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La sequía y la guerra empujan a los campesinos sirios al éxodo rural 


2017-12-13

Natalia Sancha

“Regresamos hace un año a nuestras tierras”, dice Abu Yusef, agricultor y padre de seis hijos, en la periferia sureste de Alepo. Con los combates acallados en la zona y la carretera que lleva a Homs asegurada, esta familia ha vuelto a cultivar su parcela. A lo lejos, y apoyada sobre el quicio de la puerta de un derruido hogar, su esposa alimenta a unas escuálidas gallinas. “Tuvimos que irnos cuando llegaron los combates. Cogimos nuestros animales y tiramos campo adentro”, cuenta Abu Yusef al volante de su tractor removiendo con los discos del arado una arena rojiza. Las escasas cabezas de ganado que tenían les duraron poco. “Algunas enfermaron, otras nos las robaron los (hombres) armados y el resto o nos las comimos o las vendimos para comprar pan y mantas”.

Abu Yusef, un hombre de manos curtidas y espíritu resignado, nunca pensó en buscar refugio en la ciudad. “Somos campesinos, hijos de campesinos, no sabemos hacer otra cosa”, da por respuesta. Han plegado la roída tienda de lona que durante meses les sirvió de hogar esperando poder cosechar hoy de nuevo su trigo y rezan para que ningún disco del tractor tope con una mina. Sus campos lindan con la autopista que conduce a Alepo y están bordeados por un canal de agua recientemente rehabilitado por el que no corre ni gota. Abu Yusef ha optado por reabrir un antiguo pozo en desuso, sin hacer caso de la salubridad.

La producción de trigo representaba uno de los mayores ingresos del sector agrícola sirio junto al algodón y las aceitunas. En tiempos de preguerra, producía cerca de cinco millones de toneladas de trigo. Siria tuvo que importar el año pasado 2,3 millones de toneladas, calcula la organización de la ONU para la Alimentación. Abu Yusef forma parte de una minoría de agricultores que han decidido retomar sus labores agrícolas. Pero al menos un tercio de los seis millones de sirios de desplazados (familias que dejaron sus hogares sin abandonar el país) son campesinos que han abandonado sus tierras debido a los combates. El masivo éxodo ha contribuido al derrumbe de la segunda fuente de ingresos, después del petróleo, y que en 2011 empleaba al 26% de la población activa.

A las bombas y morteros se han sumado para estos campesinos una serie de obstáculos insalvables. “El principal problema es el agua. El 50% de los pozos del país están dañados o destruidos”, explica en sus oficinas de Damasco Haytham Haidar, director del departamento de Planificación del Ministerio de Agricultura. A la falta de agua se añade otra larga cadena de problemas añadidos que han convertido el campesinado en una profesión imposible: la falta de semillas, pesticidas, abonos, veterinarios, los desorbitados precios del combustible y generadores para suplir la falta de electricidad, y la inseguridad de las carreteras. Al fin de evitar el coste de tantos intermediarios y de los alquileres de comercios, los agricultores recorren a diario el trayecto que separa sus campos de las ciudades cargados con acelgas o tomates para vender sus productos sobre el asfalto de una acera o a pie de arcén.

Cansados de ser víctimas de volátiles combates, miles de campesinos se siguen sumando al éxodo rural. Descalza y de mirada desesperada, Habba el Halil, de 66 años, se lamentaba dos años atrás en lo que fuera el frente de Mahin, en el centro del país. Hija de aceituneros, rehusó abandonar su tierra. Vio llegar a los yihadistas del ISIS primero, luego a los soldados regulares sirios para presenciar otra ronda de ambos destrozando sus olivares entre continuos avances y retrocesos del frente. “Se nos pudren las cosechas cada vez y es lo único que tenemos para vivir”, decía entonces El Halil. Durante los últimos cinco meses, el ISIS ha masacrado a cerca de 140 personas en esa región, según informaciones del Observatorio Sirio Para los Derechos Humanos.

En las norteñas provincias de Raqa, Deir Ezzor, Alepo, Idlib y Hassake, se concentran el 36% de las tierras cultivables, precisamente las más castigadas por la guerra. Desesperados, muchos campesinos han optado por buscar refugio en la desconocida y saturada metrópolis, provocando drásticos cambios demográficos en las urbes. La mendicidad se ha extendido en Alepo y Damasco, que hoy suman el 37% de la población urbana. Allí han ido a parar miles de campesinos sin cualificación alguna. Otros han optado por buscar refugio en el vecino Líbano, ofreciendo a los terratenientes un ejército de mano de obra barata.

Al otro lado de la cadena de la producción agrícola, los consumidores se enfrentan a una subida del 800% del precio de los alimentos desde el inicio de la guerra. En los barrios más devastados de Alepo, los desplazados optan por la cría de aves que corretean entre los escombros dejados por los combates. “La insuficiente producción de alimentos, combinada con la reducción de los subsidios del Gobierno y la depreciación monetaria [la paridad de la Libra siria con el euro ha pasado de 45 a 450 en seis años], ha llevado a una continua y profunda subida de precios de la comida dejando a nueve millones de personas [la mitad de la población actual siria] necesitada de asistencia alimentaria”, explica un informe del Programa Mundial de Alimentos.

Los ganaderos y pastores también se han visto obligados a emprender un constante peregrinaje a través de la región Al Badia, zonas desérticas de Siria, que representan el 50% del territorio y donde pastorean su ganado. “De los 18 millones de cabezas de corderos contabilizadas en 2011 solo quedan la mitad”, dice Haidar sobre un preciado ganado que antaño exportaban al Golfo.

Huyendo de los combates, y sin recursos con los que afrontar los desorbitados alquileres de la ciudad, cientos de familias campesinas han quedado atrapadas en el limbo como cerca de las 3,000 personas que arrastraron su animales consigo para malvivir tres largos inviernos y veranos en tiendas de lona en la desértica región del Yurud que separa la frontera oeste siria de Líbano.

Recortes y subsidios agrarios versus revolución

La sequía que azotó a Siria en 2007-2008 ha sido la peor de los últimos 40 años, provocando un éxodo de 800,000 campesinos. Ya en los años 90, previas sequías expulsaron de sus tierras a millones de agricultores a un ritmo de 400,000 por año, según datos del Banco Mundial. No son pocos los analistas que han relacionado el estallido de las protestas sociales con la progresiva deterioración de un sector agrícola, pilar de una económica casi autárquica, con los recortes de subsidios que el Gobierno emprendió a finales del siglo pasado. Otros, como la experta regional en agua Francesca de Châtel, no vinculan revolución con sequía. Pero sí subraya que la mala gestión de los recursos acuíferos del país durante medio siglo han contribuido a hundir el vital sector exasperando a los agricultores.

“El Gobierno ha malgastado los recursos acuíferos que en un 90% han forzado a usar en cultivos específicos subvencionados como el trigo o el algodón que necesitan de mucho riego”, dice de Châtel en una entrevista vía Skype desde Liberia. Con el crecimiento demográfico, las políticas de recorte en combustible y pesticidas supuso una estocada final para unos campesinos incapaces de llegar a final de mes con los nuevos costes. En el Misterio de Agricultura de Damasco, Haytham Haidar asegura que están elaborando un plan de subvenciones y ventajosos préstamos para incentivar a los agricultores que quieran regresar a sus tierras. “Si regresan a la política de las subvenciones, será como poner un nuevo parche. A corto plazo permitirá satisfacer a los agricultores, pero, sin una buena gestión, a la larga no quedaran pozos ni agua con los que irrigar los cultivos”, concluye de Chatel.



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