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La policía estatal, al limbo


2014-12-20

Jorge Carrillo Olea, La Jornada

Histórica y jurídicamente, desaparecer las policías municipales es una pésima ocurrencia. Va contra la historia, contra la institución política fundamental, contra la Constitución que Peña Nieto juró respetar. Es una declaración de derrota.

En dos años no sólo no las fortaleció, sino que las debilitó. Hoy, ante la crisis, promueve un cambio de modelo hacia el de policías provinciales español o argentino, el que no fue razonado y menos explicado.

¡Si al menos fuera una solución! Pero no, fue otra vez confundir un proyecto con una ocurrencia que nada garantiza, sólo mayores turbulencias. Desaparecer las policías municipales enojaría a muchos presidentes serios y honestos, que los hay. Alegraría a los cínicos, aliviaría a los que se van y los gobernadores arquearían las cejas ante la incógnita: ¡qué hacer con esa bolita!

Desaparecer las policías municipales tomaría tiempo y muchísimo dinero; transformarlas en un cuerpo sólido y confiable, más. Osorio dijo en Guadalajara que tomaría ocho años ( La Jornada, 10/12/14). Se crearían graves vacíos en un servicio que aunque mediocre existe.

Los vicios fueron evidentes de siempre, deberían haberse zanjado hace años, pero en los últimos dos tampoco se hizo nada. Todo lo contrario, se abandonó al municipio y se toleraron abiertamente, impunemente, sus condiciones de ineficacia y corrupción.

Ante el desastre empiezan a surgir opiniones de que la institución y no sólo su policía, desde que fue posible en la Constitución de 1824, en lo general nunca ha funcionado. Políticamente vive subordinada al gobernador, es ineficiente en el cumplimiento de sus deberes, es un desastre financiero y administrativo y un amplio espacio de corrupción. ¿Entonces?

Un ejemplo de ello es el municipio de Cuernavaca (de unos 500 mil habitantes). Ineficiencia administrativa y corrupción descomunal, escandalosa, pública, que hasta hoy ha sido tolerada. Sus dos ex presidentes, últimos responsables, están a salvo. Uno es diputado defendido por el PRI, Martínez Garrigós, y el otro, Sánchez Gatica, se ampara en ser viejo maestro universitario. Su causa penal está congelada. Todo ello lo toleró la Federación y el PRI de Peña Nieto. ¡Cómo ahora se asusta del municipio, que ni siquiera planteó enderezar en dos años!

En este caso, que es emblemático, la fracción parlamentaria del PRI defiende al primer truhán, y el segundo goza de una débil consignación de la procuraduría y de la protección de jueces que algún día fueron sus alumnos. Ni los gobernadores ni los procuradores del momento, ni menos la Federación, intentaron nunca poner orden. ¿Entonces?

Los municipios como institución están atorados, indefinidos y sí, sus funcionarios en numerosos casos son delincuentes. Esta devastación fue menospreciada por el gobierno peñista. Él y su secretario de Gobernación fueron gobernadores. Nada ignoraban sobre el atolladero, pero no lo quisieron ver. El municipio ¿es viable o no? ¿En dónde está el Instituto Nacional para el Federalismo y el Desarrollo Municipal de la Secretaría de Gobernación? ¿Qué informe ofrecería Osorio Chong?

Una constante de Peña es confundir una ocurrencia con un proyecto; una prueba es su gendarmería. Imaginada como un gran cuerpo a semejanza de tantas extranjeras, terminó tarde, a la fuerza, costosísima, con grandes improvisaciones e insuficiente. Resultó sólo una caricatura de su inspiración francesa.

De esa actitud surge la insólita idea del mando único policial, que no está sustentado en un proyecto consistente. Es una ocurrencia de volada como la Gendarmería, que se creó a tontas y a locas, después de anunciarse como un bálsamo resolutorio de la inseguridad.

En algunos estados, donde el mando único se anuncia como un logro consumado, sencillamente se apela otra vez a la simulación, a una noticia de circunstancias, a la irresponsabilidad. La revelación no aguantaría una auditoría seria. Existe sólo en la imaginación de quienes pregonan su existencia si fuera cierto que:

1. Para existir un organismo del Estado deber ser creado en las leyes, normado y regido por reglamentos y manuales. De esto surgiría la ordenación de su vida diaria, tan importante como sus condiciones laborales, presupuestales, financieras, patrimoniales, administrativas, de formación de recursos humanos y de control interno. Sin este marco de promoción y regulación, el mando único es un simple acto de prestidigitación.

2. Para actuar con eficacia es indispensable una alta calificación profesional y la aplicación de procedimientos sistemáticos de operar y de protocolos de actuación preventiva e investigadora que exige el nuevo Código Nacional de Procedimientos Penales. Éstos no existen. La Sedena anunció apenas el 10 de diciembre que creará los suyos ( La Jornada, 11/12/14)

Entonces no sabemos si vamos o venimos, si entramos o salimos, o si mejor nos regresamos. Una vez más, no hay voluntad real, no hay compromiso, ni se ofrece participación, ni transparencia, sólo divagaciones. Si el municipio es un dogma nacional, ¿por qué no se le ha atendido? Si no lo es, ¿por qué no se le remplaza? Ante esto, ¿nos queda sólo la resignación?



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