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¿Solución o amenaza?


2014-06-03

Miguel Ángel Velázquez, La Jornada

Muchas de las acciones que realiza el gobierno de la ciudad tienen sin duda la intención de mejorar, a cada momento, la vida de sus habitantes; no obstante, hay algunas que parecería que se toman sin tener en cuenta las consecuencias que ocasionan. Dos de esas acciones tienen que ver con la movilidad, y se han convertido en amenazas para la gente del DF.

Motocicletas y bicicletas, vehículos que ayudan a la movilidad individual, pero que hoy por hoy, sin un reglamento actualizado que ordene su circulación, se han convertido en un problema mayor y, se diga lo que se diga, no han logrado resolver ninguno de los problemas que serían desactivados.

Tal vez el más grave sea el de las motocicletas. Si bien es cierto que los clubes de ese medio de transporte son en su gran mayoría formas de convivencia especiales, no delictivas, hay, hoy por hoy, una fiebre, cada vez más contagiosa, por la adquisición de ese tipo de vehículos muy ligeros, de precios bajos y listos para sortear el caos vehicular de nuestra ciudad.

Desde ese transporte se cometen casi a diario robos y asesinatos. Circulan sin placas, no tienen, se presume, ningún registro que los pueda identificar; quienes los tripulan, al parecer no requieren de licencia de manejo y sus placas de circulación, en la mayoría de los casos detectados, son apócrifas, han sido alteradas o simplemente no existen.

El problema ha ido creciendo conforme hasta las tiendas de autoservicio venden esas máquinas a quien las pague, sin mayores requisitos que el dinero para adquirirlas, porque saben que no hay un reglamento que norme su circulación, cosa que aprovechan sin reclamo, para obtener más ganancias.

Bastaría con un operativo de la policía de tránsito en Tepito, donde las motos son los únicos vehículos que circulan entre los callejones del comercio, o una revisión en las empresas de comida rápida y entrega a domicilio que utilizan motos, para que las autoridades se dieran cuenta de que en ninguno de los casos se cumple con los mínimos requerimientos para que esas máquinas circulen.

Y la otra, para cualquiera que maneje un automóvil o algún medio de transporte masivo, las motocicletas y las bicicletas han convertido las calles en campos minados, también para los transeúntes.

Será por las prisas de poner al DF a tono con algunas de las medidas que a escala internacional se piden para evitar la contaminación, pero resulta que tampoco, en el caso de las bicicletas, se puso orden. Circulan por donde quieren, en el sentido que les da la gana; tampoco exhiben placas de circulación y no se requiere un permiso especial para su manejo.

Por ello es que quienes las usan se atreven a todo. Son impunes. Los que se llaman accidentes leves que se cometen en las calles por quienes se transportan en bicicleta nunca, o casi nunca, reciben alguna sanción. Lo mismo pueden atropellar a una persona en la banqueta o sobre un camellón, lugares preferidos para sus traslados, que estrellarse con algún otro vehículo cuando circulan en sentido contrario.

Pero lo peor: se buscó hacer que los niveles de contaminación bajaran con el uso de las bicicletas, pero seguramente están causando que esos mismos niveles se vayan para arriba. La situación es simple: hay calles a las que se les ha robado un carril para que por ahí circulen las bicicletas.

Desde luego esos carriles permanecen vacíos porque, como ya dijimos, los ciclistas prefieren las banquetas o los camellones para trasladarse, pero el problema que causan a la circulación de automóviles u otro medio de transporte masivo son inquietantes, porque si hasta antes de la fiebre por las bicis cada auto, por ejemplo, permanecía de un minuto y medio a tres en un semáforo con la luz roja, hoy se la pasa quemando gasolina hasta cinco minutos, lo que produce, sea como sea, mayores índices de contaminación atmosférica en el DF. Buen punto para nuestras autoridades.

De pasadita

Los comerciantes de Polanco llevan meses de pérdidas constantes por los arreglos que se hacen a las calles de este colonia, eso está claro, lo que no puede creerse es el silencio de los micrófonos rugientes que no dicen nada por lo que podría significar la quiebra de muchos de los giros comerciales afectados por las obras. Alguien nos decía ayer por la mañana que aguantan porque al final obtendrán un beneficio de esas mismas obras. Tal vez sea verdad, lo que no se entiende es por qué cuando los maestros protestaban porque una ley dañó la educación, los micrófonos justicieros se lanzaron contra ellos. Tal vez sea porque para los comerciantes los más idiotas son los mejores clientes. ¿Será?



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