusos en los que se incurría era fundamental para que los israelitas volvieran de nuevo a dirigir su corazón hacia a Dios.

El templo de Jerusalén, desde el día de la Resurrección perdió su valor. El templo que ahora cuenta, el templo en el que le gusta estar el Señor, el único templo verdadero es tu corazón: allí inhabita la Santísima Trinidad. “Sois templos del Espíritu Santo” nos recuerda S. Pablo.

Por eso, quizás en estas semanas en que con insistencia y con toda la Iglesia le pedimos al Señor que cree en nosotros un corazón puro, tenemos que facilitarle el trabajo quitando de este lugar todo lo que estorbe. Quizás nos cueste esfuerzo y tenemos que hacer un látigo de cuerdas y golpear duro, pero vale la pena. Echemos del corazón el egoísmo, le rencor sobre todo, los juicios de las personas, la excusas para ocultar nuestras faltas de cariño, la pereza para terminar bien el trabajo, la cobardía para no hablar de Dios. Contamos con la gracia de Dios: podemos. Hoy en el fondo se contrapone la adoración externa y vana frente a la adoración sincera, interior. No dejemos de hacer examen para arrancar del corazón todo lo que nos aleja de Dios: cosas grandes y pequeñas.

La energía de Jesús en su enfado del templo contrasta con su enseñanza habitual, cuando habla en parábolas casi todas tomadas de la "naturaleza". ¡Todo lo bello le "hablaba", le hablaba del Padre!, el domingo es bonito para salir de la ciudad y gozar de la vida "al sol", o por la noche ver las estrellas: "¡La obra de las manos de Dios!", ¡y el silencio!: ahí parece escucharse el susurrar de Dios: ¡Dios "no levanta la voz!" A veces decimos que Él se calla, porque no sabemos escucharlo… habla en el silencio… en el amor, cuando nos esforzamos por hacer las cosas bien.

Como niños pequeños, que pueden jugar solos, con su imaginación, pero les gusta sentirse mirados por los mayores, así nosotros podemos sentirnos mirados por Dios; y como los niños, que en sus juegos necesitan ciertas reglas, alguien mayor que les dirija, para que no se peleen y vayan hacia el caos… así ciertas normas religiosas nos ayudan en nuestro actuar con los demás. Y así como el templo era una imagen de la religión judía, nosotros tenemos nuestro corazón como templo que no esté apegados a la codicia y otros males, sino que libres de ellos podamos albergar a Dios en pureza de intención de amor.



JMRS


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