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Brexit, Trump, etcétera: Putin y el caos


2018-02-24

JORGE TAMAMES | Política Exterior

Ha llegado la hora de admitirlo: Vladimir Putin es omnipresente, un enemigo formidable, el principal responsable del resquebrajamiento del orden internacional. Durante demasiado tiempo muchos observadores hemos mantenido dudas y confusiones acerca de esta posibilidad. Y ese es precisamente el problema. Que Putin ha adquirido tanto poder gracias a una trama mundial de desinformación, en la que predomina el uso estratégico de la manipulación informativa, cuando no simplemente la difusión de noticias falsas.

No me refiero a Russia Today, el medio de comunicación que a menudo actúa como vocero de las posiciones del Kremlin, recurriendo a una propaganda tosca. Tampoco a esas granjas de trolls que inundan las redes sociales con veneno, y a las que en los últimos años se les asigna éxitos tan variados como propiciar el Brexit, sembrar el caos en Cataluña u obtener una victoria inesperada para Donald Trump. Se trata de una herramienta infinitamente más potente: legiones de tertulianos, periodistas y algún que otro conspiracionista, a menudo con proyección en grandes medios de comunicación, que inflan desproporcionadamente la importancia del presidente ruso. Y lo hacen porque denuncian la longa manu del Kremlin cada vez que se da un imprevisto inconveniente en algún lugar del mundo.

Los ejemplos abundan. Jeremy Corbyn en Reino Unido, el candidato mexicano Andrés Manuel López Obrador y Podemos en España se contarían entre la última hornada de agentes encubiertos de Moscú. La evidencia detrás de estas narrativas es dudosa en el mejor de los casos, por lo que Putin estará de enhorabuena. Al frente de un petro-Estado con una economía renqueante y valiéndose de un chovinismo poco atractivo más allá de las fronteras de la “Gran Rusia”, el Kremlin habría conseguido establecer una red de influencia superior a la de la URSS en su apogeo. “¡En Moscú se están partiendo el culo!”, tuiteó recientemente Trump. Por una vez, su lectura del momento geopolítico actual no parece desacertada.

En esta trama global, la principal pieza a batir es precisamente el presidente de Estados Unidos. Su cazador es el fiscal especial Robert Mueller, exdirector del FBI. El 16 de febrero, Mueller publicó un documento contundente en el que ilustra el funcionamiento del llamado Proyecto Laktha: cientos de personas trabajando en una una maquinaria de desinformación para la campaña presidencial de 2016. El informe identifica a 13 personas y tres empresas dedicadas explícitamente a la tarea de generar polarización y desgastar a Hillary Clinton: bien posando como grupos cristianos ficticios o haciéndose pasar por activistas negros y musulmanes que propagaban falsedades.

Las diferentes ramificaciones de este escándalo afectan ya a varios colaboradores de Trump. El exdirector de campaña Paul Manafort ha sido acusado por sus vínculos previos con Rusia y los partidos pro-rusos en Ucrania para los que trabajó en el pasado. También han caído en desgracia el antiguo asesor de seguridad nacional Michael Flynn y los ayudantes de campaña George Papadopoulos y Carter Page, culpables de haber mentido al FBI.

Conviene recapitular para entender la trama en su conjunto. El sistema de injerencia rusa en las elecciones de 2016 contaba con dos componentes. Por un lado, troles y bots manipulando redes sociales; por otro, el hackeo de correos electrónicos de demócratas destacados. Esta última operación, más agresiva y sofisticada, se ha atribuido a Fancy Bear y Cozy Bear, dos equipos informáticos (“amenazas persistentes avanzadas”, en la jerga de ciberseguridad) vinculados a los servicios de seguridad rusos.

El informe de Mueller se centra en el primer componente. Concretamente, en la Internet Research Agency (IRA), una agencia opaca ubicada en San Petersburgo y responsable de la campaña de manipulación en redes sociales. Mueller no vincula la IRA directamente a Putin, ni indica, de momento, una colaboración entre los servicios de inteligencia rusos y la campaña de Trump. Esa es la evidencia que el Partido Demócrata desearía encontrar, con el fin de convertirla en el puntal de su oposición al presidente.

En su ausencia, Mueller nos deja con la certeza de que una organización rusa intentó influenciar las elecciones estadounidenses con una campaña chapucera en redes sociales. Y es que la propaganda de la IRA destacaba precisamente por su falta de sutileza. “Son 90 personas con un dominio dudoso del inglés y una comprensión muy básica de la política en EU, haciendo shitposting en Facebook,” señala Adrien Chen, que cubre la trama para The New Yorker. En una línea similar se pronuncia su compañera Masha Gessen, conocida, entre otras cosas, por ser una firme opositora al régimen de Putin.

Nada de ello ha impedido que la injerencia rusa se presente en términos apocalípticos, con comentaristas destacados comparándola con el ataque japonés en Pearl Harbor o considerándola el mayor golpe al país desde los atentados de las Torres Gemelas. Tal vez esta hipérbole sirva para camuflar inseguridades más prosaicas. Como señala el columnista Jeet Heer, el impacto desmedido de la IRA muestra que la democracia estadounidense se ha vuelto extremadamente frágil: “El problema no es que nadie hackease América, sino que América es hackeable”. Para llegar a este punto han hecho falta décadas de polarización, desinformación y desgaste institucional, facilitada por el propio sistema de partidos y múltiples medios de comunicación estadounidenses. La contribución de Moscú a este proceso ha sido una operación relativamente sencilla, empleando precisamente las mismas plataformas digitales –Facebook, Twitter– que la élite del Partido Demócrata, cercana a Silicon Valley, lleva años agasajando con poco sentido crítico.

Los datos que arroja el informe Mueller son preocupantes, pero aún están lejos de mostrar una colaboración encubierta entre Putin y Trump. Y no eximen a la clase política estadounidense –tanto republicanos como demócratas– de hacer un ejercicio de autocrítica profundo.


 



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